LA ZONA OSCURA CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Mara la observó por primera vez desde que habían salido.

Tenía los ojos más claros de lo que Inés había notado abajo. O quizá la luz de la farmacia se los volvía más duros.

—El deseo no salva —dijo—. Pero a veces despierta. Y hay gente que prefiere confundirse.

Inés sintió frío.

Se cruzó de brazos.

—¿Lety se confunde?

—Lety hace que se confunde para no tener que admitir que elige.

La frase quedó entre ambas.

Inés no quiso preguntar más.

Pero preguntó.

—¿Y yo?

Mara la miró con algo parecido a la compasión, aunque sin suavidad.

—Vos todavía creés que si entendés una cosa, podés evitar pagarla.

Inés apartó la vista.

La farmacia. La lluvia. La calle.

La ciudad entera parecía estar hecha para confirmar esa frase.

—No me conocés.

—No mucho.

—Entonces no hables como si sí.

—No hace falta conocer mucho a alguien para ver por dónde sangra.

Esta vez Inés sí se volvió hacia ella.

—No estoy sangrando.

Mara sostuvo la mirada.

No dijo nada.

Y por alguna razón ese silencio le recordó al médico. A la carpeta doblada. A la orden de laboratorio. A la palabra derivar. A la palabra repetir. A la frase que había querido olvidar desde que salió de la guardia: no todo es ansiedad.

La cabeza le dio un golpe seco.

No dolor.

Golpe.

Como si alguien hubiera apagado una luz por dentro y la hubiera prendido enseguida.

Inés apoyó una mano en la pared.

Mara dejó de parecer oráculo.

Se enderezó.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—No digas nada.

Inés respiró.

La calle se inclinó apenas.

Muy poco.

Pero se inclinó.

Mara la tomó del brazo.

No con delicadeza.

Con eficacia.

—Sentate.

—Estoy bien.

—Me importa poco tu orgullo ahora.

La llevó hasta el borde bajo de una vidriera cerrada. Inés se sentó. El metal estaba frío bajo sus piernas. La llovizna le mojó la cara. Mara se agachó frente a ella.

—Mirame.

—No soy una nena.

—No. Las nenas suelen avisar antes de desmayarse.

Inés quiso contestar, pero la náusea le subió de golpe.

No llegó a vomitar.

Tragó.

Respiró por la boca.

Mara giró hacia la puerta y golpeó tres veces.

Rápido.

Lety salió casi enseguida.

Detrás, Martín.

Claro.

Los dos.

Inés pensó que su cuerpo era un traidor con pésimo sentido del montaje.

—¿Qué pasó? —preguntó Lety.

Ahora sí estaba asustada.

No mucho.

Lo suficiente para que Inés quisiera pedirle perdón.

—Nada —dijo Inés.

Mara ni la miró.

—Se mareó.

Martín se acercó.

—Hay que llevarla a una emergencia.

—No —dijo Inés.

Lety se agachó junto a ella.

—¿Te pasó antes?

Inés miró la calle.

No respondió.

Lety entendió.

Eso fue peor que una pregunta.

—Inés.

—Tengo estudios pendientes.

Martín cerró los ojos un segundo.

Como si esa frase confirmara algo que venía temiendo.

—¿Qué estudios?

—No sé.

—¿Cómo que no sabés?

—Sé. No quiero hablarlo acá.

—Entonces vamos.

Martín ya estaba sacando el celular.

Inés le tomó la muñeca.

No fuerte.

Pero lo detuvo.

—No llames.

—Te estás mareando en la calle.

—No llames.

—Inés, por favor.

Ese por favor casi la quebró.

Porque no era control.

No del todo.

Era miedo.

Y el miedo de otro, cuando una todavía no está lista para tener miedo propio, puede resultar insoportable.

Lety miró a Martín.

—Guardá el teléfono.

—No me digas qué hacer.

—Entonces escuchala a ella.

Martín miró a Inés.

Inés soltó su muñeca.

—No quiero una ambulancia.

—¿Qué querés?

La pregunta quedó abierta.

Qué querés.

La misma pregunta de Lety en el patio.

Pero ahora no hablaba del beso, ni del cuerpo, ni de la noche.

Hablaba de seguir viva.

Eso la asustó.

Mucho más.

—Quiero irme —dijo.

