CAPÍTULO 12
LA DECISIÓN
A Inés le dieron el desayuno a las siete y cuarto.
No era desayuno.
Era una bandeja.
Una taza de café tibio, dos tostadas envueltas en plástico, una manteca dura, una mermelada de durazno y una servilleta tan fina que parecía hecha para demostrar que incluso el papel podía rendirse antes de ser usado.
La bandeja llegó con una enfermera que no conocía y se fue con una rapidez amable, como si supiera que algunas mañanas no merecían demasiada conversación.
Inés miró la comida.
No tenía hambre.
Eso no era nuevo. Desde la internación, el hambre aparecía y desaparecía sin obedecer a ningún horario.
El cuerpo podía aceptar agua, galletas, un sorbo de café, una mandarina partida por la mitad, pero se negaba a actuar como si todo siguiera dentro de una rutina.
Era un cuerpo en observación. Un cuerpo con pulsera.
Un cuerpo que ya no pertenecía del todo a la intimidad de su dueña.
La cama de al lado estaba vacía.
La mujer que había dormido allí la primera noche se había ido de madrugada.
No de alta. La habían trasladado. Dos auxiliares retiraron sus cosas, cambiaron las sábanas y dejaron la cama limpia, neutra, preparada para otra persona.
Inés había visto todo sin encender la luz.
El hospital tenía esa crueldad práctica: nadie permanecía lo suficiente para que una habitación pudiera fingir pertenencia.
En la mesa de luz seguía la foto de la silla vacía.
Detrás, la fecha.
Me quedo.
La frase, escrita apenas el día anterior, ya parecía venir de otra época.
Inés la leyó mientras sostenía la taza de café con las dos manos.
Me quedo. Había sido una decisión. Pequeña, pero decisión.
No firmar el alta voluntaria. No escapar de la palabra neurocirugía.
No volver al apartamento a esconder el informe bajo una pila de papeles como si una lesión pudiera olvidarse por acumulación.
Pero quedarse era solo el primer borde.
Ahora venía otro.
La neurocirujana pasaría antes del mediodía con el equipo.
Eso había dicho la residente a las seis y media, cuando entró a revisarla con ojeras nuevas y voz de quien llevaba demasiadas horas usando palabras cuidadosas.
Habían mirado las imágenes. Habían pedido valoración funcional.
Habían hablado con anestesia. Había una opción quirúrgica. Había riesgos. Habría que decidir.
Decidir.
La palabra empezó a caminar por la habitación antes que cualquier médico.
Inés dejó la taza.
El café estaba amargo.
No por el café.
Lety había dormido en su casa esa noche, o al menos eso había prometido. Tenía que pasar por la casa de su madre, llevar recetas, buscar unas cosas, ordenar una vida que Inés apenas empezaba a conocer por fragmentos. A las dos de la mañana había mandado un mensaje.
Sigo despierta. No me contestes si estás dormida.
Inés lo había leído a las dos y ocho.
No estaba dormida.
Contestó:
Yo tampoco.
Después hablaron diez minutos. Nada importante.
Justamente por eso importó. Lety contó que su madre había rechazado una sopa por considerarla ofensiva.
Inés dijo que el hospital tenía una máquina de café capaz de destruir la fe de cualquier creyente.
Lety se rió. Inés escuchó esa risa en medio de la oscuridad de la habitación y pensó que había risas que no salvaban, pero impedían que una se hundiera con elegancia.
A las siete y treinta y nueve, llegó un mensaje de Juan.
Estoy abajo. No subo si no querés. Traje cargador largo, medias y un libro que no sé si vas a leer.
Inés sonrió.
Juan había descubierto una forma de querer que no discutía con la puerta. Dejaba las cosas en el umbral y esperaba. No siempre había sido así. O quizá ella no había sabido pedirle esa distancia cuando todavía estaban a tiempo de aprenderla juntos.
Escribió:
Subí.
No agregó nada más.
Juan llegó con una mochila y cara de haber dormido poco. Traía el pelo mal peinado, una campera oscura y una bolsa de panadería. Entró despacio, como si la habitación fuera de alguien más.
—Buenos días —dijo.
—No exageres.
Él sonrió.
—Traje bizcochos. No sé si podés comer.
—No sé si quiero.
—Entonces los traje para el paisaje.
Dejó la bolsa sobre la mesa. Después sacó un cargador, dos pares de medias, una remera, un libro de tapas blandas y un cepillo de dientes nuevo. Todo demasiado concreto. Todo insoportablemente útil.
Inés tocó el cepillo.
—Esto es muy matrimonial.
Juan bajó la mirada.
—Perdón.
—No era reproche.
—Igual.
Silencio.
Entre ellos había empezado a crecer una zona nueva: no pareja, no desconocidos, no familia. Algo hecho de restos, cuidado y límites. Una forma de afecto que llegaba tarde, pero no inútil.
Juan miró la foto de la silla vacía.
—¿Puedo? —preguntó.
Inés asintió.
Él la tomó con cuidado, la dio vuelta y leyó la frase.
Me quedo.
No dijo nada enseguida.
—Está bien —dijo al final.
—¿Qué cosa?
—Que hayas escrito eso.
—No sé si está bien.
—Yo tampoco. Pero está escrito.
Inés lo miró.
Juan dejó la foto otra vez sobre la mesa, exactamente donde estaba.
—Viene el equipo hoy —dijo ella.
—¿A decirte qué?
—Si operan. O si hacen biopsia. O si me abren la cabeza para preguntarle a un pedazo de mí cómo se llama.
