CAPÍTULO SEIS
El escocés volvió a la oficina del fondo y trasteó con el pomo.
No pudo evitar preguntar. —¿Se puede cerrar con llave?
Negó con la cabeza, y su mirada lo decía todo. Si Bart los encontraba, estaban jodidos.
Se mordió el labio y asintió, intentando no desmoronarse.
Había sido una tarde muy larga. Si hubiera cogido el tren Trax solo unos minutos antes, ya estaría en el extremo sur del valle, haciendo autostop hasta St. George, donde podría mezclarse con miles de estudiantes universitarios y pasar desapercibida hasta resolver las cosas.
Si St. Clair volvía a echarle el guante, pasaría el resto de su corta vida en un pabellón psiquiátrico, atiborrándola de medicamentos por orden del Dr. Charlatán, con sesiones regulares de electroshock para mantenerla en las nubes.
Lo había oído alardear ante Bart una noche, cuando creían que ella dormía.
Fue suficiente para convencerla de que estaba luchando por su vida, no solo por su fondo fiduciario.
Y si no hubiera sabido en lo más profundo de su ser que él había envenenado a su madre y mandado matar a Milton, quizá habría estado dispuesta a entregarle su dinero con tal de alejarse de aquel hombre.
Pero no pensaba dejar que el monstruo ganara.
Un escalofrío la recorrió al pensar en lo cerca que había estado Bart de meterla en aquella furgoneta. Si esos chicos no hubieran intervenido… Y luego el escocés…
—¿Cómo te llamas? —susurró—. No te he dado las gracias por salvarme la vida.
Le hizo una pequeña reverencia solo con la cabeza.
—Mi nombre es Lachlan MacLean. De Drimnin.
—Frunció el ceño—. No. Eso no es correcto, ¿verdad?
Me llaman Número 18. Soy el decimoctavo de los 79 de Culloden.
—Negó con la cabeza y se puso a caminar de un lado a otro, levantando polvo—.
Solo un momento. —Y lo repitió una y otra vez—. Solo un momento. Solo un momento.
A Harper se le encogió el estómago al darse cuenta de que su rescatador estaba muy alterado. Y no era para menos. Él también había pasado un buen susto: Bart casi le había disparado y nadie había acudido en su ayuda. Nadie había llamado siquiera a la policía.
Se interpuso en su camino cuando él volvió a pasar hacia la mesa. Lachlan levantó la vista de la alfombra púrpura mugrienta y se detuvo, sorprendido, como si hubiera olvidado que ella estaba allí.
Agitó los dedos. —Hola.
—Hola —dijo, y sus rasgos se relajaron—. Perdona. Es que… se me ocurrió algo y quería darle vueltas antes de que se me escapara, ¿me sigues?
—¿Que si qué?
—Que si me entiendes.
—Sí, te sigo. Yo también lo hago. Necesito silencio absoluto para concentrarme.
Él asintió y sus hombros se relajaron un poco más.
—¿Y bien? ¿Lo resolviste?
Volvió a fruncir el ceño, aunque solo ligeramente. —Es muy extraño. Casi había olvidado mi nombre, y sin embargo ha bastado con preguntarlo para que aflorara.
¿Olvidado su nombre? ¿Creía que era el Número 18? De pronto lo imaginó escapando de un pabellón psiquiátrico en Escocia, donde habría pasado la mayor parte de su vida tras una puerta con el número 18 sobre una pequeña ventanilla. Quizá había llegado a Estados Unidos por pura chiripa.
Él puso los ojos en blanco y gruñó. —No estoy loco, muchacha. Se te nota en la cara lo que piensas, ¿sabes?
Abrió la boca para negarlo, pero no se molestó. Siempre había sido un libro abierto.
—Verás, pertenezco a una… organización grande de mozos de las Highlands, y siempre nos hemos puesto números—
—¿Setenta y nueve?
—Sí. Setenta y nueve. Y siempre he sido el 18 porque, bueno, fui el decimoctavo en levantarme… es decir, el decimoctavo en unirme a la organización. ¿Lo ves?
Se encogió de hombros. —No entiendo cómo pudiste olvidar tu nombre, a menos que fuera algún tipo de secta.
Frunció más el ceño y su mirada se perdió en algún punto lejano. —Bueno, no me gusta mucho la palabra, pero quizá valga tanto como cualquier otra.
—¿Teníais un líder?
—Sí. Supongo que sí—
Ella asintió. —¿Y no te dejaban marchar?
—Ay, eso ya… —Se mordió la comisura del labio—. No sabría decirte, porque nunca lo intenté de verdad. —Y volvió a perderse en sus pensamientos.
—Mm hmm. Bueno, siento que te llamaran por un número. —No solo lo sentía, estaba horrorizada, pero no iba a avergonzarlo si podía evitarlo.
Seguían de pie muy cerca el uno del otro, y era tentador abrazarlo y demostrarle su compasión. Pero resultaba violento. Al final, le dio unas palmaditas en el brazo.
Él volvió en sí al instante y, tras echar un vistazo a la mano de ella sobre su manga, sus ojos se encontraron con los de Harper. —No hay nada que sentir. No estaba solo, y hay pocas cosas en este mundo peores que la soledad, ¿no crees?
Asintió porque le era imposible encontrar el aliento suficiente para hablar cuando él la miraba así. Aquella idea volvió a asaltarla —que él podría llevarla a cualquier parte y ella no se resistiría— y solo rezó para que no se le notara también en la cara.
¿Sola? Sí. Ella sabía muy bien lo que era la soledad. Pero si Bart llamaba a aquella puerta, no volvería a estar sola jamás. Tendría mucha compañía en el manicomio que eligiera el Dr. Charlatán.
Lachlan alzó las manos y le enmarcó el rostro. —Y una vez más, no estoy solo. —Frunció ligeramente el ceño—. Pero ¿por qué tú?, me pregunto.
—¿Por qué yo?
—¿Fue casualidad? ¿O fuiste elegida?
Por un segundo, se preguntó si el tipo no se daba cuenta de que estaba hablando en voz alta.
—¿Crees que no fue coincidencia que nos encontráramos?
Recordó que había pensado que él trabajaba para su padrastro, y ahora se sentía mal por ello. Pero la paranoia era lo que la había mantenido con vida últimamente.
Él sonrió y apartó las manos. Luego bostezó y se estiró como si acabara de despertarse.
—No es nada, de verdad. Solo el cabo suelto de un misterio. Un misterio que pienso resolver en un día... o dos.
El lejano timbre del ascensor captó su atención y, automáticamente, alargó la mano hacia él.
—¿Lachlan?
Él la atrajo contra sí y retrocedió hasta la pared detrás de la puerta. Por suerte, la abrazó con la fuerza suficiente para que dejara de temblar.
—¿Sí, muchacha?
—Soy Harper.
—¿Perdona?
—Ese es mi nombre. Harper. Si acabamos muertos, quería que lo supieras. Y lo siento. Ya sabes, si acabamos muertos.
Al final de la frase, su susurro era apenas un hilo de voz.
—Está bien —susurró él junto a su cabeza.
Luego habría jurado que añadió:
—Ya he estado muerto antes.