CAPÍTULO 14 #3
El viento se llevó la risa rápido, pero existió.
Después vino el dolor.
No como antes.
No una punzada mínima ni una presión opaca. Fue un relámpago corto, brutal, desde la sien izquierda hacia el centro de la cabeza. Inés cerró los ojos y apretó la mandíbula. La mandarina cayó sobre la arena.
Lety se enderezó.
—Inés.
—Esperá.
—Mirame.
—Esperá.
El dolor se abrió.
Durante un segundo, la playa perdió borde. El agua, el cielo, la arena y la cara de Lety se mezclaron en una mancha clara. Inés quiso respirar despacio, como le habían dicho. Aire. Uno. Dos. Tres. Pero el número dos no llegó limpio.
Lety la tomó del brazo.
—Nos vamos.
Inés no discutió.
Eso asustó más a Lety.
—Sí —dijo Inés.
La palabra salió pequeña.
Lety se puso de pie y la ayudó a levantarse. Inés sintió las piernas raras, no débiles exactamente, sino ajenas por un momento. La arena se le hundió bajo los pies. El mar siguió entrando y saliendo sin mirar.
—Despacio —dijo Lety.
Inés apoyó una mano en su hombro.
El contacto no fue romántico.
Tampoco dejó de serlo.
Subieron la escalera de cemento lentamente. A mitad de camino, Inés se detuvo.
—No llames ambulancia.
—No seas ridícula.
—Lety.
—Si te caés, llamo hasta al ejército.
—No me caí.
—Todavía.
Inés quiso responder.
No pudo.
La náusea subió y bajó, como una ola interna. Lety la sostuvo con más firmeza.
Arriba, en la rambla, el viento era más fuerte. Los autos pasaban. La ciudad había recuperado su volumen. Lety levantó la mano para parar un taxi, pero ninguno frenó. Sacó el celular, temblando apenas. Inés lo vio.
—Estás temblando —dijo.
—Callate.
—Eso no es acompañar bien.
—Estoy improvisando.
Inés sonrió, o creyó sonreír.
El dolor bajó un poco.
No se fue.
Lety pidió un auto. Después llamó al hospital. Habló rápido, pero no histérica. Dijo nombre, lesión temporal, dolor intenso, retorno a la institución. Dijo que estaban en la rambla. Dijo que la paciente estaba consciente.
La paciente.
Inés oyó la palabra y casi se rió.
La paciente estaba consciente.
Qué modo extraño de seguir siendo una.
El auto tardaría seis minutos.
Se sentaron en un banco de cemento.
Lety no soltó su brazo.
Inés miró el mar desde arriba.
Ahora parecía más lejos.
—No tendría que haber venido —dijo.
Lety la miró.
—No empieces a castigar lo que quisiste.
—Fue imprudente.
—Sí.
—Podría haber pasado sola.
—Pero no pasó sola.
Inés cerró los ojos.
El dolor seguía ahí, pero ya no era relámpago. Era una presión gruesa, insistente. Respiró. Esta vez pudo contar hasta tres.
—Gracias por encontrarme —dijo.
Lety no contestó enseguida.
Cuando lo hizo, la voz le salió áspera.
—No me hagas practicar demasiado.
Inés abrió los ojos.
—Voy a intentarlo.
El auto llegó.
Lety la ayudó a entrar.
Durante el camino de vuelta, Inés apoyó la cabeza en el hombro de Lety. No preguntó si podía. No porque no importara. Porque algunas preguntas ya habían sido respondidas por el cuerpo, por la playa, por el miedo y por esa forma torpe de compañía que no sabía todavía cómo llamarse.
Lety le pasó un brazo por la espalda.
El conductor miró una vez por el espejo.
Después no miró más.
La radio hablaba de cualquier cosa.
Un partido.
Una calle cortada.
Un pronóstico de lluvia.
Inés pensó en el epílogo de una vida, aunque no usó esa palabra.
Pensó que, si alguien algún día contaba esa mañana, tal vez diría que había sido una imprudencia, una escapada, una señal, un presagio.
Se equivocarían. Había sido una mañana. Una mujer enferma había querido ver el mar.
Otra mujer había ido a buscarla. Comieron una mandarina ácida.
Hablaron mal de cosas importantes. Hubo dolor. Volvieron.
Eso era todo.
Eso era muchísimo.
En la entrada del hospital, Lety pagó antes de que Inés pudiera moverse. La ayudó a bajar. El edificio blanco estaba ahí, esperando con su boca automática, sus camillas, sus formularios, su aire usado.
Inés se detuvo antes de entrar.
—Lety.
—Qué.
—No quiero que la última imagen sea el hospital.
Lety la miró.
Había terror en su cara.
Pero no lo convirtió en frase.
—Entonces vamos a juntar otras —dijo.
Inés asintió.
Entraron.
La puerta automática se abrió sin tocarlas.
Adentro, una enfermera reconoció a Inés y vino hacia ellas. Lety habló. Inés escuchó su nombre, otra vez, en boca ajena. La sentaron en una silla de ruedas aunque ella quiso decir que podía caminar. No lo dijo. Ya no tenía que demostrar cada metro.
Mientras la llevaban por el pasillo, sacó el teléfono.
Tenía mensajes de Juan, de Martín, de un número desconocido que quizá era la clínica, y uno de Lety enviado hacía casi una hora, cuando todavía estaba sola frente al mar.
Decime dónde estás.
Inés lo miró.
Después miró a Lety caminando a su lado, con arena pegada en los bajos del pantalón y la cara tensa de quien intentaba no quebrarse en un pasillo lleno de gente.
Escribió una respuesta aunque Lety estuviera ahí.
Estoy acá.
La envió.
El celular de Lety vibró en su mano.
Ella lo miró.
Leyó.
No sonrió.
Pero le tomó la mano.
Esta vez Inés no pensó qué significaba.
La apretó.
Y dejó que la llevaran.