LA ZONA OSCURA CAPÍTULO 9 #2
57%

CAPÍTULO 9 #2

En el centro había una marca rectangular, más clara, donde durante meses había estado el mapa principal. Alrededor, pequeñas heridas de cinta. Pintura levantada. Polvo. Restos de papel.

La pared era fea.

Verdadera.

Inés se sentó frente a ella.

La cabeza le dolía apenas. Un dolor opaco, profundo, sin dramatismo. Ahora el dolor tenía nombre posible. Eso no lo hacía más soportable. Lo hacía más indecente.

El timbre sonó.

Inés no se movió.

Volvió a sonar.

Después escuchó la voz de Lety al otro lado de la puerta.

—Soy yo.

Como si pudiera ser otra.

Inés se levantó despacio.

Abrió.

Lety estaba mojada.

No mucho. La llovizna le había oscurecido el pelo en algunas zonas y le había dejado gotas en la campera. Traía la cara sin maquillaje o con el maquillaje vencido por el día. La boca no estaba pintada. Eso la hizo parecer más joven y más cansada.

No dijo nada.

Entró.

Cerró la puerta detrás.

Miró a Inés.

No a la computadora.

No a la pared.

A Inés.

Ese orden la salvó un poco.

—¿Puedo abrazarte? —preguntó.

La pregunta fue tan inesperada que Inés casi se enojó.

Casi.

Después entendió que Lety estaba haciendo algo difícil para ella: no dar por sentado el cuerpo ajeno, ni siquiera en el miedo.

Inés asintió.

Lety la abrazó.

No fue un abrazo delicado.

Fue firme.

Como si el cuerpo de Lety tuviera instrucciones antiguas para sostener a alguien en el borde de una noticia.

Inés apoyó la frente en su hombro. Al principio mantuvo los brazos bajos.

Después los levantó. Rodeó la espalda de Lety.

Sintió la campera húmeda bajo las manos, la respiración de ella contra su cuello, el olor a calle, jabón, lluvia y cansancio.

Entonces lloró.

No mucho.

No como en las películas.

Lloró de una forma casi irritada, con la cara escondida, como si cada sollozo fuera una falta de educación. Lety no la calmó. No dijo ya está. No dijo tranquila. No le acarició el pelo como a una criatura. Solo la sostuvo.

Eso fue suficiente.

Cuando Inés se separó, le dio vergüenza.

Lety no se la permitió.

—Mostrame —dijo.

Inés señaló la computadora.

Lety fue hasta la mesa baja. Se agachó frente a la pantalla. Leyó en silencio.

Su cara cambió poco.

Muy poco.

Pero Inés la conocía ya lo suficiente para ver el golpe. La mandíbula. La respiración. La mano quieta sobre la rodilla. El modo en que no apartó la vista aunque hubiera querido.

—No entiendo todo —dijo Lety.

—Yo tampoco.

—Pero entendemos suficiente.

Inés asintió.

La frase tenía algo brutal y justo.

Lety siguió leyendo.

Después se levantó.

—Hay que llamar al médico.

—Ya es tarde.

—A la emergencia, entonces.

—No.

Lety la miró.

—Inés.

—No voy a ir corriendo a una emergencia porque un PDF dice urgente.

—Eso es exactamente lo que significa urgente.

—No tengo síntomas ahora.

—Tenés una lesión en la cabeza.

La frase sonó demasiado real en el apartamento.

Lesión en la cabeza.

No informe.

No hallazgo.

No proceso.

Lesión.

Inés se sentó en el sillón.

—No puedo entrar otra vez a una guardia hoy.

Lety se quedó de pie.

Por un momento pareció que iba a discutir.

Después no lo hizo.

Se sentó frente a ella, en el piso, como si eligiera una altura más baja para no hablarle desde arriba.

—Entonces mañana a primera hora.

—Tengo neurólogo el martes.

—No.

—Lety.

—No. Mañana.

Inés sintió una irritación cansada.

—No sos mi pareja.

La frase salió antes de que pudiera medirla.

Lety la recibió sin pestañear.

Pero dolió.

Eso se vio.

Inés se arrepintió enseguida, aunque la frase no fuera falsa.

—Perdón —dijo.

Lety bajó la mirada.

—No. Tenés razón.

—No quise decirlo así.

—Pero lo dijiste.

Silencio.

La pared vacía detrás de ellas parecía escuchar mejor que cualquier persona.

Lety se pasó una mano por el pelo húmedo.

—No soy tu pareja —dijo—. No soy tu médica. No soy tu ex. No soy tu familia. No sé qué soy en esta habitación.

Inés la miró.

Ahí estaba otra vez Lety con mundo propio.

Lety fuera del papel de tentación, fuera del sótano, fuera de la frase perfecta.

Lety mojada, cansada, con una madre enferma o en tratamiento o en controles, con miedo mal disimulado, sentada en el piso de un apartamento ajeno intentando encontrar un lugar que no existía todavía.

—Yo tampoco sé qué sos —dijo Inés.

Lety asintió.

—Bueno.

La palabra pudo haber cerrado algo.

Pero no lo hizo.

Inés respiró hondo.

—Sé que quería que vinieras.

Lety levantó la mirada.

—Eso no resuelve nada.

—No.

—Pero sirve.

—Sí.

Lety apoyó los codos sobre las rodillas.

Durante unos segundos ninguna habló.

Inés sintió que el capítulo de su vida, si la vida tuviera capítulos, acababa de cambiar sin pedir permiso. Ya no podía volver al desconocimiento. Ya no podía fingir que el dolor era estrés, que el mareo era alcohol, que la punzada era noche, que el cuerpo estaba exagerando para llamar la atención.

Ahora había un informe.

Había palabras.

Había un borde cruzado.

—No quiero que esto se convierta en un velorio anticipado —dijo.

Lety la miró.

—Entonces no lo conviertas.

—La gente lo hace.

—La gente hace cualquier cosa cuando tiene miedo.

—Yo también.

—Sí.

Inés sonrió apenas.

—Gracias por no salvarme de la lista.

—De nada.

Lety también sonrió, pero la sonrisa se apagó rápido.

—¿A quién más vas a avisar?

—A Juan ya le dije que llegó.

—¿Martín?

Inés cerró los ojos.

Martín.

El nombre no entró como deseo ni como culpa. Entró como un pasillo conocido. Una puerta que se podía abrir o no. Una cámara apagada que todavía parecía vigilar.

—No sé.

—No tenés que avisarle esta noche.

—Lo sé.

—¿Lo sabés?

—Estoy intentando.

Lety asintió.

—Bien.