3 El silencio del valle #2
—Es un niño. Oyó la sirena, nada más. Todos la oímos. No pueden apartarlo por eso.
—Revisión secundaria —dijo el técnico—. No es una sanción.
—Siempre dicen eso.
El funcionario del sueño tomó nota y la madre acompañó al chico hacia la cabina, pero antes de entrar volvió la vista hacia la fila con una expresión de vergüenza y odio.
Christina sostuvo su mirada. No para tranquilizarla.
No tenía nada que ofrecerle. Solo para que al menos una persona no fingiera que aquello era normal.
—Siguiente.
Christina avanzó y apoyó la muñeca en el lector.
El técnico que la atendió era el mismo joven pecoso del día anterior. Al reconocerla, perdió una fracción de seguridad. Ella notó que intentaba no mirar la funda bajo su abrigo.
—Lectura reforzada —dijo él.
—Eso me han dicho.
—Necesito ambas muñecas.
—Ayer bastaba con una.
—Ayer no había protocolo posterior a descarga de arma.
Christina apoyó la otra muñeca y el aparato emitió un sonido más agudo. Una segunda luz recorrió el interior del lector, esta vez blanca, casi dolorosa. Sintió una presión detrás de los ojos y un sabor leve a cobre en la lengua, pero no se movió.
—¿Ha consumido alcohol, sedantes, estimulantes no autorizados o preparados caseros durante las últimas doce horas?
—Café.
—El café no cuenta.
—En El Deshielo sí.
El muchacho no supo si aquello era una broma y prefirió no reaccionar.
—¿Despertares nocturnos?
—Sí.
—¿Cantidad?
—No dormí lo bastante para contarlos.
El técnico introdujo una nota. La pantalla reflejó varias líneas verdes, una amarilla y otra que desapareció antes de que Christina pudiera fijarse.
—¿Motivo de la vigilia?
—Maté a un hombre por la mañana. Salí de noche. Oí una sirena que nadie ha explicado aún. Elige el que te resulte más cómodo.
El técnico levantó los ojos.
—Debe responder con precisión.
—Entonces haga preguntas precisas.
Uno de los funcionarios del sueño se acercó por detrás.
Era un hombre de unos cincuenta años, rostro estrecho, barba recortada y un abrigo tan limpio que parecía ofensivo en medio del barro general.
Christina lo había visto en ceremonias oficiales, siempre cerca de los administradores, siempre a medio paso de quien hablaba, pero siempre en silencio.
Se llamaba Torven Mallas, si recordaba bien.
Supervisión de descanso, archivo de incidencias, algo con un título largo y poca luz.
—Señora Bequer —dijo—, la precisión también incluye colaboración.
—Detective Bequer.
—Por supuesto.
No lo dijo como disculpa.
—Pregunte usted —respondió ella.
Mallas miró la pantalla. No parecía preocupado por los datos, sino por la mínima existencia de Christina en la cola, entre vecinos capaces de escuchar lo que dijeran.
—¿Ha experimentado imágenes intrusivas durante el reposo?
—No.
—¿Voces?
—No.
—¿Sensación de presencia?
Christina pensó en la respiración al otro lado del muro, en la voz susurrando y en las huellas junto al aceite. Aquello no había sucedido durante el reposo, así que respondió con la verdad exacta.
—No durante el reposo.
Mallas la miró.
—La fórmula no admite matices.
—La realidad sí.
El joven técnico bajó la vista hacia la pantalla con miedo de estar presente. Mallas sonrió apenas, un gesto administrativo.
—Después de un episodio violento es frecuente que la memoria inmediata busque conexiones impropias. El hombre de ayer procedía de una zona prohibida. Usted actuó bajo amenaza. El sistema ha registrado su descanso como inestable por causa externa. No hay razón para inquietarse.
—No estoy inquieta.
—Me alegra.
—Estoy despierta.
La sonrisa de Mallas desapareció.
—El valle necesita calma.
—El valle necesita saber por qué sonó una sirena que nadie conoce.
—Hubo una incidencia de sincronización en el sector norte.
—¿Con los drones?
—Con la iluminación.
—La iluminación no vuela.
El silencio alrededor se hizo más compacto. Algunas personas de la cola fingieron mirar sus fichas de sueño. Un agente cambió el peso de una pierna a otra. La madre del chico apartado observaba desde la cabina secundaria.
Mallas bajó la voz.
—Detective, sabe tan bien como yo que las palabras mal elegidas pueden provocar más daño que los hechos.
—Depende de los hechos.
—Los hechos son que un hombre enfermo atacó a ciudadanos y fue abatido. Los hechos son que una alarma técnica se activó durante la noche. Los hechos son que esta mañana estamos evaluando el descanso de la población para evitar rumores, contagios de ansiedad y errores de interpretación.
—¿Contagios de ansiedad? —preguntó Christina.
—La ansiedad se transmite en comunidades cerradas o aisladas.
—También la mentira.
El joven técnico dejó de respirar durante un segundo. Mallas sostuvo la mirada de Christina sin apartarse.
—Su lectura es aceptable —dijo—. Verde condicionado. Deberá repetirla al mediodía.
—No suelo hacer dos controles al día.
—Hoy sí.
