CAPÍTULO TRES
A Lachlan no le costó seguir el rastro de la muchacha.
Ella le sacaba bastante ventaja, pero él contaba con algo a su favor: la atención de todos.
Las Highlands debían de quedar muy lejos para que la gente estuviera tan fascinada con su tartán.
En casa, pocos hombres llevaban kilt cuando visitaban Culloden, salvo los gaiteros, claro está, y los grupos conmemorativos, pero esta gente de ciudad se comportaba como si jamás hubiera visto un tartán en condiciones. ¿Es que no tenían tele?
Con tanta atención, a Lachlan le bastaba con gritar lo que buscaba. —Mujer joven con prisa. Abrigo negro sin mangas. —Solo tuvo que seguir los dedos que le señalaban el camino.
Bien cierto era que la muchacha había dado vueltas suficientes para despistar a cualquier cazador.
Finalmente, la divisó al pie de un gran edificio de cristal, construido con insensatez.
Un trío de villanos la arrastraba hacia una furgoneta oscura y alargada aparcada junto al bordillo.
La escena no distaba mucho de algunas de las historias más violentas que había visto por encima del hombro de los guardias de seguridad, aunque había descubierto que aquello no era más que actuación.
Se había sentido aliviado al comprobar que tales cosas no sucedían de verdad, al menos no a menudo, pues de lo contrario, ¿en qué se había convertido la humanidad?
Pero dudaba que aquello fuera el rodaje de una película.
La muchacha se resistía, valiente ella. Si lograba mantenerse fuera de la furgoneta hasta que él la alcanzara, podría salvarla fácilmente de las garras de aquellos villanos y consumar su hazaña heroica de una vez por todas.
Esperaba que Soni lo estuviera observando desde algún punto cercano, que pudiera intuir que su éxito era inminente y prefiriera presenciarlo en persona.
Con suerte, no estaría del todo ocupada enviando a sus compañeros soldados tan lejos de Escocia como lo había enviado a él.
Y si tenía ocasión de advertirles antes de partir, lo haría.
Pues dudaba que muchos de los 79 de Culloden apreciaran tener que abandonar la bella Escocia para demostrar su valía.
Seguro que Soni podría encontrar muchas muchachas escocesas que salvar.
Aunque puede que sus compañeros fantasmas disfrutaran, como él, de la sensación de volar…
Cuándo o cómo había llegado a la ciudad, no lo sabía.
Aquella sensación de ingravidez había terminado al notar el césped suave en su espalda.
Había abierto los ojos para encontrar árboles sobre su cabeza y a un hombre andrajoso tirándole de las botas como los carroñeros bípedos de un campo de batalla.
Tras asegurarle al industrioso hombre que seguía vivo, y que de hecho era capaz de soltar un rugido bien potente, se había encaminado hacia el edificio más alto de la ciudad, pues seguramente quienes la gobernaban se encontrarían allí.
Pero a fin de cuentas, no había hecho falta.
Muchas muchachas habían necesitado que las salvaran sin orientación alguna de ningún magistrado.
Sin duda, todo aquello de salvar damiselas, casi salvar damiselas y descubrir villanos habría llamado la atención de la joven bruja.
Así que quería hacerlo bien esta vez para poder volver a casa.
Tras casi tres siglos en un mismo lugar, esperaba que abandonar los páramos le trajera alegría.
Pero, al contrario, les había cogido cariño.
Y estaba ansioso por regresar a algo conocido…
como el peso familiar de McHenish sobre sus piernas mientras yacía en el barro.
Lo único reconfortante de su entorno era la larga cadena de montañas altas hacia el este. O al menos eso creía.
Patético. Tan nostálgico como un mocoso recién salido del cascarón.
Aspiró hondo y salió a la calle. La muchacha gritaba a una fila de personajes tan andrajosos como el que había intentado robarle las botas. Tenían la atención puesta en ella como si llevara un kilt. Pero no parecían dispuestos a ayudarla como a él lo había ayudado la gente a lo largo de su ruta.
—¡Ayúdenme! —les suplicó—. ¡Son… terroristas!
Los espectadores retrocedieron encogidos. Sin duda los villanos iban armados. La muchacha no debería provocarlos.
De repente, dos chavales salieron a hurtadillas por las enormes losas de cristal que hacían de puertas y echaron a correr hacia los hombres que forcejeaban para meterla en la furgoneta.
Se lanzaron sobre las espaldas de dos de los villanos y empezaron a pellizcarles los ojos y tirarles del pelo por detrás.
Lachlan se quedó tan sorprendido por su valentía que se detuvo en medio del cruce.
El claxon de un coche lo obligó a moverse de nuevo.
La hermosa muchacha alzó la vista y lo vio, pero en lugar de alegrarse, dejó de forcejear por completo, como si él le hubiera arrebatado toda esperanza.
¿Acaso pensaba que estaba aliado con los otros?
Seguro que no. Ya le había salvado la vida una vez, aunque la culpa hubiera sido suya. ¿Cómo podía pensar que era una amenaza?
El tercer hombre tuvo que soltarla finalmente para ayudar a arrancar a los pequeños guerreros de las espaldas de sus compinches, y ella quedó libre del todo. Sin embargo, en lugar de correr hacia Lachlan, echó a correr en dirección contraria, más hacia el este.
Uno de los malvados le gritó:
—¡Vuelve o mataré al chico!
Sujetaba al más pequeño contra su cuerpo, con la mano en la barbilla del niño. Con un movimiento rápido, podría romperle el cuello al muchacho sin dificultad.
La mujer dejó de correr, pero sus pies siguieron moviéndose mientras descargaba su frustración a pisotones contra el pavimento. Pronto se calmó, pero no cedió terreno.
—¿Lo han oído todos? —Miró a su alrededor, pero los testigos cobardes huían como el agua por el desagüe. Sus aspirantes a rescatadores eran ahora rehenes y se fulminaban con la mirada, como si cada uno culpara al otro de su situación.
Un punto muerto, pues. El momento perfecto para que un guerrero de las Highlands interviniera y salvara la situación, echando mano de las notables dotes interpretativas que había adquirido en cada pantallita que cruzó el campo de Culloden.