CAPÍTULO 11
LA HABITACIÓN
Inés descubrió que una habitación de hospital no empieza cuando una entra.
Empieza cuando alguien dice cama.
No cama como objeto. No cama como lugar donde dormir, desear, enfermarse de a poco, leer con los pies fríos o dejar que otra persona ocupe la mitad equivocada del colchón.
Cama como número. Como destino provisorio.
Como espacio asignado dentro de una institución que no pregunta quién fuiste antes de ponerte una pulsera en la muñeca.
Cama 12.
Eso era ahora.
No Inés del tótem, ni Inés de Vigía Sur, ni Inés de Juan, ni Inés de Martín, ni Inés de Lety, ni Inés de la playa, ni Inés de Velaria. Cama 12. Habitación 604. Mujer de treinta y nueve años. Lesión temporal izquierda. En estudio.
En estudio.
La frase la siguió durante toda la tarde como un perro flaco.
La habitación era compartida. La otra cama estaba ocupada por una mujer de pelo blanco y piel muy fina que dormía con la boca apenas abierta.
Junto a ella, una hija o una nuera tejía algo pequeño con lana azul.
No miraba a Inés de forma directa, pero cada tanto levantaba los ojos por encima de los lentes, como si quisiera medir la gravedad de la recién llegada sin parecer cruel.
Inés la entendió.
En un hospital, todo el mundo calcula.
Calcula edades, dolores, visitas, médicos, bolsas de suero, flores, zapatos abandonados debajo de una silla. Calcula quién va a salir caminando, quién va a salir en silla, quién no va a salir por la puerta por donde entró. Nadie lo admite. Pero todos miran.
Ella también.
Por eso bajó la vista primero.
Sobre la mesa de luz estaban la botella de agua, el paquete de galletas que Lety había comprado, la foto de la silla vacía y una bandeja de comida que una auxiliar dejó a las siete con una naturalidad casi ofensiva.
Sopa tibia. Puré. Una porción de carne que parecía haber olvidado su origen. Gelatina roja.
Inés miró la gelatina.
La gelatina le pareció una burla.
—Tenés que comer algo —dijo Lety.
Estaba sentada junto a la ventana. Había vuelto después de pasar por la casa de su madre. Traía otra ropa, el pelo atado y una bolsa con cosas que no explicó: cepillo de dientes, pañuelos, caramelos de menta, una remera limpia, cargador, un desodorante pequeño, medias.
Más medias.
La enfermedad, pensó Inés, multiplicaba las medias.
—No tengo hambre.
—No te pregunté si tenías hambre.
—Tampoco sos mi nutricionista.
—Hoy soy lo que haya que ser hasta que aparezca alguien más competente.
Inés tomó la cuchara.
Probó la sopa.
Estaba salada.
O quizá su boca estaba equivocada.
—¿Tu madre? —preguntó.
Lety tardó en responder. Eso ya era una respuesta.
—Está enojada porque no fui a comer.
—¿Le dijiste dónde estabas?
—Le dije que estaba acompañando a alguien.
—Qué misteriosa.
—Le dije tu nombre.
Inés levantó la vista.
La cuchara quedó suspendida.
—¿Mi nombre?
—Sí.
—¿Por qué?
Lety apoyó el codo en el marco de la ventana. Afuera, la tarde se había vuelto violeta sobre los edificios. No era una vista hermosa, pero la luz hacía un esfuerzo.
—Porque preguntó.
—Podías mentir.
—Sí.
—¿Y?
—No tuve ganas.
Inés volvió a mirar la sopa.
Había algo nuevo en esa frase. No era una declaración.
No era una promesa. No era una escena. Era peor: era un dato movido de lugar.
El nombre de Inés había salido del sótano, del bar, del teléfono y del hospital para entrar en la casa de la madre de Lety.
Una mujer desconocida, probablemente difícil, probablemente lúcida, probablemente sentada en una cocina con remedios cerca, acababa de saber que su hija estaba acompañando a una tal Inés.
