CAPÍTULO 10 #4
Me quedo.
Lety lo vio.
No dijo nada.
Inés dejó la foto sobre la mesa.
La silla vacía ya no estaba vacía del todo.
A las tres de la tarde le asignaron cama en piso.
Antes de subir, Juan llegó.
No entró de golpe.
Se quedó en la entrada de la sala de observación, mirando desde lejos, con una mochila en la mano. Inés no sabía quién le había dicho dónde estaba. Tal vez ella misma, en algún mensaje que no recordaba haber enviado con precisión. Tal vez la vida, otra vez, abriendo pasillos.
Lety lo vio primero.
Después Inés.
Juan se acercó.
No miró a Lety como rival.
Eso lo salvó de algo.
—Traje ropa —dijo.
Levantó la mochila.
—No te pedí.
—No.
—Juan.
—Podés enojarte después. Ahora necesitás medias.
Inés sintió ganas de llorar.
Por las medias.
Por esa forma absurda y concreta del amor.
Lety se levantó.
—Voy a comprar café.
—No hace falta —dijo Inés.
—Ya sé.
Lety se fue.
Juan ocupó la silla, pero no del todo. Se sentó en el borde, como un visitante que entiende que el mueble todavía guarda el calor de otra persona.
—¿Qué dijeron? —preguntó.
Inés miró la pulsera.
—Me quedo internada.
Juan cerró los ojos un segundo.
—Bien.
—No digas bien.
—Perdón.
—Todos dicen bien porque no saben qué decir.
—Es verdad.
Inés lo miró.
Juan tenía la cara pálida.
Más que ella, quizá.
—El informe habla de una lesión. El neurocirujano dijo que puede ser un tumor maligno.
La frase salió entera.
Juan no respiró.
Durante un segundo, fue como si ella lo hubiera golpeado físicamente.
Después él bajó la cabeza.
Se cubrió la boca con una mano.
No lloró.
O no quiso.
Inés vio el esfuerzo.
Le dolió.
—No me mires como viudo —dijo.
Juan levantó la vista.
Los ojos húmedos.
—Estoy intentando no mirarte como nada que te quite de acá.
La respuesta la dejó sin defensa.
Lety volvió con café.
Vio la escena.
No entró enseguida.
Se quedó un segundo al borde, con dos vasos de cartón en la mano, entendiendo que había dolores donde la llegada de una tercera persona podía ser cuidado o interrupción.
Juan se levantó.
—Gracias por estar —le dijo.
Lety pareció sorprendida.
Después asintió.
—Sí.
No hubo más.
Y fue suficiente.
A las cuatro, subieron a Inés a piso.
Habitación compartida.
Cama junto a la ventana, otra vez. Esta sí daba a la calle, aunque desde un ángulo torcido.
Se veía la copa de un árbol, un pedazo de avenida y la parte alta de un edificio donde alguien había colgado sábanas blancas.
Inés pensó que el mundo tenía un talento cruel para ofrecer belleza en los lugares equivocados.
Juan dejó la mochila en el armario.
Lety acomodó la botella de agua.
Ninguno sabía dónde ponerse.
Eso, de algún modo, los igualaba.
—No pueden quedarse los dos —dijo Inés.
La frase salió más brusca de lo que quería.
Juan miró a Lety.
Lety miró a Inés.
—Me voy yo —dijo Juan.
—No te estoy echando.
—Ya sé.
Se acercó a la cama.
No la abrazó sin permiso.
Aprendía rápido.
Demasiado tarde, pero rápido.
—¿Puedo? —preguntó.
Inés asintió.
Juan la abrazó con cuidado.
Olía a jabón, calle y una tristeza que ya no vivía con ella pero todavía conocía su dirección. Inés apoyó una mano en su espalda. No fue un abrazo de pareja. No fue un cierre. No fue una reconciliación. Fue otra cosa. Una despedida de la vida anterior, hecha sin ceremonia y sin odio.
—Avisame lo que necesites —dijo él.
