LA ZONA OSCURA CAPÍTULO 6 #3
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CAPÍTULO 6 #3

No debés. No conviene. No corresponde. No hace falta.

Querés.

—Sí —dijo.

Subieron.

El apartamento de Inés olía a cerrado.

No mucho.

Lo suficiente.

Había una taza limpia en el escurridor, una manta doblada sobre el sillón, dos sobres debajo de la puerta, una planta seca junto a la ventana y una pila de papeles sobre la mesa.

Todo parecía intacto de una forma acusatoria.

La vida que una deja pendiente no se queda esperando con ternura. Se endurece.

Lety entró sin comentar.

Eso Inés se lo agradeció.

—Voy a cambiarme —dijo.

—Te espero acá.

Inés fue al dormitorio.

Abrió el placard.

La ropa del trabajo seguía colgada. Camisas oscuras. Pantalones prácticos. Zapatos cómodos. Uniformes civiles de una mujer que había sabido desaparecer correctamente. Tocó una camisa. La tela le pareció de otra persona.

Eligió un jean, una camiseta blanca, un saco liviano. Ropa simple. Sin noche. Sin personaje.

Cuando volvió al living, Lety estaba frente a una pared.

No era una pared cualquiera.

Inés lo supo antes de verla del todo.

Había fotos impresas. Recortes. Direcciones. Notas. Mapas pequeños. Capturas de cámaras. Fechas. Nombres escritos con birome. Todo ordenado de una manera que para otra persona habría parecido obsesiva. Para Inés era casi doméstica.

Su vieja investigación.

Su viejo modo de mirar.

No la había desarmado.

Solo había dejado de verla.

Lety no tocó nada.

—No sabía que seguía esto acá —dijo.

Inés dejó la ropa doblada sobre una silla.

—Yo tampoco.

—Mentira.

—Bueno. Sí sabía. Pero no lo miraba.

Lety se acercó a una foto.

Una imagen granulada de una plaza.

—Esto es Vigía Sur.

—Era.

—No era solo trabajo.

Inés no respondió.

La pared, con la luz de la mañana, parecía más enferma que de noche. Las obsesiones se defienden mejor en la penumbra. A plena luz, muestran su mecánica: cinta, papel, repetición, necesidad.

Lety se volvió hacia ella.

—¿Querés sacarlo?

Inés miró la pared.

Durante mucho tiempo, esa superficie había sido su forma de no hundirse. Después, su forma de seguir hundida con método. Allí estaba la mujer que miraba. La que clasificaba. La que convertía cuerpos ajenos en escenas para no tocar el suyo.

Ahora venía de una resonancia.

De un túnel donde la habían mirado por dentro.

El círculo era demasiado perfecto.

Y por eso mismo le dio asco.

—No todo —dijo.

Lety no preguntó.

Inés se acercó.

Sacó una nota amarilla.

Después otra.

Una foto.

Un horario.

Una captura borrosa donde una pareja se besaba en una esquina.

El papel se despegó con un sonido seco.

No fue liberador.

La vida casi nunca obedecía a esos gestos baratos.

Pero fue algo.

Una parte pequeña de la pared quedó vacía.

Blanca.

Inés la miró.

La ausencia parecía más difícil de sostener que el archivo.

Lety se acercó, pero no ayudó.

Bien.

Eso tenía que hacerlo Inés.

Quitó otra foto.

Debajo quedó una marca de cinta vieja, gris, pegajosa.

—No sale del todo —dijo.

Lety miró la mancha.

—Casi nada sale del todo.

Inés soltó una risa baja.

—Esa frase es muy tuya.

—La pared me la pidió.

Siguieron en silencio. Inés quitó apenas una docena de cosas. No más. No podía. O no quería. La pared seguía llena, pero ya no era la misma. Había huecos. Respiraciones. Espacios donde antes había prueba.

El celular vibró sobre la mesa.

Martín otra vez.

Esta vez sonó llamada.

El ruido llenó el living.

Lety miró el teléfono.

Después a Inés.

—No tenés que atender.

Inés lo tomó.

Miró la pantalla.

La llamada siguió.

Martín.

La sala de espera. La resonancia. La pared. La cinta en el brazo. La marca borrada. Lety en su apartamento. Todo parecía empujarla hacia una decisión que no quería tomar todavía.

Atendió.

—Hola.

Lety bajó la vista y dio un paso hacia la ventana, como si quisiera no escuchar. Imposible. El apartamento era chico.

—¿Dónde estás? —preguntó Martín.

Inés cerró los ojos.

La primera frase.

Siempre la primera frase.

—En mi casa.

—Te llamé mil veces.

—Tres.

—Fui a Velaria. Me dijeron que te fuiste con Lety. Después no contestaste. Me asusté.

—Estoy bien.

La mentira salió automática.

Lety la miró.

Inés la vio.

Respiró.

—No —corrigió—. Estoy haciendo estudios.

Al otro lado hubo silencio.

—¿Qué estudios?

—No quiero hablarlo por teléfono.

—Voy para ahí.

—No.

La palabra salió antes que el miedo.

Lety se quedó quieta.

—Inés...

—No vengas.

—Pero si estás enferma...

—No sabés si estoy enferma.

—Entonces dejame saber.

La frase casi fue hermosa.

Casi.

Inés miró la pared con huecos.

—No hoy.

—¿Está ella ahí?

Ella.

Lety.

La sombra de la noche.

La explicación fácil.

—Sí —dijo Inés.

No añadió nada.

Martín respiró del otro lado.

—Claro.

Ese claro era una habitación entera.

