LA ZONA OSCURA CAPÍTULO 13 #2
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CAPÍTULO 13 #2

Traía una mochila, una bolsa de tela y la taza rajada envuelta en una remera.

Al sacarla, Inés sintió una emoción ridícula.

El objeto apareció en la habitación como si hubiera atravesado una frontera.

La taza ya no pertenecía a una cocina compartida ni a una mesa baja.

Ahora estaba allí, en un hospital, junto a un consentimiento quirúrgico, una medallita prestada y una foto de una silla vacía.

—Sobrevivió al viaje —dijo Juan.

—Tiene práctica.

Juan sonrió.

Después miró a Lety.

—Hola.

—Hola.

No hubo incomodidad grande.

Solo la incomodidad inevitable de tres personas reunidas alrededor de una mujer que ninguna sabía cómo perder ni cómo acompañar.

Juan dejó la mochila en el armario.

—Traje ropa limpia, cargador, cepillo, medias, y unas galletas horribles porque eran las únicas que quedaban abajo.

—Siempre tan seductor —dijo Inés.

—Fue mi problema matrimonial.

Lety soltó una risa breve.

Juan la miró, agradecido por esa risa.

Inés vio el gesto.

No le dolió.

O le dolió de una forma buena.

Durante un rato hablaron de cosas pequeñas.

El café del hospital. La cama que hacía ruido al levantar el respaldo.

La enfermera que parecía odiar a todos con justicia.

La madre de Lety enviando objetos religiosos como quien arroja piedras contra la enfermedad.

Juan contó que el portero del edificio había preguntado por Inés con una solemnidad absurda.

Lety dijo que Mara había ofrecido conseguir una silla más cómoda si la internación se alargaba.

Mara.

Velaria.

La noche.

Todo eso entró en la habitación sin luces rojas.

Inés pensó que una vida no se dividía en zonas tan limpias como una quería.

La mujer del sótano, la paciente, la exesposa, la amante sin nombre, la trabajadora que había mirado cámaras, la mujer con una lesión temporal izquierda, la que tenía miedo de perder palabras: todas estaban sentadas en la misma cama, bajo la misma manta pobre.

A la una, Juan se levantó.

—Voy a buscar agua —dijo.

Lety se levantó también.

—Voy yo.

—Puedo ir.

—Yo también.

La escena, de pronto, fue absurda.

Dos personas disputándose una botella de agua como si allí se jugara algo más.

Inés los miró.

—Vayan los dos y negocien en el pasillo cuál de ustedes me quiere más de forma práctica.

Juan bajó la cabeza, sonriendo.

Lety la miró mal.

—Estás insoportable.

—Estoy internada. Tengo privilegios.

—Pocos.

—Los uso todos.

Salieron.

La habitación quedó en silencio.

Inés tomó el consentimiento.

Leyó una línea.

Riesgo de alteraciones del lenguaje.

Se quedó ahí.

No siguió.

Lenguaje.

El miedo volvió con un rostro preciso.

No era solo morir.

Era perder la capacidad de nombrar antes de morirse. Era buscar una palabra y encontrar un hueco. Era mirar a Lety y no poder decir Lety. Era querer escribir y encontrar una pared blanca por dentro. Era que la enfermedad le robara no solo vida, sino forma.

Inés apoyó el papel sobre la cama.

Tomó la lapicera.

No firmó.

En una hoja aparte, empezó a escribir nombres.

Juan.

Martín.

Lety.

Mara.

Mi cuerpo.

La ciudad.

La playa.

Se detuvo.

La playa apareció antes de que pudiera defenderse.

La palabra quedó ahí, en la hoja, como una salida mal iluminada.

La playa.

No había pensado en volver.

O sí.

Tal vez desde el informe lo único que hacía era pensar en eso con otra parte de la cabeza.

La playa no como vacaciones, no como hostel, no como fuga sensual o regreso adolescente.

