CAPÍTULO 10
LA DERIVACIÓN
A la mañana siguiente, Inés despertó antes que la alarma.
No supo si había dormido.
Había cerrado los ojos, eso sí. Había entrado en esa zona opaca donde el cuerpo se apaga por agotamiento, pero la cabeza sigue dejando una luz prendida en alguna habitación del fondo.
No soñó. O soñó con cosas sin imagen: pasillos, timbres, una puerta que no terminaba de abrirse, una voz diciendo su nombre sin urgencia y por eso mismo con más miedo.
El dormitorio estaba gris.
La puerta seguía abierta.
Eso fue lo primero que miró.
Después escuchó.
Desde el living llegaba una respiración baja, irregular, humana.
No una cámara. No una máquina. No el zumbido de un monitor.
Una persona dormida en el sillón, probablemente mal, probablemente con el cuello duro, probablemente con una manta vieja enrollada hasta la cintura y una pierna afuera porque Lety no sabía ocupar los lugares sin pelearse un poco con ellos.
Inés se quedó quieta.
No quiso moverse todavía.
Durante unos segundos, antes de que el informe volviera completo, antes de que las palabras lesión, expansiva, edema, alto grado y urgente recuperaran su sitio dentro de la cabeza, hubo una pausa.
No paz. No olvido. Una pausa. Algo parecido a estar suspendida entre dos versiones de la vida: la de antes de leer y la de después.
Duró poco.
La palabra urgente volvió primero.
Después todas las demás.
Inés se llevó una mano a la cabeza.
No le dolía.
Eso le pareció ofensivo.
Una esperaba que el cuerpo, después de semejante noticia, tuviera la delicadeza de manifestarse con claridad.
Un dolor insoportable. Una fiebre. Una caída.
Algo que justificara el cambio de escala.
Pero no. Ahí estaba, tendida en su cama, respirando, con la boca seca y el pelo pegado a una mejilla, parecida a cualquier mujer que despierta después de una mala noche.
El cuerpo seguía teniendo modales.
Eso era lo terrible.
Se levantó despacio.
No por indicación médica.
Por superstición.
Se puso una bata sobre la ropa con la que había dormido y fue al living.
Lety estaba despierta.
Sentada en el sillón, con la manta sobre las piernas y el celular en la mano. No parecía haber dormido mucho. Tenía los ojos hinchados, el pelo desordenado y la cara lavada de toda defensa. Al verla, bajó el teléfono.
—No entré al portal —dijo Inés.
—Bien.
—Tampoco me morí mientras dormía.
Lety la miró.
—Ese chiste es una mierda.
—Dijiste que me los ibas a mejorar.
—Dame café primero.
Inés sonrió apenas.
La sonrisa no alcanzó a quedarse.
En la mesa baja, la computadora seguía cerrada. El informe, dentro. O no dentro. Inés no sabía dónde estaba exactamente un informe cuando una apagaba una computadora. En algún lugar. En todos. En el correo, en el portal, en la memoria del aparato, en la cabeza de quien lo había leído.
Lety siguió su mirada.
—No lo abras otra vez.
—Tengo que llevarlo.
—Lo descargué en mi celular.
Inés la miró.
—¿Cuándo?
—Anoche. Me lo mandaste.
—No me acuerdo.
—Ya sé.
Inés sintió un pequeño hueco en el estómago. No era grave. No era olvido médico. Era miedo, cansancio, saturación. Pero igual la atravesó la idea de que algo en ella ya estaba empezando a soltarse sin pedir permiso.
—¿A quién llamaste? —preguntó.
—A nadie.
—Lety.
—Busqué el número de la clínica. Atienden a las ocho. También busqué guardia de neurología y neurocirugía.
—Dijiste que no ibas a hacer de enfermera.
—No estoy haciendo de enfermera. Estoy haciendo de persona despierta.
Inés no tuvo fuerza para discutir.
Fue a la cocina.
Preparó café con torpeza. Puso agua. Abrió un frasco. Derramó un poco sobre la mesada. Buscó dos tazas. Vio la taza rajada y no la eligió. Después se arrepintió de no elegirla, como si hubiera traicionado a un objeto herido. Sacó otras dos, distintas, sin historia.
Lety apareció en la entrada de la cocina.
No entró.
—¿Querés que llame yo?
—No.
—Está bien.
—Quiero decir las cosas yo.
—Entonces las decís vos.
—Pero quedate cerca.
Lety asintió.
No sonrió.
Eso le gustó.
A las ocho y tres, Inés llamó a la clínica.
Una voz administrativa la puso en espera.
Música.
Esa música.
Siempre había música en los lugares donde una estaba a punto de enterarse de algo que podía destruirla. Una melodía limpia, sin cuerpo, repetida en bucle, pensada para no incomodar. Inés sintió deseos de reírse. O de romper el teléfono. No hizo ninguna de las dos cosas.
Lety se sentó frente a ella, al otro lado de la mesa.
No la tocó.
El café humeaba entre ambas.
Una voz volvió.
Inés dijo su nombre.
Su cédula.
El estudio.
El informe.
La palabra urgente.
La administrativa cambió el tono.
Eso fue suficiente.
No dijo nada alarmante. No dijo ay. No dijo tiene que venir ya. No dijo qué barbaridad. Pero algo en la respiración de la mujer se volvió más cuidadoso, como si hubiera abierto una ficha y de pronto recordara que del otro lado no había un trámite sino una persona sentada en una cocina.
—Tiene que concurrir por emergencia con el informe —dijo.
