CAPÍTULO DIECINUEVE
Lachlan atrajo a Harper hacia sí e intentó que dejara de temblar. Con mano temblorosa, Ewan pulsó el mando y la alarma del coche se apagó.
—Es normal temblar cuando termina una batalla —les dijo a ambos—. Todo el horror de lo que os visteis obligados a hacer, lo que elegisteis hacer, y la violencia que sufrísteis se acumula e intenta abrirse paso en vuestro corazón de golpe.
Ewan señaló colina abajo con la cabeza. Las luces rojas y azules parpadeaban y se acercaban hacia ellos. Entonces, de repente, se detuvieron. El mundo quedó en silencio al cesar las sirenas.
A Lachlan se le erizó el vello de la nuca. Sabía lo que se avecinaba: Soncerae. Pero la mujer, rígida entre sus brazos, esta vez pudo moverse.
—¿Qué está pasando? —susurró Harper.
La tomó por los brazos y la giró hacia él, pero las palabras no le salieron. Entonces una delgada voluta de niebla verde que se deslizaba por el aparcamiento captó su atención y se le hizo un nudo en la garganta.
Ha llegado el momento. ¡Se acabó! ¡Todo se acabó!
Observó si Harper notaba la niebla. Cuando la vio retroceder un paso, supo que esta visita de su pequeña bruja sería diferente. Quizás pretendía permitirle despedirse como era debido.
El instinto le dictó que protegiera a su muchacha de todo lo posible, así que la colocó entre él y la figura inmóvil de Ewan MacFarland.
El pavor y la adrenalina batallaban en sus venas como la mañana de la batalla.
Pero había una diferencia. En Culloden, había estado impaciente por empezar, ansioso por conocer el resultado.
Pero allí de pie, sabiendo que esa calidez a su espalda pronto desaparecería, que nunca volvería a estrechar esos hombros contra sí, lo que anhelaba era alargar los próximos momentos y hacerlos durar toda una vida.
La niebla comenzó a espesarse, como los zarcillos que se arrastraban por el páramo cada vez que salía el sol. Como el inicio de aquel fuego que Soni encendía en el solsticio.
Ya no cabía duda: era la niebla de Muir.
Su corazón clamó y empezó a resquebrajarse. Y de repente, le faltó el valor para mirar a Harper a la cara y despedirse.
—¿Qué es eso? —preguntó Harper con voz temblorosa y quejumbrosa. Pobre muchacha, debía de estar agotada de tantas sorpresas.
—No temas, cariño. Es solo mi pequeña bruja, que viene de visita.
Ella le tiró de la manga, pero él se resistió.
—¡Pero la luna no ha salido!
Tuvo que tragar saliva para poder hablar.
—Sí, muchacha. Pero ahora estás a salvo. Era todo lo que pedí. Ewan es un buen hombre, Harper. Quiero que confíes en él. Los ancestros MacFarland velan por él. Se asegurarán de que se porte honorablemente contigo.
—¡Lachlan! —suplicó ella—. ¡No puedes dejarme! ¡No puedes!
Intentó apartarlo, pero él la sujetó con ambas manos, manteniéndola a su espalda.
—¿Dónde está? ¡Quiero hablar con esa bruja!
—Ah, Lachlan. —De repente, Soni estaba de pie a tres metros de distancia, todavía con las túnicas del Solsticio de Verano.
La niebla se espesó y se arremolinó a su alrededor, girando lentamente en el sentido de las agujas del reloj.
Siluetas etéreas se materializaron, se desvanecieron y otras las reemplazaron.
Deseó poder ahorrarle a Harper aquella visión sobrenatural, pero tendría que estar ciega para no verla.
—¿Entonces la muchacha está a salvo? —Soni miró por encima del hombro de Lachlan y asintió, luego saludó con la mano. La amplia manga le cayó hasta el codo. La sonrisa se le borró del rostro y se apresuró a cubrirse el brazo de nuevo, pero Lachlan había conseguido verlo bien. Algo iba mal.
—¿Qué te aflige, Soni?
La joven bruja puso los ojos en blanco.
—Nada. Te lo prometo. Estaré como nueva en unos días. Te lo juro.
Lachlan se preguntó si su amiga acababa de mentirle por primera vez. Pero ya hablaría con ella más tarde, cuando estuvieran lejos de Salt Lake City y de la valiente joven que tenía a su espalda.
