CAPÍTULO 6 #2
—Se acuesta boca arriba —dijo la técnica—. Vamos a colocarle una vía para el contraste. Después le inmovilizamos un poco la cabeza. Es importante que no se mueva. Va a escuchar ruidos fuertes. Le damos auriculares y un pulsador. Si necesita parar, aprieta.
Parar.
La palabra le pareció hermosa.
Falsa, pero hermosa.
Inés se acostó.
La camilla estaba fría.
La bata se abrió un poco en la pierna. La técnica la acomodó con una eficiencia sin morbo. Eso Inés lo agradeció. La intimidad médica, cuando era buena, consistía en tocar como si el cuerpo no fuera una invitación ni una vergüenza, sino una responsabilidad.
La vía dolió apenas.
Un pinchazo.
Cinta.
El brazo quieto.
Después la cabeza.
Le colocaron una estructura alrededor, como una jaula limpia. Inés sintió que el aire se reducía.
—¿Sufre claustrofobia?
—No.
Mentira.
No lo sabía.
Hasta ese momento, no lo sabía.
Le dieron el pulsador en la mano derecha.
—Cualquier cosa, aprieta.
Cualquier cosa.
Qué frase pobre.
La camilla empezó a moverse.
El túnel la recibió despacio.
Primero la cabeza. Después los hombros. Después el pecho.
El techo blanco quedó demasiado cerca de sus ojos.
Inés los cerró. Los abrió. Los cerró otra vez.
La máquina empezó con un golpe seco, metálico, repetido.
No era ruido. Era una construcción. Un martillo invisible trabajando alrededor de su cráneo.
Tac tac tac tac.
Después otro sonido.
Más grave.
Más largo.
Como si una puerta enorme se abriera y cerrara dentro de una fábrica.
Inés pensó en Vigía Sur.
No supo por qué.
Quizá por las máquinas. Por las pantallas.
Por las habitaciones donde alguien mira desde otro lado mientras una persona cree estar sola.
Detrás del vidrio, la técnica la veía. En algún monitor, su cabeza aparecía cortada en capas.
Secciones. Imágenes. Pruebas. Una intimidad imposible: que alguien pudiera mirar dentro sin conocerla.
Durante años ella había mirado cuerpos desde afuera.
Ahora una máquina la miraba por dentro.
La justicia, pensó, tenía un gusto pésimo para las metáforas.
No debía moverse.
Eso le dijeron.
No moverse.
Como si el miedo obedeciera órdenes.
Pensó en Lety en la sala de espera. Sentada, quizás con las piernas cruzadas, quizás mirando el celular sin leer nada, quizás odiándose por no poder entrar.
Pensó en Martín, en sus mensajes. Pensó en Juan, que no sabía nada.
Pensó en la playa, en el golpe violeta en la cadera, en el médico diciendo no adelantarse.
Pensó en Paula, aunque no quería. Paula en una playa gris.
Paula en una cocina. Paula antes de las palabras menos limpias.
El ruido aumentó.
Inés apretó el pulsador sin querer.
No del todo.
Solo lo sintió en la palma.
Podía parar.
Podía salir.
Podía decir que no aguantaba.
Podía volver otro día.
Podía convertir todo en un aplazamiento más, prolijo, razonable, comprensible.
No apretó.
Respiró.
Uno.
Dos.
Tres.
El aire olía a plástico y metal.
El túnel no tenía deseo. No tenía noche.
No tenía Lety. No tenía mirada humana. Y aun así, Inés se sintió más expuesta que en Velaria, más expuesta que en el patio, más expuesta que en la cama.
Porque allí no podía seducir, ni pensar, ni ironizar, ni mirar primero.
Allí solo podía quedarse quieta mientras algo la atravesaba sin tocarla.
La voz de la técnica sonó por un parlante.
—Viene la parte con contraste. Puede sentir calor o gusto metálico.
El líquido entró por la vía.
Primero frío.
Después una sensación rara, como si el cuerpo recordara de pronto que tenía venas en lugares que nunca usaba para pensar. Le subió un gusto metálico a la boca. Una oleada de calor bajo el vientre, breve, falsa, casi obscena por lo inoportuna.
Inés abrió los ojos.
El techo blanco estaba ahí.
Demasiado cerca.
Pensó en la mano de Lety en su espalda.
Pensó en la frase de Lety: de a una cosa por vez.
Eso hizo.
Un ruido.
Una respiración.
Un segundo.
Otro ruido.
Otra respiración.
Otro segundo.
No pensó en diagnóstico.
No pensó en muerte.
No pensó en literatura.
O intentó.
Pensó en terminar.
A veces la épica de una vida se reducía a eso: no apretar un botón durante veinte minutos.
Cuando la camilla salió, Inés tardó en entender que había terminado.
La técnica le retiró la estructura de la cabeza.
—Muy bien —dijo.
Muy bien.
Como a una niña.
Como a una paciente.
Como a un cuerpo que había logrado no arruinar la imagen.
Inés quiso odiar la frase.
No pudo.
La necesitaba un poco.
Se sentó despacio.
La sala giró apenas, pero no tanto. La técnica le quitó la vía, presionó con algodón, puso una cinta.
—Los resultados van a estar en cuarenta y ocho horas. El informe lo ve su médico. Si aparece algo urgente, la clínica se comunica antes.
Si aparece algo urgente.
Inés asintió.
—¿Puedo irme?
—Sí. Tome bastante agua hoy.
Agua.
Otra vez la vida reducida a instrucciones simples.
En el vestuario, se vistió más lento de lo necesario. No quería salir enseguida. Afuera estaba Lety. Afuera estaba la pregunta inevitable. ¿Cómo te fue? ¿Qué sentiste? ¿Te mareaste? ¿Estás bien? Afuera estaba el mundo donde las cosas tenían que ser contadas para existir.
