Lachlan CAPÍTULO DIECIOCHO
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CAPÍTULO DIECIOCHO

Ser mártir está sobrevalorado.

Harper intentó convencerse, una y otra vez, de que se estaba sacrificando por el equipo, de que los demás estaban a salvo —bueno, excepto Lachlan, que nunca lo había estado— pero eso no la ayudó a calmarse. Estaba muerta de miedo.

Cuando salió, rodeada por el pequeño grupo de matones, lo primero que miró fue la plaza de aparcamiento donde había estado el policía.

Lástima que no se hubiera quedado un rato más.

Después, fulminó con la mirada la puesta de sol.

Apenas quedaban unas nubes rojas sobre el Gran Lago Salado y un resplandor amarillo muy distante sobre Nevada.

Se detuvo y buscó la luna en el azul que oscurecía, pero solo había estrellas esforzándose por brillar lo suficiente para dejarse ver.

Si la luna aún no había salido, todavía había tiempo... solo que ella no estaría allí para disfrutarlo.

Recordó la conversación en la camioneta fría. Lachlan se había emocionado tanto con la idea de aparecérsele como fantasma para poder estar con ella hasta julio. Y ahora se daba cuenta de que no había estado bromeando.

—Aparécete, Lachlan McLean —susurró—. Te reto.

Lástima que, como fantasma, no podría hacer mucho más que vigilar. No sería lo bastante sólido para volver a usar sus técnicas de guerrero contra Bart y sus secuaces.

Bart le dio un pequeño empujón —hablando del rey de Roma—. Pero ella todavía iba cargada de adrenalina y se defendió clavándole el codo en plena cara. Sintió un crujido satisfactorio. El chillido de Bart fue como una canción que llevaba tiempo queriendo escuchar en la radio.

—Déjala en paz, Bart —espetó St. Clair—. Viene por voluntad propia. ¿Estás ciego?

Doblado en dos, Bart gimió tapándose la nariz con la mano. Uno de los otros le ofreció un pañuelo para cortar la hemorragia y él se lo arrancó de un tirón.

—Es Brad —gruñó.

Harper echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada... justo a tiempo para ver a un escocés en vaqueros volando sobre su cabeza y aterrizando en el techo de la limusina de St. Clair.

Lachlan McLean era todo un espectáculo, pero no se quedó mirándolo. Se agachó y se alejó de la puerta abierta por la que estaba a punto de subir, con cuidado de no chocar con Bart, que seguía encorvado intentando no mancharse la ropa de sangre. ¡No se había enterado de nada!

Lachlan avanzó hasta el borde del techo y le soltó una patada en la cara al conductor como si fuera un balón de rugby.

El tipo salió despedido hacia atrás. Otro matón se acercó e intentó agarrarlo, pero Lachlan le pisó la mano y luego le machacó la cabeza como si quisiera clavar un clavo.

Cuando le liberó los dedos, el tipo se escurrió y desapareció de la vista.

Harper siguió retrocediendo, asimilándolo todo, preguntándose si lo más sensato sería huir. Pero no soportaba la idea de volver a dejar a su escocés.

Dos cuerpos yacían en la acera con Ewan MacFarland plantado sobre ellos en mangas de camisa, como si hubiera saltado desde el tejado.

No le habría sorprendido verlo golpearse el pecho de lo satisfecho que estaba consigo mismo.

Con una sonrisa en la cara y los ojos centelleantes, buscó su siguiente objetivo.

Había dos trajes junto a un segundo coche. Su atención oscilaba entre MacFarland y St. Clair, esperando órdenes. Pero su padrastro solo tenía ojos para Lachlan.

—Dispárale —ladró.

Con la nariz todavía sangrándole, Bart sacó el arma y apuntó. Lachlan le dedicó una sonrisa, saltó al capó del coche y arrancó uno de los limpiaparabrisas. Luego bajó de un salto y adoptó pose de combate, blandiendo la larga hoja negra como si fuera una espada.

Bart se rio y apuntó al corazón de Lachlan. Harper gritó, y todos se volvieron hacia ella, que ya estaba a mitad del aparcamiento.

