CAPÍTULO 10 #3
No espere.
La médica siguió.
—Vamos a ingresarte para valoración por neurocirugía. Probablemente repitan imágenes o pidan estudios complementarios. Hay que definir conducta.
Conducta.
Otra palabra administrativa para nombrar algo que podía incluir abrirle la cabeza.
Inés tragó saliva.
—¿Operación?
La médica no se escapó.
—Es una posibilidad. Todavía no puedo confirmarlo.
—¿Y si no quiero?
Lety se quedó inmóvil.
La médica también.
No la juzgó.
Eso fue importante.
—Tenés derecho a decidir —dijo—. Pero primero necesitás información clara. Hoy no estás decidiendo una cirugía. Hoy estás aceptando que te evalúen.
Inés respiró.
La frase era buena.
No amable.
Buena.
Hoy estás aceptando que te evalúen.
Eso sí podía hacerlo.
Tal vez.
—Está bien —dijo.
Lety cerró los ojos un segundo.
No de alivio completo.
De tregua.
La neuróloga salió.
El box quedó otra vez con ellas.
Inés no lloró.
Miró sus manos.
Habían apretado las manos de la médica con fuerza suficiente. Habían tocado la nariz. Habían seguido órdenes. Habían abierto archivos, arrancado fotos, sostenido tazas, besado bocas, escrito mensajes. Seguían pareciendo manos normales.
—Tengo que avisar a Juan —dijo.
—Sí.
—Y a Martín.
Lety no dijo nada.
—No por derecho —aclaró Inés.
—No tenés que aclarármelo.
—Sí tengo.
Lety la miró.
—¿Por qué?
Inés se quedó pensando.
Porque Lety estaba ahí. Porque había dado su número.
Porque había dormido en el sillón. Porque no era su pareja y, sin embargo, la clínica ya la tenía como contacto.
Porque algunas posiciones se volvían peligrosas si nadie les ponía un nombre, aunque fuera provisorio.
Porque no quería repetir con Lety la cobardía de dejar a las personas adivinando desde qué lugar podían doler.
—Porque estás acá —dijo.
Lety bajó la mirada.
—Bueno.
Inés tomó el teléfono.
Primero escribió a Juan.
Me ingresan para valoración. Estoy acompañada. Te aviso cuando sepa más.
Juan respondió casi enseguida.
Voy.
Inés cerró los ojos.
Escribió:
No todavía. Te necesito tranquilo.
La respuesta tardó más.
Estoy tranquilo. Mentira. Pero respeto. Avisame.
Inés sintió una ternura cansada.
Después abrió el chat de Martín.
Tardó más.
No sabía cómo escribirle sin abrir una puerta demasiado grande.
Al final puso:
El informe es serio. Me ingresan para valoración. No vengas ahora. Te aviso cuando pueda hablar.
Martín leyó.
No respondió enseguida.
Eso fue bueno.
Cuando llegó el mensaje, fue breve.
Estoy. No voy. Perdón por enterarme antes de que me avisaras.
Inés miró la pantalla.
El perdón no solucionaba nada.
Pero era algo.
Guardó el teléfono.
—Listo —dijo.
—Bien.
—¿Estás celosa?
Lety soltó una risa seca.
—Qué momento perfecto para preguntarme eso.
—Soy buena en eso.
—No estoy celosa de Juan.
—¿Y de Martín?
Lety no contestó enseguida.
Eso fue respuesta suficiente.
—Martín me cae mal porque se parece demasiado a una cámara con sentimientos —dijo.
Inés se rió.
Esta vez de verdad.
Pequeño, pero verdadero.
La risa la sorprendió tanto que se llevó una mano a la boca.
Lety sonrió.
—Ese chiste sí era bueno —dijo Inés.
—Gracias. Lo trabajé con dolor.
La risa murió despacio.
No por tristeza.
Porque el lugar no permitía más.
Una auxiliar vino a colocarle una vía.
Inés miró la aguja.
No tenía miedo a las agujas.
