CAPÍTULO 5
LA LLAMADA
Inés despertó antes que Lety.
Eso también decía algo.
No era del todo una victoria. Había dormido poco, mal, en fragmentos.
Sueños breves, cortados por sonidos del edificio: una puerta cerrándose abajo, una cañería golpeando, un motor arrancando en la calle, la lluvia cambiando de intensidad contra la ventana.
Cada vez que abría los ojos, tardaba unos segundos en recordar dónde estaba.
Después reconocía el techo bajo, la lámpara apagada del pasillo, el olor de la remera ajena y la respiración de Lety cerca.
No demasiado cerca.
Cerca.
Eso bastaba.
La luz de la mañana entraba por la cortina sin entusiasmo.
Una luz gris, de ciudad lavada a medias, de domingo aunque no fuera domingo, de día que no prometía nada y por eso mismo parecía más sincero que la noche.
Inés no se movió enseguida. Tenía una mano debajo de la almohada y la otra sobre el pecho, como si durante el sueño hubiera intentado verificar que seguía ahí.
El cuerpo estaba.
La cabeza también.
Esa fue la mala noticia.
La presión no era intensa, pero seguía. Un peso opaco detrás de los ojos, más notable al despertar, como si alguien hubiera dejado una piedra pequeña dentro de la frente.
Inés cerró los párpados y esperó. A veces el dolor se iba si no se le prestaba atención.
A veces fingía irse. A veces era ella quien fingía no estar.
Lety dormía de costado, de espaldas a ella.
El pelo se le había desordenado sobre la nuca.
La remera se le había subido un poco y dejaba ver una franja de piel en la espalda, la curva baja de la cintura, la cicatriz mínima cerca del omóplato.
Inés la miró con una cautela nueva. No era la mirada de Velaria.
No era hambre pura, ni vigilancia, ni costumbre profesional.
Era una mirada de mañana. Menos peligrosa en apariencia. Más grave.
La noche permitía atribuir casi todo a la noche.
La mañana no.
La mañana preguntaba qué quedaba.
Inés apartó la vista antes de convertir a Lety en escena. Se sentó despacio en la cama. La remera gris le cayó sobre los muslos. En la silla estaba su blusa negra, arrugada, con la forma de una piel usada. Junto a la puerta, la cartera. Adentro, la orden médica.
La vio sin verla.
Después la vio.
Lety se movió.
—No huyas todavía —dijo, con voz dormida.
Inés se quedó quieta.
—No iba a huir.
—Eso suelen decir las que ya están calculando el recorrido.
—Estaba mirando mi cartera.
—Peor.
Lety se giró boca arriba. Tenía la cara limpia de sueño, el maquillaje casi borrado, una sombra debajo de los ojos y la boca sin defensa.
Por un segundo, Inés vio a una mujer distinta.
No más débil. Más anterior. Como si la noche, antes de devolverla al mundo, hubiera olvidado ponerle la armadura completa.
—¿Cómo estás? —preguntó Lety.
La pregunta podía haber molestado.
No molestó.
Quizá porque no sonó a vigilancia. Quizá porque Lety no se incorporó ni encendió la luz ni le puso una mano en la frente. Preguntó desde la almohada, con el cuerpo todavía vencido por el sueño, como quien no quiere invadir ni abandonar.
—Con la cabeza pesada.
Lety abrió más los ojos.
—¿Dolor?
—Presión.
—¿Mareo?
Inés esperó antes de responder.
—No.
—¿Náuseas?
—No.
—¿Ves raro?
—Te veo a vos. No sé si cuenta.
Lety la miró un segundo.
Después sonrió.
Poco.
—Cuenta como síntoma, pero no urgente.
Inés se permitió respirar.
La sonrisa de Lety no arreglaba nada. Eso la volvía útil. No pretendía curar. Apenas abría una rendija por donde la mañana no entraba con tanta violencia.
—Tengo que irme —dijo Inés.
Lety dejó de sonreír.
—Tenés que llamar.
—Después.
—No.
La palabra fue baja.
No dura.
Firme.
Inés sintió que la vieja irritación buscaba dónde apoyarse. Podía pelear. Podía decir que Lety no era nadie para exigirle nada. Podía vestirse, tomar la cartera, bajar la escalera sin ascensor y volver a su apartamento con la dignidad intacta y la orden médica sin abrir otra vez.
Podía.
Esa era la trampa.
Siempre podía irse.
La vida adulta, descubrió con una claridad desagradable, estaba hecha de cosas que una podía hacer y no por eso debía.
—Voy a llamar —dijo.
Lety no respondió enseguida.
—¿Ahora?
—Después de lavarme la cara.
—Eso suena a negociación aceptable.
—No necesito tu aprobación.
—La tenés igual. Mala suerte.
Inés se levantó.
La habitación se inclinó apenas.
Muy poco.
Casi nada.
Se quedó quieta hasta que el piso volvió a ser piso. Lety lo notó. Inés supo que lo había notado por la manera en que no se movió. La contención también podía ser una forma de cuidado. No saltar. No agarrar. No hacer del cuerpo ajeno un espectáculo.
—Estoy bien —dijo Inés.
—No dije nada.
—Lo pensaste.
—Pienso muchas cosas útiles y desagradables.
Inés fue al baño.
El espejo la recibió sin crueldad, pero sin compasión. La marca de Lety ya no estaba. En su lugar quedaba una sombra mínima, tal vez irritación de la piel, tal vez memoria. Se acercó. Podía inventar que todavía se veía algo. Podía inventar que no se veía nada. Las dos cosas habrían sido ciertas.