—¡Harper, cariño! —gritó Mildred desde una ventana abierta. Sostenía una tableta frente a ella—. ¡Vuelve un poco hacia aquí! —vociferó—. ¡Estoy retransmitiendo en directo y necesito que salgas en plano!

Bart escondió el brazo del arma a su espalda para ocultarla de la cámara.

Los dos tipos junto al segundo coche abrieron las puertas de golpe y se metieron dentro.

St. Clair le hizo señas al único matón que quedaba en pie y sin sangrar, que echó a correr hacia Mildred, pero MacFarland lo derribó por la espalda con una agilidad impresionante para un hombre de su edad.

Harper no se atrevió a moverse. ¿Decía Mildred la verdad? ¿Se estaba retransmitiendo la pelea por internet? ¿O lo había dicho para salvar a Lachlan?

Como no quedaba nadie para hacer el trabajo sucio, St. Clair corrió hacia Harper. Ella se mantuvo firme incluso cuando él se abalanzó sobre ella y le rodeó el cuello con el brazo.

—Sonríe para la cámara —gruñó ella.

—¿Crees que me importa quién esté mirando? —siseó—. Mañana estaremos en Río. Y estoy seguro de que los manicomios de allí no serán ni de lejos tan agradables como los que te has imaginado.

No si ella podía evitarlo.

—¡Río! —le gritó a Mildred, justo antes de que le cortaran el aire. Apenas podía respirar y tuvo que emplear todas sus fuerzas para apartarle el brazo de la garganta.

Bart extendía el brazo izquierdo hacia Lachlan como si intentara convencer a un suicida de que no saltara de una cornisa, mientras ocultaba el arma de la cámara.

Mildred seguía filmando. Ewan se acercó al segundo coche y empezó a provocar a los hombres de dentro para que salieran.

En lugar de eso, arrancaron y se largaron.

St. Clair le retorció la cabeza a Harper, enviándole una punzada de dolor por el cuello, y ella supuso que era su forma de decirle que era culpa suya que acabara de perder a dos matones.

—¿Muchacha? —Lachlan la miró un instante—. ¿Cómo estás?

Ella levantó el brazo y le hizo la señal del pulgar hacia arriba, esperando que supiera lo que significaba. Él asintió y centró toda su atención en Bart. Ewan avanzó hacia ella con un arma en la mano, pero St. Clair la zarandeó para que ambos quedaran de frente al abogado.

—¡Suelta el arma o ella muere!

El hombre alto levantó las manos y lanzó el arma, que se deslizó hasta quedar a seis metros. Al menos St. Clair no tendría ocasión de hacerse con ella.

—Atrás —espetó St. Clair.

Ewan retrocedió lentamente. Pasos cortos, avance mínimo, pero bastó para que St. Clair aflojara un poco la presa y ella pudiera tomar aire.

Lachlan golpeaba a Bart con el plástico negro, una y otra vez, sacándolo de quicio. ¿Quería que le dispararan? ¿Esperaba que Bart acabara en la cárcel por matarlo? Seguramente no, si no habría cadáver que presentar. No lo entendía.

De repente, Lachlan se abalanzó sobre él y su arma improvisada silbó desde una docena de ángulos. Bart gritó con voz estridente de rabia. La pistola cayó con estrépito sobre el asfalto. Retrocedió, se miró las manos un segundo y luego empezó a buscar el arma.

Lachlan se acercó de nuevo. Esta vez, Harper vio el destello de una hoja metálica y se dio cuenta de que el escocés iba mejor armado de lo que había pensado.

Tenía que ser el cuchillito que llevaba en el calcetín.

Y casi se echa a reír: ¡Bart probablemente creía que lo estaban acuchillando con una escobilla del limpiaparabrisas!

Frenético, Bart se tiró al suelo y dejó de defenderse para buscar la pistola.

Sus gritos se convirtieron en gruñidos de dolor.

Se lanzó bajo el coche y cayó boca abajo; Lachlan retrocedió.

Para cuando Bart se puso en pie con la pistola en la mano, Lachlan ya había llegado hasta la pared de ladrillo.

