CAPÍTULO 10 #2
Entre ellas había una distancia mínima, la del asiento. Inés sintió el impulso de tomarle la mano. No lo hizo. No porque no quisiera. Porque todavía no sabía qué significaba ese gesto a las nueve de la mañana camino a una emergencia.
En la noche, una mano podía ser deseo.
En una clínica, podía ser familia.
Y ellas no habían decidido nada.
O la vida lo estaba decidiendo por ellas sin pedirles una palabra.
—Mi madre preguntó por vos —dijo Lety de pronto.
Inés la miró.
—¿Ahora?
—No sabía si decirlo.
—Claramente elegiste el mejor momento.
—Soy buena en eso.
Inés casi sonrió.
—¿Qué preguntó?
—Si eras linda.
—Qué profunda.
—Te dije que era peligrosa.
—¿Y qué le dijiste?
Lety miró por la ventanilla.
—Que sí.
La respuesta quedó en el auto.
Inés no supo qué hacer con ella.
Era una estupidez.
No cambiaba nada.
No servía ante un informe.
Y, sin embargo, algo en su cuerpo, esa maquinaria amenazada y absurda, recibió la frase como una fruta pequeña en medio de un incendio.
—Gracias —dijo.
—No era un favor.
No hablaron más.
En emergencia, todo era demasiado blanco.
Blanco en las paredes. Blanco en la luz.
Blanco en los uniformes. Blanco en las hojas.
Blanco en los ojos de las personas que habían pasado la noche esperando en sillas duras.
El lugar olía a alcohol, café de máquina, cansancio y miedo viejo.
Había una televisión sin sonido en una esquina.
Un hombre dormía con la boca abierta. Una mujer sostenía una bolsa con ropa.
Un adolescente miraba el celular con la cara vendada.
Una niña tosía sobre el hombro de su madre.
Inés se acercó al mostrador.
Dijo su nombre.
Otra vez.
Su cédula.
Otra vez.
Informe de resonancia.
Otra vez.
Urgente.
Otra vez.
La palabra ya no era suya.
Pasaba de boca en boca y cada vez parecía volverse más real.
La administrativa pidió el archivo. Lety se adelantó un poco, pero no demasiado. Inés sacó el celular, abrió el PDF, lo envió. La mujer lo leyó en la pantalla. Su cara no cambió, pero llamó a alguien.
—Tome asiento —dijo.
Tome asiento.
La frase universal de la impotencia.
Inés tomó asiento.
Lety se sentó a su lado.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
—Si me preguntan parentesco —dijo Inés.
—Decí lo que quieras.
—No sé qué quiero decir.
—Entonces decí acompañante.
Acompañante.
La palabra era pobre.
Y perfecta.
No prometía nada que la vida pudiera luego cobrarles.
Una enfermera llamó a Inés a los doce minutos.
Demasiado rápido para ser tranquilizador.
—¿Rodríguez?
Inés se levantó.
Lety también.
La enfermera miró a las dos.
—¿Pasa sola?
La pregunta quedó entre ellas.
Inés sintió el reflejo antiguo.
Sola.
Decir sola era fácil. Era elegante. Era una última defensa. Una forma de demostrar que todavía conservaba la soberanía sobre el umbral.
Miró a Lety.
Lety no pidió.
No insinuó.
Esperó.
—Con ella —dijo Inés.
La enfermera asintió.
No preguntó quién era ella.
Eso la alivió.
Entraron a un box pequeño. Camilla. Silla.
Tensiómetro. Cortina azul. Una bandeja metálica.
Un dispenser de alcohol en gel. Nada parecía preparado para recibir una vida que acababa de torcerse.
Todo parecía preparado para recibir cuerpos uno detrás de otro, con esa eficiencia pobre de los lugares que ven demasiada fragilidad como para emocionarse con cada una.
La enfermera le tomó la presión.
—Alta —dijo.
Inés sonrió sin ganas.
