CAPÍTULO 11 #2
A las nueve y media, la hija o nuera de la otra paciente se acercó a la cama de Inés. Traía una sonrisa mínima, de esas que se usan en hospitales para pedir permiso sin invadir.
—Disculpá —dijo—. Mi madre pregunta si querés la gelatina. A ella le gusta la roja.
Inés miró la bandeja.
La gelatina intacta.
Después miró a la mujer de pelo blanco, que ahora tenía los ojos abiertos y una expresión de inocencia fraudulenta.
—Que se la lleve —dijo.
La anciana sonrió.
Tenía pocos dientes y una alegría seria.
La hija o nuera tomó la gelatina.
—Gracias.
—Dígale que me salvó.
La mujer rió en voz baja.
—Ella dice que nadie se salva de la gelatina, solo se transfiere el daño.
Inés se rió.
Lety también.
La anciana, desde su cama, levantó una mano como quien saluda después de una victoria.
Ese pequeño intercambio cambió algo en la habitación.
No mucho. No lo suficiente para volverla amable.
Pero sí lo suficiente para recordar que una internación no era solo médicos y palabras graves.
También era gelatina, mujeres desconocidas, chistes pobres, una hija tejiendo, una anciana robando postres con dignidad.
La vida insistía de maneras ridículas.
Tal vez por eso seguía ganando algunas horas.
A las diez, apagaron parte de las luces.
No la noche completa. Los hospitales nunca se oscurecen del todo.
Siempre queda una luz en el pasillo, una pantalla, un monitor, un rectángulo bajo la puerta, una vigilancia que no duerme.
Inés pensó que tal vez por eso le resultaba familiar.
La noche hospitalaria era una versión más honesta de Vigía Sur: alguien mira, alguien registra, alguien entra si algo se sale de rango.
Pero allí, por primera vez, ella no era la que miraba.
Era la mirada.
Lety seguía en la silla.
—No te van a dejar quedarte toda la noche —dijo Inés.
—Ya pregunté.
—¿Y?
—Me dejan hasta las once. Después tengo que irme.
Inés sintió miedo.
Fue inmediato.
Infantil.
La avergonzó.
—Está bien —dijo.
Lety la miró.
—No está bien.
—No tengo cinco años.
—No. Tenés un tumor en la cabeza y te dejaron en una habitación donde una señora te robó la gelatina.
Inés soltó una risa que casi se le quebró.
—Puede ser un tumor.
—Sí.
—No me robes el margen.
—No te lo robo. Lo cuido.
Inés giró la cara hacia la ventana.
Afuera, las sábanas blancas del edificio de enfrente ya no se veían. Solo luces. Ventanas encendidas. Vidas separadas por paredes delgadas.
—Cuando te vayas —dijo—, no cierres del todo la puerta.
Lety no respondió enseguida.
Después dijo:
—Bueno.
No agregó nada.
Eso la salvó de llorar.
A las diez y cuarenta y cinco, Lety se levantó. Dobló la manta que no había usado. Guardó su celular. Revisó que el cargador de Inés estuviera enchufado. Dejó la botella de agua más cerca de la cama. Acomodó la foto de la silla sobre la mesa de luz.
Todo eso sin decir estoy cuidándote.
Mejor así.
—Mañana vengo temprano —dijo.
—Tenés a tu madre.
—Mi madre tiene más planes que nosotras dos juntas.
—No la uses de excusa si necesita algo.
—No te uses de excusa para echarme.
Inés la miró.
Empate.
Lety se acercó.
Esta vez sí la besó.
No en la boca.
En la frente.
El gesto pudo haber sido maternal, pero no lo fue. O no solamente. Tenía algo de promesa sin palabra, de límite respetado, de deseo obligado a aprender otra lengua. Inés cerró los ojos mientras la boca de Lety tocaba su piel.
No pidió más.
Tampoco quiso menos.
—No te vayas —dijo Lety.
La frase ya no pertenecía al bar, ni al mensaje, ni a Velaria.
Ahora pertenecía a una cama de hospital.
—No me voy —respondió Inés.
