LA ZONA OSCURA CAPÍTULO 14
93%

CAPÍTULO 14

LA PLAYA

Inés no volvió a la playa para morir.

Eso hubiera sido demasiado fácil.

Demasiado limpio.

Una de esas decisiones que después otros convierten en explicación porque necesitan que la muerte tenga una forma comprensible.

Fue a la playa porque quería ver el mar antes de que la medicina volviera a ponerle horarios al cuerpo.

Fue porque el hospital olía a desinfectante, café recalentado y promesas que nadie se animaba a pronunciar enteras.

Fue porque la habitación, aun con ventana, seguía siendo una habitación.

Fue porque durante días había escuchado palabras que parecían empujarla hacia adentro: lesión, cirugía, biopsia, tratamiento, edema, riesgo, consentimiento, pronóstico.

La playa era hacia afuera.

No era una huida.

O sí.

Inés ya no tenía fuerzas para defender cada acto con una teoría.

Salió del hospital a las seis y veinte de la mañana, con un permiso que nadie había llamado permiso.

Técnicamente podía caminar. Técnicamente podía ir a su apartamento.

Técnicamente debía volver en la tarde para completar indicaciones, firmar unos papeles, hablar otra vez con el equipo, decidir otra vez lo que ya había decidido y lo que todavía no.

La medicina, descubrió, no era una línea recta.

Era una serie de puertas. Detrás de cada puerta había otra palabra.

Juan había querido llevarla.

Lety también.

Martín no lo había pedido.

Eso fue algo.

Inés les dijo que necesitaba pasar por su casa.

No era mentira.

Pasó.

El apartamento estaba igual y distinto. La pared vacía seguía ahí, con sus marcas de cinta, sus rectángulos claros, su fealdad honesta.

La taza rajada seguía sobre la mesa. La foto de la playa vieja seguía dentro del sobre.

La silla vacía, no. Esa la había dejado en el hospital, sobre la mesa de luz, con la fecha escrita detrás y la frase que todavía no sabía si era promesa, rendición o simple constatación.

Me quedo.

Al verla faltar, la pared pareció menos acusadora.

Inés se duchó despacio. No porque tuviera tiempo.

Porque el agua era una de las pocas cosas que todavía no le pedía explicaciones.

Se vistió con un pantalón claro, una camisa amplia y una campera liviana.

Eligió ropa que no la hiciera parecer enferma.

Después se corrigió. La ropa no podía hacer eso.

La enfermedad no era una estética. Era una administración secreta del cuerpo.

En la cartera guardó el teléfono, el documento, algo de dinero, las llaves, un analgésico, una botella de agua y una mandarina.

La mandarina fue lo único que la hizo detenerse.

No sabía por qué la llevaba.

La llevó igual.

Antes de salir, miró la computadora cerrada.

No la tocó. El informe estaba allí, pero ya no era el centro.

Había pasado algo extraño desde que lo leyó: el informe, que primero había ocupado todo, empezaba a volverse una cosa entre otras.

Una cosa brutal, sí. Decisiva, sí. Pero no total.

Al lado seguían existiendo el agua, la ropa, una puerta, el frío de la mañana, una fruta en la cartera, el ruido del ascensor, el olor del edificio.

La muerte, pensó, era muy soberbia.

Quería quedarse con todo.

No siempre podía.

Bajó.

En la calle, Sandoval amanecía con una vulgaridad conmovedora.

Un camión descargaba cajones de verdura frente a un almacén.

Una mujer barría la vereda con el pelo atado y una paciencia de siglos.

Dos estudiantes esperaban el ómnibus con la cabeza inclinada sobre el mismo celular.

Un hombre abría un kiosco. Un perro olía una bolsa de basura con concentración absoluta.

Nada estaba preparado para ella.

Eso le pareció justo.

Caminó hasta la avenida y tomó un taxi.

—A la rambla —dijo.

El conductor no preguntó a qué altura.

Arrancó.

La radio estaba baja. Una voz hablaba de tránsito, de humedad, de una obra en una calle que Inés no conocía, de un choque sin heridos, de una mañana fresca con probabilidad de lluvia hacia la noche. La ciudad todavía no había elegido su tragedia del día.

Inés apoyó la cabeza contra el vidrio.

No le dolía.

Ese silencio del cuerpo la acompañó como una sospecha.

En un semáforo, el celular vibró.

Lety.

¿Llegaste a tu casa?

Inés miró el mensaje.

No respondió enseguida.

Otra vibración.

No me hagas perseguirte como una idiota.

Inés sonrió.

Escribió:

Estoy bien.

Lety respondió:

Eso no contesta.

Inés miró por la ventanilla. Un grupo de obreros cruzaba cargando herramientas. Una mujer empujaba un cochecito. Un hombre con traje corría torpemente detrás de un ómnibus que no lo esperó.

Escribió:

Voy a la rambla.

La respuesta tardó.

Eso fue peor que una respuesta inmediata.

Al fin apareció:

¿Sola?

Inés escribió:

Sí.

Tres puntos.

Desaparecieron.

Volvieron.

Desaparecieron.

Después:

No te voy a retar por mensaje.

Inés casi rió.

Qué madurez.

Lety:

No abuses.

Inés esperó.

Sabía que venía algo más.

Llegó.

Decime dónde bajás.

Inés no contestó.

Apagó la pantalla.

No por crueldad.

Porque si contestaba, Lety vendría. Y si Lety venía, la playa se volvería conversación, cuidado, límite, escena compartida. Inés no quería eso todavía. Quería una hora sin testigos. Una hora donde el mar no tuviera que ser explicado a nadie.