Lety bajó la mirada.

La frase le dolió. Inés lo vio. Pero Lety no la convirtió en reproche.

—Te llevo —dijo.

Martín dio un paso.

—Yo tengo auto.

—No —dijo Inés.

Él se quedó quieto.

La negativa fue simple.

No explicó.

No pidió perdón.

No abrió una negociación.

Martín tragó saliva.

—Está bien.

Y por primera vez en toda la noche, pareció entender algo.

No aceptarlo.

Entenderlo.

Mara se levantó.

—Voy por tu campera y tu cartera.

—La orden médica está ahí —dijo Inés, sin querer.

Los tres la miraron.

Ahí estaba.

Dicha.

La frase que no quería decir.

Orden médica.

Como si la noche entera hubiera estado esperando esa palabra para volverse más real que el deseo.

Mara entró sin preguntar más.

Lety se sentó junto a Inés en el borde de la vidriera. No la tocó. Dejó apenas el hombro cerca del suyo.

—Podemos ir a tu casa —dijo.

—No.

—A la mía.

Inés la miró.

Lety no sonrió.

—Solo a dormir —dijo.

—No prometas cosas tan tristes.

A Lety se le escapó una risa breve, rota.

Martín las observaba de pie, bajo la llovizna, como alguien que ha llegado tarde a una escena que de todos modos cree reconocer.

—Puedo irme —dijo él.

Inés lo miró.

—Sí.

La palabra fue cruel.

No porque quisiera dañarlo.

Porque era verdad.

Martín asintió.

Metió las manos en los bolsillos.

Parecía más chico de pronto. O más viejo. A Inés le dio pena, y la pena le dio rabia. No quería cargar también con eso. No esa noche. No con la marca en el cuello, la cabeza latiendo y el cuerpo recordándole que nada se aplaza gratis.

—Avisame mañana —dijo Martín.

Inés no respondió.

Lety sí.

—Yo le aviso si ella quiere.

Martín la miró.

Esta vez no hubo veneno.

Solo cansancio.

—Cuidala.

Lety sostuvo la mirada.

—No sé cuidar así.

Inés cerró los ojos.

Esa frase otra vez.

Como esperan que una cuide.

Martín pareció no entender.

Quizá mejor.

Mara volvió con la campera y la cartera. Se las entregó a Lety, no a Inés. Después miró a Martín.

—Tu parte terminó por hoy.

Martín no discutió.

Eso fue lo único elegante que hizo en toda la noche.

Caminó hacia la esquina bajo la llovizna. No miró atrás enseguida. Cuando lo hizo, Inés ya no lo estaba mirando.

Estaba mirando la cartera.

La orden médica doblada adentro.

Lety sacó la campera y se la puso sobre los hombros.

—Vamos.

Inés dejó que la ayudara a levantarse.

No porque no pudiera hacerlo sola.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, no confundió ayuda con captura.

Caminaron hacia la avenida.

Mara quedó en la puerta de Velaria, fumando por fin el cigarrillo que había dicho no fumar. La puerta gris permanecía abierta detrás de ella, con el sótano latiendo abajo, indiferente, vivo, lleno de cuerpos que seguían intentando olvidar o recordar algo.

Inés caminó despacio.

La cabeza ya no giraba, pero había quedado una presión sorda, como una mano apoyada dentro del cráneo. Lety iba a su lado. No adelante. No detrás.

Al llegar a la esquina, un taxi se detuvo.

Lety abrió la puerta.

Inés subió primero.

Antes de entrar, miró hacia atrás.

Velaria no tenía cartel.

Desde la calle, volvía a ser una puerta cualquiera.

Eso era lo peor de algunos lugares.

Una salía de ellos cambiada, pero ellos seguían pareciendo inocentes.

Lety subió a su lado y dio una dirección.

No la de Inés.

La suya.

El taxi arrancó.

La radio murmuraba noticias viejas, lluvia para la madrugada, un choque sin heridos en la rambla, una mujer encontrada inconsciente en una parada de ómnibus, el precio del dólar, un incendio menor en una panadería.

Inés apoyó la cabeza contra el vidrio frío.

En el reflejo de la ventana vio su cuello.

La marca seguía ahí.

Más oscura ahora.

O quizá la noche la había terminado de escribir.

No la limpió.

Todavía no.