Soni exhaló con brusquedad.
—Bien. Ella quiere hablar conmigo, Lachlan. Apártate.
Agitó la mano, con cuidado de que la manga no se le subiera.
Él vaciló. Ahora que Soncerae se había revelado como una mujer con poder, ¿interferiría con alguien más aparte de sus fantasmitas? Por tonto que pudiera parecer, se lo preguntó.
La sonrisa de Soni se torció hacia un lado.
—¿Te refieres a si enviaré a Harper a algún lugar? No lo haré. No puedo. Recibí la bendición de… ciertos dones… para poder ayudar a los valientes 79 de Culloden. Ahora, deja que Harper hable.
Respiró hondo —quizá su último aliento de verdad— y lo soltó lentamente antes de apartarse. Aún no podía soportar mirar a Harper, así que mantuvo los ojos fijos en Soni y se puso las manos a la espalda, agradecido de estar junto a su muchacha un poco más.
—¿Harper? —Soni se comportaba como alguien mucho mayor que la joven de dieciséis años que él sabía que era. Como una reina, de hecho.
La muchacha salió de detrás de él. Metió unos dedos en el cinturón de Lachlan y se aferró con fuerza, pero él sintió que era más por los nervios que por intentar mantenerlo atado a la tierra. Quizás ambas cosas. Le rodeó el hombro más alejado y la atrajo contra su costado de todos modos.
La querida Soni no perdió detalle.
—Bueno —dijo Harper—. Primero, supongo que debería darte las gracias por enviarlo a rescatarme.
—De nada. —Soni inclinó la barbilla y lo miró directamente a los ojos, y la verdad se hizo clara como el amanecer.
¡Había mentido antes al decir que Harper era solo una damisela cualquiera que necesitaba que la salvaran!
¡La muchacha estaba destinada a ser suya, aunque solo fuera por un día!
Y su corazón se elevó a pesar de estar hecho pedazos.
La humedad que se le acumulaba en los ojos era otra prueba de que seguía vivo. Pero ¿por cuánto tiempo?
Harper se aclaró la garganta.
—Pero me gustaría pedirte que lo dejes conmigo.
Se le quebró la voz, pero se recuperó.
—Por favor.
Y esa última palabra dejó al descubierto todo lo que él mismo sentía.
¡Por favor, Soni!
—Lo necesito como nunca he necesitado nada en mi vida. Y sin él, yo… Si te soy sincera, estaré bien. Mi vida estará bien. Encontraré la manera de estar bien. Pero nunca seré más que eso. ¿Me explico?
—Oh, sí. —Soni le dedicó una sonrisa triste—. Y lo lamento. Pero de verdad, no puedo hacer nada para cambiar lo que debe suceder ahora. Tomé prestado su espíritu del otro lado, ¿sabes? Y debo devolver un espíritu.
Harper se lanzó hacia delante, zafándose de su abrazo. —Entonces llévame a mí.
Él intentó atraerla de vuelta, pero ella se zafó. —Ella no entiende, Soni.
—Sí entiendo. ¡Llévame a mí! —Se giró para mirarlo y luego retrocedió hacia Soni—.
¿No lo ves? Dejarte morir otra vez sería como quedarme de brazos cruzados y.
.. y dejar que mataran a Milton de nuevo.
No puedo. —Se volvió hacia Soni y se dio cuenta de que estaba dentro del círculo de niebla verde, pero no se dejó llevar por el pánico.
En lugar de eso, repitió—: Llévame a mí en su lugar.
Lachlan intentó alcanzarla, pero la niebla formaba una barrera que le era imposible cruzar.
—¡Soncerae! Hazlo y jamás te perdonaré. Te perseguiré hasta el mismísimo infierno, te lo juro.
—Calla, Lachlan. —Soni sonrió—. No pienso llevarme a la muchacha a ninguna parte.
La niebla se desplomó como una nube tenue arrastrada al suelo por un aguacero. El resplandor verde desapareció y, al ver que la barrera había desaparecido, Lachlan intentó alcanzar a Harper de nuevo. ¡Pero algo invisible seguía allí, algo que no podía atravesar!
—Uy, uy. —Soni se mordió el labio.
Lachlan separó los pies para mantener el equilibrio en un vendaval que surgió de la nada.
Cuando el aire se calmó, un hombre vestido con ropa moderna estaba cara a cara con Soni, demasiado cerca de Harper para el gusto de Lachlan.