El taxi dejó la avenida y tomó hacia la costa.

A medida que se acercaban, la luz cambió. No mejoró. Cambió. La ciudad empezó a abrirse, a perder paredes, a dejar entrar un horizonte gris. El mar apareció primero como una franja opaca entre edificios. Después como una presencia entera, quieta y sucia, hermosa sin querer ser hermosa.

—¿Acá? —preguntó el conductor.

Inés miró.

No era la playa del hostel.

No era aquella.

Pero el mar, a esa hora, hacía que todas las playas parecieran parientes.

—Sí —dijo.

Pagó.

Bajó.

El aire le golpeó la cara.

No frío exactamente.

Húmedo.

Salado.

Real.

Cruzó la rambla con cuidado. Los autos pasaban rápido, indiferentes, como si la muerte y la vida fueran asuntos peatonales.

Bajó por una escalera de cemento hasta la arena.

Había poca gente. Un hombre corriendo con auriculares.

Dos mujeres mayores caminando en silencio. Un perro suelto que perseguía

algo invisible. Un pescador junto a unas rocas. Una pareja sentada bajo una manta, demasiado joven para tener sueño y demasiado cansada para irse.

Inés se quitó los zapatos.

La arena estaba fría.

Ese primer contacto le produjo una emoción ridícula.

No lloró.

Siguió caminando hasta quedar cerca del agua, pero no tanto como para mojarse.

El mar entraba y retrocedía con una paciencia que le pareció ofensiva.

Nada en él sabía de informes, de tumores, de neurocirujanos, de consentimientos informados, de visitas, de mensajes pendientes.

El mar no consolaba. No era bueno. No era cruel. No tenía intención.

Por eso servía.

Se sentó.

La arena cedió bajo su peso.

Sacó la mandarina de la cartera.

La peló despacio.

Esta vez la cáscara salió casi entera.

Ese pequeño triunfo la hizo sonreír.

Comió un gajo.

El sabor era ácido, más ácido de lo esperado.

Le llenó la boca de una saliva viva, infantil.

Pensó en la mujer que le había dicho en el baño de Velaria que la primera vez nunca era la primera vez, sino la primera vez que una dejaba de negarla.

Pensó que quizá con la muerte pasaba algo parecido.

No empezaba cuando la nombraban. Empezaba mucho antes, en cada cosa que una dejaba de negar.

O quizá eso era otra teoría.

Se permitió abandonarla.

Miró el agua.

El teléfono vibró varias veces.

No lo sacó.

Durante un rato, no hizo nada.

Eso fue lo más difícil.

No revisar mensajes. No mirar el reloj. No ordenar recuerdos.

No convertir a Juan en pasado bueno, a Martín en vigilancia triste, a Lety en amor tardío, al tumor en símbolo, a la playa en final.

No convertir nada en nada. Solo estar sentada, con los pies en la arena fría, una mandarina a medio comer y el cuerpo sosteniendo, como podía, su propio misterio.

A los cuarenta minutos, o a los diez, o a una hora —el tiempo cerca del mar se volvió impreciso—, apareció una sombra junto a ella.

Inés no miró enseguida.

—Te dije que no te iba a retar por mensaje —dijo Lety.

Inés cerró los ojos.

No se sorprendió.

Tal vez una parte de ella había querido ser encontrada.

—Eso no significa que tuvieras que venir.

—No. Pero vine.

Lety se sentó a su lado sin pedir permiso.

No demasiado cerca.

No demasiado lejos.

Llevaba la misma campera de siempre, el pelo atado de cualquier manera y unas zapatillas que no combinaban con nada. Tenía cara de haber corrido, discutido con un taxi o con la vida, tal vez con ambas cosas.

—¿Cómo supiste? —preguntó Inés.

—Sandoval tiene pocas ramblas y vos tenés mucha costumbre de creer que sos más misteriosa de lo que sos.

—Eso no es una respuesta.

—Pregunté mal hasta acertar.

Inés la miró.

—¿A quién?

—No importa.

—Lety.

—A Juan.

Inés volvió la vista al mar.

No se enojó.

Eso la sorprendió.

—No debiste.

—Él tampoco sabía. Solo dijo que cuando te ponías triste buscabas agua.

La frase la atravesó con una ternura antigua.

Juan sabía cosas que ya no tenían derecho a salvarla, pero seguían siendo ciertas.

—No estoy triste —dijo.

Lety miró el mar.

—No dije que sí.

Silencio.

El perro pasó cerca de ellas, sacudió arena y siguió. Una de las mujeres mayores se rió de algo que la otra había dicho. El pescador movió la caña. La ciudad, arriba, seguía con su tránsito.

—Me asusté —dijo Lety.

No acusó.

No reclamó.

Solo lo dejó ahí.

Inés sostuvo un gajo de mandarina entre los dedos.

—Ya sé.

—No, no sé si sabés.

—Sé.

—No quiero perseguirte.

—Entonces no lo hagas.

—Tampoco quiero quedarme esperando a que decidas desaparecer con elegancia.

La frase golpeó.

Inés no respondió enseguida.

Desaparecer con elegancia.

Era una acusación justa.

Quizá la peor clase.

—No vine a desaparecer —dijo.

—¿A qué viniste?

Inés miró la mandarina.

Le ofreció un gajo.

Lety dudó.

Después lo tomó.

—A no ser paciente una hora —dijo Inés.

Lety comió el gajo.

Hizo una mueca.

—Está ácida.