Inés recordó haberle dicho lo mismo a Lety en el bar. Qué rápido se repetían las formas del daño.

—No conviertas esto en eso —dijo.

—¿En qué?

—En una escena donde lo importante es con quién dormí y no que hoy me metieron en una máquina para mirarme la cabeza.

El silencio cambió.

Ahora sí.

—¿Qué? —dijo Martín.

Inés sintió cansancio.

No quería consolarlo por enterarse.

No quería castigarlo por preguntar.

No quería convertir su miedo en una conferencia.

—Me hice una resonancia. No tengo resultados. Cuando sepa algo, decidiré a quién se lo cuento y cómo.

—Yo te quiero.

La frase cayó inesperada.

Lety miró hacia la ventana.

Inés cerró los ojos.

Qué injusto que el amor pudiera aparecer mal ubicado y seguir siendo amor.

—Lo sé —dijo.

—Entonces dejame estar.

—No sabés estar sin entrar.

Martín no respondió.

—Estoy aprendiendo —dijo al fin.

Inés abrió los ojos.

La frase le dolió porque se parecía demasiado a la de Lety.

Todos estaban aprendiendo algo alrededor de su cuerpo.

Y ella también.

—No hoy —repitió.

—Mañana.

—No sé.

—Avisame si sale algo.

—Sí.

—¿Me lo prometés?

Inés miró la cinta en su brazo.

—No.

Cortó.

No de golpe.

No como castigo.

Cortó porque la conversación había llegado al borde exacto donde seguir era volver a obedecer.

El apartamento quedó en silencio.

Lety no dijo nada.

Eso fue, quizá, lo mejor que podía hacer.

Inés dejó el celular sobre la mesa.

—No me mires como si hubiera sido cruel.

—No te estoy mirando así.

—¿Cómo me estás mirando?

Lety tardó.

—Como alguien que acaba de cerrar una puerta con la mano temblando.

Inés sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

No lloró.

No todavía.

—Me cansa ser justa con todos —dijo.

La frase salió rota.

Ahí sí Lety se acercó.

Despacio.

No la abrazó enseguida.

Esperó.

Inés apoyó la frente en su hombro.

Nada más.

Entonces lloró.

Poco.

Feo.

Sin elegancia.

El cuerpo se le sacudió dos veces, quizá tres. Lety la sostuvo con una mano en la espalda y otra en la nuca, firme, sin frase. Inés agradeció que no dijera tranquila. Nada era tranquilo. Tampoco que dijera va a estar

todo bien. Nadie sabía eso. La abrazó como se abraza cuando una entiende que el abrazo no arregla, pero evita que algo se caiga del todo.

Cuando Inés se separó, le dio vergüenza.

Lety le limpió una lágrima con el pulgar.

—No hagas comentario —dijo Inés.

—No tenía ninguno bueno.

—Mentira.

—Tenía uno pésimo.

—Guardalo.

—Ya lo guardé.

Inés rió con la nariz tapada.

Después miró la pared.

Los huecos blancos.

Las marcas de cinta.

Las fotos que seguían.

—No puedo sacar todo hoy —dijo.

—Nadie te pidió todo.

—Yo sí.

—Entonces decile a esa parte tuya que se calle un rato.

Inés respiró.

La presión en la cabeza volvió leve, como si la emoción hubiera movido algo por dentro. Esta vez se sentó antes de que Lety lo pidiera.

—Agua —dijo Lety.

—Sí.

La palabra salió fácil.

Lety fue a la cocina.

Inés miró su celular. Había un mensaje nuevo de Juan.

Necesito pasar a buscar unos papeles. ¿Estás en casa?

No respondió.

No todavía.

Lety volvió con un vaso.

Inés bebió.

La vida, insistente, seguía reduciéndose a lo básico: agua, silla, respiración, espera.

Cuarenta y ocho horas.

El informe iba a tardar cuarenta y ocho horas.

Dos días no eran nada.

Dos días eran un país entero.

Lety se sentó frente a ella, en el sillón.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó.

Inés miró la pared.

Después la cinta en el brazo.

Después la ventana.

La ciudad de día parecía menos peligrosa que la noche, pero era mentira. La noche mostraba sus puertas. El día escondía las suyas bajo trámites, llamadas y ropa limpia.

—Esperar —dijo.

—Eso no es hacer.

—Para mí sí.

Lety aceptó.

Inés apoyó la cabeza contra el respaldo.

No cerró los ojos.

Miró los huecos en la pared.

Pensó que la resonancia ya estaba hecha.

Que su cabeza, o una versión de su cabeza en cortes grises, existía ahora en algún servidor de la clínica.

Pensó que alguien la leería sin saber nada de Lety, ni de Martín, ni de Velaria, ni de Paula, ni del miedo.

Pensó que dentro de cuarenta y ocho horas una frase podía empezar a cambiarlo todo.

O no.

Esa era la tortura.

Que tal vez no hubiera nada.

Que tal vez hubiera algo.

Que de todos modos, aunque no hubiera nada, ella ya no podía volver exactamente al lugar desde donde había entrado al túnel.

Lety la miraba en silencio.

Inés extendió una mano hacia ella.

No como en la cama.

No como en Velaria.

Como en una sala de espera que todavía no terminaba.

Lety se acercó y la tomó.

El gesto fue simple.

Sin promesa.

Sin nombre.

Aferrada a esa mano, Inés miró la pared incompleta y entendió que el miedo no siempre empezaba cuando una recibía una noticia.

A veces empezaba antes.

Cuando una, por fin, hacía lugar para que la noticia pudiera llegar.