Eso era poco.
Y era demasiado.
—¿Qué dijo? —preguntó.
Lety sonrió apenas.
—Que si te internaron conmigo cerca, pobre de las enfermeras.
Inés soltó una risa breve.
La mujer de la otra cama movió un poco la cabeza, pero no despertó.
La hija o nuera levantó la vista y sonrió con educación. Inés bajó la voz.
—Tu madre me cae bien sin conocerla.
—Esperá a conocerla.
La palabra quedó ahí.
Conocerla.
Inés no preguntó si eso iba a pasar. Algunas preguntas, formuladas demasiado pronto, rompen más de lo que revelan.
Comió tres cucharadas de sopa. Después un poco de puré. La carne no. La gelatina tampoco. Lety no insistió. Ese equilibrio le gustó: empujaba hasta cierto punto y después se retiraba. No por falta de carácter. Por lectura.
Leer bien a otro cuerpo también era una forma de deseo.
A las ocho entró una enfermera a tomarle la presión. Era joven, con el pelo recogido y cara de haber empezado el turno con una paciencia que la noche iba a ir limando. Revisó la vía, anotó números, preguntó por dolor.
—Poco —dijo Inés.
—Del uno al diez.
Inés pensó.
La escala le pareció absurda. ¿Qué número correspondía al miedo? ¿Qué número a una lesión temporal izquierda? ¿Qué número a estar acostada con una mujer que no era su pareja sentada junto a la ventana y una foto de una silla vacía en la mesa de luz?
—Tres —dijo.
La enfermera anotó.
La medicina creía mucho en los números.
Tal vez por necesidad.
—Si aumenta, avisás —dijo.
—Sí.
—Y no te levantes sola.
Inés sonrió.
—¿Eso también va en la pulsera?
La enfermera la miró, cansada pero no indiferente.
—Eso va en el sentido común.
Lety bajó la mirada para no reírse.
Cuando la enfermera salió, Inés dejó la cuchara.
—Ya comí.
—Comiste como una paloma deprimida.
—Pero comí.
—Te lo acepto por hoy.
—Qué generosa.
—Estoy practicando.
El teléfono de Inés vibró.
Juan.
¿Necesitás algo para la noche?
Inés leyó el mensaje y sintió, otra vez, esa mezcla de ternura y agotamiento que Juan provocaba ahora. El amor de Juan llegaba en forma de logística. Ropa, medias, cargador, preguntas útiles. No pedía escena. No pedía centro. Eso lo volvía más doloroso, no menos.
Respondió:
No. Gracias. Estoy bien instalada.
Dudó.
Agregó:
Lety está conmigo.
No sabía por qué lo escribió.
Quizá para no esconder.
Quizá para no repetir.
Quizá porque Juan merecía no enterarse por los bordes de una historia que ya no lo incluía igual, pero todavía lo rozaba.
La respuesta tardó un poco.
Me alegra que no estés sola.
Después:
Descansá.
Inés dejó el celular sobre la manta.
—¿Le dijiste que estoy? —preguntó Lety.
No estaba mirando la pantalla.
Pero lo sabía.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque estás.
Lety la miró.
La respuesta era simple.
Y por eso las dos se quedaron calladas.
Un rato después apareció Martín.
No entró de golpe. Tocó apenas el marco de la puerta y se quedó afuera, con una bolsa de farmacia en una mano. Parecía haber envejecido desde la noche de Velaria. O quizá era la luz del hospital, que no perdonaba ningún gesto.
Inés lo vio antes que Lety.
Eso le molestó.
La vieja costumbre seguía viva.
—Dijiste que no viniera —dijo ella.
Martín no cruzó el umbral.
—Lo sé.
—Entonces.
Levantó la bolsa.
