CAPÍTULO 4 #2
—Había bebido. Había dormido poco. Hacía calor.
O frío. No sé. Me acuerdo de una escalera, de alguien sujetándome del brazo.
Después la guardia. Me tomaron la presión.
Me hicieron preguntas. Me revisaron los ojos.
Me preguntaron si tenía dolor de cabeza.
Dije que a veces. Me preguntaron desde cuándo. Dije que no sabía.
—¿Y sabías?
Inés miró el vapor del té.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de irme.
Lety no hizo ningún gesto visible.
Eso fue peor.
—¿Cuánto antes?
—Semanas. Meses. No todos los días. A veces.
—¿Y no consultaste?
Inés la miró.
—¿Vos viniste a hacerme de madre?
—No. Las madres suelen creer que una se salva por obediencia.
—¿Y vos qué creés?
Lety sostuvo la taza con las dos manos.
—Que una se salva poco y tarde. Pero igual conviene no ayudar al desastre.
Inés bajó la mirada.
La frase no era compasiva, pero sí honesta.
—El médico dijo que podía no ser ansiedad.
—¿Y qué podía ser?
—No quiso decirlo así.
—¿Así cómo?
—Con nombre.
Lety dejó la taza.
La madera de la mesa sonó muy poco.
—Mostrame la orden.
Inés miró la cartera.
El cuarto pareció volverse más pequeño.
—No quiero.
—Está bien.
—No digas “está bien” como si fuera una estrategia.
—No es estrategia. Es cansancio.
—¿De qué?
Lety se pasó una mano por la cara.
Por primera vez pareció más vieja. No mayor. Más vivida. Como si Velaria, la casa, Mara, Martín, Inés y la madrugada hubieran caído sobre sus hombros de golpe.
—De ver gente adulta comportarse como si no abrir un papel cambiara lo que dice.
Inés sintió el golpe.
—No tenés derecho a decirme eso.
—Ya sé.
—Entonces no lo digas.
—No puedo.
—¿Por qué?
Lety tardó en responder.
Miró hacia la ventana. En el vidrio se reflejaba la lámpara color crema, la mesa, el perfil de Inés, su propio rostro cansado.
—Porque una vez no dije nada.
La frase cambió la habitación.
Inés lo notó enseguida.
No fue una confesión completa. Fue una puerta apenas abierta.
—¿A quién?
Lety no respondió.
Bebió café.
Demasiado caliente, seguramente. No hizo gesto.
—No importa.
—Sí importa.
—No esta noche.
Inés quiso insistir. Era su vieja costumbre: encontrar una grieta y mirar adentro hasta que algo cediera. Pero Lety no era una cámara ni una escena ajena. Era una mujer sentada frente a ella, con una taza en la mano, el pelo algo húmedo y una sombra que acababa de pasarle por la cara.
No la empujó.
Eso también era nuevo.
La cartera quedó entre ambas.
Inés la abrió.
No porque Lety hubiera ganado.
Eso se dijo.
La abrió porque el cuerpo, desde hacía rato, había empezado a decir lo que ella no quería traducir.
Sacó la carpeta doblada.
El papel estaba arrugado en una esquina. Había estado en la playa, en el bolso, en el taxi, en Velaria, en el baño, en la calle, en la casa de Lety. Había acompañado todo. El beso. La marca. La discusión. El mareo. La lluvia.
Inés la desdobló.
No la leyó primero.
Se la pasó a Lety.
Ese gesto la dejó desnuda de una forma que el beso no había logrado.
Lety tomó la hoja con cuidado.
No con solemnidad.
Con cuidado.
Leyó.
Inés observó su cara. Buscó alarma, sorpresa, piedad. No encontró nada claro. Lety era buena para eso. Para cerrar puertas en la cara cuando alguien intentaba mirar demasiado.
—Hemograma —dijo Lety.
—Sí.
—Función hepática. Coagulación. Hormonas. Resonancia.
La última palabra quedó sobre la mesa.
Resonancia.
Ahí estaba.
No dicha por el médico. No dicha en la guardia. No dicha por Inés. Escrita. Negra. Impresa. Estúpida y concreta.
—Me dijo que era para descartar —dijo Inés.
—Siempre dicen eso.
—Porque a veces es verdad.
—Sí.
Lety siguió leyendo.
—Neurología.
Inés cerró los ojos.
No quería escuchar esa palabra en la casa de Lety. No quería que neurología entrara en esa cocina con plantas, café y lámpara suave. No quería que el deseo y la medicina compartieran una mesa.
Pero ya la compartían.
Desde el principio.
Desde antes del beso.
Desde antes de Velaria.
Desde la playa.
Tal vez desde mucho antes.
—Puede ser migraña —dijo Inés.
—Puede.
—Estrés.
—Puede.
—Presión.
—Puede.
—Algo hormonal.
—Puede.
—Decí otra cosa.
Lety dejó la hoja sobre la mesa.
—No sé otra cosa.
Inés sintió rabia.
No contra Lety.
Contra la falta de mentira.
—Sos pésima para acompañar.
—Sí.
—Al menos podrías decirme que no es nada.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si mañana resulta que sí es algo, voy a odiarme por haber colaborado con tu cobardía.
La palabra fue brutal.
Cobardía.
Inés se levantó de golpe.
La silla raspó el piso.
—No tenés idea de lo que estoy haciendo.
Lety no se levantó.
—No. Pero veo lo que no estás haciendo.
—Fui a una guardia.
—Porque te pasó algo delante de otros.
—Volví a la ciudad.
—Eso no es cuidarte.
—Salí. Vine a Velaria. Te besé. Le dije a Martín que no.
—Todo eso puede ser verdad y también puede ser una manera preciosa de no hacerte un análisis de sangre.
Inés sintió ganas de romper algo.
No porque Lety se equivocara.
Porque acertaba demasiado cerca.
Fue hacia la ventana. El pulmón de manzana estaba negro, salvo por las luces ajenas. Una mujer apagó una lámpara enfrente. Un rectángulo de vida desapareció.
—No quiero que me mires así —dijo Inés.
—¿Cómo?
—Como si ya supieras qué me pasa.
Lety se levantó.
No se acercó.
—No sé qué te pasa.
—Pero querés saber.
—Sí.
—¿Por qué?
La pregunta salió más débil de lo que esperaba.
Lety no contestó enseguida.
La lluvia aumentó un poco. Ahora sí se escuchaba contra el vidrio.
—Porque te besé —dijo.
Inés cerró los ojos.
La respuesta no era suficiente.
Por eso fue perfecta.
No dijo porque me importás. No dijo porque tengo miedo. No dijo porque desde Vigía Sur. No dijo porque la noche, porque el deseo, porque el destino.
Dijo: porque te besé.
Como si un beso no diera derechos, pero sí una forma de responsabilidad mínima. Como si tocar un cuerpo obligara, al menos, a no fingir que ese cuerpo era infinito.
Inés se volvió.
—Eso no te convierte en nada.
—Ya sé.
—No sos mi pareja.
—Ya sé.
—No sos mi médica.
—Por suerte.
—No sos mi salvación.
Lety bajó la mirada.
—Eso también lo sé.
La frase quedó herida.
Inés se arrepintió apenas.
No lo suficiente para pedir perdón.
Todavía.
Lety dobló la orden médica con cuidado y la dejó junto a la cartera.
—Mañana vas a llamar.
—No.
—Sí.
—No me des órdenes en mi vida.
—No es una orden. Es una frontera.
Inés la miró.
—¿Tuya?
—Sí.
Lety respiró hondo.
La lámpara le iluminaba media cara. La otra quedaba en sombra. Inés pensó que quizá siempre había sido así con ella: media mujer visible, media mujer defendida.
—No voy a meterme en una historia donde alguien usa mi cama, mi boca o mi casa para convertir el miedo en literatura —dijo Lety.
Inés sintió la frase como una bofetada limpia.
No por cama. No por boca. Por literatura.
—No escribo —dijo.
—Todos escribimos. Algunos en papel. Otros en gente.
La rabia volvió.
Pero debajo había vergüenza.
Inés se tocó el cuello.
La marca seguía ahí.
—¿Querés que me vaya?
Lety cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, parecía cansada de verdad.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Demasiado inmediata para ser táctica.
—Entonces no me hables como si ya me estuvieras echando.
—No te echo. Te estoy diciendo dónde no voy a entrar.
—¿Y dónde sí?
Lety no respondió.
Inés dio un paso hacia ella.
No para besarla.
No todavía.
Quizá no para eso.
Dio un paso porque la distancia entre ambas se había vuelto una forma de orgullo, y esa noche ya había tenido demasiado orgullo para un solo cuerpo.
—¿Dónde sí, Lety?
Lety tragó saliva.
—En lo que elijas despierta.
Inés sintió que la frase le aflojaba algo en el pecho.
—Estoy despierta.
—No siempre.
—Ahora sí.
—Ahora estás asustada, excitada, cansada y con alcohol encima. Eso no es lo mismo.
La precisión la irritó.
También la cuidó.
Inés se quedó quieta.
—¿Entonces?
—Entonces te quedás si querés. Dormís en mi cama. Yo duermo en el sillón.
—No.
—Inés.
—No quiero que duermas en el sillón.
—No voy a tocarte.
—No te pedí que me tocaras.
La frase salió.
Quedó.
Lety la miró con una atención nueva.
—¿Qué me estás pidiendo?
Inés no sabía.
Esa era la verdad.
Pero había aprendido algo esa noche: no saber no siempre era una coartada. A veces era el único lugar honesto desde donde empezar.
—Que no conviertas todo en una prueba de lucidez —dijo.
Lety se quedó callada.
—No quiero que me salves —siguió Inés—. No quiero que me obligues a ser razonable para merecer quedarme.
No quiero que me trates como si desearte fuera otra forma de escaparme.
Capaz lo es. Capaz no. No sé. Pero si todo lo que hago esta noche va a quedar sospechado por el papel médico, entonces ya no tengo cuerpo. Tengo expediente.
Lety bajó la mirada.
La frase había llegado.
Inés lo vio.
Y se sorprendió de su propia claridad.
Quizá no era la claridad del alcohol ni del deseo. Quizá era la claridad del cansancio extremo, esa que aparece cuando una ya no tiene energía para mentir bien.
Lety volvió a sentarse.
Despacio.
—Tenés razón —dijo.
Inés no esperaba eso.
Otra vez.
—No toda.
—Bastante.
Inés se apoyó contra la ventana.
—No quiero leer eso sola mañana.
Lety levantó la vista.
Inés señaló la orden médica.
—No quiero llamar sola.
Lety no se movió.
—Está bien.
—Pero tampoco quiero que me mires como si cada segundo fuera un síntoma.
—Voy a intentar.
—Eso no suena suficiente.
—Es lo que puedo prometer sin mentir.
Inés asintió.
La honestidad, pensó, era una forma muy pobre de consuelo. Pero tal vez por eso servía.
Lety tomó las tazas y las llevó a la cocina. Lavó una. Después la otra. No hacía falta lavarlas en ese momento, pero Inés entendió el gesto. Lety necesitaba las manos ocupadas. Necesitaba que el agua corriera, que hubiera una tarea simple, algo que no tuviera doble sentido.
Inés se acercó a la biblioteca.
Había libros, pero menos de los que esperaba. Novelas subrayadas. Manuales viejos. Un diccionario. Un libro sobre fotografía urbana. Un volumen de anatomía usado, con el lomo quebrado. Tres libretas negras apiladas.
Junto a las libretas había una foto.
Inés la tomó antes de preguntar.
Error.