CAPÍTULO DIECISÉIS
Harper y Lachlan fueron conducidos a un salón privado para descansar un momento mientras su nuevo amigo, Ewan, hacía algunas llamadas. Les había prometido no solo representarla sin cobrarle honorarios, sino también mantenerla a salvo. Así que estaba ocupándose de eso último.
Su instinto le decía que no confiara en nadie excepto en Lachlan y que se mantuviera alerta.
Pero ella y el abogado ahora compartían un secreto que la hacía sentir que había un vínculo entre ellos.
Nada dramático, pero un vínculo al fin y al cabo, como cuando conoces el secreto más íntimo de alguien y esa persona conoce el tuyo.
Quizá podrían causarse problemas mutuamente, dado que ambos habían visto un fantasma, hablado con uno, hecho tratos con uno.
Era el tipo de historia que al Dr. Charlatán le habría encantado añadir a su lista de enfermedades mentales.
Había dos largos sofás de cuero que la invitaban a tumbarse y descansar mientras pudiera.
Miró a Lachlan, que le soltó la mano y asintió dándole permiso.
El suave cuero blanco no emitió sonido alguno cuando se estiró en el sofá de la derecha.
Su escocés se sentó en el extremo opuesto del otro, frente a ella, pero dejó caer la cabeza contra el amplio respaldo y cerró los ojos.
Ella también cerró los suyos, asombrada de no estar más asustada de encontrarse a solas en la habitación con un tipo que acababa de demostrar que era un fantasma. Pero era Lachlan. ¿Cómo no iba a sentirse segura con él? Claro, solo hacía medio día que se conocían, pero parecía toda una vida.
A medida que su cuerpo se relajaba, se hundía más profundamente en los lujosos cojines.
Por desgracia, su mente volvió a aquel lápiz.
Y le vino un recuerdo de la primera vez que él la había abrazado, detrás de aquella puerta en el edificio medio abandonado.
He estado muerto antes, había dicho, y una tristeza demasiado familiar la invadió.
Lachlan había muerto. Igual que su madre. Igual que Milton. Solo que, por alguna razón, a él se le había permitido volver. No podía ni imaginar lo maravilloso que sería si su madre pudiera hacer lo mismo. Aunque fuera solo por un día.
—¿Lachlan? —abrió los ojos y contempló el techo artesonado, muy parecido al del dormitorio de su madre, hacía ya mucho tiempo. La luz del atardecer, que entraba por los ventanales, lo teñía de naranja.
—¿Sí, cariño? —su voz era grave y demasiado sensual para el bien de Harper.
—¿Entonces eres realmente un fantasma?
—Sí. ¿Estás terriblemente decepcionada?
¿Decepcionada? Sí, lo estaba. Era casi como si él acabara de morir, pero a ella se le permitiera hablar con él un poco más.
Si fuese lista, pondría distancia entre ellos para que, cuando él se marchara, no quedara destrozada.
Pero ya era casi demasiado tarde para eso.
Él era lo único bueno que le había pasado en tres largos y dolorosos meses.
Y era posible que fuera su último buen recuerdo.
Decidió ignorar la pregunta, temiendo que su respuesta arruinara el tiempo que les quedaba juntos. En su lugar, le preguntó cómo había muerto.
—En batalla. Una bala en el muslo me detuvo. Una bayoneta me remató, pues el enemigo no daba cuartel ni tomaba prisioneros. Seguro que has oído hablar de la gran Batalla de Culloden Moor.
—Eh, lo siento. No conozco la historia escocesa —y lo que St. Clair hubiera intentado enseñarle, lo había ignorado.
—Mmm —él también sonaba bastante decepcionado.
Lo miró.
—Lo siento.
—Gracias, muchacha —forzó una sonrisa—. Pero fue hace mucho. El dolor quedó olvidado hace ya tiempo.
—Recuerdo que intentaste decirme... que habías muerto antes.
—Ah, así que me oíste.
—Sí, pero pensé que no podía haber oído bien —lo observó durante unos segundos. Sentado tan solo en aquel sofá. Y con tan poco tiempo por delante.
Lo primero que hizo fue incorporarse.
