LA ZONA OSCURA CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

EL TÚNEL

La clínica quedaba en una avenida demasiado clara.

Eso fue lo primero que Inés odió.

No el turno. No el ayuno. No la palabra resonancia escrita en el mensaje de confirmación. No el ruido de los autos ni la mujer de recepción que hablaba bajo, como si todos los enfermos fueran también personas dormidas.

Odió la claridad.

Las clínicas de mañana tenían una forma particular de violencia.

Todo estaba limpio. Todo estaba iluminado.

Todo parecía decir que el cuerpo era una máquina seria y que ella había llegado tarde a revisar una pieza.

El piso brillaba. Las sillas estaban alineadas.

Una pantalla anunciaba turnos con una campanita mínima.

En una mesa baja había revistas viejas, folletos sobre prevención y una planta que no tenía derecho a estar tan sana.

Inés se sentó con la cartera sobre las piernas.

Lety quedó de pie unos segundos, mirando alrededor.

No había dormido mucho. Ninguna de las dos.

La noche anterior se había partido en intervalos: sueño breve, agua, la mano de Lety buscando su muñeca en la oscuridad, el ruido de una moto, la presión en la cabeza, el teléfono vibrando temprano, la llamada al laboratorio, la llamada a la clínica, la voz de una administrativa diciendo que justo se había liberado un lugar a las once y veinte.

Justo.

La palabra más cruel del azar.

—Sentate —dijo Inés.

—Estoy bien.

—Parecés guardaespaldas.

—Peor. Parezco acompañante.

Inés sonrió apenas.

Lety se sentó a su lado.

No se tocaron.

Eso también era una forma de cuidado. En Velaria, el cuerpo de Lety había sido una puerta. En la casa, una presencia. Allí, en la clínica, tenía que ser otra cosa: una mujer que estaba cerca sin convertir la cercanía en escena. Inés le agradeció en silencio que lo entendiera.

No quería que la tomaran de la mano delante de desconocidos.

Tampoco quería que Lety se fuera.

Entre esas dos verdades había un pasillo estrecho, y las dos caminaban por ahí desde que habían salido del apartamento.

—¿Trajiste la orden? —preguntó Lety.

Inés la miró.

—Sí.

—No era control. Era ansiedad.

—En tu boca a veces suenan parecido.

—Estoy aprendiendo.

La frase le salió sin ironía.

Inés bajó la mirada hacia la cartera. Adentro estaban la orden, la cédula, una botella de agua, un paquete de pañuelos, las llaves de su apartamento y el celular.

También estaba la remera de Lety, doblada dentro de una bolsa, porque se había puesto otra vez su blusa negra antes de salir.

Había algo absurdo en llevar ropa ajena junto a papeles médicos.

Como si la noche anterior hubiera dejado una prueba más íntima que la marca del cuello.

El celular vibró.

Martín.

No lo abrió.

Lety vio la pantalla sin inclinarse.

—Podés contestar.

—Ya sé.

—No te lo dije como permiso.

—Peor.

—¿Peor?

—Me lo dijiste como persona madura.

Lety soltó una risa baja.

El celular volvió a quedar quieto.

Inés no lo apagó. No quería dramatizar. Tampoco quería atender. Esa era otra forma de libertad, pensó: no convertir cada silencio en manifiesto.

Una mujer salió de un consultorio con una carpeta contra el pecho.

Tendría sesenta años, quizá menos. Iba acompañada por un hombre que le hablaba demasiado.

La mujer asentía sin escucharlo. Inés reconoció esa cara.

No porque la hubiera visto antes, sino porque algunos rostros aparecen en todas las salas de espera: la cara de quien acaba de recibir información y todavía no sabe dónde guardarla.

Inés apartó la vista.

—No empieces —dijo Lety.

—No hice nada.

—Estabas mirando como si pudieras adelantar el resultado de otra persona.

—Me estás vigilando.

—Estoy acompañando mal.

—No tan mal.

Lety se quedó callada.

La pantalla llamó a un hombre con apellido doble.

Después a una adolescente con el pelo mojado.

Después a nadie durante un rato. El tiempo en las clínicas no pasaba igual que afuera.

Afuera los minutos empujaban hacia algo.

Adentro se quedaban suspendidos, enganchados en los números de turno, en las toses, en las carpetas, en los zapatos moviéndose bajo las sillas.

Inés sintió la presión detrás del ojo derecho.

Pequeña.

Manejable.

No dijo nada.

Después recordó la noche anterior.

Pensó en decirlo.

Ese seguía siendo el cambio.

—Volvió un poco —dijo.

Lety no se movió de golpe. No exageró. No preguntó con cara de catástrofe. Solo giró hacia ella.

—¿Dolor o presión?

—Presión.

—¿Visión?

—Normal.

—¿Náuseas?

—No.

—Bien.

—No digas bien como si tuvieras matrícula.

—Bien como persona que no sabe qué hacer y elige no gritar.

Inés respiró hondo.

Eso sí le sirvió.

La recepcionista dijo su nombre.

—Inés Rivas.

Durante un segundo no se levantó.

El nombre, dicho por una desconocida en una sala blanca, parecía menos suyo.

Más administrativo. Una etiqueta para una carpeta.

Una mujer que había vuelto a la ciudad, besado a Lety, discutido con Martín y dormido del lado muerto de otra persona se reducía, de pronto, a un nombre completo ante una ventanilla.

Lety no la apuró.

Inés se levantó.

Fue a recepción.

Entregó la orden.

