1 Ðawn’s Falł #4
El hombre giró hacia ella muy despacio, y por primera vez pareció verla.
La distancia entre ambos era de unos doce metros.
Había demasiada gente detrás, tanta como puertas abiertas, sobraban los cuerpos paralizados por la estúpida esperanza de que la autoridad, cualquiera que fuese, resolviera la escena sin sangre.
Christina midió el ángulo, la respiración y la presión del dedo sobre el gatillo.
No quería disparar en la plaza. No quería disparar contra un hombre descalzo.
No quería que un niño recordara aquella mañana como el día en que una detective mató a alguien que solo necesitaba ayuda.
Entonces el hombre corrió.
No lo hizo como un herido. Se lanzó hacia la cafetería con una velocidad brutal, usando manos y pies durante los primeros pasos, resbalando sobre el empedrado y golpeando con el hombro a una mujer que cayó contra un poste.
Christina gritó de nuevo, pero ya se movía.
La gente se abrió tarde. El hombre alcanzó la puerta de El Deshielo y la embistió con todo el cuerpo.
La madera golpeó la pared interior. Dentro se oyeron platos rotos, una silla arrastrada con violencia, la voz de Marek y el alarido agudo de alguien que no llegó a formar una palabra.
Christina entró detrás esgrimiendo la pistola.
La cafetería, que minutos antes había sido calor, café y pequeñas supersticiones, se había convertido en un espacio estrecho lleno de movimiento torpe.
Sam estaba en el suelo junto a la ventana.
Olin se había subido contra la barra con la copa todavía en la mano.
Marek sostenía un cuchillo de pan. El hombre de las montañas tenía agarrado por el cuello a uno de los operarios de mantenimiento y lo levantaba contra una mesa con una fuerza imposible para su estado.
No decía nada. No gruñía. No jadeaba siquiera como un animal.
Solo abría la boca demasiado, como si intentara respirar por un lugar que no era para eso.
—¡Suéltalo! —gritó Christina.
El hombre giró y el operario cayó al suelo tosiendo.
Durante un segundo, todos quedaron inmóviles.
Christina vio el tatuaje de cerca. Las letras no estaban solo sobre la piel.
Parecían hundidas en ella, inflamadas desde abajo, como si alguien hubiera escrito aquel nombre muchas veces sobre el mismo tejido hasta obligarlo a obedecer.
El hombre miró la tira roja contra el mal de sueño colgada en la pared.
La arrancó con un manotazo y después miró a Christina. Y entonces se abalanzó sobre ella.
Christina disparó una vez al centro del pecho.
El impacto lo detuvo apenas. Disparó una segunda.
El cuerpo retrocedió contra una mesa, rompió el borde con la cadera y siguió avanzando.
La cafetería se llenó de humo, gritos y olor a pólvora.
Christina dio un paso lateral para alejarlo de Sam, apuntó más alto y disparó una tercera vez.
El hombre cayó sobre una rodilla. Sus manos arañaron el suelo.
Levantó la cabeza con una expresión que no era dolor, sino irritación, como si el cuerpo hubiera recibido una interrupción molesta.
Christina notó entonces algo peor que miedo: sintió que aquel hombre no estaba decidiendo nada.
Disparó tres veces más.
Los últimos impactos lo empujaron de espaldas contra la mesa central y cayó entre platos rotos, café derramado y astillas.
Su pierna derecha se movió durante unos segundos, golpeando el suelo con el talón desnudo hasta que se quedó quieto.
Nadie habló ni se acercó. El humo de los disparos subió lentamente hacia el techo.
Christina mantuvo el arma apuntada hasta que estuvo segura de que el pecho ya no se movía.
Marek fue el primero en respirar, haciendo ruido sin proponérselo.
—¡Dios santo!
—No tenemos iglesia —susurró Olin, desde la barra, pero esta vez nadie rio la gracia.
Christina avanzó un paso. Luego otro. Se agachó junto al cadáver sin tocarlo.
De cerca olía a nieve vieja, sudor ácido, tierra húmeda y algo dulzón que no encajaba con ningún cuerpo vivo.
Tenía la mandíbula desencajada, los labios partidos y la lengua marcada por mordidas profundas.
Bajo las uñas quedaban restos de barro negro y fibras vegetales.
En el antebrazo izquierdo, casi oculto por sangre, Christina vio un círculo de pequeñas quemaduras alrededor del punto donde debía estar la cápsula o el implante de control. No dijo nada. Aún no.
Sam, aún en el suelo, levantó una mano temblorosa hacia la ventana.
—Christina.
Ella no apartó la vista del cadáver.
—¿Estás herido?
—Christina.
Algo en su voz la obligó a mirar.
Sam señalaba el cielo a través del cristal empañado.
Afuera, la plaza se había llenado de vecinos inmóviles, agentes corriendo, técnicos pálidos y niños abrazados a piernas adultas.
Pero Sam no señalaba a la gente. Señalaba más arriba, hacia las montañas, hacia la franja de cielo donde la niebla se abría apenas.
—Aún no han salido —dijo.
Marek, con el cuchillo de pan colgando inútilmente de la mano, también miró.
—Es de día, Sam.
Sam negó con la cabeza. Tenía la cara gris y los ojos clavados en una altura vacía.
—No hablo de ahora.
Christina se acercó a la ventana sin bajar del todo la pistola.
La plaza parecía un cuadro mal pintado después de una explosión.
Todo el mundo miraba hacia la cafetería, menos dos personas: Sam desde dentro y, fuera, el hombre del abrigo largo que antes hablaba con los agentes.
Él también miraba al cielo. No con curiosidad, sino con espanto contenido.
Christina siguió la dirección de sus ojos y no vio nada. Solo niebla, cables, tejados húmedos y las montañas cerradas.
Entonces comprendió que ese era precisamente el problema.
En Ðawn’s Falł, las ausencias importantes nunca hacían ruido al principio.