CAPÍTULO DOS
Harper zigzagueó durante seis manzanas. Dos calles abajo, una a la derecha, una abajo, dos a la derecha. No podía más. El pinchazo en el costado le hacía sentir como si la hubieran abierto en canal con una de esas cosas dentadas que St. Clair tenía colgadas en la pared de su despacho.
Se apretó el costado con la mano derecha y se arriesgó a echar un vistazo por encima del hombro. Nadie a su espalda parecía tener prisa. Ningún escocés corpulento la seguía con paso pesado.
¡Gracias a Dios! No había corrido un kilómetro y medio desde el instituto, y su cuerpo desentrenado había dado todo lo que tenía. Solo le quedaba el cerebro, si conseguía que le llegara algo de oxígeno.
La gran biblioteca municipal, de cristal y vigas, se alzaba ante ella al otro lado de la Segunda Este.
Pública. Muchos baños. Perfecta.
Soltó el costado y cruzó corriendo el paso de peatones.
Los vagabundos se desparramaban alrededor de los muros bajos de hormigón como si estuvieran en la pausa del café, pero parecían inofensivos.
Quizá, si el escocés intentaba agarrarla, podría suplicarles que la ayudaran, intentar explicarles en cuestión de segundos que aquel mastodonte quería encerrarla en un manicomio, que trabajaba para un asesino de verdad.
El escocés de pacotilla seguro que llevaba una mordaza en la bolsa de cuero que le colgaba delante del kilt. Espacio de sobra para cuerdas o bridas.
Pero en serio, ¿un kilt? ¿Pretendía atraparla o solo asustarla?
No le cabía duda de que el kilt era un mensaje claro de St. Clair, el hombre que adoraba todo lo escocés, especialmente su preciada espada Claymore que presidía su colección.
Así que enviar a este tipo era una provocación en toda regla.
Adelante, corre, le estaba diciendo. Aunque todo Salt Lake te esté mirando, puedo perseguirte y traerte de vuelta.
En cuanto estuvo a salvo tras las grandes puertas de cristal, se volvió para mirar la calle mientras se agarraba al tirador con una mano y se apretaba el costado con la otra.
Al otro lado de la calle, un coche oscuro dobló la esquina y se detuvo. Dos críos se bajaron y se dirigieron al paso de peatones. Parecía que alguna madre usaba la biblioteca de canguro. Pero los chicos parecían demasiado pequeños para andar solos por la ciudad.
¿Qué tendrían? ¿Ocho años? ¿Diez? Bueno, quizá doce, pero aun así.
No había ni rastro del kilt rojo en la calle, así que por fin se dio la vuelta, respiró hondo y fue a buscar una fuente. El pinchazo en el costado aún la obligaba a ir despacio, pero el brillo del suelo la tranquilizó. Qué bien estar en un sitio limpio.
Encontró una y bebió como una camella. Y mientras bebía, alguien se apoyó en la esquina de la máquina, invadiéndole el espacio personal como ningún desconocido haría.
Se quedó paralizada.
—Vaya, hola —dijo una voz masculina que le resultaba familiar.
Sombras oscuras se reflejaban en el acero inoxidable mientras dejaba que el agua le escurriera de los labios al desagüe.
La biblioteca no había sido tan buena idea después de todo.
Era donde se refugiaban los vagabundos, ¡y ella era una vagabunda!
Claro que St. Clair mandaría a sus secuaces a vigilar allí.
Así que el escocés grandullón había sido un acicate para hacerla correr, al fin y al cabo. El pastor que la empujaba hacia los lobos.
¡Maldito fuera!
Por fin se enderezó y se limpió unas gotas de agua de la barbilla con la manga.
—Hola, Bart —escupió el nombre como quien suelta un chiste privado—. Veo que sobreviviste a la inyección.
—Es Brad —gruñó él.
St. Clair no solía contratar a gente emocional. Solo él tenía permiso para serlo, así que la había cagado al contratar a este. Estaba claro que el tipo no duraría.
Pero parecía que... ella tampoco.