CAPÍTULO 5 #2
Una melodía limpia, demasiado optimista, que convirtió la cocina de Lety en una sala de trámite. Inés miró la ventana. En el edificio de enfrente, una mujer abría una persiana. Un hombre regaba una planta con una botella cortada. La vida de los otros seguía con una obscenidad tranquila.
—Centro de coordinación, buenos días.
Inés tragó saliva.
—Buenos días. Llamo para coordinar estudios indicados en guardia.
Su voz sonó correcta.
Eso la enfureció un poco.
Incluso con miedo, sabía sonar correcta.
La mujer del teléfono pidió nombre, cédula, fecha de nacimiento. Inés respondió. Veinticuatro de diciembre de mil novecientos ochenta y siete. Siempre le había parecido una fecha demasiado decorada para alguien que desconfiaba de los festejos.
La mujer tecleó.
—Sí, acá tengo la indicación. Laboratorio completo, resonancia de cráneo con contraste y consulta con neurología.
Lety no se movió.
Inés tampoco.
Cráneo.
Con contraste.
La palabra cráneo no era peor que cabeza, pero lo parecía. Cabeza era dolor, cansancio, pelo, ideas, besos, vergüenza. Cráneo era estructura. Hueso. Máquina. Imagen. Algo que podía abrirse sin abrirse.
—¿Para cuándo? —preguntó Inés.
La mujer volvió a teclear.
—Laboratorio puede ser mañana a primera hora. Resonancia tengo disponibilidad el viernes a las diecinueve cuarenta. Neurología, con prioridad, el martes siguiente a las ocho quince.
Las fechas cayeron una detrás de otra.
Mañana.
Viernes.
Martes.
El futuro se organizó sin pedirle permiso.
—¿No hay antes? —preguntó Lety.
Inés la miró.
La mujer del teléfono oyó la voz ajena.
—¿Perdón?
Inés sostuvo el celular con más fuerza.
—Quería saber si no hay hora antes para la resonancia.
—Por coordinación común, no. Si el médico tratante cambia a urgente, puede ingresar por otra vía. También puede consultar nuevamente en emergencia si hay pérdida de fuerza, alteraciones visuales persistentes, vómitos, confusión o dolor intenso de aparición brusca.
La lista entró en la cocina como una visita indeseada.
Pérdida de fuerza.
Alteraciones visuales.
Vómitos.
Confusión.
Dolor intenso.
Inés pensó en la luz partida sobre la barra. En la calle inclinándose. En la presión detrás del ojo. Todo parecía menor hasta que alguien le daba un formulario donde ubicarse.
—Está bien —dijo.
La mujer confirmó horarios, ayuno para laboratorio, documentación, recomendaciones. Inés anotó en una servilleta porque no encontró papel. Su letra salió fea.
Cuando cortó, la cocina quedó más silenciosa.
Lety no dijo “bien”.
No dijo “viste que no era tan difícil”.
No dijo “ahora me quedo tranquila”.
Por eso Inés no la odió.
—Mañana laboratorio —dijo Inés.
—Viernes resonancia.
—Martes neurología.
—Sí.
Repitieron las fechas como si al decirlas pudieran volverlas menos reales.
No funcionó.
Inés dobló la servilleta y la dejó junto al teléfono.
—Tengo que ir a casa.
Lety asintió.
—Te acompaño.
—No.
—No era pregunta.
Inés la miró.
—No hagas eso.
Lety sostuvo la mirada.
—Tenés razón.
La corrección fue inmediata.
Inés valoró eso más de lo que quería.
—Quiero ir sola —dijo.
—¿De verdad?
Inés pensó en su apartamento. La taza limpia en el escurridor.
Las camisas oscuras. El placard. Las facturas bajo la puerta.
El olor a encierro. Pensó en entrar con la ropa de la noche anterior y una servilleta con horarios médicos.
Pensó en llamar a Juan o no llamarlo. En responderle a Martín.
En bañarse hasta borrar el olor de Velaria y luego lamentarlo.
—Sí —dijo.
—Está bien.
Lety se levantó.
Parecía difícil para ella quedarse quieta ante una decisión ajena que no controlaba. Inés lo vio. También vio que lo intentaba. Había cuidados que no consistían en acompañar, sino en aceptar la puerta cerrada.
—Pero comé antes de irte —dijo Lety.
—Eso sí era orden.
—Eso era sentido común vestido de orden.
Inés terminó la banana por pura provocación.
Después se duchó rápido. Lety le prestó una toalla azul y una bolsa para guardar la blusa.
El agua caliente le cayó sobre la nuca y durante unos minutos no pensó.