—Entonces... ¿cómo llegaste desde Escocia hasta aquí?
Él entrecerró los ojos, observándola.
—Me envió una bruja.
—No sabía que existieran brujas de verdad —se puso de pie y miró alrededor de la habitación como si estuviera aburrida.
Él se recostó y cruzó los brazos.
—Och, sí. En Escocia hay brujas de sobra. Incluso hoy en día.
Balanceó el pie y se acercó al extremo de su sofá para mirar la estatua de la mesa auxiliar.
—¿Por qué te envió aquí?
Él negó con la cabeza.
—Es una historia demasiado larga para contarla ahora. No tengo ni idea de cuánto tiempo me queda, muchacha. Podría irme en cualquier momento. Si piensas besarme, será mejor que te des prisa, ¿no?
Pensó en negarlo, pero su sonrisa la desarmó a una velocidad récord. Un segundo después, estaba sentada en su regazo, rodeándole el cuello con los brazos y abrazándolo con fuerza.
—¿Qué? ¿Ningún beso, entonces? —preguntó él por encima del hombro de Harper.
Ella se apartó. Los ojos de Lachlan brillaban divertidos. Intentó no mirarle los labios.
—No lo sé. Quizá pueda servir de lastre. Y si empiezas a desvanecerte, puedo agarrarte e impedir que te lleven.
Él se rio, y cuando la risa se apagó, se puso muy serio.
—Mi dulce Harper. No puedo quedarme. Ya lo he negociado... todo... para quedarme contigo hasta verte a salvo.
—Lo entiendo. Quiero decir, no es como si...
Le costó terminar la frase con los labios de él presionados contra los suyos. Cálidos, firmes y... decididos. Pero él tenía razón en no dejarla perder más tiempo hablando de tonterías.
Cuando el beso terminó, ella abrió los ojos y sonrió.
—¿Qué pasa, muchacha?
—Todavía estás aquí.
—Vaya, sí. Fíjate tú.
Se inclinó y lo besó de nuevo. Era imposible que fuera un fantasma siendo tan cálido y sólido entre sus brazos. Y ningún fantasma podría hacerla sentir tan... viva.
Al cabo de un minuto, tuvo que parar para recuperar el aliento y serenarse. —Gracias por salvarme del tren —dijo atropelladamente—. Y en la biblioteca. Siento haber pensado que estabas con Bart. ¡Y te disparó! ¡Cuánto siento que te dispararan! Pero me alegro de que no te hicieran daño...
Él se encogió de hombros, y con el gesto, levantó uno de los brazos de ella. Una vez más, no conseguía imaginarse a alguien tan sólido volviéndose intangible. ¡Pero ya lo había hecho, aunque solo fuera por unos segundos! ¡De verdad iba a desvanecerse y dejarla sola!
—Fue como en Culloden. Una bala me detuvo, pero esta vez una muchacha me salvó de que me remataran. —Suspiró—. Sería una forma magnífica de reescribir mi propia historia.
Miró hacia la ventana. La luz del atardecer se apagaba. ¡Tenía que hablar rápido!
—Siento haber intentado encerrarte fuera de la camioneta. Es que... prefería no volver a verte a verte morir por intentar ayudarme. Y yo...
—Harper...
—Me alegro de que estuvieras aquí. Solo eso. O sea, ya no estaba sola. Y fue... maravilloso no estar sola.
—Calma, muchacha. La luna aún no ha salido. No hace falta precipitarse. —Le tomó el rostro entre las manos y apoyó su frente contra la de ella—. Quiero que confíes en Ewan MacFarland. Él te mantendrá a salvo hasta que St. Clair deje de ser una amenaza. Te ha dado su palabra, ¿verdad?
Asintió solo para sentir la fuerza de sus manos frotando sus mejillas.
—Ojalá nos hubiéramos conocido en otra época, dulzura.
Sonrió. —Sí, en Escocia.
—Así es. Habría hecho cualquier cosa por una muchacha tan valiente como tú.
—Y yo te habría convencido de no ir a la guerra aquel día...
Emitió un gruñido ronco. —Ojalá...
—¡MacLean! —llamó Ewan desde la oficina contigua—. ¡Creo que tenemos problemas!