Lachlan CAPÍTULO DIECISIETE
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CAPÍTULO DIECISIETE

A Lachlan se le erizó el vello de la nuca. Los sonidos de la ciudad allá abajo parecían bastante normales, pero se oyó una sucesión rápida de golpes, como si se hubieran cerrado muchas puertas de coche.

—¿Qué pasa? —susurró ella, con la boca a solo unos centímetros de la suya, y él no pudo contenerse. Podría ser su última oportunidad. Así que se inclinó hacia delante y se dejó llevar, como el musgo que bebe con avidez la lluvia de primavera.

Sí, pensó. Solo por el sabor de ella merecía la pena renunciar a su venganza. Soni había tenido razón al ponerle fin a todo aquello.

Las puertas dobles se abrieron de par en par y Ewan apareció en el umbral con un arma en la mano.

—Probablemente os localizaron a través de la compañía de taxis. Mi gente no llegará hasta dentro de media hora como mínimo. Intentaré contener a St. Clair hasta entonces.

Se guardó el arma a la espalda.

—También he llamado a la policía, así que quiero que os escondáis. Antes había un agente aquí, pero su coche ya no está. Y puede que la policía de Salt Lake tampoco llegue a tiempo.

Se dirigió rápidamente a la puerta del baño, la abrió de un empujón y señaló el techo con el arma.

—Hay un falso techo. No sé si podréis subir ahí arriba. Pero al menos encerraos dentro si no se os ocurre nada mejor.

Volvió a toda prisa hacia las puertas. Justo antes de cerrarlas, miró a Harper.

—Siento no haberme tomado la amenaza más en serio. Podría haber traído a algunos hombres…

Resultó que los paneles del techo del baño no eran más que espuma. No había ningún conducto de ventilación milagroso por el que trepar.

—Esto es ridículo —dijo ella—. Ewan tiene un arma, pero eso no detendrá a Bart. Ya lo sabemos. Y un testigo o dos no parece que le hayan importado en todo el día.

Se encaminó hacia las puertas dobles, negando con la cabeza.

—Tampoco puedo permitir que esta gente resulte herida por mi culpa.

Lachlan le tomó la mano y le impidió alcanzar el pomo.

—No vayas, muchacha. Dale una oportunidad a MacFarland. Quizá los convenza de que ya nos hemos ido, ¿no?

—No puedo arriesgarme. No si Bart entra disparando.

—Está bien.

Y para sorpresa de ella, él le abrió las puertas sin discutir. Juntos, entraron en el despacho de Ewan y Lachlan se encogió de hombros con gesto de impotencia.

—No quiere que nadie más acabe convertido en fantasma hoy.

Ewan frunció el ceño, pero asintió.

—Milly, tú quédate aquí dentro.

Y juntos, los tres salieron a la antesala.

Él y Ewan se colocaron juntos frente a la gran puerta de roble, dejándole a Harper apenas unos centímetros para ver entre ellos. Pero la muchacha no se quejó, y él lo agradeció.

La puerta se abrió de par en par. Bart les dedicó una mueca de desprecio y retrocedió para dejar pasar primero a otro hombre: uno con un traje negro deslucido y el pelo teñido de rubio.

St. Clair.

—Hola.

Los labios del hombre se curvaron en una sonrisa ladina.

—He venido a recoger a mi hijastra.

Ladeó la cabeza y examinó a Lachlan de arriba abajo.

—Tú debes de ser el escocés al que arrastró a esta pequeña rabieta suya. Dime tu nombre.

—No.

Harper se abrió paso entre él y Ewan.

—No vas a hablar con él. ¿Entendido?

A St. Clair se le tensó la mandíbula y la mirada que le dirigió a la muchacha fue de puro odio.

—Cierra la boca. Ya estás metida en suficientes problemas…

—Cállate tú, Robert. Todos sabemos de lo que eres capaz, pero no voy a permitir que le hagas daño a esta gente. Iré contigo voluntariamente, pero solo si te callas y vuelves al coche.

St. Clair se limitó a respirar mientras miraba a la valiente muchacha, probablemente intentando decidir lo importante que era para él su cooperación.

—¡Vete! —ladró ella, y el hombre se estremeció. Su mirada prometía que ella pagaría por haberlo avergonzado.

—Sabes —comenzó Ewan, y señaló a Lachlan con un gesto—, creo que quizá deberíamos sentarnos todos y resolver las cosas. ¿Qué dices, St. Clair? Ese también es un apellido escocés. Puede que los tres tengamos más en común de lo que pensamos.

El hombre estaba intentando ganar tiempo hasta que llegaran los refuerzos. Ayudarlo en eso era lo menos que Lachlan podía hacer.

—Sí. Y no seamos maleducados, Harper. El hombre ha preguntado mi nombre. Lo menos que puedo hacer es presentarme.

Harper se volvió y le lanzó una mirada de advertencia, luego negó con la cabeza mirando a St. Clair.

—No les hagas caso, querido papito. Solo están intentando entretenerte hasta que llegue la policía. Vámonos.

Se sintió como si un ariete le hubiera golpeado en el estómago, de lo sorprendido que estaba por su traición.

Pero cuando reparó en la última y larga mirada de pesar que ella le dirigió mientras salía al pasillo, se dio cuenta de que solo estaba intentando protegerlos a todos.

¿Es que no tenía fe en que nadie pudiera ayudarla?

El grupo dobló una esquina y Lachlan finalmente se arriesgó a hablar.

—Ewan, voy a ir tras la muchacha. ¿Tienes otra arma?

—No —dijo.

Sacó el arma de detrás de la espalda y la apuntó hacia el techo.

Lachlan temió que el hombre no estuviera pensando con claridad.

—¿Qué pretendes? Sabes que puedes perder la licencia si matas a un hombre.

Ewan sonrió.

—He pensado que podía demostrar un poco de fe. Y además, tengo una promesa que cumplir.

—Bien, entonces. Ven a luchar a mi lado, MacFarland.