Se lavó la cara con agua fría.
El frío le produjo un alivio corto.
Después se cepilló los dientes con un cepillo nuevo que Lety había dejado sobre el lavamanos. No preguntó de dónde había salido. Había delicadezas que se arruinaban al pedirles explicación. El cepillo era azul, barato, sin historia. Aun así, le pareció demasiado íntimo usarlo en esa casa.
Cuando volvió, Lety ya no estaba en la cama.
La oyó en la cocina.
Inés se vistió con su ropa de la noche anterior.
La blusa olía a Velaria. Al ponérsela, el sótano volvió un segundo: la música baja, el patio horrible, la boca de Lety, Martín junto a la columna, Mara apagando un cigarrillo que no traía encendido.
La tela estaba fría. Se abrochó la campera encima, como si pudiera cerrar también todo lo demás.
En la cocina había café, tostadas y una banana sobre un plato.
—No —dijo Inés.
—Sí —dijo Lety.
—No tengo hambre.
—No pregunté.
—Tu estilo de cuidado es muy poco querible.
—Y sin embargo funciona con gente difícil.
—¿Con Paula funcionaba?
La pregunta salió antes de que Inés pudiera detenerla.
Lety se quedó con la taza en la mano.
No se rompió nada.
Pero la mañana cambió de temperatura.
—Perdón —dijo Inés.
Esta vez sí.
Sin ironía.
Lety apoyó la taza en la mesa.
—A veces. Al principio. Después no.
—No tenía que preguntar así.
—No. Pero preguntaste lo que estabas pensando.
Inés se sentó.
La banana parecía una acusación amarilla en medio del plato. Tomó una tostada para no mirarla.
—No quiero que todo entre nosotras pase por ella.
Lety se apoyó contra la mesada.
—Yo tampoco.
—Pero va a pasar.
—Algunas veces.
—¿Y qué hacemos?
Lety tomó su café.
—No mentir cuando pase.
Inés mordió la tostada. Estaba seca. La masticó igual.
La casa de Lety, de mañana, era menos misteriosa y más peligrosa.
Una olla limpia dada vuelta en el escurridor.
Una factura de luz pegada a la heladera con un imán.
Un frasco con arroz. Dos tazas desparejas.
Una bolsa de pan cerrada con un broche rojo.
Nada allí tenía la impunidad de Velaria.
Todo parecía capaz de permanecer después de una decisión equivocada.
—¿A qué hora entrás? —preguntó Inés.
—Hoy no.
—¿No trabajás?
—Cambié el turno.
Inés levantó la vista.
—¿Por mí?
—No te agrandes. También porque dormí poco y porque Mara me debe una.
—Pero por mí.
Lety no contestó.
Eso era una respuesta.
Inés bajó la mirada.
—No tenías que hacerlo.
—Ya sé.
—No me gusta deber.
—No me pagues.
—No es así.
—Entonces aprendé.
La frase fue simple.
Casi amable.
Inés no supo qué contestar.
Comió media tostada. Después un pedazo de banana. El cuerpo, traidor otra vez, agradeció. Lety no comentó nada. Esa fue una pequeña victoria compartida.
La cartera seguía sobre una silla.
El teléfono de Inés estaba adentro.
No había sonado desde que llegaron. O quizá sí y ella no lo había oído. Lo sacó. Tenía mensajes.
Martín: Avisame cuando puedas.
Juan: Necesito saber si el jueves pasás por casa o mando tus cosas con alguien.
Un número desconocido: Buenos días, le recordamos que tiene estudios pendientes indicados en guardia. Puede coordinar al...
Inés dejó de leer.
Lety, desde la mesada, no preguntó.
Eso la hizo preguntar a ella.
—¿No querés saber?
—Sí.
—¿Entonces?
—Me dijiste que no querías que mirara cada segundo como síntoma. Estoy practicando.
Inés sintió algo parecido a gratitud.
Le molestó.
—Hay un mensaje del centro médico.
—Bien.
—No es bien. Es molesto.
—Las instituciones rara vez son poéticas.
Inés abrió el mensaje completo. Había un enlace, un número, una indicación seca. Coordinar laboratorio. Coordinar resonancia. Consulta con neurología una vez obtenidos los resultados o antes en caso de empeoramiento.
Antes en caso de empeoramiento.
La frase tenía la cortesía cruel de las advertencias escritas por personas que no van a estar cuando el cuerpo obedezca.
Lety dejó el café.
—Llamá.
Inés no se movió.
La pantalla del celular se apagó.
Volvió a encenderla.
Los números del teléfono parecían más difíciles que cualquier cosa que hubiera hecho en Velaria. Más difíciles que besar a Lety. Más difíciles que decirle no a Martín. Más difíciles que subir a una casa ajena y dormir en una cama donde antes había dormido otra mujer muerta.
Porque llamar era aceptar que la noche no había sido una excepción.
Llamar era traer el cuerpo al día.
Marcó.
El tono sonó una vez.
Dos.
Tres.
Una voz automática le explicó opciones. Inés no escuchó la primera. En la segunda se equivocó. Lety no intervino. Solo se sentó frente a ella y apoyó una mano sobre la mesa, cerca, sin tocarla.
Esa mano fue suficiente.
Inés volvió al menú.
Apretó el número correcto.
Esperó.
La espera tenía música de ascensor.