La playa como el lugar donde el cuerpo había empezado a fallar sin que ella quisiera escucharlo.

El lugar donde algo se había abierto y todavía no se había cerrado.

La puerta se abrió.

Juan y Lety volvieron con agua, café y una manzana.

Los dos vieron la hoja.

Ninguno leyó.

Eso fue raro.

Eso fue hermoso.

A las dos y media llegó Martín.

No trajo flores.

Inés se lo agradeció en silencio.

Trajo una carpeta delgada y una bolsa con empanadas que, según dijo, no eran de hospital ni pretendían ser sanas.

Estaba afeitado. Eso lo volvía más vulnerable.

La barba de dos días le había servido siempre como una defensa estética, una forma de parecer cansado antes de que alguien pudiera notar el cansancio real.

Sin ella, Martín parecía más joven y más perdido.

Se detuvo en la puerta.

Miró a Inés.

Después a Juan.

Después a Lety.

Por primera vez, no pareció querer entender el mapa completo.

—Hola —dijo.

—Hola —dijo Inés.

Juan se levantó.

—Voy a llamar abajo.

No hacía falta.

Lo hizo igual.

Lety dudó.

Inés la miró.

—Quedate.

Martín escuchó.

No reaccionó.

Ese fue su primer acto de respeto.

Juan salió.

Martín se acercó a la cama, pero no demasiado.

—No sabía qué traer —dijo.

—Empanadas es una respuesta extraña al neurocirujano.

—Fue eso o flores.

—Elegiste bien.

Lety tomó la bolsa.

—Depende del gusto.

—Carne, jamón y queso, verdura —dijo Martín.

—Intentaste cubrir personalidades múltiples.

—Un poco.

Hubo una risa breve.

No cómoda.

Pero posible.

Martín dejó la carpeta sobre la mesa.

—También traje esto. No es para ahora.

Inés miró la carpeta.

—¿Qué es?

—Copias de algunos documentos del trabajo. Cosas que podrían servirte si necesitás licencia, trámite, lo que sea. No los conseguí entrando donde no debía.

La aclaración era necesaria.

Y triste.

—Gracias —dijo Inés.

Martín asintió.

Después miró la pulsera en la muñeca.

No dijo nada.

Inés agradeció ese silencio.

Durante un rato hablaron los tres. O intentaron.

Martín preguntó lo justo. Lety respondió poco.

Inés dirigió la conversación con una energía que no tenía.

Era absurdo: incluso internada, incluso con un consentimiento quirúrgico al lado, una parte de ella seguía intentando que los demás no chocaran demasiado fuerte entre sí.

Hasta que se cansó.

—Basta —dijo.

Martín se calló.

Lety también.

—No puedo seguir administrando la incomodidad de todos.

La frase salió sin enojo.

Eso la hizo más fuerte.

Martín bajó la vista.

—Tenés razón.

Lety miró hacia la ventana.

Inés respiró.

—No sé qué va a pasar. No sé si voy a firmar hoy. No sé si mañana me abren la cabeza, si sale bien, si sale mal, si pierdo palabras, si pierdo memoria, si gano tiempo, si el tiempo sirve de algo. No sé. Y no puedo, además, sostener el lugar que cada uno necesita ocupar para no sentirse culpable.

Nadie habló.

La habitación pareció ensancharse alrededor de la frase.

—Juan fue mi vida durante años —siguió Inés—. Eso no se borra porque haya terminado. Martín fue... una forma de mirarme que a veces necesité y a veces me hizo daño. Lety es algo que todavía no sé nombrar y no quiero nombrar a la fuerza solo porque me enfermé.

Lety cerró los ojos.

Martín no la miró.

Bien.

—No quiero una escena de reparto de derechos —dijo Inés—. No quiero que nadie me cuide para ganarle a otro. No quiero que nadie se vaya para hacerse el digno. Y no quiero pasar las horas que tengo antes de decidir convirtiéndome en objeto de amor ajeno.

