LA ZONA OSCURA EPÍLOGO
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EPÍLOGO

LA RADIO

Lety tomó el taxi a las siete y doce.

No porque llegara tarde.

Llegaba tarde casi siempre, pero esa mañana no.

Esa mañana había salido con tiempo. Había cerrado la puerta de su apartamento sin volver a abrirla para revisar si había dejado algo prendido.

Había bajado los tres pisos sin mirar el celular.

Había comprado un café en vaso de cartón en el kiosco de la esquina y lo había tirado casi entero en el primer contenedor porque el gusto le pareció insoportable.

Después levantó la mano.

El taxi frenó junto al cordón con una suavidad cansada.

Lety subió atrás.

—¿A dónde? —preguntó el chofer.

Ella dio la dirección del trabajo.

No dijo Vigía Sur.

Ya no trabajaba allí, no exactamente. El edificio era otro, las pantallas eran otras, los turnos eran otros, pero a ciertas horas todos los lugares de vigilancia se parecían: una silla, una pared de monitores, una puerta que se abre lejos, una voz diciendo autorizado, una mujer mirando vidas que no le pertenecen.

El chofer asintió y arrancó.

La ciudad todavía no estaba despierta del todo.

Sandoval tenía esa cara de mañana usada que aparece antes de que el tránsito se vuelva argumento.

Persiana a medio subir. Barrendero empujando hojas húmedas hacia una esquina.

Dos escolares arrastrando mochilas demasiado grandes.

Una mujer con uniforme blanco esperando el ómnibus con una bolsa de pan colgada del brazo.

Un hombre durmiendo sentado en el escalón de una farmacia cerrada.

Todo parecía seguir.

Eso era lo que más le molestaba.

No que el mundo fuera cruel.

Que fuera constante.

El taxi tomó por una calle lateral para evitar una obra.

Lety apoyó la cabeza contra el vidrio. Estaba frío.

No había dormido bien. Había dormido poco y mal, con el celular debajo de la almohada aunque ya nadie iba a escribirle desde ese número.

O sí. Los muertos seguían escribiendo durante un tiempo.

No ellos. Las aplicaciones. Las fotos. Los recordatorios.

Los contactos sugeridos. Los estados viejos.

Los cumpleaños. Las conversaciones que una no borraba porque borrarlas parecía una traición y conservarlas parecía una enfermedad.

El chofer tenía la radio encendida.

Baja.

Una voz de hombre hablaba de la humedad, del precio del combustible, de un choque menor en la rambla, de una protesta frente a un ministerio. Después una mujer leyó los titulares locales con ese tono neutro que tienen las personas entrenadas para decir cualquier cosa sin romper la mañana.

Lety miró por la ventanilla.

No escuchaba.

O creía no escuchar.

En el asiento, junto a ella, llevaba una cartera negra.

Dentro había una muda de ropa, un cargador, una libreta pequeña, las llaves de su madre, un blíster de pastillas que no eran suyas y una mandarina que se había metido sin saber por qué.

La mandarina había quedado en la mesa de Inés la última vez.

O en la habitación. O en la bolsa que Juan había llevado.

Lety no estaba segura. Desde hacía días, los objetos parecían cambiar de dueño sin trámite.

Una taza. Una foto. Un pañuelo. Una llave. Una fruta.

Había cosas que se heredaban demasiado pronto.

La radio cambió de música.

Después volvió la voz.

—Último momento —dijo la locutora.

Lety cerró los ojos.

No por la noticia.

Por la frase.

Último momento.

Como si todos los momentos anteriores no hubieran estado trabajando para llegar hasta ahí.

—Personal policial confirmó esta mañana el fallecimiento de una mujer encontrada sin vida en la zona de la playa Honda, próximo a la bajada principal.

Según los primeros informes, se trataría de una mujer de treinta y nueve años.

No se observaron signos de violencia y la principal hipótesis médica apunta a un evento cerebrovascular fulminante.

La identidad no fue divulgada de forma oficial...

Lety abrió los ojos.

El taxi siguió avanzando.

La locutora continuó hablando, pero la voz empezó a alejarse. No porque la radio bajara. No porque el chofer cambiara de estación. Se alejó porque el cuerpo de Lety hizo algo primitivo: retiró el mundo para no caer dentro de él.

Treinta y nueve años.

Playa Honda.

Sin signos de violencia.

Evento cerebrovascular fulminante.

Hipótesis.

Qué palabra miserable, pensó.

Hipótesis.

El chofer chasqueó la lengua.

—Pobre mujer —dijo.

Lety lo miró por el espejo retrovisor.

Él no sabía.

Claro que no sabía.

Para él era una noticia entre el tránsito y el precio del combustible.

Una frase que se comenta porque el silencio en un taxi también pesa.

Pobre mujer. Como se dice qué calor, va a llover, está brava la calle, no se puede más.

Una manera mínima de admitir que la muerte existe sin dejar que entre demasiado.

