Lachlan CAPÍTULO CUATRO
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CAPÍTULO CUATRO

Los hombres son un asco.

Si Harper hubiera pedido ayuda en un centro comercial, esos matones habrían acabado rociados con gas pimienta, electrocutados con táser y apaleados hasta casi morir a bolsazos.

Y si hubieran amenazado con hacer daño a un niño, los habrían reanimado para volver a darles una paliza antes de dejar que la policía los salvara. Si es que quedaba algo que salvar.

Pero no. Ni se te ocurra esperar que un hombre defienda a alguien si no está obligado a hacerlo.

Si Harper conseguía liberarse algún día, iba a hacerles una visitita a los barrios bajos para cantarles las cuarenta a esos vagabundos. Pero nunca tendría esa oportunidad. Incluso allí, a seis metros de cualquiera, estaba atrapada.

Había visto a los chicos en las escaleras, observando cómo la sacaban a la fuerza de la biblioteca.

Bart le había retorcido el brazo a la espalda para obligarla a cooperar, pero había conseguido soltarse cuando él la empujó por las grandes puertas de entrada.

Estaba convencida de que entonces podría escapar.

Resultó que necesitaba que la rescataran.

Los vagabundos la ignoraron por completo y se dispersaron.

Qué estúpida había sido al imaginar que la mayoría de los hombres que vivían en la calle eran viejos veteranos de guerra.

Demasiados anuncios, quizá. Pero no se había dado por vencida hasta que el maldito escocés apareció en escena.

Se le había caído el alma a los pies. St. Clair le había llevado tantos pasos de ventaja que no tenía gracia. Toda su lucha había sido en vano.

Cuando llegaron sus pequeños héroes, había echado a correr porque estaba segura de que nadie sería tan estúpido como para hacer daño a un niño delante de la gente.

Pero también se había equivocado en eso.

Y desde luego no iba a permitir que Bart les hiciera daño.

Y lo haría, si conseguía alejarlos de la plataforma del Trax con todos esos pasajeros esperando, pasajeros que habrían sido testigos si la furgoneta no les bloqueara la vista.

Estaba segura de que Bart había sido quien mató a Milton. Y si era capaz de matar a un gigantón bonachón como él, no dudaría en hacer daño a un niño si le convenía.

Empezó a volver despacio, con la esperanza de que soltaran a los chicos uno o dos segundos antes de que esperaran echarle el guante de nuevo. Pero Bart le pasó al más pequeño a uno de los otros y se aseguró de que no escapara.

Entonces pasó algo raro.

Bart pareció sorprenderse cuando el escocés se le acercó por detrás. Se irguió como si el grandullón le estuviera clavando una pistola en la espalda. Luego, despacio, levantó las manos.

—Dile a tus amigos que suelten a los chavales —dijo el escocés.

—No te metas donde no te llaman —dijo Bart entre dientes.

El escocés la miró y le guiñó un ojo antes de volverse hacia los demás con el ceño fruncido.

—Esto es asunto mío. Scotland Yard.

¿Estaba de broma?

Bart se volvió un poco.

—Mira, Sherlock, lárgate de aquí ahora mismo y no te pasará nada.

El escocés soltó una carcajada.

Bart dio un salto hacia delante y se giró, pero lo pagó caro. Se retorció de dolor e intentó llevarse la mano a la espalda.

El escocés apenas se había movido, pero sostenía un cuchillo de aspecto siniestro y puede que la punta tuviera algo de sangre.

Bart gruñó como una fiera mientras sacaba la pistola.

—¡A por él!

Los otros dos vacilaron, mirando de Bart al escocés y luego a los críos. Se olvidaron de Harper. Los matones finalmente apartaron a los chicos de un empujón y fueron a por el escocés. Pero echarse mano a las chaquetas para sacar las armas fue su error.

El grandullón los juntó de un empujón, los abrazó a los dos a la vez y les inmovilizó los brazos contra los costados.

Luego los arrastró a trompicones hasta meterlos por la puerta abierta de la furgoneta.

Bart le apuntó a la espalda, pero el escocés se giró antes de que pudiera disparar y le retorció el brazo hasta que la pistola cayó al suelo.

Bart intentó alejarse, pero tres segundos después salió volando hacia la furgoneta y aterrizó encima de sus compinches.

Harper habría aplaudido de haber podido moverse.

Cuando el escocés cerró la puerta corredera de la furgoneta, no esperó a que los demás metieran las piernas, y los tres gritaron al darse cuenta de que podían perder algo más que un poco de carne.

El metal chocó contra el metal con un estruendo cuando la puerta se cerró de golpe.

Un mocasín negro vacío salió rodando hasta la cuneta.

Los chicos desaparecieron por las pesadas puertas de cristal.

Quizá su madre tendría más cuidado a la hora de dejarlos sin supervisión.

Quizá ellos mismos se asegurarían de que no lo hiciera.

Aunque también era posible que no le contaran nada.

Harper solo esperaba que fueran lo bastante listos para esconderse.

En un par de minutos, Bart estaría en pie de guerra y puede que empezara por la biblioteca.

—¡Muévete! —La voz del escocés la golpeó como un trueno mientras corría hacia ella.

Se dio la vuelta y echó a correr, milagrosamente, sin mearse encima.

La punzada en el costado había desaparecido, pero aunque no hubiera sido así, le habrían salido alas en los pies.

El tipo daba tanto miedo que no importaba si estaba con St. Clair o no.

El simple hecho de que la estuviera persiguiendo bastaba para que siguiera volando.