El cuerpo de St. Clair se tensó a su espalda y le sujetó la cabeza para que mirara la escena.

—No quiero que te pierdas esto —dijo—. Es culpa tuya por buscarte otro guardaespaldas. Y yo que creía que habías aprendido la lección.

—¿Quieres callarte para que pueda ver? —gritó ella.

Si las balas rebotaban en Lachlan como en los vampiros, quería ver la cara de Bart cuando se diera cuenta de que su oponente era imparable. Y si salía la luna y volvía a convertir a Lachlan en espíritu, quería despedirse de él antes de que se desvaneciera.

Lachlan levantó una mano y la dejó caer de golpe. El cuchillo voló tan rápido que Harper lo perdió de vista. Bart gruñó y cayó hacia delante. La pistola no llegó a dispararse.

La sorpresa de St. Clair duró poco. Sacó una pistola que ella ni siquiera había visto y apuntó a Ewan.

—Adentro —dijo con calma—. Os dispararé a todos si hace falta.

Se giró y apuntó a la ventana donde estaba Milly. Harper le golpeó el brazo justo cuando se disparó la pistola. La bala impactó en el ladrillo.

Lachlan avanzó directo hacia ellos, con la barbilla baja y los ojos entrecerrados.

St. Clair tuvo que soltarle el cuello para inmovilizarle los brazos.

Mientras forcejeaba con ella, tuvo que usar la mano de la pistola.

Pero cuando el escocés aún estaba a metro y medio, el monstruo logró apuntar de nuevo.

El arma se disparó y a ella le dio un vuelco el corazón —el sonido coincidió a la perfección con el miedo que le estalló en el pecho— y todo por un tipo que ya estaba muerto.

Lachlan cayó sobre una rodilla, pero a diferencia del disparo que recibió en el pasillo hacía una eternidad, se tambaleó como si fuera a desplomarse. El pelo le cayó hacia delante y ella no podía verle la cara. ¿Habría perdido la invencibilidad al ponerse el sol?

—¡Lachlan! —Las lágrimas le resbalaron por las mejillas. El cuerpo se le agarrotó de solo imaginar el dolor que él estaría sufriendo.

Ewan avanzó con cautela hacia Lachlan, con las manos extendidas a los lados, vacías. A lo lejos, las sirenas empezaron a sonar, se multiplicaron y fueron subiendo de volumen.

De repente, la boca del cañón se le clavó en la base del cráneo.

—Quieto —dijo St. Clair, y Ewan se detuvo—. O nos dejáis marchar ahora, o ella muere. Si no puedo llevármela, desde luego no pienso dejarla con vida.

Ewan levantó una mano, se la metió en el bolsillo y sacó un juego de llaves.

—El Lexus. Ahí. —Apuntó con las llaves hacia un SUV plateado en la esquina, libre de cadáveres, y pulsó un botón. Las luces parpadearon y la alarma empezó a chillar.

Lachlan se irguió ante ella con un rugido, como algo feroz que emergía del mar.

Ella no tuvo tiempo de girarse ni de agacharse, pero St. Clair nunca llegó a apretar el gatillo.

El cuerpo de Lachlan la empujó hacia la derecha, y para cuando los pies de él volvieron a tocar el asfalto, todo había terminado.

La pistola se le escapó de la mano abierta a St. Clair.

Primero cayó de rodillas, con la mirada perdida en el vacío, y luego se desplomó hacia delante.

El extremo de una escobilla de limpiaparabrisas le asomaba por un lado del cuello.

El mango de un pequeño cuchillo negro le sobresalía por el otro.

Un charco de sangre se fue extendiendo bajo él.

La alarma del coche pitaba con un ritmo constante: un latido que seguía sonando mientras el de St. Clair se iba apagando hasta detenerse.

Lachlan la envolvió en sus brazos para que no viera mientras la alejaba del cuerpo. Pero era una imagen que jamás podría quitarse de la cabeza.

La ironía del asunto la sacudió. Con todas esas armas elaboradas que su padrastro adoraba y colgaba en las paredes, seguramente se sentiría humillado de saber que lo habían despachado con un cuchillito y un trozo de plástico.