1 Ðawn’s Falł #3
Sam palideció apenas, no porque Christina lo hubiera corregido, sino porque le había devuelto sus propias palabras convertidas en algo más pesado.
—No —murmuró—. No lo cambia.
Christina salió a la calle antes de que la conversación atrajera más oídos.
El frío le mordió la cara. En la plaza, la niebla baja se movía entre las piernas de la gente como humo perezoso.
El pueblo olía a carbón mojado, lana, establos lejanos y pan de horno comunitario.
A lo lejos, por encima de los tejados, las montañas formaban una muralla irregular, demasiado cercana, demasiado alta, con laderas negras de pino y cicatrices blancas donde la nieve permanecía incluso en los meses menos crueles.
Christina alzó la vista hacia las crestas.
No esperaba ver drones a esa hora. No esperaba ver nada.
Pero, aun así, miró. Había aprendido que en Ðawn’s Falł las cosas importantes rara vez aparecían cuando correspondía.
Cruzó la plaza despacio, esquivando charcos y placas de hielo sucio.
La gente la saludaba con movimientos breves de cabeza.
Nadie se detenía si no necesitaba algo. Una detective privada en un lugar sin salida era una figura incómoda: útil cuando faltaba dinero, cuando un marido mentía, cuando una hija se escapaba a un granero con alguien inconveniente, cuando desaparecían medicinas del almacén o cuando un testamento olía a trampa; molesta cuando recordaba a todos que incluso dentro de una comunidad vigilada seguían existiendo secretos y trapos sucios.
Christina había investigado robos de combustible, chantajes familiares, certificados falsos de sueño, adulterios torpes, peleas entre clanes de leñadores y un caso especialmente desagradable de carne vendida como cabra cuando no lo era.
Nada de eso la hacía importante. La importancia en Ðawn’s Falł pertenecía a los administradores del sueño, a los técnicos de luz, a los médicos, a los custodios de archivo y a los viejos nombres que aparecían en las placas de la Ruptura.
Ella era otra cosa: alguien a quien se llamaba cuando la verdad era demasiado pequeña para molestar al ayuntamiento y demasiado sucia para dejarla en familia.
El punto de control matinal estaba instalado bajo el soportal del antiguo mercado de grano.
Tres cabinas metálicas, dos técnicos con batas grises, una pantalla central y una fila de vecinos que avanzaba sin protesta.
Cada persona apoyaba la muñeca en el lector, inclinaba la cabeza, esperaba el destello azul y recibía una frase breve: descanso suficiente, sueño estable, cápsula activa, seguimiento innecesario.
A veces alguien era apartado para una revisión secundaria.
La mayoría fingía no mirar. Christina se colocó al final de la cola.
Delante tenía a una mujer embarazada con botas de goma y a un muchacho de reparto que bostezaba sin abrir del todo la boca, como si incluso el cansancio necesitara permiso.
En la pared del soportal había varios amuletos clavados entre anuncios oficiales: ramitas de serbal contra las visitas nocturnas, una medalla oxidada de San Bardo —un santo local que probablemente nunca había existido—, una bolsita de tela con semillas de amapola y un papel escrito a mano que alguien había pegado sobre el cartel sanitario: No despertéis con nombres ajenos en la boca .
Un funcionario lo arrancó mientras Christina miraba.
Lo hizo deprisa, lo dobló en cuatro y lo guardó en el bolsillo.
Ese detalle le interesó más que la frase.
Cuando llegó su turno, apoyó la muñeca izquierda en el lector.
El técnico no levantó la vista. Era joven, pecoso, con el pelo rubio aplastado por la humedad y los dedos manchados de tinta de calibración.
En la pantalla apareció su ficha: Christina Bequer, residente sector bajo, licencia privada, cápsula activa.
El aparato emitió un zumbido fino que siempre le producía una molestia detrás de los ojos.
Una luz azul recorrió el borde del lector. Después, verde.
—Descanso suficiente —dijo el técnico—. Sueño estable. Sin incidencia.
—¿Quién ha escrito eso? —preguntó Christina.
El muchacho parpadeó.
—¿Cómo?
—Sin incidencia. ¿Lo escribes tú o lo decide la máquina?
—El sistema.
—¿Y si el sistema se equivoca?
El técnico levantó por fin los ojos. Tenía el miedo administrativo de los empleados que no están autorizados a imaginar fallos.
—No se equivoca.
Christina retiró la muñeca.
—Todo se equivoca.
No esperó respuesta. Salió del soportal y se quedó un momento bajo el alero, observando la fila.
La mujer embarazada sonrió al recibir luz verde.
El chico de reparto fue apartado para una segunda lectura y fingió indiferencia, aunque se le tensaron los hombros.
