Ladrones de sueños 3 El silencio del valle #3
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3 El silencio del valle #3

Christina se giró. Era la niña que había visto el día anterior en El Deshielo, la que había preguntado a su madre si los Atrapasueños miraban por dentro.

Llevaba un abrigo azul demasiado grande y una bufanda amarilla.

Su madre estaba a unos pasos, hablando con una técnico y sosteniendo una ficha verde.

La niña miraba a Christina con una seriedad que no correspondía a su edad.

—No soy señora —dijo Christina.

—Mi madre dice que no debo decir lo que he dicho.

—Entonces quizá deberías hacerle caso.

La niña se acercó un poco más y bajó la voz.

—Pero usted disparó al hombre malo.

Evan miró a Christina con discreta advertencia. Christina se agachó lo justo para quedar a la altura de la niña, sin sonreírle de forma falsa.

—¿Cómo te llamas?

—Mina.

—Bien, Mina. Si tu madre dice que no hables, normalmente conviene obedecerla.

—No fue un sueño.

La frase quedó entre ambas como una presencia.

—¿Qué cosa no fue un sueño?

Mina miró hacia su madre. La mujer seguía de espaldas.

—Yo no sueño. Nadie lo hace.

—Eso dicen.

—Pero anoche vi algo cuando cerré los ojos.

Christina no corrigió la contradicción.

—¿Qué viste?

—Un lago.

Evan bajó la mirada.

—¿Dónde?

—No sé. Era negro, pero brillaba. Había casas al otro lado, aunque estaban al revés. Como cuando miras una cuchara por dentro. Había una torre muy alta sin ventanas y alguien tiraba piedrecitas al agua.

Christina mantuvo la voz tranquila.

—¿Viste a esa persona?

—Solo oí las piedrecitas. Toc, toc, toc. Como cuando llaman a una puerta pequeña.

—¿Te llamó por tu nombre?

La niña tardó en responder.

—No.

Christina notó la mentira con una claridad dolorosa. Los niños mentían peor cuando creían proteger a los adultos.

—¿Qué te dijo tu madre?

—Que era por la sirena. Que las luces intensas hacen dibujos detrás de los ojos. Que si lo repetía me llevarían a revisión secundaria.

—Tu madre intenta protegerte.

—¿De los médicos?

Christina no contestó enseguida.

—De las preguntas.

Mina pareció aceptar esa respuesta a medias. Metió la mano en el bolsillo y sacó algo cerrado dentro del puño.

—Encontré esto en mi almohada.

Evan se tensó.

—Mina —dijo Christina—, enséñamelo sin que tu madre te vea.

La niña abrió la mano. Sobre la palma tenía tres granos gruesos de sal húmeda y una diminuta astilla de madera negra.

La sal podía no significar nada; muchas familias aún la ponían bajo la almohada por supersticiones, pero la astilla era otra cosa.

Tenía un extremo chamuscado y olía ligeramente a metal caliente.

—¿La pusiste tú?

—No.

—¿Tu madre?

—Ella pone sal. Madera no.

—¿Puedo quedármela?

Mina cerró los dedos al instante.

—¿Me meteré en problemas?

—Conmigo no.

La niña le entregó la astilla y Christina la guardó en un pañuelo aparte. La madre de Mina se volvió entonces y llamó a su hija con una urgencia apenas disimulada. La niña corrió hacia ella. La mujer miró a Christina como si no supiera si agradecerle algo o temerla para siempre.

—Los niños no deberían hacer cola con los adultos —murmuró Evan.

—Aquí hacen cola antes de saber qué esperan encontrar.

Evan no discutió. En la plaza, el chico de la puerta negra salió de la cabina secundaria acompañado por su madre. Llevaba una pegatina ámbar en la ficha. No lo subieron al furgón. Aún no. La madre lo abrazó con tanta fuerza que él no pudo levantar los brazos.

Christina vio entonces a Sam junto al puesto de leche, intentando pasar desapercibido y fracasando con toda la dignidad posible.

Tenía peor aspecto que durante la noche.

La gorra mal colocada, sin afeitar y los ojos inflamados.

No se acercó a ella. Solo levantó una mano y señaló al tablón de avisos municipal.

Christina siguió la indicación. Entre anuncios de racionamiento, horarios de lavandería, turnos de leña y una nota sobre reparación de canalones, alguien había clavado un nuevo cartel, impreso en papel blanco, con el sello de Supervisión del Descanso.

INCIDENCIA NOCTURNA RESUELTA.

NO SE HAN REGISTRADO ALTERACIONES

DEL SUEÑO COLECTIVAS.

SE RECUERDA A LA POBLACIÓN QUE EL CONTEO,

GRABACIÓN O INTERPRETACIÓN NO AUTORIZADA

DE RUTAS AÉREAS, PUEDE GENERAR ANSIEDAD

COMUNITARIA Y SERÁ CONSIDERADA

CONDUCTA DE RIESGO.

Christina leyó la frase dos veces y miró a Sam. Él no hizo ningún gesto dramático, solo se tocó el cuaderno oculto bajo el abrigo, como si acabaran de declarar ilegal una parte de su propio cuerpo.

—Ya no quieren que cuenten —dijo Evan.

