1 Ðawn’s Falł #2
Un hombre sentado cerca de la estufa murmuró algo contra los borrachos.
Una mujer joven, con uniforme de enfermera del dispensario, bajó la mirada hacia su pan sin mantequilla.
En la mesa más próxima a la puerta, dos operarios de mantenimiento dejaron de masticar.
Christina notó ese silencio inmediato y obediente que siempre la irritaba más que los gritos.
No era miedo a Olin. Nadie tenía miedo de un borracho con hígado de cristal.
Era miedo a las palabras cuando rozaban ciertos contornos.
En Ðawn’s Falł se podía hablar del precio de la harina, de los partos difíciles, de la humedad en los pulmones, de las cabras perdidas en los riscos bajos, de los matrimonios mal avenidos y de los entierros caros.
Se podía discutir durante horas sobre la mejor manera de salar carne o sobre si las nuevas luces de la calle del Lavadero daban dolor de cabeza.
Pero había temas que encogían toda la habitación: la montaña, el exterior, los sueños y la cantidad exacta de drones.
Marek se inclinó hacia Olin.
—Bebe despacio o te vas.
—Siempre me voy —dijo Olin—. Esa es la diferencia entre tú y yo.
—Tú no te vas a ninguna parte.
La frase quedó suspendida sobre la barra con una verdad demasiado conocida.
Nadie se iba a ninguna parte. Ðawn’s Falł llevaba ochenta y cinco años repitiéndose a sí mismo que la salida estaba sepultada bajo millones de toneladas de piedra, hielo sucio y árboles muertos.
La Ruptura había cerrado el paso del este, había partido el mundo en dos mitades y había dejado al valle convertido en una bolsa de aliento frío entre montañas.
Así lo enseñaban en la escuela. Así lo repetían los discursos.
Así lo certificaban las placas de bronce, los planos oficiales y los viejos informes conservados en la biblioteca municipal.
Los niños dibujaban la avalancha con lápices grises y azules; los adolescentes visitaban una vez al año el muro de contención; los adultos fingían no preguntarse qué habría más allá de la roca.
Christina no necesitaba creer en todas las versiones para aceptar el hecho esencial: el pueblo no tenía camino.
Los senderos altos estaban prohibidos, las gargantas secundarias se consideraban inestables y las cimas, incluso en verano, quedaban envueltas en una blancura que parecía más antigua que la nieve.
La puerta de la cafetería se abrió y entró una ráfaga de aire húmedo.
Varias cabezas se volvieron. No por curiosidad, sino por reflejo.
En Ðawn’s Falł cada entrada era una comprobación.
Apareció una madre con un niño de la mano, ambos envueltos en abrigos oscuros.
El pequeño tendría seis o siete años y llevaba en la muñeca una pulsera de control escolar con una luz verde diminuta.
Miró a Christina con descaro infantil y luego miró al techo, donde las tuberías viejas sudaban gotas que caían dentro de un cubo esmaltado.
—Mamá —dijo—, ¿hoy también nos miran mientras dormimos?
La madre le apretó los dedos con tanta fuerza que el niño hizo una mueca.
—No digas tonterías.
—Lo dijo Eren. Dijo que los Atrapasueños miran por dentro.
Marek fingió ordenar platos. Sam bajó los ojos a su cuaderno.
Olin sonrió contra el borde de la copa con una tristeza torcida.
Christina observó a la madre. No parecía enfadada, sino asustada por la inocencia de la pregunta.
En el valle todos usaban la palabra Atrapasueños de maneras distintas.
Para algunos eran los drones. Para otros, los implantes revisados cada mañana.
Para los niños, una mezcla confusa de luces nocturnas, médicos, normas de sueño y cuentos domésticos.
Había madres que decían “duerme o vendrá el Atrapasueños”; había maestros que corregían esa expresión con severidad; había ancianas que colgaban círculos de sauce junto a la cama, aunque los técnicos sanitarios los llamaban basura supersticiosa.
Christina había visto informes donde Atrapasueños aparecía como término administrativo, escrito con mayúscula inicial y frialdad de sello oficial.
Había visto también muñecos infantiles con alas de metal y ojos bordados que se vendían durante las fiestas de la Ruptura.
El valle tenía una habilidad enferma para convertir sus sistemas de control en objetos de costumbre.
—Los Atrapasueños cuidan —dijo la madre en voz baja, más para los adultos que para el niño—. Eso es todo.
El niño no pareció convencido.
—¿Y de qué cuidan?
Nadie respondió. La madre pidió pan dulce, pagó con fichas de racionamiento y salió casi enseguida.
La puerta se cerró detrás de ellos con un golpe blando.
Durante unos segundos, solo se oyó la estufa, el goteo del cubo y el roce de la cuchara de Christina contra la avena.
Ella no tenía hijos y no se permitía demasiadas opiniones sobre cómo educarlos dentro de una jaula rodeada de montañas, pero le molestaba aquella frase: “Los Atrapasueños cuidan”.
Cuidar era una palabra cómoda. Servía para una madre, para un carcelero, para un médico que no explicaba el tratamiento y para un guardia que cerraba una puerta desde fuera.
—Antes se les ponía sal bajo la almohada —murmuró Sam.