Nunca había tenido.
Pero esa mañana la vía le pareció una firma. Una forma de decir: de acuerdo, el cuerpo entra al sistema. De acuerdo, el miedo tendrá pulsera, cama, horario, indicación, evolución. De acuerdo, ya no se puede fingir que esto es solo una carpeta en la cartera.
La auxiliar buscó vena.
Lety miró hacia otro lado.
—¿No te gusta? —preguntó Inés.
—No me gusta ver que te pinchen.
—Mirá vos. La mujer de Velaria tiene límites.
—Muchísimos. Los escondo mejor que vos.
La aguja entró.
Inés no se movió.
La cinta fijó la vía contra la piel.
Una pulsera con su nombre apareció en su muñeca.
Inés Rodríguez.
Otra vez su nombre fuera de ella.
La trasladaron a una sala de observación.
Camillas separadas por cortinas. Un ventilador de pared. Un monitor apagado. Una mujer mayor dormida a medias. Un hombre hablando por teléfono en voz baja, repitiendo que no era nada, que no se preocuparan, que ya salía, aunque tenía la cara de quien sabía que no salía todavía.
A Inés le asignaron una cama junto a la ventana.
Una ventana alta, opaca, que no mostraba la calle sino un patio interno con tubos, cables y una pared manchada de humedad. No era una vista. Era una prueba de que incluso los hospitales necesitaban esconder su espalda.
Se sentó en la cama.
Lety dejó la cartera en una silla.
—Voy a buscar agua —dijo.
Inés asintió.
Cuando Lety se fue, la sala pareció cambiar de tamaño.
Inés miró la pulsera.
Movió la muñeca.
El plástico hizo un ruido mínimo.
Pensó en arrancársela.
No lo hizo.
Del otro lado de la cortina, una mujer hablaba dormida. Decía un nombre. Tal vez el de un hijo. Tal vez el de alguien muerto. Los hospitales estaban llenos de nombres que salían sin permiso.
Inés sacó de la cartera la foto de la silla vacía.
La miró.
El hall de Vigía Sur.
La puerta abierta.
La silla.
Durante mucho tiempo había creído que esa imagen hablaba de ausencia. Ahora pensó que quizá hablaba de otra cosa. De un lugar que se deja. De una vigilancia abandonada. De una puerta que por fin no necesitaba ser abierta a distancia.
Lety volvió con dos botellas de agua y un paquete de galletas.
—La máquina no tenía nada decente —dijo.
—Estamos en emergencia. La decencia es opcional.
Lety dejó las cosas sobre la mesa.
Vio la foto.
—¿Por qué trajiste esa?
Inés la sostuvo entre los dedos.
—No sé. Capaz quería recordar que alguna vez hubo una silla vacía y no me senté.
—¿Y ahora?
Inés miró la cama.
La pulsera.
La vía.
El patio interno.
—Ahora me sentaron.
Lety se quedó parada junto a la cama.
Después, despacio, tomó la silla y la acercó.
Se sentó.
—Entonces me siento acá.
No fue una frase grande.
Por eso funcionó.
Inés bebió agua.
Tenía gusto a plástico.
A mediodía vino un neurocirujano.
El capítulo de la mañana cambió con su entrada.
No por solemnidad. No por bata. No por edad. Era un hombre de unos cincuenta, tal vez menos, con cara de haber aprendido a no gastar palabras inútiles. Saludó. Dijo su nombre. Se sentó frente a Inés con una carpeta y una tablet.
Lety se enderezó en la silla.
Inés sintió que el cuerpo se le preparaba para recibir un golpe.
El neurocirujano habló sin rodeos, pero sin crueldad.
Lesión temporal izquierda.
Tamaño considerable.
Edema alrededor.
Aspecto sospechoso.
Había que completar estudio con imágenes revisadas por el equipo, análisis, valoración anestésica si correspondía, y decidir si era quirúrgicamente accesible. Probablemente necesitarían una biopsia o resección, según localización exacta y riesgos.
