LA ZONA OSCURA CAPÍTULO 4 #4
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CAPÍTULO 4 #4

—No soy de vidrio.

—No. Pero hoy crujiste bastante.

Inés aceptó el golpe.

Lety se cambió de espaldas, sin espectáculo. Se quitó la campera, el vestido, quedó un segundo en ropa interior, una espalda pálida con una cicatriz pequeña cerca del omóplato, después se puso la remera. Inés miró.

No como antes.

O intentó.

No como informe, no como cámara, no como hambre únicamente. Miró sabiendo que mirar también podía ser una forma de tocar y que tocar, incluso con los ojos, tenía responsabilidad.

Lety apagó la luz principal.

Solo quedó la lámpara del pasillo entrando por la puerta entreabierta.

Se acostaron.

Al principio, lejos.

La cama no era enorme. La distancia era más simbólica que real. Inés quedó boca arriba, mirando el techo. Lety, de costado, hacia el otro lado. Entre ambas había una franja de sábana fría, una frontera ridícula.

La lluvia golpeaba la ventana.

La ciudad seguía.

La cabeza de Inés latía de una manera baja, soportable.

—¿Dormís? —preguntó Lety.

—No.

—Bien.

—¿Por qué bien?

—Porque si te dormías tan rápido, me iba a ofender.

Inés sonrió en la oscuridad.

El cuerpo se le iba aflojando poco a poco. No por deseo. O no solo. Por agotamiento. Por agua. Por té. Por haber dicho algunas verdades y haber sobrevivido a ellas.

—¿Paula vivía acá? —preguntó.

Lety tardó.

—No.

—Perdón.

—Está bien.

—No tenía que preguntar.

—Preguntaste bien.

Silencio.

—Dormía de este lado —dijo Lety.

Inés no supo qué hacer con esa información.

Estaba acostada del lado derecho.

Miró hacia la ventana.

—¿Querés que me cambie?

—No.

—Lety.

—No. Quedate.

La palabra fue baja.

Quedate.

Inés cerró los ojos.

Había palabras que cambiaban según quién las decía. No te vayas en el mensaje. No te vayas en Velaria. Quedate en la cama donde otra mujer había dormido antes de enfermarse, antes de morir, antes de convertirse en foto y deuda.

No era una invitación ligera.

Tampoco era una condena.

Inés giró de lado, hacia Lety.

Lety seguía de espaldas.

—No soy ella —dijo Inés otra vez.

—Ya sé.

—Pero puedo dormir de este lado.

Lety respiró hondo.

—Ya sé.

Inés extendió una mano.

No tocó a Lety.

La dejó sobre la sábana, cerca de su espalda.

El espacio entre ambas tenía calor.

Después de un momento, Lety llevó su mano hacia atrás y encontró la de Inés.

Solo eso.

Dedos contra dedos.

Nada más.

El contacto fue pequeño. Casi infantil. Pero a Inés le pareció más serio que el beso en el patio. Porque no había música, ni luces rojas, ni cámaras, ni Martín, ni Mara, ni una ciudad sin cartel dándoles permiso. Había una cama, una casa, una mujer despierta y otra mujer intentando no tener miedo.

Lety apretó apenas sus dedos.

—Mañana llamás —dijo.

Inés cerró los ojos.

—Sí.

La palabra salió sin resistencia.

Tal vez porque estaba oscuro.

Tal vez porque nadie la miraba.

Tal vez porque por primera vez no sonó como una renuncia a la noche, sino como una forma mínima de seguir teniendo noches.

La presión en la cabeza volvió un segundo.

Una ola leve.

Inés no lo dijo.

Después pensó en decirlo.

Ese fue el cambio.

—Me volvió un poco —susurró.

Lety giró de inmediato.

—¿El dolor?

—La presión.

—¿Fuerte?

—No. Poco.

Lety no encendió la luz.

No hizo drama.

No la invadió.

Solo se acercó lo suficiente para apoyar dos dedos en su muñeca. Buscó el pulso. Inés la dejó. No sabía si Lety sabía tomar un pulso. No importaba. El gesto servía igual.

—Respirá despacio —dijo.

—No seas médica.

—Soy pesada.

—Eso sí.

Lety no soltó su muñeca.

La presión fue bajando.

O Inés se acostumbró.

En la penumbra, la cara de Lety estaba muy cerca. Sin maquillaje casi. Sin Velaria. Sin la boca roja de la noche. Tenía ojeras, una arruga pequeña entre las cejas, un lunar mínimo junto al labio. Era menos personaje. Más peligrosa.

—No me beses ahora —dijo Lety.

Inés no había intentado hacerlo.

Pero quizá lo había pensado.

—No iba a hacerlo.

—Mentira.

—Un poco.

Lety sonrió apenas.

—Dormí.

—No das órdenes en mi vida.

—En mi cama, sí.

Inés soltó una risa cansada.

Lety se quedó cerca.

No la abrazó.

No hizo falta.

Inés cerró los ojos.

La casa respiraba. La lluvia seguía. En algún lugar del edificio, una cañería golpeó una vez. Después silencio.

Pensó en la orden médica dentro de la cartera.

Pensó en Martín caminando bajo la lluvia.

Pensó en Mara fumando en la puerta de Velaria.

Pensó en Paula, en la foto, en la playa gris.

Pensó en Lety tomando su pulso con dos dedos torpes o expertos, qué importaba.

Pensó en la marca que había limpiado del cuello.

No se arrepintió de haberla borrado.

No se arrepintió de haberla tenido.

Eso, tal vez, era nuevo.

Antes de dormirse, o de entrar en esa zona anterior al sueño donde las cosas dejan de obedecer del todo, escuchó la voz de Lety.

—Inés.

—Mmm.

—No desaparezcas adentro de tu cabeza.

Inés quiso responder algo inteligente.

No pudo.

Apenas apretó los dedos de Lety.

Una vez.

Como quien toca una puerta desde adentro.

Y esa noche, por primera vez desde que había vuelto a la ciudad, alguien se quedó del otro lado sin intentar abrirla a la fuerza.