Se miró al espejo.
No había cambiado.
Eso era lo más ofensivo.
Una podía entrar a un túnel donde una máquina buscaba secretos dentro de su cabeza y salir con la misma cara, la misma boca, el mismo cansancio. Ninguna señal visible. Ninguna marca. Ni siquiera el lápiz labial de otra persona.
Solo una cinta blanca en el brazo.
La tocó.
Esa era la nueva marca.
Salió.
Lety estaba de pie.
No en la silla.
De pie.
Como si hubiera pasado la última media hora intentando no moverse y hubiera fracasado.
Cuando vio a Inés, su cara cambió poco. Pero cambió.
—Terminó —dijo Inés.
—Ya veo.
—No morí en la máquina.
—Muy considerado de tu parte.
La voz de Lety tembló apenas en la última palabra.
Inés lo oyó.
No hizo comentario.
Caminaron hacia la salida. En recepción le entregaron un comprobante, una clave para descargar imágenes y una indicación de retirar el informe. Papeles. Más papeles. La enfermedad, antes de ser enfermedad, era administración.
Afuera la avenida seguía demasiado clara.
Había dejado de llover. El sol aparecía entre nubes bajas, haciendo brillar los charcos.
Los autos pasaban con una indiferencia casi saludable.
En la esquina, un hombre vendía medias bajo un paraguas cerrado.
Dos estudiantes cruzaban riéndose. Una mujer hablaba por teléfono con una bolsa de farmacia en la mano.
Todo seguía.
Inés se detuvo junto a la puerta.
Lety esperó.
—¿Querés comer algo? —preguntó.
—No tengo hambre.
—Eso no fue lo que pregunté.
Inés la miró.
—Sos insoportable.
—Sí.
—Hay un bar ahí.
—Tiene medialunas tristes.
—Perfecto. Combina.
Entraron.
El bar de la esquina era lo contrario de Velaria.
Mesas claras, servilletas de papel, café quemado, una televisión sin sonido con noticias de tránsito, empleados de oficina, una madre con un niño, un jubilado leyendo el diario.
Nadie parecía estar huyendo de sí mismo.
O todos lo hacían con métodos más diurnos.
Se sentaron junto a la ventana.
Lety pidió café y tostadas. Inés pidió agua y una medialuna que no quería. Después, cuando llegó, comió la mitad.
—No estuvo tan triste —dijo.
—La medialuna o la resonancia.
—La medialuna.
—La resonancia sí.
Inés miró por la ventana.
—No fue triste.
—¿Qué fue?
—Humillante.
Lety no respondió enseguida.
—¿Por la bata?
—Por necesitar que me dijeran que me quedara quieta. Por tener que entregar mi cabeza a una máquina. Por salir y no saber nada igual. Por tener miedo de que llamen antes de cuarenta y ocho horas y miedo de que no llamen.
Lety apoyó los codos en la mesa.
—Eso no es humillación. Es estar viva sin control.
—Suena peor.
—Lo es.
Inés bebió agua.
Tenía sed de verdad.
El celular vibró.
Esta vez no era Martín.
Juan.
El nombre apareció en la pantalla como una casa anterior.
Inés lo miró sin tocarlo.
Lety también vio.
—Tu exmarido —dijo.
—Mi marido administrativo.
—¿Eso qué significa?
—Que ya no vive conmigo, pero todavía aparece cuando hay recibos, llaves, cajas, garantías o enfermedades que no conoce.
—¿Va a saber?
Inés miró el teléfono hasta que dejó de vibrar.
—No sé.
—¿Querés que sepa?
—No quiero que nadie sepa.
—Eso no responde.
—Responde bastante.
Lety aceptó el límite.
Por un momento comieron en silencio. La medialuna dejó migas sobre el plato. Lety revolvió un café que no necesitaba revolver. La televisión mostró una imagen de la rambla, gris y limpia después de la lluvia.
La playa apareció en la pantalla un segundo.
Inés sintió algo en el estómago.
No náusea.
Memoria.
—Quiero ir al apartamento —dijo.
Lety levantó la vista.
—¿Al tuyo?
—Sí.
—¿Ahora?
—Tengo que buscar ropa. Y dejar de vivir como si hubiera sido secuestrada por tu remera.
—Mi remera te queda mejor que tu vida.
Inés sonrió.
—No te pongas poética antes del mediodía.
—Es una enfermedad.
La palabra quedó un segundo incómoda.
Las dos la oyeron.
Ninguna la corrigió.
Pagaron.
Esta vez Inés pagó. Lety no discutió. Eso también fue un avance, aunque pequeño. A veces dejar pagar era una forma de reconocer que la otra seguía teniendo mundo propio.
Tomaron un taxi.
Inés dio su dirección.
Durante el viaje, el celular vibró dos veces más.
Una de Martín. Otra de Juan. No abrió ninguna.
Lety miraba por la ventana. No preguntó.
La ciudad pasaba con una luz lavada: farmacias, paradas, edificios, una peluquería abierta, un local de ropa con maniquíes sin cabeza, un hombre barriendo agua de la vereda hacia la calle.
Al llegar, Inés se quedó unos segundos mirando la fachada de su edificio.
Volver a casa después de una noche ajena era una forma rara de adulterio, aunque no hubiera nadie a quien traicionar. Las ventanas eran las mismas. El portero eléctrico, el mismo. La humedad junto al zócalo, la misma. Pero ella no entraba igual.
—No tenés que subir —dijo.
Lety no la miró.
—¿Querés que suba?
Inés pensó.
Esa pregunta iba a cansarla durante mucho tiempo.
Querés.