Lety quiso decirle que no hablara.

Quiso decirle que esa mujer tenía nombre.

Quiso decirle que no era pobre mujer, que odiaría esa frase, que habría levantado una ceja, que habría encontrado el modo de convertir el comentario en una disección perfecta del paternalismo, la ignorancia, la compasión barata y la necesidad humana de cerrar una vida ajena con dos palabras soportables.

No dijo nada.

El taxi dobló.

La ciudad se abrió hacia la avenida.

Lety bajó la vista a sus manos.

Las tenía cerradas.

No recordaba haberlas cerrado.

Aflojó los dedos uno por uno. Le dolían las palmas. En la derecha llevaba marcada la uña del pulgar. Una media luna roja, pequeña, absurda. La miró con una concentración feroz, como si esa marca pudiera mantenerla dentro del cuerpo.

La radio repitió otra noticia.

Después otra.

El mundo ya había pasado.

Eso también era insoportable.

La muerte de una persona ocupaba menos de un minuto cuando no era de nadie.

Cuando era de una, ocupaba todo.

Lety sacó el celular.

No para llamar.

No había a quién.

Juan ya sabía. O estaría por saber. Martín también. La clínica. La policía. La ciudad. Las personas que convierten los nombres en formularios. Las personas que convierten los cuerpos en procedimientos. Las personas que llaman a una playa escena y a una mujer occisa.

Abrió el chat de Inés.

El último mensaje seguía ahí.

Estoy acá.

Lety lo leyó.

Una vez.

Otra.

Otra más.

La frase había sido cierta cuando llegó.

Eso era lo terrible. No mentía. Inés estaba ahí: en la playa, en la camilla, en la habitación, en el borde, en todas las escenas donde había decidido dejar de mirar desde afuera.

Estaba ahí incluso ahora, cuando ya no estaba en ninguna parte donde Lety pudiera tocarla.

El taxi frenó en un semáforo.

A la izquierda, una farmacia abría sus persianas.

A la derecha, un bar limpiaba las mesas de la vereda con un trapo gris.

Un hombre descargaba cajones de naranjas.

Una mujer joven cruzó corriendo con el pelo mojado y una mochila rota.

Lety pensó que Inés habría mirado todo eso.

No para vigilar. No al final. Para estar.

Al final había aprendido.

O tal vez no.

Tal vez nadie aprende al final.

Tal vez solo se cansa de defenderse.

El semáforo cambió.

El taxi avanzó.

El chofer subió un poco la radio.

—¿Está bien? —preguntó.

Lety tardó en entender que le hablaba a ella.

Miró el espejo.

La cara que vio no le pareció suya. Tenía los ojos secos.

Eso la sorprendió. Había llorado antes, mucho, mal, con rabia, en baños, pasillos, salas de espera, contra una pared, en la cocina de su madre, en la escalera de un edificio donde no sabía si subir o quedarse abajo.

Pero ahora no. Ahora los ojos estaban secos y el dolor parecía haberse sentado en un lugar más profundo, uno al que las lágrimas todavía no llegaban.

—Sí —dijo.

La mentira salió perfecta.

Inés la habría reconocido.

Por eso casi sonrió.

Casi.

El chofer no insistió.

Lety volvió al chat.

No escribió.

No tenía sentido.

Pero los dedos se movieron igual.

Abrió la caja de texto.

El cursor parpadeó.

Esa pequeña línea vertical, apareciendo y desapareciendo, le pareció una crueldad exquisita. Como si el teléfono creyera que todavía había algo que contestar. Como si la conversación esperara una frase más para quedar cerrada.

Lety escribió:

No te fuiste.

La miró.

No la envió.

La borró.

Escribió:

Estoy acá.

Tampoco la envió.

La borró.

Después dejó el teléfono sobre las piernas.

La mandarina rodó dentro de la cartera cuando el taxi tomó una curva.

Lety la oyó.

Ese sonido mínimo la quebró.

No la noticia.

No la radio.

No la palabra fallecimiento.

La mandarina golpeando contra un cargador y unas llaves.

Metió la mano en la cartera y la sacó. La fruta estaba fría. Pequeña. Con la cáscara apenas marcada en un lado. La sostuvo entre las dos manos, como si fuera algo frágil y no una fruta barata comprada en cualquier esquina.

Inés había pelado mal las mandarinas.

Siempre dejaba la cáscara hecha pedazos, sin paciencia, sin dibujo.

Lety, en cambio, podía sacarla casi entera.

De niña lo hacía para su madre, antes de que la enfermedad volviera lentos algunos gestos y ridículas algunas habilidades.

Una cáscara entera, una espiral. Un truco mínimo para conseguir una sonrisa.

Miró la mandarina.

No la abrió.

El taxi pasó cerca de la rambla.

No era la misma playa.

O sí.

El mar, desde lejos, era una sola cosa insistiendo con distintos nombres.

Lety no miró enseguida.

