PRÓLOGO #2
Harper no pudo quedarse callada y dejar que toda esa gente creyera que aquello era real. Así que juntó las manos en un aplauso lento.
—Actuación soberbia, St. Clair. Supongo que usaste esas mismas dotes con mi madre.
Mientras Brad la empujaba hacia el despacho, gritó por encima del hombro:
—¿Esta gente sabe que la asesinaste?
Aunque el portazo eclipsó las últimas palabras, aquel estallido de rebeldía le dejó un sabor familiar y embriagador en la lengua. Le recordó quién era, y que Milton esperaría que plantara cara antes de que fuera demasiado tarde.
Casi podía oírlo bramar. «No entres dócilmente en esa buena noche...»
—No te preocupes, amigo mío, no lo haré.
Wellington salió de detrás del escritorio con los brazos abiertos, como si le estuviera dando la bienvenida a un gran acontecimiento.
—Buenos días, Harper.
Señaló el sofá con un gesto, donde esperaba que se sentara en su sitio de siempre.
Obedeció para que tanto el doctor como Brad se relajaran, pero se le erizó el vello de la nuca al notar cómo el doctor intentaba contener una sonrisa, y eso que ni siquiera le había mirado el escote todavía.
Wellington hizo un gesto a Brad para que se quedara junto a la puerta.
Los dos hombres intercambiaron una mirada cómplice. Ella fingió no darse cuenta.
—Hoy será nuestra última cita aquí —dijo mientras arrastraba una pesada silla hacia ella. Las patas de madera se enganchaban en la alfombra blanca de pelo largo, tan mullida que parecía absorber cualquier sonido.
¿Alguien en el pasillo la oiría si gritaba?
Con el rabillo del ojo, vio que Brad sacaba la jeringa de la chaqueta y la dejaba sobre un pedestal junto a una maceta decorativa, como si pensara usarla.
Harper dedujo que, al fin y al cabo, contenía algo más que suero salino.
Ya no era solo una amenaza: era el modo en que pensaban llevarla al pabellón psiquiátrico sin que montara un escándalo.
Si esa aguja la alcanzaba, todo habría terminado.
Esbozó una sonrisa forzada.
—¿Última cita? ¿Hemos terminado, entonces? ¿Por fin has decidido escucharme? ¿O te has dado cuenta de que no hay informes policiales ni historiales médicos que demuestren que haya tenido nunca un problema de drogas? ¿O por fin vas a analizar mi orina? ¿Mi pelo?
—Por suerte para ti, jovencita, tengo toda la documentación que necesito.
—¿Por suerte para mí?
—Sí. Por fin vas a recibir la ayuda que necesitas. Voy a ingresarte en mi hospital privado de Idaho, donde se acabó eso de negar tus adicciones. Recibirás terapia individual para tu adicción al sexo...
Jadeó y se puso de pie. Por encima de la ropa, agarró los tirantes delanteros del sujetador. —¡Algo se me ha metido en la camiseta!
Apartó la tela de la piel, dejando un buen hueco en el escote en V para que Wellington pudiera echar un vistazo.
El pervertido se levantó de un salto, dejó caer los papeles al suelo y alargó las manos, ansioso por ayudar. —Quieta, quieta…
Brad se acercó. La jeringa con el capuchón naranja se quedó donde estaba. Era evidente que nunca la había visto actuar. O quizá él también estaba deseando echar un vistazo.
Harper echó la cabeza hacia atrás como para darle acceso al doctor, pero cuando él se inclinó, ella lanzó la frente hacia delante y le propinó el cabezazo del siglo. El chasquido y crujido de los pequeños huesos nasales le resonó en la cabeza.
Él boqueó, se atragantó con la sangre y la conmoción, y retrocedió tambaleándose hasta la silla. Con las manos intentó contener el chorro rojo que le caía. —¡Mi alfombra!
Brad levantó las manos, sin saber qué hacer. Wellington se dio cuenta. —¡Toallas en el baño! ¡Ya!
El secuaz obedeció de un salto y corrió hacia el baño del despacho, detrás del escritorio. Harper se deslizó rápidamente en dirección opuesta, hacia la puerta. El charlatán no se molestó en detenerla, sabiendo que no llegaría lejos con St. Clair y otros cuatro esperando fuera.
Pero no pretendía escapar.
Cuando Brad volvió a salir, ella estaba sentada en una silla contra la pared opuesta al sofá, encogida como si la sangre le diera asco. Él se detuvo solo un segundo y luego se dio la vuelta para entregarle cuatro toallas blancas y mullidas al pervertido.
Las manchas rojas ya habían formado una hermosa media luna en el suelo inmaculado frente a la silla, pero Harper no tenía tiempo de admirarla.
Arrancó el capuchón de la jeringa y clavó la aguja en la espalda de Brad antes de que el capuchón tocara el suelo.
Con la palma de la mano izquierda, golpeó el émbolo, asegurándose de que hasta la última gota entrara en su cuerpo.
Como Wellington, apenas pudo protestar más que con un jadeo, y la lujosa alfombra se encargó de absorber el sonido junto con la sangre del doctor. Cayó sobre una rodilla, probablemente solo de miedo, y Wellington se giró con cuidado para ver qué pasaba.
Harper no esperó. Se dirigió al baño que había usado antes. Una segunda puerta daba a un despacho privado en el otro lado. ¡Un despacho con ventanas y en planta baja!
La primera ventana estaba cerrada con una especie de barra metálica. La segunda también. La tercera, sin embargo, estaba entreabierta unos buenos quince centímetros para dejar entrar el aire primaveral, así que no tuvo que romper el cristal.
Los gruñidos y ladridos de la habitación contigua llegaban amortiguados, como si el charlatán no se atreviera a apartar la toalla de la cara para hacerse oír.
Tras dejarse caer al suelo, Harper se abrió paso entre un laberinto de arbustos y salió al césped.
Luego echó a correr a toda velocidad por una pendiente de césped perfectamente cuidado, sin mirar atrás.
Cada segundo contaba, igual que cada centímetro que la alejaba de St. Clair con su sonrisa burlona y de sus secuaces.
La imagen de una habitación acolchada, vacía y en penumbra la mantuvo corriendo a toda velocidad… aunque no tenía adónde ir. Al fin y al cabo, cualquiera a quien acudiera en busca de ayuda podría acabar como Milton…