Inés cerró los ojos.
—Tengo neurólogo el martes.
—No espere al martes.
Lety levantó la vista.
Inés la evitó.
—¿Hoy? —preguntó.
—Hoy.
Hoy.
La palabra cayó en la mesa junto al café.
Hoy no era un concepto. Era una orden. Una puerta sin borde. Todo lo demás, de pronto, pasó a ser accesorio: la ducha, la ropa, la taza, el trabajo, las llamadas, la dignidad inútil de fingir que todavía se podía organizar el miedo en horarios propios.
—Está bien —dijo Inés.
La administrativa le indicó a dónde ir. Emergencia. Llevar informe. Llevar documento. Si tenía imágenes, también. No manejar. Ir acompañada si era posible.
Si era posible.
Inés miró a Lety.
Lety no se movió.
Como si supiera que ofrecerse antes de tiempo podía parecer una conquista.
—Gracias —dijo Inés, y cortó.
El silencio posterior fue peor que la espera telefónica.
—Hoy —dijo Lety.
—Escuché.
—No era para vos.
—¿Para quién?
—Para mí.
Inés tomó el café.
Estaba demasiado caliente.
Se quemó la lengua.
El dolor pequeño la enfureció. Era ridículo que todavía pudiera quemarse con café cuando una parte de su cabeza estaba ocupada por una palabra que la medicina no decía con todas sus letras.
—Me voy a bañar —dijo.
—Bueno.
—No entres.
—No iba a entrar.
—Aunque me demore.
—Si te demorás demasiado, voy a golpear la puerta.
—Eso es entrar de otra forma.
—Sí.
Inés quiso discutir.
Después no.
Fue al baño.
Cerró la puerta.
No con pestillo.
Ese detalle la molestó. Antes habría cerrado con pestillo. Siempre. En baños, habitaciones, conversaciones, diagnósticos. Ahora dejó la puerta apenas cerrada, sin traba, como si una parte de ella hubiera firmado un pacto humillante con la fragilidad.
Se desnudó frente al espejo.
La luz del baño era cruel.
El cuerpo estaba ahí.
El mismo cuerpo.
Pechos, vientre, caderas, muslos, una marca vieja en la rodilla, el golpe violeta de la playa casi borrado, una pequeña mancha en la piel que nunca le había importado. Un cuerpo adulto, usado, deseado, negado, observado, tocado, enfermo o a punto de ser nombrado como enfermo.
Inés se miró sin erotismo.
Después se corrigió.
No sin erotismo.
Sin mentira.
El deseo no había desaparecido porque el informe existiera.
Eso la desconcertaba. Una parte de ella seguía recordando la mano de Lety bajo la blusa, el patio horrible, la boca con sabor a humo y limón.
Otra parte pensaba en neurocirugía. Otra en Juan.
Otra en Martín. Otra en una playa a la que tal vez no debía volver.
El cuerpo no sabía ser coherente. Nunca lo había sabido.
Solo que antes Inés lo acusaba de eso. Ahora empezaba a entender que la coherencia era una exigencia de los que no querían mirar demasiado de cerca.
Entró a la ducha.
El agua cayó caliente.
Apoyó la frente contra los azulejos.
Entonces lloró otra vez.
Menos que la noche anterior.
Más hondo.
No por el informe solamente. Por la mañana. Por tener que vestirse para una emergencia. Por elegir ropa cuando una no sabía si estaba eligiendo para una consulta, para una internación, para una operación o para la primera escena de una despedida que todavía nadie se atrevía a nombrar.
Lloró poco.
Se lavó.
Salió.
Se vistió con ropa cómoda: pantalón negro, remera blanca, campera gris.
Nada de seducción. Nada de personaje. Nada de noche.
Y, sin embargo, al mirarse otra vez en el espejo, no se vio menos expuesta que en Velaria.
Al contrario. La ropa simple la dejaba más indefensa.
Sin luces rojas. Sin música. Sin coartadas.
Cuando salió, Lety estaba de pie junto a la mesa.
Había doblado la manta.
Ese gesto, doméstico y torpe, casi la venció.
—Pedí un auto —dijo Lety.
—¿Sin preguntarme?
—Sí.
Inés la miró.
Lety sostuvo la mirada.
—Lo puedo cancelar.
—No.
—Entonces no pelees por deporte.
—Es mi único entrenamiento.
—Se nota.
El auto llegó en seis minutos.
Antes de salir, Inés tomó la cartera. Documento. Teléfono. Cargador. El sobre amarillo de Juan quedó sobre la mesa. La taza rajada también. La foto de la playa. La foto de la silla vacía.
No supo por qué, pero tomó esta última.
La metió en la cartera.
Lety la vio.
No preguntó.
Bajaron en silencio.
En el ascensor, Inés miró los números descender. Se sintió dentro de otra máquina. No tan ruidosa como la resonancia, pero igual de obediente. Piso seis. Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno. Planta baja. La vida tenía una crueldad geométrica cuando quería.
El conductor del auto no habló.
Eso fue una bendición.
La ciudad estaba despierta de una forma vulgar.
Ómnibus llenos. Kioscos abiertos. Gente con mochilas.
Una mujer maquillándose en la parada. Un niño llorando porque se le había caído algo.
Un hombre comiendo una medialuna mientras cruzaba mal.
La mañana no respetaba diagnósticos. No bajaba la voz.
No dejaba de vender pan, cargar combustible, discutir por mensajes, imprimir recibos.
Inés miró por la ventanilla.
Lety iba a su lado.
No la tocaba.