Marek lo miró con cansancio.
—No empieces.
—Mi abuela lo hacía. Sal en un pañuelo y una aguja cruzada. Decía que así nada te encontraba dormido.
—Tu abuela también escupía tres veces cuando oía una lechuza.
—Y vivió noventa y cuatro años.
—Borracha de vinagre.
Olin alzó un dedo.
—La sal funciona. Lo malo es cuando viene algo con hambre de sal.
La enfermera dejó unas monedas sobre la mesa y se marchó sin terminar el desayuno.
Christina siguió el movimiento con los ojos.
La mujer caminaba deprisa, pero antes de cruzar la puerta miró hacia arriba, al techo, como si esperara oír un zumbido detrás de la madera.
No era la única. Esa mañana todo el mundo miraba demasiado.
A la ventana, al reloj, al techo, al cielo blanco detrás de los cristales.
Christina empezó a preguntarse si Sam había sido el primero en decirlo o solo el primero en no callarse.
Marek se acercó a su mesa con la cafetera.
—¿Más?
—Sí.
Le rellenó la taza. El café cayó negro y espeso.
—No hagas caso a Sam.
—Nunca hago caso a nadie.
—Eso no es verdad. Solo a los muertos.
Christina levantó la vista.
Marek sostuvo la cafetera entre ambas manos. Tenía ojeras y una pequeña quemadura reciente en el dorso de la muñeca. En la manga de su camisa había una mancha marrón que podía ser salsa o sangre vieja de carne. Su voz había perdido el tono de taberna.
—Anoche pasaron tarde.
Christina no respondió enseguida.
—¿Los drones?
—No todos. O no igual. Yo cierro a las diez y media. Bajo persianas, limpió barra, apago cocina. A las once menos cinco suele pasar el segundo barrido sobre la plaza. Siempre hace vibrar los cristales de arriba. Anoche vibraron a las once y doce.
—Diecisiete minutos.
—Más o menos.
—¿Avisaste?
Marek soltó una risa seca.
—¿A quién? ¿A los técnicos para que me digan que no sé mirar un reloj? ¿A vigilancia para que me apunten en una lista? No, Christina. Te lo digo a ti porque estás aquí y porque, cuando algo se pudre, tienes la mala costumbre de olerlo antes que los demás.
Ella bebió otro sorbo. El líquido le calentó la lengua y le dejó en la boca un gusto metálico.
—¿Algo más?
Marek dudó.
—Las luces de la plaza se encendieron antes.
—¿Cuánto antes?
—No lo sé. Un minuto. Dos. Lo suficiente para verlo raro.
Christina miró hacia la ventana. La plaza seguía su rutina de barro, abrigo y silencio.
Las luces automáticas estaban apagadas ahora, pequeñas cápsulas opacas sobre postes de hierro.
La red lumínica del valle era vieja pero precisa.
Se encendía por sectores, acompañaba las rutas de los drones, marcaba los horarios de recogida, descanso y cierre.
A la gente le gustaba decir que las luces ahorraban energía.
Christina sospechaba que también ahorraban preguntas.
Nada tranquilizaba tanto a una comunidad encerrada como una bombilla obediente.
—Habla con Adrián Ross —dijo Marek—. Él sabe de esas cosas.
—Adrián sabe de cables.
—Los cables mandan más que los alcaldes.
Olin soltó una carcajada ronca.
—Eso habría que escribirlo en la iglesia.
—No tenemos iglesia —dijo Sam.
—Por eso mismo.
La campana de mantenimiento sonó desde el edificio municipal: tres golpes graves, separados por pausas largas.
No era una campana verdadera, sino una grabación reproducida por altavoces antiguos, pero a nadie parecía importarle.
Marcaba el inicio de la jornada, la apertura de los controles y el momento en que el pueblo dejaba de ser un conjunto de personas desayunando para convertirse en una maquinaria de hábitos.
Varias sillas se arrastraron. Los operarios terminaron el café de pie.
Una pareja de ancianos se abrochó los abrigos sin hablar.
Sam cerró su cuaderno con cuidado y lo guardó dentro de la chaqueta, como si protegiera un documento valioso.
Christina pagó su desayuno, dejó una ficha extra junto al plato y se puso de pie.
La pistola le pesó bajo la ropa con una familiaridad discreta.
—¿Vas al control? —preguntó Marek.
—Como todos.
—Tú nunca haces las cosas como todos.
—Pero dejo que lo crean.
Marek asintió, aunque no sonrió. Christina caminó hacia la puerta. Al pasar junto a Sam, este le rozó la manga con dos dedos. No la agarró. Sam sabía que a Christina no se la agarraba.
—Anoche faltó un sonido.
—Ya me lo has dicho.
—No. Te he dicho que uno sonó distinto. Ahora te digo que faltó otro. Entre el quinto y el sexto barrido siempre hay un eco en la chimenea de la escuela vieja. Mi ventana da justo allí. Anoche no lo hubo.
Christina lo miró con atención.
—¿Contaste veinte?
Sam tragó saliva.
—Creí que sí.
—¿Creíste?
—Había niebla.
—La niebla no cambia el sonido —dijo ella.