Ladrones de sueños 3 El silencio del valle #4
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3 El silencio del valle #4

Desde el mercado llegó un murmullo más alto.

La niña lloraba ahora en brazos de su madre, mientras un funcionario del sueño intentaba quitarle algo de la mano.

Christina dio un paso instintivo, pero Evan, desde la otra punta, negó apenas con la cabeza.

No era el momento. Esa frase silenciosa la enfureció, porque era cierta.

—Esta mañana han aparecido niños con imágenes —dijo Christina.

Adrián palideció. No mucho, pero lo suficiente.

—¿Qué tipo de imágenes?

—Puertas. Lagos. Torres.

—No lo repitas.

—¿Tú también?

—No es por superstición.

—¿Entonces qué?

Adrián miró hacia las montañas, aunque estas seguían ocultas por la niebla.

—Una mala señal.

La respuesta no servía de mucho, pero la forma en que la dijo sí. No sonó como un técnico escondiendo información oficial. Lo hizo como alguien que había llegado a una conclusión propia y estaba empezando a arrepentirse de conocerla.

—Necesito ver los registros de anoche —dijo Christina.

—No te dejarán.

—No he dicho que vaya a pedir permiso.

Adrián soltó una risa seca, breve, casi involuntaria.

—Eso sí te pega.

—¿Puedes conseguirlos?

—Puedo intentarlo.

—No te he preguntado eso.

—Sí —dijo él, al fin—. Pero no desde aquí. Y no durante el día.

Christina se aseguró de que tenía bien guardada la placa metálica.

—Vendrás a mi oficina al mediodía.

—Te han puesto verde condicionado. Tendrás otra lectura.

—Ya lo sé.

—Entonces estarán pendientes de ti.

—Que se entretengan entonces.

Adrián la miró como si quisiera decir algo más y no supiera si confiar en ella, si advertirla o huir, pero al final se limitó a ajustar la correa del maletín.

—Hay una vieja regla en mantenimiento —dijo—. Cuando falla una lámpara, la cambias. Cuando fallan tres, revisas la línea, pero cuando se encienden solas para guiar algo que no está, no sales de casa.

—¿Anoche saliste?

—Por eso sé que la regla es buena.

Antes de que Christina pudiera decir más, un grito salió de una de las cabinas secundarias.

Como si alguien hubiera tapado una boca con la mano o como si quien gritaba, hubiera recordado demasiado tarde que no debía hacerlo.

Toda la plaza se volvió hacia el mercado y los agentes cerraron filas.

Mallas levantó una mano ordenando calma.

Una técnica salió de la cabina con el rostro pálido y una bolsa transparente en la que había algo pequeño, oscuro y húmedo.

La madre del chico de la puerta negra cayó de rodillas, pero el chico no salió.

Christina avanzó, pero Adrián la sujetó del brazo.

—No.

Ella bajó la mirada hacia la mano de él.

—Suéltame.

—Si entras ahora, te sacarán.

—He dicho que me sueltes.

Adrián obedeció, pero se colocó a su lado.

De la cabina salió un camillero con una manta gris.

Bajo la manta había un cuerpo pequeño o encogido; no se distinguía.

La madre intentó levantarse y dos agentes la contuvieron.

Mallas habló con ella en voz baja, demasiado cerca, demasiado sereno.

El resto de la cola permaneció inmóvil. Nadie abandonó el control ni corrió ni exigió explicación.

El valle parecía haber recordado al mismo tiempo que sobrevivir consistía en quedarse quieto cuando la maquinaria pasaba por delante.

La técnico de la bolsa transparente caminó hacia el furgón y, al pasar cerca, Christina vio lo que llevaba dentro.

No era un órgano ni un arma. Tampoco una pieza de máquina, sino tierra negra, húmeda, pegada en grumos y mezclada con algo parecido a la sal.

Christina pensó en la historia de Sam sobre los ancianos del asilo, en las bocas llenas de tierra, en los drones ausentes, en los niños que veían puertas, en el hombre de las montañas entrando en la cafetería El deshielo con las palabras Dulces sueños talladas en la piel.

La técnico subió al furgón y cerró la puerta.

Poco después el motor aceleró y Mallas se volvió hacia la plaza.

—La incidencia queda bajo control sanitario —anunció con voz clara—. Continúen la fila. El descanso de la comunidad es seguro.

Nadie se movió al principio, pero luego, poco a poco, la cola avanzó un paso y Christina miró a Adrián.

—En mi oficina al mediodía.

Él asintió, pero sus ojos seguían clavados en el furgón que se alejaba.

—Christina.

Era la primera vez que decía su nombre.

—¿Qué?

Adrián tragó saliva.

—Si alguien te pregunta qué has visto, di que nada.

Ella miró la plaza, las cabinas, las fichas verdes y ámbar, las madres calladas, los agentes junto a las farolas, el cartel contra el conteo, la niña abrazada a su madre y el cielo blanquecino donde ahora no había drones visibles.

—Eso parece la costumbre local —dijo, pero Adrián no sonrió.

—No. Es peor. Es la primera norma cuando algo malo empieza.

Christina no preguntó qué empezaba. Aún no.

En su lugar, observó cómo la cola recuperaba su obediente movimiento y comprendió que el silencio del valle no era ausencia de ruido, sino un trabajo colectivo, una disciplina practicada durante generaciones, una forma de tapar con fichas verdes, lemas sanitarios y supersticiones domésticas cualquier cosa que asomara desde debajo.

Esa mañana, por primera vez, el silencio empezó a parecerle una puerta cerrada desde los dos lados.