CAPÍTULO 13
LAS DESPEDIDAS
A la mañana siguiente, Inés eligió no llamar a nadie primero.
Eso fue lo primero que decidió.
No la cirugía. No la biopsia. No el consentimiento. No el orden en que una vida empieza a doblarse para entrar en una carpeta clínica. Decidió algo más pequeño y por eso mismo más suyo: no llamar a nadie apenas abriera los ojos.
La habitación estaba todavía en penumbra.
La otra cama seguía vacía. En la ventana, la ciudad aparecía partida por las rejas del edificio, una Sandoval alta, gris, indiferente, con un pedazo de cielo que no alcanzaba para prometer nada.
Inés escuchó primero los ruidos del hospital: ruedas, pasos, una puerta que golpeaba lejos, una enfermera diciendo un apellido, el pitido breve de un aparato en otra habitación.
Después escuchó su cuerpo.
No dolía mucho.
Eso volvía a parecerle una provocación.
Se tocó la pulsera con su nombre. El plástico seguía allí, ajustado, liviano, definitivo. Inés Rodríguez. Fecha de nacimiento. Número de historia. El hospital no necesitaba conocer la historia entera para reclamarla como paciente. Le alcanzaban esos datos. Una muñeca. Una cama. Una vía. Un informe.
Sobre la mesa de luz estaba la foto de la silla vacía.
La tomó.
En el reverso seguían las dos líneas.
Me quedo.
No decido para morir.
Las leyó varias veces.
Por la mañana, la segunda frase le pareció menos fuerte y más difícil.
De noche algunas verdades se escriben con el pulso alto.
Al día siguiente hay que convivir con ellas bajo una luz mediocre, con olor a desinfectante y una auxiliar entrando a preguntar si una orinó, si comió, si tuvo náuseas, si le duele la cabeza, si pasó bien la noche.
Pasé bien la noche.
Qué frase miserable.
La noche no se pasaba. La noche la pasaba a una.
A las siete y cuarenta entró una enfermera con medicación.
Le explicó nombres, horarios, efectos. Inés escuchó la mitad.
Corticoide. Protector gástrico. Algo preventivo para crisis.
Control de presión. El cuerpo se volvía una agenda ajena.
Cada pastilla parecía una manera discreta de decir que aquello no era un susto, no era una sospecha, no era una escena dramática construida por su miedo.
Era tratamiento.
La enfermera dejó un vaso de agua sobre la mesa.
—Hoy va a pasar el equipo —dijo.
Inés asintió.
El equipo.
La palabra sonaba a deporte o a demolición.
Cuando quedó sola, miró el celular.
Mensajes.
Juan había escrito a las seis y doce.
Estoy despierto. No hace falta que respondas.
Martín, a las seis y treinta y nueve.
No voy a ir sin permiso. Pero estoy cerca.
Lety, a las siete y cinco.
Mi madre dice que los hospitales exageran el frío para que una no tenga ganas de morirse ahí.
Inés leyó ese último mensaje dos veces.
Después escribió:
Tu madre es peligrosa.
La respuesta llegó rápido.
Lety: Y todavía no la viste.
Inés sonrió.
La sonrisa fue pequeña, pero no falsa.
Esa mañana el equipo pasó a las nueve y veinte.
Dos médicos, una residente, una enfermera.
El neurocirujano del día anterior estaba entre ellos.
Traía la misma cara de no gastar frases decorativas.
Inés agradeció eso. Había días en que la amabilidad excesiva se parecía demasiado a una sábana sobre un cuerpo.
Le hablaron de la cirugía.
No como promesa.
Como posibilidad urgente.
Había que intentar retirar la mayor cantidad segura de lesión.
Había riesgos. Había zonas sensibles. Lenguaje.
Memoria. Crisis. Déficits. Había beneficios posibles.
Había incertidumbre. Había que confirmar con anatomía patológica.
Había que actuar pronto. Tal vez al día siguiente.
Tal vez en cuarenta y ocho horas, según coordinación de block y estudios preoperatorios.
Block.
La palabra le dio frío.
No era quirófano. Era block. Más seco. Más mecánico. Más lejos de cualquier fantasía de salvación.
—¿Y si no firmo hoy? —preguntó Inés.
El neurocirujano no se movió.
—Podés tomarte unas horas.
—¿Horas?
—Horas.
La precisión la golpeó.
No días. No semanas. No una vida para acomodar las cosas. Horas.
—No te lo digo para presionarte —agregó él—. Te lo digo para no mentirte. La lesión tiene edema. Ya tuviste síntomas. No conviene esperar.
Inés miró la ventana.
En el edificio de enfrente, las sábanas blancas seguían colgadas. Ahora se movían con menos viento. Parecían más pesadas.
—Necesito ordenar algunas cosas —dijo.
La residente levantó la vista de la tablet.
—¿Administrativas?
Inés casi se rió.
Administrativas.
Qué fe tenía la medicina en que todo lo importante podía entrar en una categoría.
—No —dijo—. De las otras.
Nadie preguntó cuáles.
Eso fue una forma de respeto.
El neurocirujano dejó el consentimiento informado sobre la mesa.
Varias hojas.
Letra pequeña.
Riesgos.
Beneficios.
Alternativas.
Firma.
—No lo firmes si no lo entendiste —dijo.
—¿Y si lo entiendo demasiado?
El médico la miró.
Por primera vez, algo parecido a una tristeza le pasó por la cara. Breve. Profesionalmente inútil. Humanamente suficiente.
—Entonces hacé las preguntas que necesites.
Inés bajó la vista al papel.
