CAPÍTULO 12 #3
—Que si estoy rota, digas rota.
—No sos una taza.
Inés pensó en la taza rajada.
—No. Pero puedo rajarme.
—Ya estás rajada.
La frase fue dura.
No cruel.
Dura.
Inés sostuvo su mirada.
—¿Y?
—Y seguís sirviendo.
Inés cerró los ojos.
No quería llorar.
No ahí.
No por esa frase.
Lety se inclinó hacia adelante.
—No voy a inventarte hermosa. Ya sos bastante insoportable como para no necesitar decoración.
Inés rió.
Esta vez la risa se mezcló con llanto.
Lety no la abrazó enseguida.
Esperó.
Inés estiró la mano.
Entonces sí.
Lety la tomó.
No hubo beso.
No había lugar para eso todavía. O sí, pero no hacía falta. La mano de Lety en la suya, en una habitación de hospital, con una vía en el dorso y el futuro reducido a uno o dos días, fue más íntima que cualquier beso en un patio.
—No sé si quiero operarme —dijo Inés.
La frase, al fin, apareció limpia.
Lety no apretó más la mano.
No reaccionó como quien escucha una herejía.
—Está bien no saberlo todavía.
—Todos van a querer que diga que sí.
—Probablemente.
—¿Vos?
Lety respiró hondo.
—Yo quiero que vivas.
La frase era sencilla.
Brutalmente sencilla.
—Eso no responde.
—Sí responde. Solo que no decide por vos.
Inés miró sus manos unidas.
—¿Y si vivir significa quedar de una forma que no soy yo?
Lety no contestó enseguida.
Afuera, las sábanas del edificio de enfrente se movieron con más fuerza. En el pasillo alguien llamó a una enfermera. La cama vacía crujió apenas, aunque nadie la tocaba.
—No sé dónde empieza y termina una —dijo Lety al fin—.
Mi madre lleva años cambiando. Hay días en que es la misma y días en que parece una mujer que aprendió a imitarla.
Igual, cuando se enoja conmigo, sé que está.
Capaz una no es una sola cosa fija. Capaz somos también las formas en que seguimos apareciendo.
Inés la miró.
Lety no solía hablar largo.
Cuando lo hacía, parecía arrancarse las frases de un lugar donde dolían.
—Eso fue casi lindo —dijo Inés.
—No lo repitas.
—Lo voy a anotar.
—Te saco la lapicera.
Inés sonrió.
Después la sonrisa se fue.
—Tengo miedo de decidir mal.
—No hay decisión limpia acá.
—Qué alivio.
—No vine a aliviarte.
—Ya me di cuenta.
—Vine a quedarme hasta que me eches.
Inés la miró.
La frase no sonó como promesa romántica.
Sonó como límite ofrecido.
Hasta que me eches.
No para siempre.
No aunque no quieras.
No porque yo decida.
Hasta que me eches.
Esa medida, por primera vez, le pareció una forma posible de amor.
A las ocho de la noche, Juan llamó. Inés le contó lo justo. Estudios. Planificación. Cirugía probable. Decisión en uno o dos días. Juan escuchó sin interrumpir. Al final dijo que estaba disponible. No dijo para qué. Eso lo hizo mejor.
A las nueve, Martín volvió a escribir.
¿Puedo verte diez minutos mañana?
Inés miró el mensaje mucho tiempo.
Lety estaba junto a la ventana, dándole la espalda, fingiendo mirar la ciudad.
—Martín quiere venir mañana —dijo Inés.
Lety no se volvió.
—¿Querés verlo?
—No sé.
—Entonces mañana decidís.
—¿No vas a decir nada?
—Estoy diciendo.
—¿Qué?
Lety se volvió.
—Que no quiero ser otra forma de control.
Inés dejó el teléfono sobre la cama.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía. Me sale mal y capaz mañana hago una escena miserable.
—Te pondría carácter.
—Ya tengo.
—Demasiado.
La habitación, por un segundo, volvió a tener aire.
Más tarde, Lety se fue a la casa de su madre. Prometió volver temprano. No prometió quedarse. Inés no se lo pidió. La despedida fue breve: una mano en el brazo, un roce en la frente, nada que una enfermera pudiera clasificar con facilidad.
Cuando quedó sola, Inés tomó el libro que había traído Juan.
Leyó la primera página.
No entendió nada.
No porque fuera difícil.
Porque las palabras se negaban a quedarse quietas en su significado. No bailaban. No se borraban. Simplemente parecían pertenecerle a un mundo donde las personas podían empezar una novela sin tener que decidir si alguien iba a abrirles el cráneo.
Cerró el libro.
Tomó la foto de la silla vacía.
En el reverso, debajo de Me quedo, escribió otra línea.
No decido para morir.
Se quedó mirando la frase.
No sabía si era verdad.
Pero era necesaria.
No decido para morir.
Eso significaba que si aceptaba la cirugía, no sería por miedo puro.
Y si la rechazaba, tampoco podría disfrazar la renuncia de libertad elegante.
Tenía que decidir desde la vida que todavía quedaba, no desde la muerte que empezaba a organizarle el calendario.
Esa fue la decisión real de esa noche.
No la cirugía.
Todavía no.
La decisión fue esa: no permitir que la muerte decidiera antes que ella.
Inés apagó la luz.
La habitación quedó azul, hospitalaria, incompleta.
La cama de al lado seguía vacía.
La silla junto a la suya también.
Por primera vez, no le parecieron lo mismo.
Una esperaba paciente.
La otra esperaba a alguien.
Inés cerró los ojos.
No rezó.
No prometió.
No eligió todavía.
Pero sostuvo la frase en la oscuridad como quien sostiene una llave pequeña.
No decido para morir.
Y esa noche, aunque no alcanzara para salvarla, alcanzó para dejarla despierta del lado correcto del miedo.