Ladrones de sueños
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1 Ðawn’s Falł
La primera luz del día nunca llegaba limpia a Ðawn’s Falł, sino deshecha en una claridad lechosa que bajaba de las montañas como si alguien la hubiera filtrado a través de lana húmeda, hollín viejo y niebla de cementerio.
Christina Bequer lo había visto tantas veces que ya no esperaba otra cosa.
El valle amanecía siempre con la misma lentitud enferma: primero el lado superior de los pinos, después los tejados negros de pizarra, luego las chimeneas torcidas, las fachadas de madera oscurecida por décadas de humedad y, al final, cuando el pueblo ya parecía despierto por obligación y no por deseo, el cielo pálido se abría apenas sobre las crestas cerradas que rodeaban el lugar desde hacía ochenta y cinco años.
A esa hora, antes de que sonaran las campanas de mantenimiento, antes de que las colas se formaran en los controles de sueño y antes de que la gente fingiera que todo seguía siendo normal, la cafetería de Marek Solt olía a café, pan de centeno, tocino, lana mojada y leña recién apagada.
Christina ocupaba siempre que podía la mesa del fondo, de espaldas a la pared, con la ventana a su izquierda y la puerta principal dentro del ángulo de visión.
No era una manía heroica ni una pose de detective de novela barata; en un pueblo donde todos sabían quién era cada cual, qué compraba, a qué hora dormía y cuánto tardaba en cruzar la plaza, sentarse con la espalda descubierta era una forma inútil de cortesía que ella no practicaba.
Tenía treinta y nueve años, el pelo oscuro recogido sin ningún cuidado, una cicatriz fina junto a la ceja derecha y una manera de mirar que hacía que la gente bajara la voz antes incluso de saber qué había dicho mal.
Sobre la mesa había una taza de café bien negro, un pequeño cuenco con gachas de avena y manzana, una libreta cerrada, la licencia de investigación doblada dentro de la cartera y una pistola corta bajo la chaqueta, apoyada contra la costilla como un animal en hibernación.
En Ðawn’s Falł casi nadie llevaba armas a la vista, no porque no existieran, sino porque exhibirlas se consideraba una vulgaridad propia de los años anteriores a la Ruptura.
Los viejos aún hablaban de escopetas de caza guardadas en altillos, de revólveres heredados de bisabuelos mineros, de cuchillos de despiece afilados con aceite de linaza y de bastones con una hoja afilada escondida, pero la violencia se había vuelto tan rara que algunos jóvenes la confundían con una leyenda.
Christina no cometía ese error. Había visto demasiados cuerpos como para creer en pueblos pacíficos.
Marek limpiaba vasos detrás de la barra con un paño gris que había perdido cualquier promesa de blancura.
Era un hombre ancho y vencido de hombros, barba rala y manos de carnicero, aunque nunca había matado más que gallinas y alguna trucha golpeada contra la piedra del fregadero.
Su cafetería se llamaba El Deshielo, un nombre antiguo que a nadie le parecía irónico, porque en Ðawn’s Falł las bromas envejecían igual que la madera: se hinchaban, se agrietaban y se quedaban ahí para siempre.
En la pared principal colgaban fotografías amarillentas del valle antes de los últimos refuerzos de las barreras de montaña, un mapa turístico que nadie consultaba desde hacía mucho tiempo, varias cucharas ceremoniales de las fiestas de invierno y una tira de papel rojo contra el mal del sueño, trenzada con hilo negro y dos dientes de cabra.
Marek decía que la había puesto por su abuela y que no creía en esas cosas, pero cada vez que la tira se soltaba por efecto de la humedad, subía a una silla y la colocaba de nuevo con una seriedad casi religiosa.
En el pueblo abundaban esas contradicciones.
Nadie reconocía ser supersticioso, pero todos evitaban dormir con los pies orientados hacia las montañas.
Nadie hablaba de fantasmas, pero en las casas más antiguas se dejaba una taza vacía en la cocina durante la noche, para que los muertos no bebieran de la boca de los vivos.
Nadie aceptaba creer en presagios, pero cuando un cuervo golpeaba un cristal al amanecer, la gente retrasaba una visita, aplazaba una compra o mandaba a los niños por otro camino.
Christina había crecido escuchando ese tipo de advertencias, hasta que dejaron de parecerle simples historias y se convirtieron en una forma práctica de medir el miedo.
En los pueblos aislados, las supersticiones no sobreviven porque sean ciertas, sino porque durante generaciones alguien ha necesitado explicar con ellas aquello que no podía decir en voz alta.
—Hoy tardan —dijo Sam, desde la mesa junto a la ventana.
No levantó mucho la voz, pero en El Deshielo bastó aquello para que tres conversaciones murieran a la vez.