Juan cerró los ojos un segundo.
—Perdón. No sé qué cara poner.
—No pongas cara.
—Estoy intentando.
Inés tomó un trozo de tostada, lo partió y no lo comió.
—¿Tenés miedo? —preguntó.
Juan la miró.
La pregunta lo desarmó más que el diagnóstico.
—Sí.
—Bien.
—¿Bien?
—Prefiero eso a que hagas de fuerte por mí.
Juan asintió.
—Tengo miedo —repitió—. Pero no voy a usarlo para mandarte.
Inés sintió una punzada en la garganta.
No era dolor de cabeza.
Era otra cosa.
—Eso ayuda.
Juan se sentó en la silla.
—¿Lety viene?
La naturalidad con que dijo el nombre fue una pequeña forma de elegancia.
—Sí. Más tarde.
—Bien.
—Ese bien tampoco me gusta.
—Lo sé. Pero este sí lo digo en serio.
Inés lo miró.
—¿Por qué?
Juan tardó en responder.
—Porque ayer, cuando salí, me di cuenta de que si algo pasa y vos no estás sola, no tengo derecho a odiar eso.
La frase quedó en la habitación.
No era perfecta.
Era mejor.
Inés quiso decirle gracias, pero la palabra le pareció pobre. Entonces tomó uno de los bizcochos de la bolsa y lo mordió. Estaba dulce, pegajoso, demasiado bueno para una habitación de hospital.
—Esto sí sirve —dijo.
Juan sonrió.
A las nueve, una auxiliar vino a tomarle la presión. A las nueve y media, otra enfermera cambió el suero. A las diez, una residente le pidió que repitiera otra vez la fecha, que apretara las manos, que mirara hacia un lado y hacia el otro, que dijera si había notado hormigueos. Inés obedeció.
Ya no se sentía humillada por obedecer.
O no tanto.
Había una diferencia entre someterse y permitir que alguien comprobara que una seguía allí.
A las diez y veinte, Juan bajó a comprar agua.
A las diez y veintitrés, Martín escribió.
No voy a ir si no me decís. Pero necesito saber si estás internada.
Inés leyó el mensaje varias veces.
Necesito.
Martín siempre encontraba el verbo exacto para convertir su preocupación en una habitación donde ella tuviera que entrar.
Escribió:
Estoy internada. No vengas ahora.
Martín respondió:
Entiendo.
Después:
No estoy entendiendo nada, pero respeto.
Inés miró el teléfono.
Esa segunda frase le importó más.
Porque no era elegante. Porque mostraba la costura. Porque tal vez, por primera vez, Martín admitía que respetar no era una consecuencia natural de entender, sino una decisión contra el propio impulso.
Gracias, escribió.
No supo si lo sentía.
Lo envió igual.
Lety llegó a las once y siete.
No entró como la noche.
Entró como una mujer que había pasado por una farmacia, por una casa ajena a la escena y por un espejo donde decidió no arreglarse demasiado.
Llevaba jean, remera negra, campera de cuero y una bolsa con cosas que no mostró de inmediato.
El pelo atado de cualquier manera. La boca sin pintar. Bajo un ojo, una sombra de cansancio.
Inés pensó que esa Lety era más peligrosa que la de Velaria.
La otra podía ser deseo.
Esta podía quedarse.
—Hola —dijo Lety.
—Hola.
No se besaron.
Juan estaba todavía abajo. Esa ausencia no era suficiente para volver simple la escena.
Lety dejó la bolsa en la mesa.
—Mi madre manda esto.
Inés levantó las cejas.
—¿Tu madre?
—Sí.
Sacó una caja pequeña de caramelos de miel, una estampita doblada y un paquete de pañuelos.
—Dijo que la estampita podés tirarla si sos atea, pero que los caramelos sirven aunque seas imbécil.
Inés miró los objetos.
La estampita tenía una virgen de colores apagados. La caja de caramelos estaba cerrada. Los pañuelos tenían flores azules.
—Tu madre me conoce demasiado.
—Le caíste bien por lo insoportable.
—¿Eso te dijo?
—Dijo: esa mujer debe discutir con los médicos. Me gusta.
Inés rió.
La risa le salió limpia, inesperada.
Lety la miró con algo que no quiso convertirse en ternura y se convirtió igual.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Esperando que vengan a decirme si me cortan la cabeza o solo la amenazan.
—Ese chiste también es una mierda.
—Estoy enferma. Tengo privilegios.
—Tenés un tumor posible, no una licencia estética.
La palabra tumor quedó entre ellas.
No como golpe.
Como cosa dicha.
Eso importó.
Inés respiró.
—Juan está abajo.
—Está bien.
—Va a subir.
—Está bien.
—No quiero escena rara.
Lety apoyó la bolsa contra la pared.
—Yo tampoco.
—¿Podés?
La pregunta salió más dura de lo que Inés quería.
Lety la miró.
—Puedo intentar.
—No alcanza.
—Es lo único honesto que tengo.
Inés bajó la vista.
Lety se acercó a la cama, despacio.
—No sé qué lugar ocupo —dijo—. Pero no vine a sacarle el lugar a nadie.
—No dije eso.
—Lo pensaste.
Inés no respondió.
Porque sí.
Porque una parte de ella temía que el hospital convirtiera sus vínculos en una mesa de posiciones: exmarido, examante, acompañante, contacto, visita permitida, persona autorizada.
El deseo, en las instituciones, debía pasar por categorías pobres.
Lety no cabía en ninguna. Y aun así estaba allí, con caramelos enviados por una madre desconocida.