LA ZONA OSCURA CAPÍTULO 4 #3
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CAPÍTULO 4 #3

En la imagen se veía a Lety más joven, con el pelo corto hasta el mentón, abrazada a otra mujer. La otra mujer tenía la cabeza apoyada en su hombro y una sonrisa cansada. Estaban en una playa, pero no parecía verano. Las dos llevaban camperas. Detrás, el mar gris.

Lety apagó la canilla.

—Dejala.

No gritó.

Eso fue peor.

Inés dejó la foto en su lugar.

—Perdón.

Lety se quedó de espaldas un momento.

Después se secó las manos con un repasador.

—Se llamaba Paula.

Inés no dijo nada.

Esta vez no iba a empujar la puerta.

Lety volvió a la mesa, pero no se sentó. Tomó la foto y la miró como si no hubiera decidido del todo mostrarla o esconderla.

—No murió por mi culpa —dijo.

La frase ya venía defendida.

Inés sintió frío.

—No pensé eso.

—Yo sí.

Silencio.

La lluvia golpeó más fuerte.

—Tenía dolores —dijo Lety—. Mareos. Cosas raras.

No todo el tiempo. De a ratos. Hacía chistes.

Decía que era cansancio, que era mala alimentación, que era ansiedad, que todos se marean si viven como viven.

Yo le creí porque me convenía creerle. Porque ella era insoportable cuando alguien la cuidaba.

Porque yo también era joven y confundía no invadir con no molestar.

Inés no se movió.

La casa se había vuelto otra.

Ya no era solo la casa real de Lety.

Era una casa con fantasma.

—Un día se cayó en la cocina —siguió Lety—. Después vinieron estudios. Después palabras limpias. Después palabras menos limpias. Después meses. Después nada.

Inés miró la foto.

La playa gris.

La sonrisa cansada.

—¿Tumor? —preguntó.

Lety asintió apenas.

No lloró.

Eso no significaba nada. Había dolores que aprendían a no salir por los ojos.

—Por eso Mara dijo que una vez no dijiste nada.

Lety dejó la foto.

—Mara habla demasiado para alguien que se equivocó bastante.

—¿Ella la conocía?

—Velaria es más vieja que mi estupidez.

La frase casi tuvo humor.

Casi.

Inés se acercó a la mesa y volvió a sentarse. La rabia se había ido. No del todo, pero sí lo suficiente para que apareciera otra cosa: una incomodidad más noble, quizá. La de descubrir que el otro no solo reacciona contra una, sino desde una herida propia.

—No soy Paula —dijo.

Lety la miró.

—Ya sé.

—¿Lo sabés?

—Sí.

—Porque no quiero pagar una deuda que no es mía.

Lety sostuvo la mirada.

—Ni yo quiero cobrártela.

Eso fue importante.

Inés lo creyó.

No porque Lety sonara convincente, sino porque sonaba cansada de esa deuda.

—Pero te pasa —dijo Inés.

—Sí.

—Y me va a pasar a mí también.

—¿Qué?

—Que voy a confundir cosas tuyas con cosas que no son mías.

Lety se sentó frente a ella.

La noche, de pronto, dejó de ser una línea recta hacia el deseo. Se volvió algo más difícil: una mesa con dos historias encima.

Inés pensó que tal vez eso era una forma adulta del erotismo. No solo la boca, la piel, la prisa. También esto: saber que el cuerpo del otro no empieza donde una lo toca. Viene de antes. Viene usado, amado, perdido, defendido. Una no besa un cuerpo nuevo. Besa un archivo vivo.

La palabra archivo le molestó.

Todavía pensaba así.

Todavía.

Lety tomó la orden médica y la guardó otra vez en la cartera de Inés.

—Mañana llamamos —dijo.

—Mañana llamo.

—Bien.

—Pero podés estar.

—Voy a estar.

Inés sintió un alivio pequeño.

No suficiente para salvar nada.

Suficiente para la madrugada.

—¿Dónde está el baño? —preguntó.

Lety señaló una puerta junto al pasillo.

—Toallas limpias en el estante. Hay una remera mía en el cajón de abajo si querés sacarte esa blusa.

Inés se levantó.

Al pasar junto a Lety, se detuvo.

No la tocó.

—¿De verdad ibas a dormir en el sillón?

—Sí.

—Es horrible.

—No tanto como algunas compañías.

—Gracias.

Lety sonrió apenas.

—No era por vos.

El baño era pequeño.

Azulejos blancos, algunos rajados. Un espejo redondo. Un cepillo de dientes en un vaso. Otro vaso vacío. Una planta mínima sobre la cisterna, sobreviviendo contra todo criterio botánico. Inés cerró la puerta.

Se miró.

La luz era menos cruel que la del baño de Velaria, pero el espejo era más honesto.

Tenía la cara cansada.

La boca menos roja. Los ojos demasiado brillantes. El pelo desordenado. La marca en el cuello.

La tocó.

Podía limpiarla ahora.

Nadie la estaba mirando.

Nadie le pediría explicaciones.

Nadie convertiría la mancha en escena, salvo ella.

Abrió la canilla.

Mojó dos dedos.

Los llevó al cuello.

Se detuvo.

No era un trofeo.

No era una declaración.

No era una provocación para Martín ni una promesa para Lety.

Era solo una marca.

Pero también era algo que había elegido no borrar antes.

Eso importaba.

La limpió.

Despacio.

El lápiz labial se corrió primero, luego desapareció en una sombra rosada, después en nada. La piel quedó apenas irritada por el roce. Inés miró el algodón manchado en su mano.

Lo tiró a la papelera.

Sintió una pérdida mínima.

Ridícula.

Real.

Se lavó la cara. Se sacó la blusa. Abrió el cajón. Encontró una remera gris, grande, gastada, con el cuello vencido. Olía a jabón y a Lety de una manera doméstica, sin perfume. Se la puso.

La tela le cayó hasta medio muslo.

Por primera vez en horas, sintió algo parecido a estar protegida.

No salvada.

Protegida.

Cuando salió, Lety estaba preparando el sillón.

Una manta doblada. Una almohada.

Inés se apoyó en el marco del pasillo.

—No.

Lety la miró.

—No empieces.

—Vos no empieces.

—Inés.

—La cama alcanza.

El silencio que siguió no fue inocente.

Tampoco sucio.

Fue un silencio adulto, lleno de todas las cosas que podían ocurrir y de todas las que quizá no debían ocurrir.

—Dijimos solo dormir —dijo Lety.

—No dijimos cama separada.

—No quiero que mañana...

—Mañana voy a llamar para pedir hora. Después puedo arrepentirme de otras cosas en orden.

Lety bajó la cabeza.

Sonrió apenas.

—Sos imposible.

—Estoy probando.

—¿La vuelta?

—La vida adulta.

Eso la hizo reír.

Una risa breve, verdadera, cansada.

Lety apagó algunas luces. Dejó encendida la lámpara de pie. El dormitorio estaba al final del pasillo. Inés entró primero.

La cama era de dos plazas, baja, con sábanas oscuras y una colcha azul. Había una mesa de luz con un libro boca abajo, una crema para manos, un vaso de agua. En una silla, ropa doblada. En la pared, ninguna foto.

Eso también decía algo.

Lety entró detrás con otra remera y un pantalón corto. Se quedó un segundo en la puerta.

—Me cambio en el baño.

—Podés cambiarte acá.

La frase salió tranquila.

No desafiante.

Lety la miró.

—¿Segura?