CAPÍTULO CINCO
Maldición. Estaba corriendo hacia el este otra vez. ¡Jamás lograría salir de la ciudad si seguía yendo hacia las montañas!
Llegó a la esquina de la manzana de la biblioteca y giró hacia el sur. A la derecha salían caminos que la devolverían al campus de la biblioteca y, finalmente, a la biblioteca. Desde prácticamente cualquier punto del edificio de cristal, Bart podría verla y seguir sus movimientos.
¡¿A quién se le ocurrió hacer un edificio de cristal?!
Se detuvo. Basta de correr a ciegas. No pensaba reventarse otra vez solo para acabar cara a cara con Bart y sus matones. Si se tomaba un segundo para pensar, quizá se le ocurriría un buen plan.
Se volvió hacia el escocés justo cuando él se le echó encima.
Su cuerpo salió volando hacia la acera, pero se detuvo justo antes del hormigón. Quedó suspendida, sostenida por uno de los brazos del hombre rodeándole la espalda. El otro brazo lo tenía apoyado en el suelo como la viga de un puente: una impresionante flexión a una mano.
La bajó al suelo y gruñó.
—¿Estás loca? —lo preguntó como si no fuera nada insultante, como si pensara que ella incluso podría admitirlo. Algo tan inofensivo como: «¿Te gusta el kétchup con las patatas fritas?».
—No tenemos tiempo para estas tonterías —dijo sin aliento—. ¡Tenemos que correr!
Para lo que de verdad no tenía tiempo era para apreciar lo agradable que resultaba tener a alguien tan fuerte y tan masculino cernido sobre ella, mirándola a los ojos con genuina preocupación.
Cualquier distracción podría costarle la vida, y la distracción que él suponía era la más peligrosa de todas.
Era hipnotizante de una manera que no tenía nada que ver con su falda escocesa ni con sus rodillas desnudas.
Era algo… sobrenatural… como si tuviera algún poder místico para llevarla hacia el tráfico sin que a ella le importara…
—Sí. Debemos correr. Entonces, ¿por qué dejaste de hacerlo? —se puso de pie y la levantó. Su falda escocesa volvió a su sitio con un vaivén.
Vale. Quizá sí eran sus rodillas.
Sacudió la cabeza para romper el hechizo.
—Me detuve porque… debería haber girado a la izquierda —señaló hacia la esquina.
Él la agarró del brazo y empezó a arrastrarla hacia el norte. Volvía a ir por los aires, y no le hacía ninguna gracia. Pero como avanzaban a buen ritmo, dejó a un lado su orgullo y se concentró en no perder pie.
Cruzaron la calle y miraron hacia atrás, hacia donde la furgoneta seguía aparcada cerca de la entrada de la biblioteca. Bart y sus chicos ya estaban en pie, pero con las cabezas gachas, como si buscaran algo. Ninguno miró hacia ella.
—¿Conseguiste su arma? —le preguntó a su escolta sin aflojar el paso. Él seguía agarrándola con firmeza, pero no le hacía daño, aunque la levantaba un poco del suelo.
—No —su ceño fruncido dejaba claro que no le hacía gracia.
Caminaron varias manzanas en silencio, girando en casi cada esquina como ella había hecho antes. Cuando ya no pudo soportar más el silencio, decidió que tocaba darle las gracias por salvarla.
Sin embargo, cuando abrió la boca para hablar, él tiró de ella hacia la izquierda, hacia un viejo edificio de oficinas.
Por suerte, la puerta estaba abierta, aunque el lugar parecía completamente abandonado.
Caminaron rápido pero con calma hacia el ascensor, a diez metros por el pasillo.
Cada segundo que la puerta principal seguía cerrada a sus espaldas le daba esperanza.
«Si nadie nos vio entrar, podríamos estar a salvo un rato».
Nosotros. Qué extraño era volver a preocuparse por alguien más. Ya no necesitaba mantenerse a salvo ella sola. Ellos lo necesitaban.
El ascensor se abrió y salió un tipo. Se quedó mirando la falda escocesa, luego la miró a ella.
—Sesión de fotos —dijo ella con una sonrisa.
—Ah —el tipo asintió con gesto cómplice y sonrió mientras se alejaba.
Dentro del ascensor, pulsó el botón del 8, el último piso. ¿Había sido una estupidez? Si Bart venía a buscarlos, ¿daría por hecho que habían subido lo más alto posible?
Tenía que calmarse. Como siguiera así, su imaginación le iba a dar un infarto.
Al fin y al cabo, el escocés no lo había enviado su padrastro; solo se lo había imaginado.
Y quizá fue simple mala suerte encontrarse con Bart en la biblioteca.
Podrían haberle dado el soplo después del incidente del Trax.
Así que tal vez St. Clair no le llevaba tanta ventaja.
El ascensor se abrió a un pasillo vacío.
En una puerta había un cartel que anunciaba extensiones de pestañas.
En otra, uno de se alquila. Harper probó esa, pero estaba cerrada con llave.
Más adelante había dos puertas abiertas.
Las oficinas del interior parecían recién desocupadas y sin limpiar.
El escocés grandote la guio suavemente hacia la segunda y cerró la puerta tras ellos.
Suspiraron al unísono y luego se echaron a reír quedamente. A ella se le cortó la respiración al ver su sonrisa con hoyuelos, pero no creyó que él lo notara.
Él le señaló una silla barata con base de metal y se sentó en una mesa auxiliar que no parecía muy resistente. Ella solo esperaba que se quedara muy quieto, porque un tipo como ese no se preocuparía de mantener las rodillas juntas si se caía.
Durante un minuto, solo respiraron, como si no hubieran tenido ocasión de recuperar el aliento en el ascensor.
—¿Por qué la falda escocesa? —señaló vagamente hacia su sporran y apartó la mirada.
—Soy escocés —dijo, como si eso lo explicara todo.
Su acento era pegadizo, así que quería oírlo hablar más.
—Entonces, si alguna vez fuera a Escocia, ¿me estás diciendo que todos los escoceses llevan falda escocesa? ¿O sea, todos los días?
—Por desgracia, no. Ya son bastante raras. Incluso en mi época, no las llevaba todo el mundo.
—¿En tu época?
Hizo una mueca.
—Ay, sí. No debería haberlo dicho así.
—¿Algo que se perdió en la traducción?
Se agarró a eso como a un clavo ardiendo.
—Exacto.
—Entonces, ¿qué querías decir?
Se encogió de un hombro, como avergonzado.
—Se me ha olvidado.
—Está bien. Solo quería oírte hablar un poco más. Tu acento es... me gusta, nada más. —Notó que se ruborizaba, así que se levantó y se puso a curiosear. Una puerta daba a otra oficina—. ¡Eh! ¡Esta tiene ventana!
Él se acercó por detrás mientras ella se asomaba entre las persianas verticales. —¿Ves la furgoneta por algún lado?
—¡Mierda! —Señaló al otro lado de la calle, donde aquel vehículo oscuro tan conocido avanzaba lentamente.
A su lado, en la acera, caminaba uno de los secuaces de Bart.
Supuso que el segundo estaría peinando el lado de acá, oculto tras una hilera de árboles.
De repente, la furgoneta frenó en seco y Bart, al volante, sacó la cabeza por la ventanilla y miró hacia arriba.
Ella y el escocés se echaron hacia atrás, pero ella mantuvo la mano en la persiana para que no oscilara.
—¿Crees que nos vio?
Él negó con la cabeza. —Creo que ya habían decidido registrar este edificio antes de que ese tipo mirara hacia la ventana. Solo nos queda confiar en que no vayan llamando a todas las puertas.