Este rodeó al grupo para poder ver sus rostros y obligar a Harper a mirarlo.
Con un poco de suerte, podría alejarla de los demás.
—¡Diste tu palabra, Soncerae! —La indignación del hombre rasgó el aire como el rugido de un león.
La pequeña bruja se atrevió a sonreírle. —Y no la he roto, tío.
—Debes de haberle dado alguna pista —dijo, aunque la ira se disipaba tan rápido como el vendaval—. Si no, ¿cómo habría sabido lo que hacía falta?
—Te lo digo, tío. La mujer parecía sincera.
—¡No puedes llevártela! —bramó Lachlan—. ¡Entrégamela!
El tío de Soni se volvió y lo fulminó con la mirada. —¡Tú! Tú y tus amigos de las Highlands...
—¡Tío Wickham! Tú también diste tu palabra.
El hombre se contuvo a duras penas por un momento, luego inclinó la cabeza hacia Lachlan como concediéndole a regañadientes una especie de perdón.
Se volvió hacia la bruja. —Sí. La he dado.
Te he dado mucho, Soncerae nuestra. Y ojalá pudiera retirarlo todo.
—Extendió la mano y le acarició la mejilla.
—Sí, tío.
El hombre suspiró sonoramente... y desapareció.
Lachlan no entendió su discusión, pero no perdió tiempo.
Se apresuró hacia Harper, agradecido de que nada lo detuviera, y la atrajo hacia sí, esperando que la niebla verde regresara en cualquier momento y volviera a separarlos.
Contempló su rostro bañado en lágrimas con una sonrisa, pero no encontraba palabras para agradecerle el sacrificio que había intentado hacer.
Así que se lo agradeció con un beso tierno.
Si Soni no hubiera arrastrado los pies a su espalda, podría haber seguido besando a Harper durante unos buenos doscientos años al menos. Pero, ay, había llegado la hora de pagar el precio.
—Espero, cariño, que alguien digno te haga tragarte esas palabras. Que haga que tu vida sea mucho más que simplemente pasable.
Los ojos de Harper se desviaron hacia Soni y volvieron a él. —Ignórala, Lachlan. A lo mejor se va.
—Ven, mi apuesto mozo —lo llamó la bruja—. Ven a despedirte de mí como es debido, ¿eh?
Giró sobre el tacón de su bota y mantuvo a Harper a su espalda. —No, Soni. Me da igual lo que ella haya ofrecido. No permitiré que te la lleves en mi lugar, ¿me oyes? Haz volver a tu tío si hace falta.
Soni puso los ojos en blanco. —No pienso llevarme a tu mujer, Lachlan.
¿Estás loco? ¿No prestaste atención a lo que pasó aquí?
—Resopló—. Ella se queda. Tú, Lachlan McLean, te quedarás aquí para vivir o morir como te plazca.
La muchacha te ha comprado otra vida mortal con su voluntad de sacrificarlo todo.
—¿Qué? —Harper salió de un salto de detrás de él, emocionada—. ¿Se queda?
—Se queda. —Y a él, Soni le dijo—: Tengo que ocuparme de otros, Lachlan. Dame un beso.
Se apresuró hacia ella y le tomó las pequeñas manos entre las suyas. —¿Cómo has logrado algo así, Soncerae? ¿Has vendido tu alma...?
—¡Bah! Anda ya. El poder del Clan Muir no es moco de pavo. ¿Qué necesidad tenemos de demonios?
—¿Y tu brazo?
—Métete en tus asuntos. —Le dio una palmadita en el hombro.
—¿Y los demás? ¿Tendrán tanta suerte como yo?
Su sonrisa se tornó triste. —Es demasiado pronto para saberlo. Tienes suerte, como dices.
Se inclinó y le besó la mejilla. —Gracias, muchacha. Tengo la sensación de que tu tío no cree que los setenta y nueve merezcamos el sacrificio que has hecho por nosotros, pero te lo agradezco igualmente. —Se acercó a su oído y susurró—: Y gracias por Harper.
—¿Ah, sí? —Se echó hacia atrás con los ojos muy abiertos, toda inocencia—. No soy el Destino, Lachlan. —Soltó sus manos y retrocedió. Su forma comenzó a desvanecerse, y justo antes de desaparecer por completo, soltó una risita—. Pero puede que lo conozca.