CAPÍTULO 13 #3
—¿Adónde querés ir?
Inés dudó.
La playa, dicha allí, iba a sonar absurda.
La dijo igual.
—A la rambla. A ver el mar.
El médico respiró hondo.
No la trató como una nena.
Eso importó.
—No puedo indicarte eso como médico.
—Lo sé.
—Puedo decirte que si estás clínicamente estable, y si la cirugía queda coordinada para mañana, podríamos evaluar una salida breve bajo responsabilidad, acompañada, cerca, con retorno inmediato ante cualquier síntoma. Pero no te voy a mentir: preferiría que no.
Inés bajó la mirada.
Responsabilidad.
Otra palabra para repartir el miedo con firmas.
—No quiero escaparme —dijo.
—Mejor.
—Tampoco quiero que mi última imagen antes de entrar a block sea esa pared.
El médico miró hacia la ventana.
No preguntó si ella creía que iba a ser la última imagen de su vida.
Quizá porque sabía que, antes de una cirugía de cabeza, toda imagen podía sentirse última.
—Primero firmá si vas a firmar —dijo—. Después vemos cómo estás.
Firmar primero.
El orden era brutal.
Pero justo.
Inés tomó el consentimiento.
Leyó otra vez la primera página.
No toda.
No porque no quisiera entender.
Porque ya entendía lo suficiente y el exceso de letra podía convertirse en otra forma de no decidir.
Tomó la lapicera.
Pensó en la frase del reverso de la foto.
No decido para morir.
Entonces firmó.
Su nombre salió un poco torcido.
Pero legible.
Eso le pareció importante.
Cuando los demás entraron, la lapicera seguía sobre la cama.
Lety lo vio primero.
—Firmaste.
—Sí.
Juan cerró los ojos.
Martín miró al suelo.
Nadie dijo bien.
Esa vez aprendieron.
—Pedí salir un rato mañana temprano, si el médico autoriza —dijo Inés.
Lety no habló.
Juan preguntó:
—¿Adónde?
Inés miró la ventana.
—A ver el mar.
La frase tuvo un peso extraño.
No sonó a paseo.
No sonó a capricho.
Sonó a una despedida que todavía negaba su nombre.
Juan asintió.
Martín también.
Lety se acercó a la cama.
—Voy contigo.
La frase fue inmediata.
Demasiado.
Juan no dijo nada.
Martín tampoco.
Inés miró a Lety.
—Si autorizan.
—Si autorizan.
—Y si no autorizan, no me ayudás a escaparme.
Lety apretó la mandíbula.
—No prometo cosas bajo presión.
—Lety.
—No.
—Necesito que me prometas eso.
La habitación volvió a quedar quieta.
Lety sostuvo su mirada.
Durante un segundo pareció la mujer de Velaria, la que conocía puertas sin nombre, escaleras, salidas laterales. Después fue otra. O la misma contra sí misma.
—No te voy a ayudar a morirte por una escena hermosa —dijo.
La frase cortó el aire.
Juan bajó la mirada.
Martín cerró los ojos.
Inés sintió el golpe entero.
Y, debajo del golpe, una forma de amor que no quería adornarse.
—Gracias —dijo.
Lety no respondió.
Se fue al baño.
La puerta se cerró.
No con fuerza.
Pero se cerró.
Inés se quedó mirando el lugar por donde había salido.
Juan habló bajo:
—Eso también es quedarse.
Inés lo miró.
—¿Qué?
—Decirte que no.
No contestó.
Porque era verdad.
Martín se levantó.
—Me voy.
Inés lo miró.
—¿Por qué?
—Porque ya estuve un rato.
La frase respetaba el acuerdo.
Y por eso le dio pena.
Martín se acercó a la cama.
No la tocó.
—¿Puedo decir algo antes de irme?
—Depende.
—No voy a pedir nada.
Inés asintió.
Martín respiró.
—Me equivoqué muchas veces con vos. Sobre todo cuando confundí preocuparme con tener derecho. No te lo digo para que me perdones ahora. Te lo digo porque si mañana entrás a cirugía, no quiero que esa frase quede haciendo ruido en mí y nunca llegue a vos.
Inés lo escuchó.
No sintió alivio.
Sintió una tristeza adulta.
—Llegó —dijo.
Martín asintió.
—Gracias.
—No dije que alcanzara.
—Ya sé.
Entonces sí le tocó la mano.
Apenas.
No la sostuvo.
No la reclamó.
Solo la tocó como quien acepta que la piel ajena ya no es un lugar disponible.
—Volvé si te aviso —dijo Inés.
—Voy a esperar eso.
Martín salió.
Esta vez no miró atrás.
Juan se quedó un poco más.
Lety volvió del baño con la cara lavada.
Nadie mencionó lo ocurrido.
A las seis, Juan también se fue. Antes de hacerlo, dejó la taza rajada en la mesa de luz, junto a la medallita, la foto de la silla y el consentimiento ya firmado.
—Queda mucha cosa sobre esa mesa —dijo.
—Es mi altar pagano.
—Tiene poca estética.
—Nunca fui buena creyente.
Juan sonrió.
Después le besó la frente.
Otra vez.
Esta vez Inés cerró los ojos.
—No vengas temprano si te digo que no —dijo.
—No voy.
—Prometelo.
—Lo prometo.
—Y si sale mal...
Juan se tensó.
—Inés.
—Si sale mal, no conviertas mi vida en una habitación donde no puedas salir.
Juan tragó saliva.
Durante un segundo pareció más viejo.
—No sé si puedo prometer eso.
—Intentá.
—Eso sí.
—Bueno.
Se abrazaron.
Cuando Juan se fue, la habitación quedó con Lety.
La tarde empezó a caer.
El hospital cambiaba de sonido a esa hora. Menos médicos. Más visitas. Más bolsas de comida. Más televisores encendidos. Más familiares hablando en voz baja como si la enfermedad fuera una vecina delicada a la que no convenía molestar.
Lety se sentó junto a la cama.
No hablaron durante un rato.
Inés tomó la medallita de la madre de Lety y la miró.
—¿Cómo se llama tu madre?
—Elena.
Elena.
Otro nombre entrando en la historia.
—Decile a Elena que gracias.