Tuvo miedo de que el agua estuviera tranquila.

La tranquilidad de la naturaleza después de una muerte siempre le había parecido una forma de impunidad. Pero cuando al fin giró la cabeza, vio apenas una franja gris entre edificios, un brillo pobre bajo la mañana, una línea que respiraba sin saber nada de Inés.

No se enojó.

O no pudo.

Pensó en la última vez que la había visto dormir.

La habitación blanca. La vía. La pulsera.

La foto de la silla vacía en la mesa de luz.

Inés fingiendo que descansaba para que los demás descansaran un poco.

Juan doblando una campera. Martín esperando en el pasillo sin entrar hasta que alguien le dijera.

Elena, su madre, preguntando por la mujer de las cámaras y diciendo que había gente que llegaba tarde a su propia vida pero igual llegaba.

Inés había llegado.

No a tiempo.

No tarde.

Había llegado.

A la noche. Al deseo. Al miedo. A la playa. Al cuerpo. A la imposibilidad de mirar todo desde afuera.

El taxi se detuvo frente al edificio.

—Son doscientos ochenta —dijo el chofer.

Lety sacó dinero.

Le dio trescientos.

—Quédese con el cambio.

—Gracias.

Antes de bajar, el chofer volvió a mirarla por el espejo.

—Que tenga buen día.

La frase fue tan absurda que Lety quiso reír.

No pudo.

—Usted también —dijo.

Bajó.

El aire de la mañana le golpeó la cara. No era frío. No era cálido. Era aire. La clase de aire que no sabe qué hacer con una persona que acaba de escuchar por radio la muerte de alguien que no debería caber en una noticia.

El taxi se fue.

Lety quedó en la vereda con la mandarina en la mano.

Frente al edificio, la cámara de entrada apuntaba hacia ella.

La vio de inmediato.

El ojo negro sobre la puerta.

Durante un segundo pensó en Inés.

En la primera Inés, la de las pantallas, la del gesto detenido, la de la distancia como método.

Pensó en la Inés de Velaria, con la marca en el cuello.

En la Inés del informe, sentada en el piso.

En la Inés de la cama, diciendo me quedo.

En la Inés de la playa, escribiendo estoy acá mientras la tenía al lado.

La cámara seguía mirando.

Lety levantó la mandarina hacia ella.

No supo por qué.

Quizá fue un saludo.

Quizá una ofrenda absurda.

Quizá una forma de decirle a la cámara que había cosas que no iba a poder registrar nunca.

Después bajó la mano.

Entró al edificio.

La sala de vigilancia olía a café viejo, plástico caliente y sueño acumulado. Había tres monitores encendidos. Una silla giratoria. Un teclado. Un cuaderno de novedades. En una pantalla, el hall principal. En otra, el estacionamiento. En otra, la vereda que acababa de cruzar.

Lety dejó la cartera sobre la mesa.

Se sentó.

No prendió todas las pantallas.

No todavía.

Apoyó la mandarina junto al teclado.

El color naranja quedó escandaloso en medio del gris.

Durante un rato no hizo nada.

Después abrió el cuaderno de novedades.

Tomó la lapicera.

La fecha ya estaba escrita por el turno anterior.

Lety miró la línea en blanco.

Había muchas cosas que podía anotar.

Ingreso normal.

Sin novedades.

Cámara dos con interferencia.

Puerta lateral revisada.

Mujer muerta en playa Honda.

Inés.

No escribió ninguna.

O no al principio.

La lapicera quedó apoyada sobre el papel.

Entonces, muy despacio, escribió:

07:12. La ciudad sigue.

Miró la frase.

No era una novedad.

O era la única.

Cerró el cuaderno.

En la pantalla del hall, una mujer entró con un niño de la mano.

El niño llevaba una mochila azul. Se detuvo frente a la cámara y miró hacia arriba, directo al lente, con una seriedad total.

Lety sostuvo la mirada de esa imagen. Antes habría pensado en el ángulo, en la puerta, en el registro, en la hora.

Ahora pensó en otra cosa.

Pensó que mirar no alcanzaba.

Lo había aprendido demasiado tarde.

O quizá justo a tiempo para no olvidarlo.

La mandarina seguía junto al teclado.

Lety la tomó.

Hundió una uña en la cáscara.

La abrió despacio, tratando de sacarla entera.

No pudo.

La cáscara se rompió en pedazos.

Lety se quedó mirando los fragmentos sobre la mesa.

Después se llevó un gajo a la boca.

Era dulce.

Más dulce de lo que esperaba.

Cerró los ojos.

Y, por primera vez desde que había subido al taxi, lloró.

No mucho.

No como quien se derrumba.

Como quien entiende que algunas personas no se van de golpe, aunque una radio diga lo contrario.

Lloró en silencio, sentada frente a las pantallas, con olor a mandarina en los dedos y una ciudad entera pasando delante sin saber que acababa de quedarse, para siempre, un poco afuera de la cámara.