CAPÍTULO 5 #3
Eso era lo que hacían las ciudades.
Negaban para poder funcionar.
El taxi dobló cerca de su edificio.
Inés pagó.
Subió a su apartamento con la bolsa en una mano y la cartera en la otra.
Al abrir la puerta, el olor a encierro la recibió como un animal fiel.
Todo estaba igual. La taza en el escurridor.
La silla junto a la ventana. Las facturas bajo la puerta.
Una campera colgada donde no debía. Un par de zapatos oscuros, prácticos, viejos.
Su casa no preguntó dónde había estado.
Eso la entristeció.
Dejó la cartera sobre la mesa.
Sacó la servilleta con los horarios y la pegó en la heladera con un imán viejo del sanatorio. Quedó torcida.
Mañana laboratorio. Viernes resonancia. Martes neurología.
El futuro, en letra fea, contra una heladera blanca.
Entonces el teléfono volvió a vibrar.
Martín otra vez.
Inés miró la pantalla hasta que dejó de sonar.
Después escribió un mensaje.
Estoy en casa. Tengo estudios coordinados. No puedo hablar ahora.
No puso gracias.
No puso perdón.
No puso después te llamo.
Envió.
A Juan le escribió otra cosa:
El jueves paso yo. No mandes mis cosas con nadie.
Envió.
El teléfono quedó quieto.
Por último abrió el chat de Lety.
Llegué.
Tardó un segundo en agregar algo.
Llamé.
Envió.
La respuesta llegó casi enseguida.
Bien.
Después otra.
Comé algo decente.
Inés sonrió.
Escribió:
Sos insoportable.
Lety respondió:
Sí. Mañana ayuno, así que hoy aprovechá.
Inés dejó el celular sobre la mesa.
La risa le duró poco.
El apartamento quedó en silencio.
Ahí, sin Lety, sin Velaria, sin Martín, sin Mara, sin taxi, sin café ajeno, la palabra resonancia ocupó todo el espacio.
Resonancia de cráneo con contraste. Laboratorio.
Neurología. La lista de alarma. La mujer de la foto.
Paula. La playa gris. Su propia playa. Su propio mareo. La frase no todo es ansiedad.
Se apoyó contra la mesada.
Por primera vez desde la guardia, lloró.
No mucho.
No bien.
Lloró de una manera torpe, casi seca, con una mano en la boca para no hacer ruido aunque no hubiera nadie.
No lloró por diagnóstico, porque todavía no tenía ninguno.
No lloró por muerte, porque la muerte todavía era una palabra demasiado grande y demasiado literaria para esa cocina. Lloró por la posibilidad.
Por la humillación de tener miedo. Por la rabia de haber deseado justo cuando el cuerpo empezaba a reclamarle cuentas. Por haber dormido en la cama de Lety y no saber si eso era comienzo o despedida anticipada.
Lloró hasta que el llanto se cortó solo.
Después se lavó la cara.
Otra vez.
Abrió la heladera. Había poco: yogur, queso, una manzana arrugada, medio limón, una bandeja con restos de arroz. Eligió el yogur porque no requería cocinar ni decidir. Lo comió de pie, con una cucharita pequeña.
El teléfono vibró.
Pensó que sería Lety.
No.
Era Martín.
Gracias por avisar. No voy a insistir. Pero no desaparezcas.
Inés miró el mensaje.
No te vayas.
Quedate.
No desaparezcas.
Tres frases parecidas, de bocas distintas, con pesos distintos.
No respondió.
La pantalla volvió a apagarse.
Fue al dormitorio. Abrió el placard. Las camisas oscuras seguían ahí, ordenadas, obedientes. El uniforme civil de una mujer que había aprendido a no llamar la atención mientras miraba demasiado.
Metió la mano al fondo y sacó una caja de zapatos.
Dentro había cosas que no había querido ordenar desde la vuelta: recibos viejos, una credencial vencida, una copia de una llave, fotos impresas, papeles del trabajo, un sobre con documentos de Juan que debía devolver, una libreta pequeña.
La libreta era negra.
No recordaba haberla guardado ahí.
La abrió.
Las primeras páginas estaban en blanco.
En la cuarta había una frase escrita por ella, meses antes, quizá más.
“Mirar no alcanza si el cuerpo se queda afuera.”
Inés leyó la frase dos veces.
Le pareció pretenciosa.
Le pareció cierta.
Le pareció escrita por una mujer que todavía no sabía lo caro que podía salir entrar.
Arrancó la página.
No por rechazo.
Por necesidad de que esa frase dejara de estar escondida.
La llevó a la cocina y la pegó junto a la servilleta de los estudios.
A la izquierda, su frase.
A la derecha, las fechas médicas.
Deseo y trámite.
Cuerpo y calendario.
La vida, en su versión menos elegante.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez sí era Lety.
¿Seguís ahí?
Inés miró la pregunta.
No decía dónde.
No decía en casa.
No decía viva.
No decía conmigo.
Pero decía todo eso.
Escribió:
Sí.
Después, antes de arrepentirse, agregó:
No desaparecí.
La respuesta tardó más.
Cuando llegó, era breve.
Bien. Hacelo de nuevo mañana.
Inés dejó el celular boca abajo.
Miró la heladera.
La frase arrancada.
Los horarios.
La letra torcida.
Después miró la ventana.
La lluvia había parado. En el vidrio quedaban gotas detenidas, pequeñas, tercas, aferradas a una superficie que no podía absorberlas.
Inés apoyó la frente contra el marco frío.
La cabeza seguía pesada.
La ciudad seguía abajo.
El día recién empezaba.
Y por primera vez, esa no fue una buena noticia ni una mala.
Fue solamente una tarea.