La luz del lector cambió a verde, pero junto al verde apareció un borde fino de color ámbar que se apagó casi al instante. Christina retiró las manos antes de que el técnico se lo indicara.
—¿Qué significa condicionado?
—Seguimiento preventivo.
—¿Preventivo de qué?
Mallas ya se alejaba.
—De errores.
Christina salió del soportal con la sensación de haber sido limpiada por una máquina sucia.
El aire frío le alivió la presión de la cabeza.
En la plaza, la actividad había recuperado una apariencia de normalidad, aunque las normalidades recuperadas con demasiada rapidez siempre dejaban costuras visibles.
Un vendedor de carbón discutía con una panadera por el peso de un saco.
Dos niñas con trenzas corrían hacia la escuela hasta que una cuidadora les ordenó caminar.
Un anciano daba de comer a palomas bajo una señal que prohibía alimentar aves por riesgo sanitario.
A la entrada del callejón de la funeraria, Evan Darr estaba de pie junto a su furgón negro, con las manos enfundadas en guantes de cuero y la mirada fija en el mercado.
Christina cruzó hacia él.
Evan no era alto, pero tenía esa delgadez vertical de los hombres que pasan muchas horas entre cajas, pasillos estrechos y habitaciones donde nadie habla por gusto.
Vestía siempre de oscuro, no por teatralidad funeraria, sino porque la muerte manchaba menos los colores que ya habían renunciado a la luz.
Su rostro era sereno, anguloso, con ojeras permanentes y una breve barba que nunca parecía recién afeitada ni descuidada.
En Ðawn’s Falł los funerarios eran casi tan importantes como los médicos.
No solo enterraban; certificaban que la comunidad continuaba siendo reconocible.
Cuando un muerto podía ser lavado, vestido, nombrado y colocado bajo tierra con las manos cruzadas, el valle respiraba tranquilo. Cuando no, empezaban los murmullos.
—Te han hecho lectura reforzada —dijo Evan.
—¿A ti también te saludan por las mañanas?
—Solo cuando hay suficientes cadáveres.
Christina se detuvo a su lado. Desde allí podían ver la cola, las cabinas secundarias y el furgón sin matrícula.
—¿Has recibido al hombre de ayer?
—No.
Eso la sorprendió.
—¿Quién lo tiene?
—Custodia sanitaria.
—Murió en mi escena.
—Y dejó de pertenecer a tu escena antes de enfriarse.
Evan habló sin emociones, pero la mandíbula se le movió con una tensión sutil. Christina lo conocía lo bastante como para distinguir su calma profesional de su calma verdadera.
—¿Te negaron el cuerpo?
—Me llamaron a las siete de la tarde, me pidieron sala fría, mesa de lavado aislada y registro cerrado. A las ocho anularon la orden. A las nueve, dos agentes recogieron el cuerpo directamente del depósito temporal. Firmó Mallas.
Christina miró hacia el mercado. Torven Mallas estaba junto a una cabina, revisando datos con una técnico.
—¿Motivo?
—Riesgo biológico.
—¿Lo hay?
—Todos los cuerpos tienen riesgos si alguien necesita que los tengan.
Evan abrió la parte trasera del furgón. Dentro había una camilla vacía, mantas de traslado, una caja de instrumental y varias bolsas de cal.
El olor de su trabajo lo acompañaba incluso cuando no llevaba muertos: desinfectante, madera encerada, metal frío y flores que nunca terminaban de ocultar nada.
—Anoche sonó una alarma —dijo Christina.
—La oí.
—¿Y?
—Dormí con las luces encendidas.
—Aquí todo el mundo duerme con luces encendidas.
—Encendí las mías.
Christina entendió. La luz obligatoria era una cosa; la luz elegida, otra. Evan miró hacia la calle de la funeraria.
—A medianoche golpearon la puerta del patio.
—¿Quién?
—Cuando abrí la mirilla, no había nadie, pero encontré barro en el umbral.
—¿Huellas?
—Sí.
Christina sintió que el frío le bajaba un poco por la espalda.
—¿Avisaste?
—Sí. Me dijeron que un vecino habría salido desorientado por la alarma.
—¿Algo más?
—Que no abriera más la puerta.
Evan cerró el furgón con suavidad.
—Otra cosa. Sobre las tres recibí una orden de preparar dos nichos provisionales.
—¿Para quién?
—No incluía nombres. Solo medidas.
—¿Medidas?
Evan la miró por primera vez de frente.
—Uno de los nichos era para un adulto. El otro no.
A pocos metros, dentro de la cabina secundaria, el chico que había visto una puerta negra empezó a llorar en silencio y su madre golpeó el cristal con la palma abierta.
Un técnico intentó calmarla. Nadie en la plaza se movió.
Christina apartó la vista, porque mirar demasiado no ayudaba y porque guardar la rabia para usarla después era una disciplina que había aprendido desde muy joven.
—Necesito entrar en el depósito temporal —dijo.
—No podrás.
—No he preguntado si será fácil.
—Ya no está allí. Lo limpiaron de madrugada. Cambiaron los filtros, quemaron las sábanas, retiraron la mesa y sellaron el desagüe.
—¿Por un brote psicótico?
Evan no respondió.
Una voz infantil sonó a sus espaldas.
—Señora Bequer.