CAPÍTULO 12 #2
—No quiero que esto te trague —dijo Inés.
Lety sonrió sin alegría.
—Qué tarde para la advertencia.
Juan volvió con agua y café.
La habitación hizo un pequeño ajuste alrededor de los tres.
Ninguno habló enseguida.
Después Juan le alcanzó un vaso a Lety.
—Te traje café. No sé cómo lo tomás.
Lety lo recibió.
—Mal, casi siempre.
Juan sonrió.
—Entonces acerté.
Inés los miró.
La escena era absurda.
El hombre que había sido su marido alcanzándole café a la mujer que había dormido en su sillón después de leer un informe que tal vez anunciaba una muerte próxima. La vida, cuando quería, escribía escenas que un editor habría marcado como inverosímiles.
Pero allí estaban.
Y no sonaba falso.
A las once y cincuenta y dos, entró el equipo.
La habitación dejó de ser habitación.
Se volvió sala de decisiones.
La neurocirujana era una mujer de unos cuarenta años, pelo corto, voz baja, mirada directa. Venía con la residente del día anterior y un médico más joven que sostenía una tablet. Saludó a Inés por su nombre. Después saludó a Juan y a Lety sin preguntar quién era quién.
Eso fue un alivio.
Y también una amenaza.
Porque significaba que iba a hablar delante de todos.
—¿Querés que se queden? —preguntó la neurocirujana.
Inés miró a Juan.
Después a Lety.
Los dos esperaban la respuesta como si de pronto fueran visitas en su propia preocupación.
—Sí —dijo.
La médica acercó una silla.
No se sentó lejos.
—Revisamos tus imágenes —dijo—. La lesión está en el lóbulo temporal izquierdo. Tiene características que nos preocupan. Por el edema y el tipo de realce, tenemos que asumir que puede tratarse de un tumor glial de alto grado hasta demostrar lo contrario.
Hasta demostrar lo contrario.
Inés guardó la frase.
Era una condena con una puerta pequeña.
—¿Qué proponen? —preguntó.
La médica no disfrazó el verbo.
—Cirugía.
Juan bajó la mirada.
Lety no se movió.
Inés sintió que la palabra entraba despacio, no como golpe, sino como instrumento.
Cirugía.
—¿Para sacarlo? —preguntó.
—Para resecar la mayor cantidad posible de forma segura y obtener diagnóstico de tejido.
La ubicación obliga a ser cuidadosos. Hay zonas vinculadas al lenguaje y la memoria.
Vamos a hacer estudios funcionales complementarios.
Según esos resultados, podemos definir la estrategia.
En algunos casos se opera con monitoreo específico.
En otros, se limita la resección para no causar daño mayor.
Daño mayor.
Inés casi preguntó mayor que qué.
No lo hizo.
—¿Y si no me opero?
La médica sostuvo su mirada.
—La lesión puede crecer. El edema puede aumentar. Podés tener crisis, déficits neurológicos, mayor presión intracraneal. También perderíamos tiempo diagnóstico y terapéutico.
Tiempo.
Ahí estaba la palabra real.
No tumor.
No cirugía.
Tiempo.
—¿Cuánto tiempo tengo para decidir? —preguntó Inés.
—No semanas. Idealmente, poco. Uno o dos días para completar estudios, hablar con anestesia, explicarte riesgos, y decidir.
Uno o dos días.
La vida volvía a achicarse.
Primero hoy.
Después urgente.
Ahora uno o dos días.
Juan preguntó algo sobre riesgos. Su voz salió más firme de lo que Inés esperaba.
Lety preguntó por las crisis, por la medicación, por qué síntomas debían avisar de inmediato.
La médica respondió. Inés escuchó fragmentos: sangrado, infección, alteraciones del lenguaje, memoria, fuerza, convulsiones, UCI, anatomía patológica, tratamiento posterior.
Tratamiento posterior.
Como si la cirugía no fuera final, sino puerta hacia otra serie de habitaciones.
La médica volvió a dirigirse a Inés.
—No tenés que responder ahora. Pero sí necesito saber si aceptás avanzar con los estudios preoperatorios y la planificación.
Inés miró la ventana.
Afuera, las sábanas blancas seguían colgadas en el edificio de enfrente. El viento las movía apenas. Ya no parecían banderas. Parecían sábanas. Solo eso. La realidad, a veces, dejaba de hacerse la simbólica cuando una necesitaba demasiado que significara algo.
Pensó en la playa.
No la playa vieja de Juan.
La otra.