—Tengo talento.
La enfermera no se rió.
Lety sí, apenas.
Después temperatura. Saturación. Preguntas.
Dolor de cabeza.
Mareos.
Vómitos.
Pérdida de fuerza.
Convulsiones.
Visión doble.
Desmayos.
Inés respondió como si completara una encuesta sobre otra persona.
A veces.
No.
No.
No sé.
No.
Se me partió la luz una vez.
La enfermera levantó la vista.
—¿Cómo?
Inés se sintió ridícula.
—Vi la luz rara. Un momento.
La enfermera anotó.
Todo lo que una decía allí podía volverse dato.
Eso daba miedo.
El médico llegó veinte minutos después.
No era neurólogo.
Lo aclaró enseguida.
—Soy médico de emergencia. Ya vimos el informe. Vamos a pedir valoración por neurología y neurocirugía.
Neurocirugía.
La palabra entró al box y ocupó la silla que quedaba libre.
Inés apoyó las manos sobre las rodillas.
Lety estaba de pie contra la pared, con los brazos cruzados. No por frialdad. Por contención. Como si tuviera que abrazarse a sí misma para no avanzar sobre el espacio de Inés.
El médico habló con una voz medida.
Demasiado medida.
Explicó que el informe mostraba una lesión que requería valoración urgente.
Que podía necesitar internación para completar estudios.
Que había que ver las imágenes, no solo el texto.
Que probablemente pedirían análisis, evaluación neurológica, quizá corticoides para el edema, quizá anticonvulsivantes preventivos, según criterio del especialista. Que no convenía esperar al martes.
No dijo cáncer.
No dijo muerte.
No dijo cuánto.
Inés agradeció y odió esa prudencia.
—¿Puede ser otra cosa? —preguntó.
El médico la miró.
Ahí estuvo.
Ese microsegundo.
La medicina también tenía silencios.
—Hay que estudiarlo bien —dijo—. El informe orienta, pero no reemplaza la valoración del equipo.
—Eso no responde.
Lety bajó los ojos.
El médico no se molestó.
Tal vez estaba acostumbrado. Tal vez las personas, cuando la vida les cambia de golpe, merecían una cuota breve de brutalidad.
—Sí, puede haber diagnósticos diferenciales —dijo—. Pero por las características descriptas, hay que actuar como si fuera serio.
Serio.
Inés casi se rió.
Serio era una palabra de maestros, de jefes, de cartas documento. No de cabezas abiertas por dentro.
—¿Me voy a quedar internada? —preguntó.
—Es posible.
La palabra posible le produjo más miedo que una certeza.
—No traje nada.
—Después alguien puede alcanzarle cosas.
Alguien.
Otra palabra pobre.
Otra palabra enorme.
El médico miró a Lety.
—¿Usted es familiar?
El box se volvió más chico.
Lety no respondió.
Inés tampoco.
La enfermera, que seguía escribiendo algo, levantó apenas la cabeza.
—Es mi acompañante —dijo Inés.
El médico asintió.
No juzgó.
No le importó.
O tuvo la decencia de que no pareciera importarle.
—Perfecto. Necesitamos un teléfono de contacto.
Lety dio el suyo antes de que Inés decidiera.
No como invasión.
Como reflejo.
Inés la miró.
Lety sostuvo la mirada.
Después dijo su número.
El médico lo anotó.
Así, de pronto, Lety quedó escrita en algún sistema.
No como deseo.
No como secreto.
Como contacto.
La vida tenía maneras administrativas de volver reales algunas cosas.
Después la dejaron esperando.
Otra vez.
Pero ya no en la sala. En el box. Con la cortina azul a medio cerrar y el ruido de emergencia entrando en pedazos. Pasos. Ruedas. Una tos. Una orden. Un apellido. Un llanto breve. Alguien diciendo que no encontraba una vía. Alguien riéndose demasiado fuerte en un pasillo, tal vez por cansancio.
