CAPÍTULO 9 #3
Inés miró el teléfono.
Había otro mensaje de Juan.
No lo abrió.
Después apareció uno nuevo.
Martín.
El nombre en la pantalla tuvo una puntualidad casi obscena.
Inés no lo tocó.
Lety lo vio.
—No lo abras si no querés.
—Antes necesitaba abrir todo.
—Ya sé.
—Mensajes, cámaras, puertas, archivos.
—Ahora podés dejar algo cerrado.
Inés miró la computadora.
El informe abierto.
La ironía era evidente.
—No todo.
—No. No todo.
El teléfono volvió a vibrar.
Martín insistía.
Inés lo tomó.
Lety no miró la pantalla.
Ese gesto también importó.
El mensaje decía:
Me enteré de que ya está el informe. ¿Estás bien? Puedo pasar.
Inés leyó la frase.
Me enteré.
No preguntó cómo.
No hizo falta.
La información seguía encontrando caminos hacia Martín. Como si una parte de la ciudad todavía le obedeciera. O como si él no supiera vivir sin convertir la preocupación en acceso.
Inés escribió:
No vengas.
Dudó.
Agregó:
Cuando quiera hablar, te aviso yo.
Envió.
La respuesta tardó menos de un minuto.
Está bien. Perdón.
Inés dejó el teléfono.
Sintió alivio.
También tristeza.
Porque Martín obedeciendo dolía de otra forma. No por él solamente. Por todas las veces en que ella había necesitado que alguien obedeciera antes y no supo pedirlo. O no se creyó con derecho.
Lety seguía mirando la pared.
—La vaciaste —dijo.
Inés miró los papeles en el suelo.
—Casi.
—¿Por qué casi?
Inés volvió la vista hacia el centro de la pared.
Quedaba una sola foto.
No recordaba haberla dejado.
Estaba pegada más abajo que las otras, casi a la altura del interruptor. Una imagen pequeña, borrosa. En ella se veía el hall de Vigía Sur de madrugada. Una silla vacía. Una puerta abierta. Nada más.
La silla.
Inés se levantó.
Se acercó.
La tocó.
Esa foto no tenía cuerpo, ni delito, ni deseo capturado. Solo una silla vacía frente a una puerta abierta. Tal vez por eso seguía ahí. Porque era la imagen más honesta de todas.
—No sé —dijo.
Lety se puso de pie detrás de ella.
No la tocó.
—Parece una salida.
—O una espera.
—A veces es lo mismo.
Inés despegó la foto.
La cinta resistió un poco.
Después cedió.
La imagen quedó en su mano.
La miró por última vez.
No la rompió.
La dejó sobre la mesa, junto al informe impreso que todavía no existía, junto a la taza, junto a la foto de la playa, junto a todas las cosas que habían perdido su lugar pero no su peso.
—Mañana llamo —dijo.
Lety no celebró.
No sonrió.
No dijo bien.
Solo asintió.
—Me quedo en el sillón —dijo.
Inés la miró.
—No hace falta.
—No dije que hiciera falta.
—Lety.
—No voy a tocarte. No voy a interrogarte. No voy a hacer de enfermera. Me quedo en el sillón.
Inés quiso discutir.
No pudo.
O no quiso.
La diferencia empezaba a importarle menos.
—Está bien —dijo.
Lety se sacó la campera mojada y la colgó en el respaldo de una silla. Debajo llevaba una remera gris, simple, sin ninguna de las defensas nocturnas de Velaria. Parecía otra. O la misma sin luces rojas.
Inés fue al dormitorio y trajo una manta.
Se la alcanzó.
Lety la tomó.
Sus dedos se tocaron.
No hubo electricidad.
No hacía falta.
A veces la intimidad era eso: una manta vieja, un informe abierto y dos mujeres sin saber todavía cómo nombrarse.
Inés apagó la computadora.
No borró el archivo.
No cerró el miedo.
Solo apagó la luz de la pantalla.
Después fue hasta la ventana.
Abajo, Sandoval seguía encendida. Autos, ventanas, gente volviendo tarde, gente saliendo, gente comprando comida, gente besándose bajo cornisas pobres, gente esperando noticias en habitaciones que nadie veía.
La ciudad no sabía nada de ella.
O sabía demasiado y no lo decía.
Inés apoyó la frente en el vidrio.
Estaba frío.
Por primera vez, la palabra muerte apareció sin disfraz.
No como condena.
No como escena final.
Como posibilidad concreta, sentada en el living, cerca de una mujer que acababa de llegar mojada y de una taza rajada que seguía sin romperse.
No se sintió preparada.
No se sintió fuerte.
No se sintió elegida por ninguna revelación.
Solo viva.
Terriblemente viva.
Eso fue lo último que pensó antes de apartarse de la ventana.
Lety ya estaba en el sillón, descalza, con la manta sobre las piernas. No miraba el teléfono. No miraba la computadora. Miraba la pared vacía.
—Quedó fea —dijo Inés.
—Sí.
—Podría pintarla.
—Mañana no.
Inés sonrió.
—Mañana no.
Apagó la luz del living.
El apartamento quedó en una penumbra azulada, sostenida por la ciudad que entraba desde afuera. Inés fue hacia el dormitorio, pero se detuvo antes de cruzar la puerta.
—Lety.
—Qué.
—Si me despierto y entro al portal otra vez, sacame la computadora.
—El informe ya está.
—Igual.
—Bueno.
Inés apoyó una mano en el marco de la puerta.
—Y si hago chistes horribles.
—Te los mejoro.
La risa de Inés salió pequeña.
Casi inaudible.
Pero salió.
Entró al dormitorio.
No cerró la puerta.
Esa fue la diferencia.
Antes, cuando tenía miedo, cerraba.
Ahora dejó abierto.
No por valentía.
Porque en el living había alguien.
Y porque, al otro lado de la puerta abierta, por primera vez en mucho tiempo, la noche no parecía una cámara.
Parecía una guardia.