Martín tragó saliva.

—¿Qué querés? —preguntó.

La pregunta era peligrosa.

Pero esta vez Inés no la esquivó.

Miró la hoja donde había escrito nombres.

La playa.

Después miró la ventana.

—Quiero despedirme de algunas cosas sin que nadie me diga que estoy exagerando.

Lety abrió los ojos.

—¿Despedirte?

—No de ustedes.

—Inés.

—No de ustedes —repitió—. De cosas. De versiones. De habitaciones.

Martín miró la carpeta.

—¿Qué cosas?

Inés tomó la taza rajada.

La sostuvo entre las manos.

—Mi apartamento. La pared. Vigía Sur. La idea de que si miro lo suficiente puedo controlar algo. La playa.

Lety se quedó inmóvil.

Ahí estuvo.

La palabra que el capítulo había estado empujando desde la mañana.

La playa.

—No —dijo Lety.

No fuerte.

No como orden.

Como miedo.

Inés la miró.

—No dije que iba ahora.

—Pero lo pensaste.

—Sí.

—Estás internada.

—Lo noté por la pulsera.

—No hagas chistes.

—No sé hacer otra cosa algunas veces.

Martín habló con cuidado.

—Tal vez después de la cirugía.

La frase fue razonable.

Por eso dolió.

Después.

La palabra más cruel que podía decirse en una habitación como esa.

Después de la cirugía. Después del informe definitivo. Después de la anatomía patológica. Después de ver si hablás bien. Después de ver si recordás. Después de ver si caminás. Después de ver si el tratamiento sirve. Después, después, después.

La vida aplazada como forma de prudencia.

—Tal vez no haya el mismo después —dijo Inés.

Martín bajó la mirada.

Lety se levantó.

—Eso es injusto.

—Sí.

—No podés usar el miedo para convertir cualquier deseo en urgente.

Inés la miró.

La frase era exacta.

Dolía porque era exacta.

—Tenés razón —dijo.

Lety pareció sorprendida.

—No quería tenerla.

—Ya sé.

—No quiero ser la persona que te dice no.

—Nadie quiere.

—Pero alguien tiene que decirlo.

Inés apoyó la taza.

—No hoy.

—¿Qué?

—No voy hoy.

Lety sostuvo la mirada.

—¿Mañana?

—No sé.

—Esa respuesta no me tranquiliza.

—No era para tranquilizarte.

Martín se pasó una mano por la cara.

—¿Y si pedís permiso?

Las dos lo miraron.

Él levantó las manos apenas.

—No sé. Una salida corta. Con acompañante. Algo. No digo escaparte. Digo pedir.

Inés lo observó.

Por primera vez en mucho tiempo, Martín no estaba tratando de encontrar una rendija para entrar. Estaba proponiendo una puerta legal, torpe, quizá imposible, pero puerta.

—Eso es sensato —dijo Lety, con evidente disgusto.

—Perdón —dijo Martín.

—No te acostumbres.

Inés sonrió.

La escena no era paz.

Pero era algo parecido a una tregua.

A media tarde volvió el neurocirujano. Inés pidió hablar sola con él. Lety y Martín salieron al pasillo. Juan, que había vuelto con café, también. Los tres quedaron afuera como una familia mal escrita, esperando una decisión que no les pertenecía.

El médico se sentó.

—¿Tenés preguntas?

—Sí.

Inés apoyó las manos sobre la manta.

—Si firmo, ¿la cirugía es mañana?

—Probablemente.

—¿Y si pido salir unas horas antes?

El médico la miró.

No pareció sorprendido.

Eso la alivió un poco.

—No es lo recomendable.

—Ya sé.

—Tenés edema. Riesgo de crisis. Riesgo de empeorar síntomas. No deberías estar sola ni lejos de asistencia.

—No estaría sola.