Lety se apartó.
Sus ojos estaban brillantes, pero no lloró.
—Mentirosa —dijo, y sonrió apenas.
—Orgullosa.
—Eso también.
Lety salió.
Dejó la puerta entornada.
Inés escuchó sus pasos alejarse por el pasillo. Después el ascensor. Después nada.
La habitación cambió.
La anciana de la otra cama dormía otra vez. La hija o nuera seguía allí, ahora con el tejido apoyado sobre las piernas y la cabeza vencida hacia un costado. El pasillo tenía sonidos propios: ruedas, pasos blandos, una tos lejana, un timbre, una enfermera diciendo ya voy.
Inés quedó despierta.
No intentó dormir.
Miró la puerta entornada.
Esa línea de luz era poca cosa.
Pero era una línea.
Tomó el celular.
Había un mensaje de Juan.
Buenas noches. No contesto si no querés. Solo estoy del otro lado.
Inés escribió:
Buenas noches.
Después abrió el chat de Lety.
No sabía qué decir.
Gracias era poco.
Volvé era demasiado.
No tengo miedo era mentira.
Tengo miedo era verdad, pero ya la había usado y no quería gastarla como si fuera moneda.
Al final escribió:
La puerta quedó abierta.
Lety respondió desde algún lugar del edificio o quizá ya desde la calle.
Bien.
Después:
Mañana llevá esa frase a la cabeza también.
Inés leyó el mensaje varias veces.
No contestó.
Dejó el teléfono boca abajo.
La cabeza le dolía un poco. No mucho. Un dolor de fondo, como una música que nadie había apagado del todo. Presionó el botón de llamado y pidió el analgésico que le habían indicado si aumentaba el dolor. La enfermera vino, comprobó la pulsera, le dio la medicación, anotó la hora.
Todo era registro.
Todo era cuidado.
Todo era vigilancia.
La diferencia, pensó Inés mientras tragaba el comprimido, tal vez no estaba en ser mirada o no. Tal vez la diferencia estaba en qué hacía el otro con lo que veía.
Vigía Sur veía para abrir o cerrar.
Velaria veía para permitir o tentar.
El hospital veía para intervenir.
Lety veía para quedarse cerca del límite sin cruzarlo por ella.
Juan veía para no dejarla sin medias.
Martín veía para comprobar que aún existía, aunque tuviera que aprender a no entrar.
Y ella.
Ella había mirado durante años como si mirar la absolviera de tener cuerpo.
Ahora estaba en una cama, con una vía en la mano, una puerta entornada y una habitación donde nadie podía ser reducido del todo a función.
La anciana habló en sueños.
—Mamá —dijo.
Inés sintió que esa palabra, dicha por una mujer vieja en mitad de la noche, abría un pozo.
Pensó en su propia madre.
No la había llamado.
No todavía.
El pensamiento le dio más miedo que el informe por un segundo. Avisar a una madre era mover una pieza que no volvía a su sitio. Era convertirse de golpe en hija enferma. Era abrir una forma de amor que podía llegar con gritos, consejos, reproches, santos, silencios o culpa. Inés no estaba lista.
No esa noche.
Miró la puerta.
Seguía abierta.
Respiró.
Una vez.
Otra.
Otra más.
No se prometió nada.
Solo hizo una lista mínima, sin papel.
Mañana: escuchar.
Mañana: preguntar.
Mañana: no escapar por la ironía antes de entender.
Mañana: dejar que alguien entre, pero no cualquiera, no de cualquier modo.
Mañana: seguir.
La palabra seguir no le pareció heroica.
Le pareció trabajosa.
Eso la volvió creíble.
Cerró los ojos.
La habitación no desapareció. Siguió ahí: la otra cama, la gelatina transferida, la hija dormida, la luz del pasillo, el olor a alcohol, la vía, la pulsera, la foto de la silla vacía, la puerta sin cerrar.
Por primera vez desde el informe, Inés no sintió que la noche estuviera del otro lado de una pantalla.
La noche estaba adentro.
Y aun así, no estaba sola.
No del todo.
No todavía.