LA ZONA OSCURA CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

LOS HUECOS

La espera no empezó cuando cerró la llamada.

Eso fue lo primero que Inés entendió.

No empezó con la resonancia. No empezó con la cinta blanca en el brazo.

No empezó con la frase cuarenta y ocho horas ni con el formulario donde su cuerpo había sido reducido a casilleros.

La espera venía de antes. De mucho antes.

Venía de todas las veces en que había dejado algo sin mirar hasta que lo no mirado aprendía a respirar solo en una habitación.

Ahora la habitación era su living.

Y respiraba.

La pared, con sus huecos, parecía más viva que cuando estaba llena.

Antes era archivo. Ahora era herida. Los papeles que Inés había arrancado estaban sobre la mesa baja, amontonados sin método: fotos, notas, horarios, direcciones, capturas granuladas, nombres que ya no sabía si pertenecían a personas o a versiones de ella misma.

La cinta vieja seguía pegada en algunos bordes, oscura de polvo.

En otros lugares había rectángulos blancos, zonas intactas que la luz no había tocado durante meses.

La ausencia también dejaba marca.

Lety seguía sentada frente a ella, en el sillón, con el vaso vacío entre las manos.

No bebía. No hablaba. No hacía nada heroico.

A Inés le molestó un poco esa eficacia. Había personas que acompañaban llenando el aire con frases, preguntas, movimientos innecesarios.

Lety, en cambio, sabía quedarse quieta de un modo que no parecía abandono.

Eso era más difícil de soportar.

—No tenés que quedarte —dijo Inés.

La frase salió sola.

Lety levantó la mirada.

—Ya sé.

—Lo digo de verdad.

—Yo también.

Inés miró la mesa. Había una foto doblada por una esquina.

En ella se veía una plaza de noche, una mujer cruzando bajo una luz mala, un hombre detenido junto a un banco.

En su momento, Inés había creído que esa imagen contenía una clave.

Ahora no sabía si contenía algo o si ella había querido salvarse inventando estructura donde solo había azar.

—Juan quiere venir —dijo.

Lety no reaccionó enseguida.

—Lo vi.

—No lo viste. Lo leíste de costado.

—Tengo talento para invadir sin moverme.

Inés casi sonrió.

—No sé qué decirle.

—Decile la verdad.

—Qué frase tan inútil.

—Sí.

—¿Cuál verdad? ¿Que estoy esperando un informe? ¿Que dormí en tu casa? ¿Que hay una mujer muerta en tu cama aunque nadie la nombre? ¿Que Martín me quiere y me ahoga? ¿Que vos no sabés cuidar como esperan que una cuide y, sin embargo, estás acá? ¿Que no sé qué hacer con mi cuerpo ni con nadie?

Lety sostuvo el golpe.

No se defendió de Paula. No se defendió de Martín. No se defendió de sí misma. Eso, otra vez, la dejó sin lugar donde apoyar la rabia.

—Decile que no es buen momento —dijo.

Inés la miró.

—Eso no es la verdad.

—Es una puerta cerrada con educación. A veces alcanza.

—Juan no empuja puertas.

—Peor.

—¿Peor?

—Las deja abiertas para que una se sienta mala por cerrarlas.

Inés bajó la vista.

El comentario era injusto.

También era exacto.

Juan nunca había sido cruel. Ese era el problema.

La crueldad simplificaba la separación. Juan había sido correcto, paciente, un hombre de horarios, garantías, recibos, pequeñas preocupaciones.

No había roto nada con violencia. No había gritado.

No había convertido la casa en una zona de guerra.

Había hecho algo más difícil de odiar: quedarse bueno mientras todo se apagaba.

Inés tomó el celular.

El mensaje seguía ahí.

Necesito pasar a buscar unos papeles. ¿Estás en casa?

Escribió: Sí, pero no es buen momento.

Borró.

Escribió: Estoy con cosas médicas. Después te aviso.

Borró.

Escribió: Vení en una hora.

Miró la frase.

—¿Por qué hiciste esa cara? —preguntó Lety.

—Le dije que venga.

—Eso no fue una cara. Fue una renuncia.

—Necesito que se lleve sus cosas.

—¿Hoy?

—Hoy.

—¿Porque querés o porque no sabés esperar sin limpiar algo?

Inés dejó el celular sobre la mesa.

—No me psicoanalices con ropa prestada.

—Ya no tenés mi ropa.

—La tengo en una bolsa.

—Eso cuenta menos.

El celular vibró.

Juan respondió casi enseguida.

Voy.

Nada más.

Eso era muy Juan. No preguntaba si estaba bien. No porque no le importara. Porque respetaba hasta volverse distante. Porque quizá ya había aprendido que algunas preguntas, entre ellos, llegaban tarde incluso cuando llegaban a tiempo.

Inés dejó el teléfono boca abajo.

—Viene.

Lety asintió.

—Me voy.

La rapidez de la frase le dolió.

—No te pedí que te fueras.

—No. Pero tal vez es mejor.

—¿Para quién?

Lety no respondió enseguida.

Miró la pared. Los huecos. Los restos sobre la mesa. La cinta blanca en el brazo de Inés. Después la ventana, como si afuera hubiera una respuesta menos dañina.

—Para que no uses mi presencia como arma —dijo.

Inés se quedó quieta.

La frase entró limpia.

No era acusación. Era diagnóstico de otra clase. Más íntimo que el médico, más incómodo que la resonancia.

—No iba a hacer eso.

—No a propósito.

—Qué fácil te queda pensar lo peor de mí.

—No pienso lo peor. Pienso que estás asustada.

Inés quiso contestar.

No pudo.