Dos ancianas murmuraban una oración que no nombraba a Dios, sino al sueño limpio, al techo firme y a la mañana sin visitas.
Christina había oído esa fórmula de niña.
Su abuela la decía mientras apagaba la lámpara: techo firme, sueño limpio, boca cerrada, nadie dentro .
Cuando Christina preguntó qué significaba “nadie dentro”, la anciana le tocó los labios con un dedo frío y le respondió que las niñas inteligentes no pedían explicaciones durante la noche.
Un golpe metálico llegó desde la calle del Lavadero y Christina giró la cabeza.
No era fuerte, pero sí extraño, un sonido de piedra contra chapa.
Vio a un operario inclinado junto a una farola automática, ajustando el panel inferior.
Llevaba uniforme de iluminación municipal.
Durante un segundo pensó en Adrián Ross y en lo que Marek había dicho: los cables mandan más que los alcaldes.
Luego vio algo más. En la esquina de la plaza, junto al tablón de anuncios, dos agentes de vigilancia hablaban con un hombre de abrigo largo.
Uno de los agentes sostenía una carpeta roja, color reservado a incidencias de infraestructura.
El hombre del abrigo no parecía alarmado, pero miraba constantemente hacia las montañas.
Christina conocía esa manera de mirar. No buscaba paisaje, sino confirmación.
Empezó a caminar hacia ellos, pero antes de dar diez pasos oyó gritos.
No fueron gritos de miedo al principio, sino de sorpresa, esa clase de exclamaciones confusas que salen de una multitud cuando algo rompe una norma física menor: un caballo suelto en la calle, un cristal que cae, un niño que se desploma.
Procedían del extremo norte de la plaza, donde la calle estrecha subía hacia los almacenes de leña y, más allá, hacia los primeros cercados de montaña.
Christina se detuvo. La gente también. Durante un instante, todo Ðawn’s Falł pareció contener el aliento.
Después alguien chilló de verdad.
Christina apartó la chaqueta y apoyó la mano sobre la pistola.
Corrió hacia la esquina, pasando junto a un carro de pan y dos mujeres que se pegaron a la pared a su paso.
Desde allí vio movimiento al fondo de la calle: personas retrocediendo, una cesta caída, manzanas rodando por el empedrado y un perro ladrando con el rabo metido entre las patas.
El frío parecía haberse vuelto más denso.
Un hombre apareció en ese momento tambaleándose entre la niebla.
Al principio Christina pensó que era un pastor herido o un leñador perdido.
Luego vio que venía descalzo. Sus pies estaban negros de barro y sangre, con las uñas rotas y la piel abierta en tiras.
Llevaba unos pantalones rasgados, una camisa sin botones y el pecho desnudo pese al frío.
Tenía el cuerpo cubierto de arañazos, mordeduras, costras oscuras y marcas de haber atravesado maleza, roca y quizá algo peor.
El pelo le caía sobre la cara en mechones húmedos.
Caminaba encorvado, pero no débil. Cada paso parecía dolerle y, al mismo tiempo, no importarle.
La gente se apartaba sin saber aún si ayudarlo o huir.
—¡Necesita un médico! —gritó alguien.
El hombre levantó la cabeza y Christina vio sus ojos.
No estaban blancos ni rojos ni monstruosos.
Eso habría sido más fácil. Eran ojos humanos agotados hasta quedar vacíos de personalidad, secos, fijos, abiertos con una atención que no pertenecía al cuerpo que los llevaba.
Miró la plaza, las fachadas, las luces apagadas, las cabinas de control, la cafetería al otro lado.
Luego miró hacia arriba, al cielo pálido donde no había drones en ese momento.
Christina sacó la pistola.
—¡Quieto!
La palabra cruzó la calle con claridad. Varios vecinos se apartaron más.
El hombre no la obedeció. Aunque tampoco pareció oírla.
Siguió avanzando hacia la cafetería de Marek.
En su pecho, sobre la piel hinchada y amoratada, había letras irregulares, grandes, trazadas con líneas torcidas que parecían un tatuaje, una cicatriz y quemadura al mismo tiempo.
Christina necesitó un segundo para leerlas, porque la piel se movía con su respiración entrecortada.
DULCES SUEÑOS
El nombre golpeó la calle con más fuerza que cualquier grito y alguien empezó a llorar.
Un técnico del punto de control dejó caer una tableta que se rompió contra el suelo.
El hombre de las montañas sonrió. No fue una sonrisa de burla ni de alegría.
Fue el gesto mecánico de una boca recordando para qué servía.
—¡Al suelo! —dijo Christina, apuntándole al pecho—. ¡Ahora!