La mujer la revisó con ojos rápidos.

—Resonancia de cráneo con contraste —dijo.

La frase se escuchó demasiado fuerte.

O Inés la escuchó así.

—Sí.

—¿Tiene alergias medicamentosas?

—No que sepa.

—¿Marcapasos, prótesis metálicas, implantes, clips, cirugía reciente?

—No.

—¿Está embarazada?

Inés casi rió.

No por gracia.

Por la distancia absurda entre esa pregunta y su vida.

—No.

La mujer le entregó un formulario.

—Complete esto. Cuando la llamen, pasa sola. Puede dejar sus pertenencias en el vestuario. El acompañante espera acá.

El acompañante.

Inés volvió a las sillas con el formulario en la mano.

Lety leyó su cara.

—Paso sola —dijo Inés.

—Sí.

—No hagas esa cara.

—¿Cuál?

—La de entender demasiado.

Lety tomó el formulario de sus manos.

—Te ayudo con esto.

—Sé escribir.

—No lo dudo. Pero tenés letra de persona que firma renuncias internas.

Inés quiso enojarse, pero sonrió.

Completaron el formulario juntas, sin que pareciera juntas.

Nombre. Edad. Documento. Teléfono. Antecedentes.

Medicación. Alergias. Cirugías. Una vida entera reducida a casilleros donde no cabía nada importante.

No había una línea para decir: volví distinta de la playa.

No había una línea para decir: anoche besé a una mujer y por un momento tuve menos miedo.

No había una línea para decir: llevo años mirando para no entrar.

En observaciones, Inés dejó el espacio en blanco.

Lety lo vio.

No dijo nada.

—¿Querés que me quede? —preguntó después.

Inés levantó la vista.

—Ya estás acá.

—No pregunté eso.

Era verdad.

La pregunta era otra.

Querés que me quede si esto se vuelve feo. Querés que me quede si salís distinta. Querés que me quede cuando llamen a tu nombre y no pueda entrar. Querés que me quede sin prometerte que voy a saber hacerlo.

Inés miró hacia la puerta del sector de estudios.

—Sí —dijo.

Lety asintió.

Nada más.

El celular vibró otra vez.

Martín.

Después un mensaje.

¿Fuiste al médico?

Inés leyó la frase sin abrir el chat. El teléfono mostraba suficiente.

La pregunta parecía cuidado. También parecía ubicación.

También parecía culpa. Todo a la vez. Martín era peligroso por eso: no porque fuera monstruoso, sino porque mezclaba sentimientos verdaderos con derechos que nadie le había dado.

Inés bloqueó la pantalla.

—No le vas a decir —dijo Lety.

—No ahora.

—Está bien.

—¿De verdad?

—No. Pero no soy yo quien decide.

Inés la miró.

—Vas mejorando.

—Me cuesta un horror.

La llamaron quince minutos después.

Una técnica joven apareció en la puerta con una lista.

—Inés Rivas.

Esta vez se levantó enseguida.

Lety también, por reflejo.

La técnica miró a ambas.

—Solo la paciente.

La palabra paciente le cayó peor que acompañante.

Inés asintió.

Sintió ganas de tocar a Lety. Una mano. El brazo. Cualquier cosa. No lo hizo. No por vergüenza. Porque sabía que, si la tocaba ahí, delante de la técnica, podía convertir ese gesto en un pedido demasiado grande.

Lety entendió de todos modos.

—Estoy acá —dijo.

Fue una frase simple.

Por eso funcionó.

Inés entró.

El pasillo olía a desinfectante y plástico. La técnica caminaba adelante con una carpeta en la mano. Inés la siguió hasta un vestuario pequeño. Había una banqueta, un perchero, una bata doblada y un casillero con llave.

—Tiene que quitarse todo lo metálico. Aros, anillos, hebillas, reloj. El corpiño si tiene broche. Puede dejar la ropa en el casillero. La bata se ata atrás.

Inés escuchó las instrucciones como si fueran parte de un ritual antiguo. Despojarse. Guardar. Cerrar. Entrar. No moverse.

Cuando la técnica se fue, quedó sola.

Se quitó los aros.

El reloj.

Las botas.

La blusa.

El pantalón.

El corpiño.

Cada prenda sobre la banqueta parecía quitarle una versión.

La mujer que había llegado antes al bar.

La que había seguido a Lety a Velaria. La que había besado en un patio horrible.

La que había discutido con Martín. La que había dormido en una cama ajena.

La que había limpiado una marca del cuello.

Al final quedó en ropa interior y medias.

Después ni eso.

Se puso la bata.

La tela era áspera, insuficiente, abierta atrás. Pensó que ninguna institución sabía vestir sin humillar un poco. La salud empezaba casi siempre por la pérdida de elegancia.

Miró su cuello en el espejo pequeño.

La marca ya no estaba.

Pero la piel, si una sabía mirar, guardaba memoria.

La técnica volvió.

—¿Lista?

Inés pensó en decir no.

No como broma.

No estaba lista.

Nadie lo estaba.

—Sí —dijo.

La llevaron a la sala.

La máquina ocupaba el centro como un animal blanco, caro y sin rostro.

Un túnel. Una camilla estrecha. Una luz fría.

Un panel de vidrio detrás del cual dos personas hablaban bajo.

Inés había visto imágenes de resonancias.

Sabía cómo era. Eso no ayudó. Hay cosas que una puede conocer de lejos durante años y que igual se vuelven nuevas cuando le piden acostarse adentro.