—No —respondió Christina—. Quieren que parezca que nunca hizo falta hacerlo.

A las ocho y media, la cola empezó a avanzar con más rapidez.

Los técnicos pasaron a formularios abreviados.

Verde, verde, verde, ámbar, verde, revisión, verde condicionado.

El valle recuperaba su ritmo a base de clasificar cuerpos.

Christina se apartó hacia la sombra de un soportal y sacó del bolsillo la placa metálica encontrada la noche anterior.

No había querido enseñársela a Evan en mitad de la plaza, pero la sostuvo unos segundos dentro de la mano enguantada.

ATRAPASUEÑOS. No sabía si pertenecía a un dron, a una farola, a un módulo de sincronía o a alguna pieza que todo el pueblo nombraba mal porque nadie estaba autorizado a conocer las diferencias.

En Ðawn’s Falł las palabras técnicas se habían vuelto supersticiones con uniforme.

—Eso no deberías tenerlo.

La voz llegó desde su derecha.

Christina cerró la mano y giró. Adrián Ross estaba bajo el arco lateral del mercado, con una caja de herramientas en una mano y un maletín de diagnóstico colgado del hombro.

Tenía treinta y pocos años, el rostro estrecho, el pelo castaño despeinado por el viento y unas gafas de montura fina que se empañaban en cuanto cambiaba de temperatura.

Vestía el uniforme oscuro del servicio de iluminación, pero lo llevaba sin la rigidez de los técnicos obedientes: cuello abierto, mangas subidas y botas manchadas de barro.

Christina lo conocía de verlo reparar farolas, discutir con funcionarios por recambios imposibles y cruzar la plaza a horas extrañas con cables enrollados como serpientes muertas.

Habían hablado pocas veces. Una por una avería en su edificio, otra por un caso de facturas manipuladas en el taller municipal y una tercera cuando él encontró a un perro electrocutado junto a un cuadro de luz y fue el único que insistió en enterrarlo en lugar de tirarlo al contenedor orgánico.

—Buenos días a ti también —dijo Christina.

Adrián miró alrededor antes de acercarse. No parecía asustado, sino alguien que había pasado demasiado tiempo cerca de sistemas viejos y sabía distinguir el ruido normal del ruido caro.

—¿Dónde la encontraste?

—¿El qué?

—No soy un vigía.

—Eso dices tú.

—Si lo fuera, ya habría pedido dos agentes y una bolsa de aislamiento.

Christina estudió su rostro. Adrián no miraba el bolsillo donde ella había guardado la placa, sino sus ojos. Y eso le gustó moderadamente.

—Sector norte.

—¿Cerca de los almacenes de sal?

Christina no respondió.

Adrián cerró los ojos un instante.

—Mal.

—¿Quieres explicar por qué?

—Aquí no.

—Todo el mundo parece decirme eso desde ayer.

—Porque desde ayer haces preguntas en lugares con demasiados oídos indiscretos.

—Los oídos no son delito.

—En este pueblo casi todo empieza sin ser un delito.

Christina lo miró con más atención. Adrián tenía una pequeña quemadura en el borde de la mano derecha, justo entre el pulgar y la muñeca. No era profunda, pero sí reciente. Él se dio cuenta y bajó la caja de herramientas para cubrirla.

—¿Problemas con una farola?

—Problemas con muchas.

—¿Fallo de sincronía?

—Eso han dicho.

—¿Y tú qué dices?

Adrián miró hacia el tablón donde el cartel prohibía contar rutas aéreas. Después miró a los funcionarios del sueño, a las cabinas, al furgón y a las madres con fichas verdes y ámbar.

—Digo que cuando una luz se enciende para algo que no llega, el problema no está en la luz.

Christina sintió que el día, por fin, dejaba de fingir normalidad.

—¿Qué faltó anoche?

Adrián apretó la mandíbula.

—No puedo hablar aquí.

—Puedes hablar o puedo enseñar esto en voz alta y preguntar quién lo ha perdido.

Fue una amenaza torpe, pero efectiva. Adrián se acercó un poco más.

—Si enseñas eso en voz alta, vendrán a por ti antes de que termines la frase. Y a por mí si estoy cerca. No es una chapa cualquiera.

—¿De un dron?

—De un acoplador de ruta.

—No sé qué es eso.

—Ni deberías saberlo.

—Empiezo a cansarme de esas frases.

Adrián bajó la voz hasta convertirla casi en un susurro.

—Los drones no vuelan solos. No del todo. Siguen rutas marcadas por la red de luz, los repetidores y los pulsos de las cápsulas. Si encontraste un acoplador en el suelo, significa que algo se separó de la red. O que alguien lo separó.

Christina recordó la sombra sobre los tejados, la voz tras el muro y las huellas sobre el barro.

—¿Puede seguir volando sin eso?

—Durante un tiempo. Aunque mal, bajo y ciego.

—¿Y después?

Adrián no respondió enseguida. Un técnico pasó cerca y los dos fingieron mirar el tablón de avisos. Cuando el hombre se alejó, Adrián añadió:

—Después cae. O vuelve a la casa equivocada.

La expresión era extraña, pero demasiado humana para una máquina.

—¿Los drones tienen casa?

—Todo lo que se mantiene en secreto necesita un hogar.