—Medias ya tengo.
Juan sonrió.
Le besó la frente.
No la boca.
Eso estuvo bien.
Cuando salió, Lety quedó junto a la ventana.
—Él te quiere bien —dijo.
Inés miró la puerta.
—Sí.
—Eso debe ser difícil.
—Mucho.
Lety se sentó en la silla.
—Yo no sé si sé querer bien.
Inés la miró.
La tarde entraba por la ventana y le dejaba a Lety media cara iluminada, media en sombra. Velaria parecía lejos. La noche parecía lejos. El beso parecía de otra vida. Y, sin embargo, todo eso estaba ahí, debajo de la escena, como una corriente.
—Nadie sabe al principio —dijo Inés.
—¿Estamos al principio de algo?
La pregunta quedó entre ellas.
No era una pregunta romántica.
Era más peligrosa.
Inés miró la vía en su mano. La pulsera. La cama. La mochila. El árbol afuera. La ciudad moviéndose sin saber que ella acababa de entrar en otro calendario.
—No sé —dijo.
Lety sonrió apenas.
—Tu frase favorita.
—Mi diagnóstico emocional.
—Suena grave.
—Es crónico.
Esta vez las dos se rieron.
Poco.
Pero se rieron.
Después vino una enfermera a tomarle signos otra vez. Le explicó horarios, medicación, avisos, botón de llamado. La habitación se llenó de instrucciones. Inés escuchó algunas. Otras se perdieron.
Cuando la enfermera se fue, el sol estaba bajando.
Lety miró el reloj.
—Tengo que pasar por casa de mi madre.
—Andá.
—Vuelvo después.
Inés sintió un miedo infantil.
Lo odió.
—No hace falta.
Lety la miró con cansancio.
—No vuelvas a decirme eso hoy.
Inés tragó saliva.
—Está bien.
Lety tomó su campera.
Antes de irse, se acercó a la cama.
No la besó.
No en la boca.
Le apoyó una mano en la frente, como si comprobara fiebre, como si bendijera, como si no supiera qué gesto correspondía y hubiera elegido uno antiguo, torpe, casi maternal, pero en sus dedos había deseo, miedo y cuidado mezclados de una forma que ninguna palabra podía ordenar.
—No te vayas mientras no estoy —dijo.
Inés cerró los ojos.
—Mal chiste.
—No era chiste.
Abrió los ojos.
Lety estaba seria.
—No me voy —dijo Inés.
La frase salió sin ironía.
Lety asintió.
Se fue.
Inés quedó sola.
Pero no igual que antes.
La habitación tenía otra clase de soledad. Una soledad con timbre de enfermería, con pulsera, con cama asignada, con mochila en el armario, con gente que había prometido volver. No era libertad. No era encierro. Era ingreso.
Miró por la ventana.
Las sábanas blancas del edificio de enfrente se movían con el viento. Desde lejos parecían banderas de rendición. O de limpieza. O de nada. Las cosas no tenían obligación de significar siempre.
Inés apoyó la cabeza en la almohada.
El dolor volvió.
Leve.
Profundo.
Esta vez no lo negó.
Pulsaba del lado izquierdo, o eso creyó sentir ahora que sabía dónde mirar. Quizá siempre había estado allí. Quizá el cuerpo llevaba meses tocando la misma puerta y ella, experta en puertas ajenas, había decidido no abrir la propia.
Cerró los ojos.
No rezó.
No prometió cambiar.
No se juró vivir intensamente, amar mejor, perdonar a todos ni convertirse en una versión iluminada de sí misma. Le pareció obsceno negociar con la muerte usando frases de folleto. Solo respiró. Una vez. Otra. Otra más.
En la mesa de luz quedó la foto de la silla vacía.
Detrás, la fecha.
Y la frase.
Me quedo.
Inés la miró hasta que las letras empezaron a borronearse.
Después apagó la luz.
No porque fuera de noche.
Porque necesitaba descansar antes de la próxima palabra