La del hostel, la terraza, el mareo, el golpe en la cadera, el mar que no había terminado de decirle nada. Pensó en volver. Pensó en no volver. Pensó en el epílogo que ninguna persona sabe que está escribiendo mientras toma decisiones médicas con una pulsera de plástico en la muñeca.
Pensó en Velaria.
En la marca de Lety en el cuello.
En Martín mirando como si una escena pudiera pertenecerle por haber llegado a tiempo.
En Juan trayendo medias.
En la madre de Lety enviando caramelos.
En la pared vacía del apartamento.
En la silla.
Me quedo.
—Acepto los estudios —dijo.
La médica asintió.
—Bien.
Otra vez bien.
Esta vez Inés no lo odió.
—Pero la cirugía la decido después de escucharlos completo —agregó.
—Por supuesto.
Por supuesto.
Esa frase sí le gustó.
No porque garantizara algo, sino porque por un instante la institución reconocía que su cuerpo todavía era suyo.
El equipo salió.
La habitación recuperó aire, pero no el mismo.
Juan se pasó las manos por la cara.
Lety miraba el piso.
Inés miró a los dos.
—No hagan reunión sin mí —dijo.
Juan levantó la cabeza.
—No.
Lety también.
—No.
—Lo digo en serio.
—Yo también —dijo Lety.
Juan asintió.
—Toda decisión es tuya.
—Y toda cara de funeral se va al pasillo.
Lety soltó una risa breve.
Juan también.
Funcionó poco.
Pero funcionó.
A la una y media, Juan se fue a trabajar o a fingir que trabajaba. Inés no le preguntó cuál de las dos cosas. Le pidió que avisara solo lo indispensable. Él aceptó. Antes de irse, dejó la mochila ordenada, los bizcochos cerrados y el libro sobre la mesa.
—¿De qué trata? —preguntó Inés.
Juan miró la tapa.
—No sé. Lo agarré porque era corto.
—Gran criterio editorial.
—Estoy en crisis. No me pidas curaduría.
Se despidió con un abrazo breve.
Lety quedó.
La tarde avanzó despacio.
Vinieron a sacarle sangre. Después un técnico la llevó a otro estudio.
Después una fonoaudióloga le hizo nombrar dibujos, repetir palabras, contar hacia atrás, recordar una lista.
Inés falló una palabra. No una importante.
Una palabra cualquiera. Dibujaron una cama y ella dijo mesa.
Se corrigió enseguida, pero el error quedó suspendido.
Cama.
Mesa.
La fonoaudióloga sonrió con profesionalidad.
—No pasa nada.
Pero pasaba.
No por la palabra.
Porque de pronto Inés entendió que el lenguaje también podía volverse territorio amenazado. No solo la vida. No solo el cuerpo. Las palabras. Esa herramienta con la que había convertido culpa, deseo y vigilancia en escenas. Esa forma de existir.
Al volver a la habitación, estaba pálida.
Lety lo notó.
—¿Qué pasó?
—Dije mesa en vez de cama.
Lety esperó.
—¿Y?
—Era una cama.
—Capaz la cama tenía vocación de mesa.
Inés la miró.
—No me hagas reír con esto.
—¿Preferís que llore?
—No.
—Entonces dejame trabajar.
Inés se sentó en la cama.
—Puedo perder palabras.
Ahora sí.
La frase salió.
Lety dejó de bromear.
—Puede pasar —dijo.
—No digas puede como si fuera una palabra liviana.
—No lo es.
—Yo no sé vivir sin palabras.
Lety se acercó.
No la tocó.
—Nadie te está pidiendo que vivas sin ellas hoy.
—Todo es hoy para ustedes.
—Porque hoy es donde todavía podemos hacer algo.
La frase entró con una precisión que Inés no quiso admitir.
Hoy era una cárcel.
Pero también era una herramienta.
Más tarde, cuando la tarde empezó a caer, Inés pidió que apagaran la televisión de la habitación.
Nadie la estaba mirando. Lety se levantó y la apagó.
La cama de al lado seguía vacía. Eso le daba a la habitación una intimidad prestada, como si el hospital hubiera olvidado por unas horas poner un testigo.
—Quiero pedirte algo —dijo Inés.
Lety volvió a sentarse.
—Decilo.
—Si me operan y algo sale mal...
—Inés.
—No me interrumpas.
Lety cerró la boca.
—Si algo sale mal y pierdo palabras, o memoria, o algo de esto —Inés se tocó la cabeza—, no quiero que inventes una versión hermosa de mí para soportarlo.
Lety la miró.
—No sé hacer versiones hermosas.
—Sí sabés. Todos saben cuando tienen miedo.
Lety bajó la vista.
—¿Qué querés entonces?