Lety dejó el vaso sobre la mesa baja y se levantó. La campera estaba en el respaldo de una silla. Al ponérsela, el gesto le devolvió algo de la noche: cuero gastado, pelo suelto, cuerpo preparado para irse antes de que alguien pudiera pedirle que se quedara de una manera demasiado grande.

—¿Vas a volver a Velaria? —preguntó Inés.

No era la pregunta.

Las dos lo supieron.

Lety metió las manos en los bolsillos de la campera.

—Tengo que pasar por ahí más tarde.

—Claro.

La palabra salió horrible.

Lety la miró.

—No hagas eso.

—¿Qué?

—Usar las palabras de Martín para parecer menos herida.

Inés sintió calor en la cara.

—No estoy herida.

—Estás llena de agujeros. Igual que la pared.

Esta vez Inés sí quiso lastimarla.

Lo sintió antes de hablar.

La frase subió, encontró filo y casi salió.

Podría haber dicho Paula. Podría haber dicho cama. Podría haber dicho que Lety no se quedaba porque también tenía miedo de cuidar a alguien vivo después de haber perdido a alguien muerto. Podría haber usado lo poco que sabía como se usa una llave contra una cerradura ajena.

No lo hizo.

Ese fue el primer trabajo real del día.

No hablar.

Lety lo vio.

Y algo en su cara cambió.

—Gracias —dijo.

Inés apartó la vista.

—No dije nada.

—Por eso.

La puerta del edificio sonó abajo.

El timbre no llegó a sonar en el apartamento.

Solo el zumbido viejo del portero eléctrico, una vibración breve en la pared del pasillo.

Juan tenía llaves del edificio todavía. Claro.

Las llaves sobreviven a casi todo. Matrimonios, mudanzas, promesas, cuerpos enfermos.

Una llave puede seguir abriendo mucho después de que el derecho haya terminado.

Inés se puso de pie demasiado rápido.

La habitación se movió apenas.

Lety dio un paso.

Inés levantó la mano.

—Estoy bien.

—No me gusta esa frase.

—A mí tampoco.

Respiró.

La presión cedió.

Alguien tocó la puerta.

No fuerte.

Dos golpes moderados.

Juan.

Inés fue hasta la entrada. Antes de abrir, miró a Lety. Lety no se escondió. Tampoco se acercó. Quedó junto a la ventana, visible, entera, sin desafiar a nadie.

Bien.

Inés abrió.

Juan estaba del otro lado con una carpeta azul bajo el brazo y una bolsa de tela en la mano. Llevaba una campera liviana, el pelo húmedo por la llovizna que había vuelto sin ruido y esa expresión de hombre que había dormido poco sin haber hecho nada memorable con la noche.

—Hola —dijo.

—Hola.

Juan miró primero a Inés.

Después la cinta en su brazo.

Después, recién después, vio a Lety.

No hizo una escena.

Esa fue su forma de herir.

—Perdón —dijo—. No sabía que estabas acompañada.

Acompañada.

La palabra ya había tenido demasiada vida en las últimas horas.

—Pasá —dijo Inés.

Juan entró.

Conocía el apartamento mejor que Lety. Eso se sintió de inmediato.

No necesitó mirar dónde dejar la bolsa. No preguntó por el baño.

No dudó ante el desnivel del piso junto al living.

Su cuerpo recordaba la casa con una confianza que Inés sintió casi obscena.

Lety podía haber tocado su espalda, besarla, dormir cerca. Pero Juan sabía dónde crujía la madera.

Había intimidades que no competían entre sí.

Solo se humillaban un poco.

—Soy Juan —dijo él.

Lety se separó de la ventana.

—Lety.

Se dieron la mano.

Fue un gesto limpio.

Demasiado limpio.

Juan no apretó de más. Lety tampoco. Ambos retiraron la mano al mismo tiempo, como si hubieran firmado un documento que nadie leería.

—Voy a buscar los papeles —dijo Inés.

—No hay apuro —respondió Juan.

Sí lo había.

Inés fue al dormitorio.

No cerró la puerta.

Eso no fue casual.

Buscó en el cajón de la cómoda, después en una caja gris debajo del escritorio. Garantía del calefón. Contrato viejo. Recibos. Certificados. La mitad de la vida adulta parecía estar hecha de papeles que uno guarda para demostrar que alguna vez pagó, compró, arregló, perdió o perteneció a algo.

Desde el dormitorio escuchó voces bajas.

Juan y Lety.

No distinguió las palabras al principio.

Después sí.

—¿Está bien? —preguntó Juan.

La pregunta no iba dirigida a ella.

Inés se quedó inmóvil con una carpeta en la mano.

—Está acá —dijo Lety.

—No pregunté eso.

—Ya sé.

Silencio.

—No me va a decir nada —dijo Juan.

—Tal vez no sabe qué decir.

—A mí, no.

La frase tuvo un dolor seco.

Inés cerró los ojos.

Era una injusticia escuchar. También era inevitable. Durante años había vivido de escuchar a otros sin ser vista. Ahora la vida le devolvía su oficio convertido en castigo doméstico.

—No soy la persona indicada para explicarla —dijo Lety.

—Pero sos la que está acá.

Otro silencio.

Más largo.

—Por ahora —respondió Lety.

Inés abrió los ojos.

Esa frase le dolió más que la pregunta de Juan.

Por ahora.

No era abandono.

Era exactitud.

Encontró los papeles. Salió con la carpeta en la mano.

Los dos se callaron demasiado rápido.

—Acá está —dijo.

Juan tomó la carpeta.

—Gracias.

No la abrió.

No había venido por los papeles.

O sí. Pero nadie venía solo por papeles cuando preguntaba antes de entrar si una estaba en casa.