LA ZONA OSCURA CAPÍTULO 13 #4
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CAPÍTULO 13 #4

—Te va a decir que todavía no.

—Entonces decile que me cayó bien sin conocerla.

—Eso le va a parecer sospechoso.

Inés sonrió.

Después miró a Lety.

—Perdoname.

—¿Por qué cosa de todas?

—Por ponerte en este lugar.

Lety se inclinó hacia adelante.

—No me pusiste. Vine.

—No es tan simple.

—Nada es tan simple. Pero esa parte sí.

Inés miró la vía.

—Mañana, si me dejan salir, quiero que vengas conmigo.

—Ya lo dije.

—No por ser la única. No por ganarle a nadie. No por ser la que estaba al final.

Lety sostuvo su mirada.

—¿Entonces por qué?

Inés pensó en Velaria. En la puerta sin cartel. En el patio horrible. En la boca de Lety. En la primera vez que no pudo seguir diciéndose que no. Pensó en la madre de Lety, en los caramelos, en la medallita. Pensó en la palabra acompañante escrita en un sistema.

—Porque con vos no sé mirar desde lejos —dijo.

Lety bajó los ojos.

La frase llegó.

No como declaración.

Mejor.

Como verdad parcial.

—Eso no es garantía de nada —dijo.

—No quiero garantías.

—Mentira. Todos quieren garantías cuando tienen miedo.

—Entonces quiero pocas.

—¿Cuáles?

Inés miró la puerta.

La dejó abierta.

—Que si me quedo sin palabras, no finjas que no te das cuenta.

Lety cerró los ojos.

—Inés.

—Y que si te doy miedo, no me trates como si fuera frágil por educación.

—No soy educada.

—Por eso.

Lety respiró hondo.

—No sé si puedo prometer hacerlo bien.

—Prometé hacerlo verdadero.

Lety abrió los ojos.

—Eso sí.

No se besaron.

Había demasiadas cosas en la habitación para que un beso no tuviera que cargar con todas. En cambio, Lety tomó la mano de Inés. No la mano de la vía. La otra. La sostuvo sobre la manta.

Sin erotismo visible.

Sin espectáculo.

Pero el cuerpo de Inés lo sintió igual.

El deseo, incluso allí, no había muerto.

Había cambiado de ropa.

Más tarde, cuando Lety salió a llamar a su madre, Inés quedó sola otra vez. Tomó la hoja donde había escrito los nombres.

Juan.

Martín.

Lety.

Mara.

Mi cuerpo.

La ciudad.

La playa.

Debajo agregó:

Las palabras.

Después:

La mirada.

Después:

La salida.

No sabía si era una lista de despedidas o de cosas que todavía quería tocar.

Tal vez era lo mismo.

Dobló la hoja y la guardó dentro del libro que no había podido leer.

No quería que nadie la encontrara todavía.

A la noche, el neurocirujano volvió brevemente.

Dijo que la cirugía estaba coordinada para el día siguiente al mediodía.

Que temprano harían controles. Que, si permanecía estable, evaluarían una salida muy breve a la rambla con acompañante y retorno inmediato, pero que no prometía nada.

Que no comiera después de cierta hora. Que avisara ante dolor intenso, vómitos, confusión, debilidad, convulsiones.

La lista de posibles derrumbes entró en la habitación con una calma indecente.

Inés asintió.

Lety, junto a la ventana, no dijo nada.

Cuando el médico se fue, la noche quedó completa.

No la noche de Velaria.

No la noche de la playa.

La noche hospitalaria: azul, vigilada, llena de tubos invisibles, pasos discretos y cuerpos intentando dormir antes de una fecha.

Inés miró la taza rajada.

La medallita.

La foto.

La firma.

No sentía heroísmo.

Sentía cansancio.

Miedo.

Una especie de ternura por las cosas pequeñas que habían llegado hasta su mesa como testigos inútiles y necesarios.

Lety acomodó la silla para quedarse.

—Te vas a partir el cuello otra vez —dijo Inés.

—Tengo varios.

—No seas ridícula.

—Estoy practicando para vieja.

Inés sonrió.

—¿Vas a ser insoportable de vieja?

—Ya soy insoportable. De vieja voy a ser leyenda.

La risa de Inés salió suave.

Después se apagó.

—Lety.

—Qué.

—Si mañana me dejan ver el mar, no me dejes convertirlo en una escena perfecta.

Lety la miró desde la silla.

—No existe eso.

—Yo podría intentarlo.

—Sí. Por eso voy.

Inés cerró los ojos.

—Bien.

—Dormí.

—No me des órdenes.

—Estoy usando mis últimas horas antes de que te operen para ser coherente.

Inés no abrió los ojos.

—Eso fue horrible.

—Lo sé.

—No lo mejores.

—No iba a hacerlo.

La habitación quedó quieta.

Lety apagó la luz principal. Dejó solo la de la cabecera, baja, amarilla, insuficiente. Afuera, la ciudad seguía encendida. En algún lugar, muy lejos o muy cerca, el mar existía sin ellas. Inés pensó en eso. El mar no esperaba. No recordaba. No juzgaba. No prometía. Estaba.

Como algunas personas.

Como algunos cuerpos antes de romperse.

Como algunas despedidas antes de saber que lo eran.

Inés abrió los ojos una última vez.

La puerta de la habitación estaba entreabierta.

No cerrada.

No abierta del todo.

Un borde.

Pensó que tal vez toda su vida había consistido en eso: quedarse al borde de las puertas, mirando cómo otros entraban o salían, creyendo que la distancia era inteligencia.

Mañana, si la dejaban, iba a ir al mar.

No para morir.

No todavía.

Para mirar algo que no pudiera devolverle la mirada.

Después firmaría con el cuerpo lo que ya había firmado con la mano.

Cerró los ojos.

No durmió enseguida.

Sostuvo, una por una, las despedidas que no se animaba a nombrar.

Y por primera vez no las ordenó en la pared.

Las dejó pasar.