O pensó sin palabras. La noche se fue desprendiendo de la piel en capas: humo, lluvia, alcohol, boca, miedo.
Quedó su cuerpo. El mismo de siempre. No más limpio. Más evidente.
Al salir, encontró ropa sobre la cama: una camiseta blanca de Lety y un buzo oscuro.
Inés se quedó mirándolos.
—No voy a salir vestida de vos —dijo desde el cuarto.
—No salgas entonces —respondió Lety desde la cocina.
Inés sonrió.
Se vistió con su pantalón, la camiseta de Lety y el buzo. La ropa le quedaba distinta. No mejor. Distinta. Se miró en el espejo del dormitorio. Parecía una mujer que había dormido fuera de casa y no quería que el mundo lo notara, lo cual era inútil porque todo en ella lo decía.
Cuando volvió a la cocina, Lety la observó.
—Te queda bien.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque parece escena.
Lety se acercó.
No demasiado.
—No todo lo que pasa merece sospecha literaria.
Inés bajó la mirada.
—Estoy aprendiendo.
—Mal, pero sí.
Estuvieron a punto de besarse.
No lo hicieron.
Esa abstención tuvo más tensión que muchos besos.
Inés tomó la cartera, la servilleta con los horarios, la bolsa con la ropa usada. Lety buscó sus llaves para acompañarla hasta la puerta del edificio, no más. Ese límite no tuvieron que discutirlo.
Bajaron los dos pisos en silencio.
La escalera de día era menos dramática. La grieta del descanso parecía solamente una grieta. Inés la miró igual. Lety también.
—Sigue vieja —dijo Lety.
—Por ahora.
—Todo se cae por ahora.
—Qué optimista.
—Realista con buena iluminación.
En el hall, el espejo manchado les devolvió una imagen incómoda: dos mujeres paradas demasiado cerca, una con ropa prestada, la otra con el pelo húmedo y los ojos todavía de madrugada. Inés miró su propio cuello.
Nada.
La marca no estaba.
Lety siguió su mirada.
—La limpiaste.
—Sí.
—Bien.
Inés se volvió hacia ella.
—¿Bien?
—Sí.
—Pensé que tal vez...
—¿Qué?
—Nada.
Lety entendió de todos modos.
—No necesito que lleves una marca mía para creer que pasó.
Inés sintió la frase en el cuerpo.
No como calor.
Como algo más peligroso: alivio.
—No la limpié porque me arrepintiera.
—Ya sé.
—La limpié porque era mía para borrar.
Lety asintió.
—También sé eso.
La puerta del edificio abrió hacia una mañana húmeda. La calle tenía otra cara. Autos, gente con bolsas, un hombre barriendo la vereda, una mujer arrastrando a un niño con túnica, un perro mojado sacudiéndose junto a un contenedor. La ciudad de día no parecía menos cruel. Solo se maquillaba peor.
Inés dio un paso hacia afuera.
Lety no la siguió.
—Mandame cuando llegues —dijo.
Inés la miró.
La frase podía sonar a control.
No sonó.
O tal vez ella ya no tenía ganas de defenderse de todo.
—Te mando.
—Y si te vuelve fuerte...
—Te aviso.
—No. Vas a emergencia.
Inés sonrió apenas.
—Y te aviso.
Lety aceptó la corrección.
—Eso.
Inés bajó el escalón.
Después se detuvo.
No quería besarla en la puerta, de mañana, con un hombre barriendo a tres metros y una niña mirando desde una mochila escolar. No quería convertirlo en declaración. Tampoco quería irse como si la noche no hubiera dejado nada.
Volvió un paso.
Le tocó la mano.
Solo la mano.
Lety cerró los dedos alrededor de los suyos un segundo.
Después la soltó.
Fue suficiente.
Inés caminó hacia la avenida.
No miró atrás hasta la esquina.
Cuando lo hizo, Lety seguía en la puerta del edificio, con los brazos cruzados, el pelo húmedo, la cara seria. No levantó la mano. No hizo gesto. Solo estaba.
Inés pensó que algunas presencias no necesitaban perseguir para pesar.
Tomó un taxi.
No porque no pudiera caminar.
Porque por una vez decidió no convertir el cansancio en prueba de carácter.
Durante el viaje, el teléfono vibró.
Martín.
No atendió.
Vibró otra vez.
Juan.
Tampoco.
Miró por la ventana. Sandoval pasaba mojada, gris, laboral.
Panaderías abiertas. Paradas de ómnibus.
Personas con paraguas cerrados por orgullo o costumbre.
Un hombre pegando afiches sobre una pared donde otros afiches viejos se deshacían.
Un comercio levantando la cortina metálica.
La ciudad empezaba el día como si la noche anterior no hubiera existido.