—Dejé esto en enfermería, pero me dijeron que podía pasarlo yo si no molestaba. Hay agua, caramelos, un gel para labios. No sé. Cosas inútiles.
Inés sintió una punzada de cansancio.
No en la cabeza.
En la paciencia.
Lety se puso de pie.
—Puedo salir un momento —dijo.
—No —dijo Inés.
La palabra salió más rápida de lo esperado.
Martín la oyó.
Lety también.
Inés no la corrigió.
—Podés dejarlo ahí —le dijo a Martín.
Él entró dos pasos. Dejó la bolsa sobre una silla libre. Miró la pulsera, la vía, la bandeja, la habitación, la otra cama, a Lety, a Inés. No miró como una cámara esta vez. Miró como un hombre que había llegado tarde a un incendio y no tenía agua.
—¿Qué dijeron? —preguntó.
—Lo mínimo. Me quedo internada. Van a estudiar si operan o hacen biopsia. No sé más.
Martín asintió.
Se notaba que quería hacer más preguntas.
No las hizo.
Ese esfuerzo también contaba.
—Perdón por venir —dijo.
—Viniste igual.
—Sí.
—Entonces no pidas perdón por algo que decidiste.
Martín bajó la mirada.
Lety no intervino.
Eso importó.
—Tenés razón —dijo él.
Inés apoyó la cabeza contra la almohada.
Estaba cansada de que la gente le diera la razón. La razón, en ese contexto, era una fruta seca. No alimentaba.
—No puedo recibirte como antes —dijo.
Martín la miró.
—No vine a pedir eso.
—No sé qué viniste a pedir.
Él respiró hondo.
Por primera vez, pareció no tener una frase preparada.
—Vine a comprobar que estabas viva.
El silencio fue duro.
La mujer de la otra cama siguió dormida. La hija o nuera dejó de tejer.
Inés sintió que la frase entraba con violencia y, aun así, no era injusta. Todos estaban comprobando eso. Lety desde el sillón. Juan con medias. Martín con una bolsa de farmacia. Ella misma, cada vez que se tocaba la cabeza o leía la pulsera.
Estaba viva.
Todavía.
—Estoy viva —dijo.
Martín asintió.
No se acercó.
—Bien.
Otra vez esa palabra.
Pero esta vez nadie lo corrigió.
—Me voy —dijo.
Inés no le pidió que se quedara.
Tampoco le pidió que no volviera.
Martín miró a Lety.
No con odio.
Con derrota.
—Cuidala —dijo.
Lety no respondió enseguida.
Después dijo:
—No es mía.
Martín recibió la frase.
Inés también.
Durante un segundo, las tres palabras ordenaron la habitación mejor que cualquier diagnóstico.
No es mía.
No como renuncia.
Como regla.
Martín asintió.
—Ya sé.
Se fue.
La habitación quedó más grande y más pesada.
Lety volvió a sentarse junto a la ventana.
Inés cerró los ojos.
—Gracias —dijo.
—¿Por qué?
—Por no hacer de esto una competencia.
—Me cuesta.
Inés abrió los ojos.
Lety miraba la calle.
—No parecía.
—Porque soy orgullosa, no noble.
Inés sonrió.
—Eso sí te lo creo.
Lety también sonrió, pero se le fue enseguida.
—No quiero ser la mujer que aparece al final para quedarse con el lugar de los demás.
La frase la tomó desprevenida.
Ahí estaba Lety. No la boca, no el sótano, no la tentación. Lety con miedo a ser papel secundario en una tragedia ajena. Lety sabiendo que las historias, si una no las cuida, convierten a las personas en funciones.
—No sos eso —dijo Inés.
—No sabés qué soy.
—No.
—Yo tampoco.
—Pero no sos eso.
Lety la miró.
—¿Cómo sabés?
Inés pensó.
No quería contestar con ternura barata.
—Porque eso no te preocuparía.
La respuesta quedó entre ambas.
Lety bajó los ojos.
Aceptó.