No tenía preguntas.
O tenía todas.
Cuando se fueron, la habitación quedó llena de hojas.
El consentimiento ocupaba la mesa de luz como un animal dormido.
Inés no lo tocó.
Llamó primero a Juan.
No porque lo eligiera antes que a los demás. No porque fuera más importante. Lo llamó porque sabía que Juan iba a contestar con una calma trabajada y esa calma, aunque fuera falsa, le serviría para entrar en el día.
—Hola —dijo él.
Estaba despierto, claro.
Tal vez no había dormido.
—Pasó el equipo.
Juan respiró.
—¿Qué dijeron?
—Cirugía. Pronto. Tal vez mañana o pasado. Tengo que firmar.
Del otro lado hubo un silencio.
No vacío.
Un silencio lleno de alguien tratando de no quebrarse por teléfono.
—Voy —dijo Juan.
—Juan.
—No a instalarme. Voy un rato. Te llevo lo que falte. Después me voy si me decís.
Inés cerró los ojos.
—Está bien.
—¿Querés algo?
La pregunta era absurda.
También era hermosa.
Inés miró la habitación. El consentimiento. La foto. La cama vacía. La silla.
—Sí.
—Decime.
—Traeme la taza rajada.
Juan no respondió enseguida.
—¿La taza?
—Sí.
—¿Para qué?
—No sé.
—La llevo.
No preguntó más.
Eso era Juan.
Tal vez nunca había sabido entrar en el deseo de Inés, pero sabía llevar una taza rajada a un hospital sin exigir una explicación.
Después de cortar, Inés llamó a Martín.
Tardó más en apretar.
No porque le importara menos. Porque Martín era otra clase de puerta. Con Juan, el dolor tenía muebles. Con Martín, el dolor tenía espejos. Una nunca sabía si iba a recibir cuidado o reflejo.
Él atendió al primer tono.
—Inés.
La dijo como si el nombre hubiera estado en su boca desde antes de que sonara el teléfono.
—Podés venir hoy —dijo ella.
Martín no habló.
Tal vez no esperaba permiso.
O tal vez lo esperaba demasiado.
—¿A qué hora? —preguntó.
—Después del mediodía. Un rato.
—Voy.
—Martín.
—Sí.
—Un rato.
La pausa fue mínima.
—Un rato —repitió.
—Y no vengas a pedirme nada.
—No voy a pedirte nada.
—Ni perdón, ni una explicación, ni un lugar.
Del otro lado, Martín respiró como si hubiera recibido un golpe justo.
—Está bien.
—No sé si está bien. Pero es lo que hay.
—Voy a respetarlo.
Inés miró el consentimiento.
—Eso quiero.
Cortó.
No se sintió mejor.
Tampoco peor.
A veces poner límites no alivia. Solo deja el terreno marcado para que la próxima herida no ocurra exactamente en el mismo lugar.
Lety llegó antes que los dos.
Entró a las once y cuarto con el pelo recogido de cualquier manera, una bolsa de nylon en una mano y un gesto de cansancio que parecía heredado.
No llevaba campera de cuero. Llevaba un buzo oscuro y pantalones negros.
Velaria no estaba en ella esa mañana. O estaba enterrada bajo capas de mutualista, hospital y miedo.
—Mi madre te mandó esto —dijo.
Dejó la bolsa sobre la cama.
Inés la abrió.
Había caramelos de miel, pañuelos descartables, una botella chica de colonia y una medallita dentro de un sobre blanco.
Inés levantó la medallita.
—¿Otra estampita?
—Evolucionó. Ahora te manda metal.
—No soy creyente.
—Ella tampoco de una forma que pueda explicarse sin hacer daño.
Inés sostuvo la medallita entre los dedos.
Era liviana.
Un objeto pequeño, absurdo, cargado de una fe ajena que no pedía permiso para ofrecerse.
—Decile gracias.
—Te dijo que no le agradezcas hasta ver si funciona.
Inés sonrió.
Lety miró la mesa.
Vio el consentimiento.
La sonrisa murió.
—¿Ya te lo dieron?
—Sí.
—¿Firmaste?
—No.
Lety asintió.
No preguntó por qué.
Eso la hizo distinta a todos los demás.
Inés apoyó la medallita sobre la mesa, al lado de la foto de la silla vacía.
—Juan viene —dijo.
—Bien.
—Martín también.
Lety miró hacia la ventana.
—Bien.
—No suena igual.
—No soy actriz.
—Podrías.
—Me echarían por mirar mal al público.
Inés rio apenas.
Lety se acercó a la cama y le acomodó la manta sobre los pies.
El gesto fue rápido, casi brusco, como si quisiera hacerlo antes de que Inés pudiera interpretarlo.
Pero Inés lo interpretó igual. No como amor.
No como pareja. No como obligación. Como esa forma torpe en que algunas personas cuidan cuando no quieren confesar que están cuidando.
—No tenés que estar cuando vengan —dijo Inés.
Lety levantó la mirada.
—Ya sé.
—Podés irte.
—También sé.
—No quiero que esto parezca una prueba.
—No lo parece.
—Puede parecerlo.
Lety se sentó en la silla.
—Inés, me acosté con gente que no quería presentarme a nadie, con gente que quería presentarme demasiado rápido y con gente que me escondía hasta de sí misma. Sé distinguir una prueba de una habitación horrible.
Inés la miró.
—¿Y esto qué es?
Lety apoyó la espalda contra la silla.
—Una habitación horrible.
La respuesta la hizo sonreír.
Después no.
Porque era verdad.
Juan llegó a las doce y diez.