Inés estaba sentada en la camilla.
Lety en la silla.
La distancia había cambiado.
No era erótica.
No era doméstica.
Era algo más raro: una alianza provisional ante una institución.
—Contacto —dijo Inés.
—Sí.
—Eso suena serio.
Lety la miró.
—Todo suena serio acá.
—No tenías que dar tu número.
—Ya sé.
—Podía dar el de Juan.
—Sí.
—O el de Martín.
Lety no respondió.
Inés la miró.
—¿Qué?
—Nada.
—No hagas eso.
—No estoy haciendo nada.
—Ese nada ya lo conozco.
Lety apoyó los codos sobre las rodillas.
Tenía cara de cansancio real. No de noche. No de deseo. De hospital. Era un cansancio distinto, sin glamour posible.
—No quiero competir por quién tiene derecho a preocuparse por vos —dijo.
Inés bajó la mirada.
La frase fue limpia.
Y, por eso, hirió.
—No hay competencia.
—Puede haberla si dejamos.
—No quiero eso.
—Yo tampoco.
Silencio.
Inés tocó con los dedos el borde de la camilla. Papel blanco. Sábana descartable. Un sonido mínimo al rozarla.
—Juan sabe querer mejor que todos nosotros —dijo.
Lety la miró.
No discutió.
—Puede ser.
—Eso no alcanza.
—Ya sé.
—Martín sabe mirar donde duele.
—También sé.
—Eso tampoco alcanza.
Lety sonrió apenas.
—¿Y yo?
Inés levantó la vista.
No esperaba la pregunta.
O quizá sí.
—Vos sabés quedarte sin convertirlo en promesa.
Lety recibió la frase en silencio.
No pareció feliz.
Pareció golpeada por una verdad que no sabía si quería.
—Eso tampoco alcanza siempre —dijo.
—No.
—Pero hoy.
—Hoy sí.
La cortina se abrió.
Una médica joven entró con una tablet. Neuróloga, se presentó. Tendría menos años de los que Inés hubiera querido confiarle a su miedo. O tal vez eso era injusto. La juventud, en un hospital, podía significar cansancio acumulado a velocidad cruel.
La médica le hizo preguntas más precisas.
Desde cuándo los dolores.
Frecuencia.
Intensidad.
Visión.
Lenguaje.
Fuerza.
Hormigueos.
Episodios de confusión.
Caídas.
Antecedentes.
Medicación.
Alergias.
Hipertensión.
Asma.
Inés respondió.
Cada respuesta parecía construir una versión de ella menos literaria y más clínica. Mujer de treinta y nueve años. Cefalea. Mareos. Episodios visuales. Lesión temporal. Edema. Probable proceso glial. Evaluar.
Mujer de treinta y nueve años.
Se quedó con eso.
Treinta y nueve.
Siempre le había parecido una edad de borde. No joven. No vieja. Lo bastante adulta para haber arruinado algunas cosas. Lo bastante viva para todavía desear otras. Ahora el número parecía ridículo. Demasiado concreto. Demasiado pequeño.
La neuróloga le pidió que siguiera un dedo con la mirada.
Que sonriera.
Que apretara las manos.
Que levantara los brazos.
Que tocara la nariz.
Que dijera la fecha.
Que repitiera una frase.
Inés obedeció.
La obediencia del cuerpo la humilló un poco.
Su cuerpo todavía podía hacer casi todo lo que le pedían.
Y, sin embargo, adentro había algo que no obedecía.
—Neurológicamente está bastante conservada —dijo la médica.
Inés sintió un alivio absurdo.
Bastante conservada.
Como si fuera un mueble antiguo.
—¿Eso es bueno? —preguntó Lety.
La médica la miró.
—Es bueno para este momento. Pero no cambia la necesidad de actuar.
Para este momento.
Inés guardó la frase.
La medicina hablaba mucho en territorios breves.
Ahora.
Este momento.
Hoy.
Urgente.