Sam Jerrik tenía más de sesenta años, aunque nadie se ponía de acuerdo en cuántos exactamente.
Era delgado, nervioso, con la piel del cuello arrugada como papel encerado y los ojos pequeños de quien ha pasado la vida vigilando señales que otros ignoran.
Trabajaba de reparador de tejados cuando las rodillas se lo permitían y de contador de desgracias cuando no.
Llevaba siempre una gorra de lana verde, una bufanda con remiendos y un cuaderno de tapas blandas donde apuntaba las rutas nocturnas de los drones, las variaciones del viento, los fallos de luz y los nombres de las personas que se ausentaban demasiado tiempo de sus ventanas después del toque de sueño.
La mayoría se reía de él con esa indulgencia cruel que los pueblos reservan para los hombres que aún no están locos del todo.
Christina no se reía. Sam se equivocaba muchas veces, pero cuando acertaba, lo hacía antes que nadie.
—¿Quiénes? —preguntó Marek, aunque ya sabía la respuesta.
Sam no apartó la vista de la ventana. Al otro lado, la plaza estaba cubierta de una película de agua sucia y los cables que unían los edificios como venas goteaban con la paciencia de una herida vieja.
Dos mujeres cruzaban hacia el dispensario con cestas de ropa; un chico empujaba una carretilla cargada de troncos; un empleado municipal retiraba hojas podridas de la boca de una alcantarilla.
Todo parecía normal y, precisamente por eso, Christina dejó la cuchara dentro del cuenco y miró hacia el reflejo del cristal.
—Los veinte —dijo Sam, en ese momento.
El borracho de la gorra, que no se llamaba así, pero a quien casi todos llamaban así porque las identidades secundarias se pegaban en Ðawn’s Falł como barro seco, soltó una risa breve desde el extremo de la barra.
Aún no era mediodía y ya tenía una pequeña copa delante, llena de un aguardiente transparente que los destiladores locales preparaban con manzana verde, raíz amarga y una paciencia ilegal.
Se llamaba Olin Vark, aunque hacía años que nadie lo nombraba salvo para firmar multas o apartarlo de un banco público.
Llevaba una gorra de cazador con orejeras, una chaqueta militar que pudo haber pertenecido a su padre o a un cadáver y unas botas demasiado grandes para sus piernas flacas.
—Los veinte salen de noche, Sam —dijo Olin, arrastrando las palabras sin perder del todo la puntería—. Si los ves ahora, deja el café y pide confesión.
Marek resopló, pero no sonrió. Nadie sonrió demasiado.
Christina se llevó la taza a los labios y bebió un sorbo pequeño.
El café estaba amargo, quemado y fuerte, como casi todo lo que se hacía en el valle.
Desde niña le habían dicho que los drones no se miraban de día porque de día no estaban, que no se contaban al amanecer porque ya habían cumplido su trabajo y que pensar demasiado en ellos era una costumbre de solitarios, viudos o enfermos.
Sin embargo, la gente los contaba. Los niños aprendían a hacerlo antes de saber multiplicar.
Veinte luces sobre la garganta norte, veinte sombras cruzando la cantera vieja, veinte zumbidos leves sobre el barrio bajo, veinte destellos al pasar junto al campanario sin campana.
Uno podía decir que no le importaban, pero si una noche el patrón sonaba distinto, las cortinas se movían en todas las calles.
Las máquinas formaban parte del sueño del valle precisamente porque nadie soñaba.
—Anoche uno iba bajo —insistió Sam.
—Anoche había niebla —respondió Marek.
—La niebla no cambia el sonido.
—La niebla cambia todo.
Christina dejó la taza en el plato sin ruido.
—¿Cuál? —preguntó.
Sam volvió la cabeza hacia ella con una mezcla de gratitud y temor, como si no hubiera esperado que nadie respetable le diera cuerda delante de testigos.
—El que cruza sobre los depósitos. El del tercer barrido, después del de la escuela. Siempre vibra doble cuando gira hacia los tejados de la calle Oblicua. Anoche no vibró. Pasó liso. Como si lo llevaran apagado por dentro.
—Puede ser una reparación —dijo Christina.
—No reparan de noche.
—Tú no sabes cuándo reparan.
Sam se encogió un poco, pero no cedió.
—Sé cuándo suenan.
Olin levantó la copa hacia la tira roja de la pared.
—A lo mejor se ha cansado de tragarse nuestras pesadillas.
Marek golpeó la barra con el paño, no muy fuerte, pero sí lo suficiente para marcar límite.
—Aquí nadie habla de eso.
—¿De qué? —Olin abrió mucho los ojos, fingiendo inocencia—. ¿De pesadillas? ¿De sueños? ¿De máquinas? ¿O de que vivimos dentro de un cuenco con veinte moscas de hierro dando vueltas mientras nos dicen que todo va bien?