Riesgos.
Otra palabra que no pidió permiso.
Inés escuchó.
Algunas frases entraron.
Otras no.
Temporal izquierda.
Lenguaje.
Memoria.
Crisis.
Cirugía.
Biopsia.
Resección.
Anatomía funcional.
Pronóstico reservado hasta tener anatomía patológica.
Anatomía patológica.
El nombre más elegante para decir que había que mirar el tejido de cerca y preguntarle qué clase de enemigo era.
—¿Esto es cáncer? —preguntó Inés.
La sala siguió respirando.
El médico sostuvo su mirada.
—Puede ser un tumor cerebral maligno. El informe sugiere una lesión glial de alto grado. Pero el diagnóstico definitivo lo da el estudio del tejido.
Tumor cerebral maligno.
Ahí estaba.
No como sentencia final.
Pero estaba.
La frase entró al cuerpo.
No en la cabeza.
En el cuerpo.
Inés sintió que la espalda se le enfriaba. Lety no se movió. No la tocó. Y esa quietud, por alguna razón, la ayudó más que una mano.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Inés.
El médico no fingió no entender.
—No puedo responder eso hoy.
—Pero lo pensó.
—Sí.
La honestidad fue brutal.
Inés agradeció que no mintiera.
O lo odió por no hacerlo.
—Primero necesitamos saber exactamente qué es y qué se puede hacer —dijo él—. Hay tratamientos. Hay cirugía en algunos casos. Hay radioterapia, quimioterapia, según el diagnóstico definitivo. Pero ahora el paso es ordenar la urgencia.
Ordenar la urgencia.
Inés bajó la mirada.
Otra frase para la colección.
—¿Me puedo ir a casa hoy? —preguntó.
El médico hizo una pausa.
—Mi recomendación es que quedes internada.
Lety miró al piso.
Inés miró la ventana.
El patio interno no ofrecía ningún consuelo.
—¿Y si me voy?
—Podés firmar el alta voluntaria. No lo recomiendo.
La libertad, pensó Inés, a veces era apenas una forma elegante de quedar mal documentada.
—Me quedo —dijo.
Lo dijo antes de pensarlo demasiado.
Porque si pensaba demasiado, quizá convertía la decisión en un ensayo sobre la autonomía, el deseo, el miedo, la institución y todas esas palabras que sirven para no hacer lo que hay que hacer.
Me quedo.
Eso era todo.
Lety soltó el aire.
Muy despacio.
El neurocirujano asintió.
—Bien. Vamos a ingresar la indicación.
Bien.
Nadie sabía qué palabra usar en una escena así.
Cuando el médico se fue, Inés se quedó mirando la puerta por donde había salido.
No lloró.
Ya no.
Había momentos en que el llanto parecía demasiado lento para la velocidad del golpe.
—Tumor cerebral maligno —dijo.
Lety cerró los ojos.
—Dijo puede ser.
—Sí.
—Eso importa.
—No tanto como quisiéramos.
—No.
Inés miró sus manos.
Después miró a Lety.
—No quiero que me mires como si ya estuviera muerta.
Lety abrió los ojos.
Había algo duro en ellos.
—Entonces no hables como si ya lo estuvieras.
El golpe fue justo.
Inés se quedó callada.
Lety tragó saliva.
—Perdón.
—No. Tenés razón.
—Odio tener razón ahora.
—Yo también.
La sala siguió con sus ruidos.
Una camilla pasó por el pasillo. Una rueda chirrió. Alguien pidió un suero. El hombre del teléfono dijo otra vez que estaba bien. Nadie estaba bien. Pero la gente repetía la frase porque a veces era el único mueble disponible en una habitación que se venía abajo.
Inés tomó la foto de la silla vacía.
La dio vuelta.
No había nada escrito detrás.
Buscó una lapicera en la cartera.
Encontró una.
En la parte blanca escribió una fecha.
La de ese día.
Después dudó.
Debajo escribió: