CAPÍTULO 4
LA CASA DE LETY
Lety vivía en un segundo piso sin ascensor.
Eso fue lo primero que Inés pensó.
No en la noche. No en el beso. No en Martín alejándose bajo la llovizna. No en la orden médica doblada en la cartera como un animal blanco, paciente, esperando ser abierto.
Pensó en la escalera.
Dos pisos.
La vida, a veces, era cruel por falta de imaginación.
El taxi se detuvo frente a un edificio angosto de fachada gris, con balcones pequeños, plantas descuidadas y una puerta de vidrio rajada en una esquina.
No era un edificio pobre, pero tampoco era uno de esos lugares que intentaban convencer a nadie de una prosperidad que no tenía.
Parecía habitado por personas que salían temprano, volvían tarde y habían aprendido a no hacer demasiadas preguntas cuando escuchaban pasos en el pasillo después de medianoche.
Lety pagó antes de que Inés pudiera moverse.
—No empieces —dijo.
—No dije nada.
—Lo pensaste con cara de billetera.
Inés quiso sonreír, pero el gesto le salió cansado.
La cabeza le pesaba. No dolía exactamente. Era peor: estaba presente. Una presión detrás de los ojos, una mano interna, una advertencia quieta. El alcohol ya no le daba calor. La lluvia tampoco era lluvia del todo. Era una humedad fina, insistente, que parecía venir de la ciudad y no del cielo.
Lety abrió la puerta del taxi.
—Dame la cartera.
—Puedo cargar una cartera.
—Podés hacer muchas cosas mal. Dame la cartera.
Inés obedeció.
No porque no pudiera sostenerla.
Porque la voz de Lety no sonó a orden, aunque usara forma de orden. Sonó a algo más difícil de rechazar: una mujer intentando cuidar sin saber ponerse dulce.
Bajaron.
La calle estaba vacía. O parecía. A esa hora, ninguna calle estaba verdaderamente vacía.
Siempre había alguien detrás de una cortina, una moto doblando lejos, un perro oliendo una bolsa rota, una ventana iluminada con un cuerpo adentro.
Sandoval no dormía. Nunca había dormido. Solo cambiaba de testigos.
Lety buscó las llaves.
Tenía tres llaveros juntos: uno metálico con forma de ojo, una cinta negra gastada y una ficha roja de plástico con un número borrado.
—¿Vivís sola? —preguntó Inés.
Lety metió la llave en la cerradura.
—A veces.
—Eso no es una respuesta.
—Es la más honesta que tengo.
La puerta abrió con un sonido breve, viejo. El hall olía a humedad, detergente barato y pan tostado de alguna casa que todavía tenía gente despierta. En una pared había buzones abollados; en otra, un espejo manchado donde Inés se vio de reojo.
Vio la marca.
Todavía estaba ahí.
Más baja de lo que recordaba. Más visible de lo que quería admitir.
Un resto oscuro junto al cuello.
No parecía escandalosa. Parecía íntima. Eso la volvía peor.
Lety también la vio en el espejo.
No dijo nada.
Subieron.
El primer tramo fue fácil. El segundo no. Inés notó la presión en la cabeza al llegar al descanso. Se detuvo apenas, como si mirara una mancha en la pared. Lety no la apuró. Tampoco preguntó si estaba bien. Esa abstención fue una inteligencia.
Había una grieta fina en el revoque, desde el techo hasta el interruptor. Inés la observó con una atención absurda. Una grieta siempre parecía más seria de noche. De día podía ser humedad, descuido, pintura vieja. De noche era destino.
—Es vieja —dijo Lety.
—¿Qué?
—La grieta. No se va a caer el edificio por eso.
—No estaba pensando eso.
—Sí estabas.
Inés respiró hondo.
—Me molesta que aciertes.
—A mí también.
Subieron el último tramo.
La puerta del apartamento de Lety era blanca, sin número visible. Tenía una cerradura nueva y otra vieja anulada, como una cicatriz metálica. Lety abrió. Entró primero, encendió una luz baja y se hizo a un lado.
—Pasá.
Inés entró.
Y entendió algo de Lety que no había entendido en Velaria.
Su casa no parecía de noche.
Eso la sorprendió.
Había imaginado un apartamento oscuro, desordenado, con ropa sobre sillas, ceniceros llenos, vasos olvidados, libros abiertos boca abajo, restos de una vida llevada al borde.
Pero la casa de Lety era otra cosa. Pequeña, sí.
Despareja, también. Pero limpia. Habitada.
Con una mesa redonda junto a la ventana, dos sillas distintas, una biblioteca baja, plantas que no estaban muertas, una lámpara de pie con pantalla de tela color crema y una cocina separada por una arcada.
No era elegante.
Era peor.
Era real.
Inés sintió una incomodidad nueva.
Velaria podía entenderla. La casa de Lety, no.
Velaria era una excepción. Una noche. Una puerta sin cartel.
Un sótano donde el deseo tenía coartada.
La casa era otra cosa. La casa decía que Lety existía cuando no estaba seduciendo a nadie, cuando no caminaba delante, cuando no era la mujer de las respuestas exactas ni la dueña parcial de un territorio nocturno.
La casa decía que Lety desayunaba.
Que pagaba cuentas.
Que lavaba vasos.
Que tenía frío.
Que volvía.
—Dejá la campera ahí —dijo Lety, señalando una silla.
Inés se la sacó despacio.
Debajo, la blusa negra estaba arrugada. Sintió el olor de la noche pegado a la tela: humo, alcohol, lluvia, piel. Se pasó una mano por el pelo.
—Tu casa es distinta a vos.
Lety dejó la cartera sobre la mesa.
—Mi casa no tiene que defenderse.
La frase fue buena.
Demasiado buena.
Inés se cansó de golpe.
No del cuerpo solamente. De las frases. De la noche. De tener que estar a la altura de una intensidad que ella misma había buscado. A veces el deseo prometía liberación y entregaba trabajo.
Lety la miró.
—Sentate.
—No soy una paciente.
—Todavía no sabemos qué sos.
La frase cayó mal.
No por crueldad.
Por exactitud.
Inés se sentó en una de las sillas. La madera crujió apenas. Lety fue a la cocina. Abrió una alacena, sacó un vaso, después otro. Llenó uno con agua de la canilla y se lo puso delante.
—Tomá.
Inés miró el vaso.
—¿Siempre sos así?
—¿Así cómo?
—Mandona.
Lety apoyó las manos sobre el respaldo de la otra silla.
—Cuando alguien casi se desmaya en la calle después de ignorar estudios médicos, sí.
—No casi me desmayé.
—Tenés razón. Fue una interpretación artística.
Inés bebió agua.
Estaba fría.
El cuerpo la recibió con una gratitud que la humilló un poco. Había algo ofensivo en necesitar cosas simples. Agua. Silla. Abrigo. Sueño. Sangre circulando bien. Una cabeza que no avisara con golpes.
Lety tomó la cartera de Inés y la dejó sobre la mesa, entre las dos.
No la abrió.
Solo la dejó ahí.
Como si pusiera un animal enjaulado.
—La orden está ahí —dijo.
—Ya sé.
—No la voy a sacar si no querés.
—Qué considerada.
—No confundas respeto con paciencia. La paciencia se me acaba rápido.
Inés miró la cartera.
Después la ventana.
El apartamento daba a un pulmón de manzana oscuro.
Había ventanas enfrente, algunas encendidas.
En una, una pantalla de televisión proyectaba colores sobre una cortina blanca.
En otra, una mujer tendía ropa bajo techo aunque fuera de madrugada.
En otra, nadie, pero la luz prendida como una presencia sin cuerpo.
La ciudad íntima.
La ciudad que no salía en las cámaras.
—¿Hace cuánto vivís acá? —preguntó Inés.
Lety no insistió con la cartera.
Se sentó frente a ella.
—Cinco años.
—No te imaginaba acá.
—Me imaginabas peor.
—No.
—Sí.
Inés no respondió.
Lety tenía razón.
La había imaginado peor porque era más fácil. Una mujer como Lety debía vivir en un lugar caótico para que el mundo conservara alguna coherencia. Una casa cuidada la volvía más peligrosa. El desorden podía atribuirse al personaje. El orden, no. El orden implicaba elección.
Lety se levantó otra vez.
—Voy a hacer café.
—Son casi las tres de la mañana.
—Entonces no es hora de dormir.
—Yo pensé que habíamos venido a eso.
—Yo dije “solo a dormir”. Mentí en la parte de dormir, no en la de solo.
Inés sonrió apenas.
—No hace falta café.
—No es para vos.
Lety entró a la cocina.
Inés la escuchó moverse: abrir cajón, cerrar alacena, apoyar taza, encender hornalla. No usaba cafetera eléctrica. Usaba una italiana vieja, de aluminio, con mango negro. Ese detalle le pareció íntimo de una forma insoportable.
La casa tenía sonidos.
Velaria tenía pulso. La casa, sonidos.
Una heladera vibrando bajo. Una cañería que golpeaba cada tanto. La lluvia fina contra un toldo del patio interior. La hornalla prendida. El metal de una cucharita.
Inés cerró los ojos.
Vio el baño de Velaria. El espejo con la grieta. La mujer joven diciendo que la primera vez siempre parecía más importante de lo que era. La marca en el cuello. La mano de Martín. La mano de Lety. La puerta gris. La palabra estudios. La palabra derivar. La palabra repetir.
Abrió los ojos.
La cartera seguía ahí.
Lety volvió con dos tazas. Una de café. Otra de té.
—Dijiste que no hacía falta.
—Dije que el café no era para vos.
Le puso el té delante.
Tenía olor a manzanilla o a algo parecido. Inés lo miró con sospecha.
—¿También tenés infusiones?
—Tengo electricidad, alquiler y un repasador limpio. No te desmayes por segunda vez.
—Tu casa arruina tu personaje.
Lety se sentó con el café.
—Mi personaje no paga las cuentas.
Durante un momento no hablaron.
Eso fue bueno.
La noche había estado llena de frases. Algunas necesarias.
Otras brillantes. Otras usadas como cuchillos pequeños.
El silencio de la cocina las puso en una escala más humana.
Dos mujeres sentadas a una mesa redonda, una con té, otra con café, las dos mojadas apenas por la lluvia y demasiado despiertas para fingir normalidad.
Inés tomó el té.
Quemaba.
Lo agradeció.
Lety bebió café sin azúcar.
—¿Martín sabe? —preguntó.
Inés no necesitó preguntar qué.
—No.
—¿Juan?
—Menos.
—¿Nadie?
—Un médico.
—Eso no cuenta como nadie.
—Cuenta como alguien que no pregunta por amor.
Lety aceptó la respuesta.
—¿Qué pasó en la guardia?
Inés dejó la taza.
No quería contarlo.
Tampoco quería mentir.
La mentira exigía energía, y esa noche la energía se le había gastado en no irse de Velaria.
—Me mareé en la playa —dijo—. Fue una tontería.
Lety no la interrumpió.