CAPÍTULO 14 #2
—Sí.
—Podrías haber elegido una metáfora más amable.
—No la elegí.
—Eso suele funcionar mejor.
Inés sonrió.
La sonrisa quedó un momento.
Después se fue.
—No quiero que el hospital sea el último lugar donde me entiendan —dijo.
Lety bajó la mirada.
—No va a serlo.
—No prometas.
—No estoy prometiendo.
—Sí.
—Estoy negándome.
Inés la miró.
—¿A qué?
Lety tragó saliva.
No era frecuente verla buscar palabras. Ella, que siempre parecía tener una frase afilada, allí, frente al mar, se quedó un rato sin filo.
—A que te conviertas en diagnóstico delante de mí —dijo al fin.
Inés sintió que algo dentro de ella se ablandaba.
No era alivio.
Era dolor aceptando compañía.
—Ya soy diagnóstico.
—No solamente.
—Eso dicen todos.
—Todos pueden tener razón y sonar horribles igual.
Inés rió bajo.
—Es una posibilidad.
Lety se quitó las zapatillas y hundió los pies en la arena.
No le gustó.
Se notó.
—Odio la arena —dijo.
—¿Entonces por qué viniste?
—Porque vos no.
La respuesta fue torpe.
Hermosa por torpe.
Inés apoyó las manos detrás del cuerpo y levantó la cara hacia el cielo. Estaba cubierto. No había sol. Mejor así. El sol habría sido demasiado narrativo, demasiado dispuesto a colaborar con una escena que no necesitaba belleza explícita.
—En el hospital me preguntaron si tenía voluntad anticipada —dijo.
Lety se quedó quieta.
—No me dijiste.
—No quería tener esa conversación anoche.
—¿Y ahora sí?
—No sé.
—Tu frase favorita volvió.
—Es resistente.
Lety miró el agua.
—¿Qué respondiste?
—Que no.
—¿Y tenés?
—No.
—¿Querés hacer una?
Inés pensó.
El mar entró un poco más. Una línea de espuma llegó cerca de sus pies, no los tocó.
—Quiero no dejarles a otros una cantidad absurda de decisiones si todo se pone peor.
Lety apretó los labios.
—Eso suena a sí.
—Sí.
—¿Y querés que yo...?
No terminó.
No hacía falta.
Inés la miró.
El viento le movía un mechón de pelo pegado a la boca.
Lety parecía más joven, más vieja, más verdadera.
No la mujer de Velaria. No solo. No la compañera de hospital.
No solo. No la tentación. No la salvadora.
Una persona sentada en una playa que odiaba la arena porque otra persona había necesitado estar allí.
—No sé qué derecho puedo darte —dijo Inés.
—No te pedí derecho.
—Pero lo estás pensando.
Lety no mintió.
—Sí.
—Juan tiene historia.
—Sí.
—Martín tiene información.
—También.
—Vos tenés...
Inés no encontró la palabra.
Lety esperó.
El viento llenó el hueco.
—Vos tenés este momento —dijo Inés.
La frase salió pobre.
O quizá exacta.
Lety la recibió como si fuera algo más pesado que una promesa.
—No sé si alcanza —dijo.
—No.
—Pero existe.
—Sí.
Lety miró sus pies enterrados en arena.
—Odio que me alcance un momento.
—A mí también.
Se quedaron calladas.
No se tocaron.
Eso importaba.
Habían aprendido, en pocos días, que no todo contacto salva y que no toda distancia abandona. A veces estar al lado era más difícil que abrazar. A veces no convertir el miedo en piel era una forma de respeto. Otras no. Inés ya no quería tener razón sobre todo.
—Hay algo que no te dije —dijo Lety.
Inés cerró los ojos.
—No me digas que tenés esposa.
—No.
—Hijos.
—Tampoco.
—Una secta.
—Solo los jueves.
Inés sonrió.
Lety no.
Entonces entendió que lo que venía era real.
—Mi madre tuvo un tumor —dijo Lety.
El mar pareció quedarse un segundo más lejos.
—¿Tuvo?
—Tiene controles. Hace años. No es lo mismo que lo tuyo. No quiero hacer comparaciones imbéciles. Pero la palabra tumor no entró ayer por primera vez en mi vida.
Inés no habló.
La miró.
Lety seguía mirando el agua.
—Yo tenía veintidós —dijo—. Me volví experta en pasillos, informes, médicos que hablan despacio y familiares que se creen mejores porque lloran en silencio.
También me volví horrible. Me acosté con quien no quería, dejé de contestar llamadas, trabajé de noche, aprendí a estar despierta cuando todo el mundo dormía.
Supongo que por eso terminé mirando cámaras.
Era una forma limpia de no estar en casa.
Inés sintió que Lety acababa de abrir una puerta que no había mostrado ni siquiera en Velaria.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Porque no era mío para usarlo como entrada a tu miedo.
La frase fue perfecta.
Demasiado.
Inés sintió ganas de tocarla.
No lo hizo.
—¿Y ahora?
—Ahora me estoy dando cuenta de que si no te lo digo, capaz termino cuidándote desde un lugar que vos no entendés y yo tampoco.
Inés asintió.
El mundo de Lety crecía otra vez.
Eso era bueno.
Dolía, pero era bueno.
—No quiero repetir la historia de tu madre —dijo Inés.
—No sos mi madre.
—No quiero que me cuides como a ella.
—No quiero cuidarte como a ella.
—¿Y cómo querés cuidarme?
Lety soltó una risa sin alegría.
—Mal, seguramente.
Inés la miró.
—Probá.
Lety giró hacia ella.
La palabra quedó entre las dos.
Probá.
No era una declaración.
No era una promesa.
No era un permiso total.
Era algo más humilde y más peligroso: una invitación a equivocarse cerca.
Lety tomó aire.
—Quiero acompañarte al hospital hoy —dijo.
—Eso ya lo hiciste.
—Quiero estar cuando firmes lo que tengas que firmar, si querés.
Quiero saber qué médicos te ven, no para mandar, sino para no quedarme imaginando monstruos peores que los reales.
Quiero que Juan tenga mi número y yo el suyo, aunque me incomode.
Quiero que Martín no use su miedo para entrar por cualquier puerta.
Quiero que tu pared siga vacía un rato. Quiero que comas.
Quiero que no me mientas cuando te duela la cabeza.
Quiero poder irme a ver a mi madre sin pensar que esa es la hora exacta en que vas a desaparecer.
Quiero no ser tu pareja si esa palabra ahora pesa demasiado, pero tampoco quiero fingir que soy solo una conocida que te besó en un patio.
Inés sintió que la garganta se le cerraba.
Lety bajó la mirada.
—Eso quiero. Es demasiado. Ya sé.
Inés tardó en responder.
No porque no tuviera respuesta.
Porque la respuesta no era una frase.
Era una vida entera cambiando de distribución en una mañana gris.
—No puedo darte todo eso ordenado —dijo.
—No te lo pedí ordenado.
—Voy a ser injusta.
—Seguro.
—Voy a tener miedo.
—Eso espero.
—Voy a querer estar sola y después me va a doler que me dejen sola.
—Ya lo noté.
—Voy a necesitar cosas que no voy a saber pedir.
—Entonces voy a preguntar mal hasta acertar.
Inés sonrió.
Esta vez la sonrisa se mezcló con lágrimas.
No cayeron.
Quedaron ahí.
—No me salves —dijo.
Lety negó con la cabeza.
—No sé salvar.
—Mejor.
—Pero puedo sentarme en playas horribles.
—Esta no es horrible.
—Tiene arena.
—Todas tienen.
—Por eso.
Inés rió.