CAPÍTULO 7 #2
—¿Qué te pasó en el brazo? —preguntó.
Inés miró la cinta.
La cinta, de pronto, volvió a ser blanca.
Muy blanca.
—Me hicieron un estudio.
Juan esperó.
Inés no siguió.
—¿Algo serio?
—No sé.
La verdad tuvo una simplicidad insoportable.
Juan dejó la carpeta sobre la mesa.
—¿Por qué no me dijiste?
—Porque no lo sabía.
—Ahora lo sabés.
—Ahora sé que no sé.
Juan miró la pared.
Recién entonces la vio de verdad.
Los huecos.
Las fotos arrancadas.
El archivo mutilado.
Durante el matrimonio, esa pared había sido motivo de silencios.
Juan nunca la había prohibido. Nunca la había insultado.
Nunca había dicho estás enferma, aunque quizá lo hubiera pensado más de una vez.
Solo cerraba la puerta del living cuando venía alguien.
Solo evitaba traer amigos. Solo miraba esa pared como se mira una humedad que una no sabe si discutir con el vecino o aceptar como parte de la casa.
—La estás sacando —dijo.
—Un poco.
—Bien.
La palabra cayó mal.
Inés sintió que el cuerpo se le endurecía.
—No digas bien.
Juan la miró, sorprendido.
—Perdón.
—No es una tarea. No estoy ordenando un placard.
—No quise decir eso.
—Pero lo dijiste.
Juan apretó la mandíbula.
No era un hombre agresivo. Eso no significaba que no tuviera rabia. La rabia de los hombres correctos suele tardar más en mostrarse, pero cuando aparece viene con recibos.
—Durante años viví con esa pared —dijo.
Inés se quedó quieta.
Lety miró hacia el suelo.
—Viví con eso —repitió Juan, señalando apenas, sin tocar nada—.
Con tus papeles, tus noches, tus silencios, tus capturas, tus teorías.
Viví con alguien que estaba en la misma casa y, al mismo tiempo, en una sala de vigilancia.
Nunca supe si me mirabas a mí o si solo me estabas usando para demostrarte que podías tener una vida normal.
Inés sintió el golpe.
No porque fuera injusto.
Porque no lo era del todo.
—Juan —dijo.
—No. Dejame decirlo una vez sin que tengas que acomodarlo en una frase perfecta.
Inés cerró la boca.
Lety también se quedó quieta.
Juan respiró hondo.
—No vine a reclamarte nada de anoche. Ni de ella.
Ni de nadie. Ya no somos eso. Lo entiendo.
Tarde, pero lo entiendo. Vine porque me escribiste vení en una hora como si llamaras al plomero y porque te vi el brazo y porque hace años que te veo desaparecer de maneras prolijas.
Y estoy cansado de ser correcto con tu forma de irte.
La frase dejó el apartamento sin aire.
Inés no lloró.
No podía llorar cada vez que alguien tenía razón.
—Tenés razón —dijo.
Juan pareció desarmarse un poco.
Quizá esperaba defensa.
Quizá la necesitaba.
—No te lo digo para ganar —dijo.
—Ya sé.
—No quiero volver.
Eso sí la sorprendió.
No porque ella quisiera.
Porque una parte vieja de su cuerpo todavía suponía que todos los reclamos eran formas torpes de regreso.
Juan miró a Lety un segundo, después otra vez a Inés.
—Quiero dejar de estar en la puerta.
Inés pensó en Martín.
En esa misma imagen.
Hombres en puertas.
Mujeres en túneles.
Lety en ventanas.
Ella misma en pantallas.
Todos parecían haber elegido una arquitectura para no decir miedo.
—Entonces llevate las llaves —dijo Inés.
Juan parpadeó.
—¿Qué?
Inés fue al mueble de la entrada. Abrió el cajón. Había monedas, pilas, una lapicera seca, llaves viejas, una tarjeta de taxi, un botón suelto. Sacó un llavero con una ficha azul. La copia de Juan.
Se la extendió.
—Llevatelas. O dejalas. Pero no las tengas para seguir siendo alguien que podría entrar.
Juan miró el llavero.
No lo tomó enseguida.
—Eso suena a castigo.
—No. Suena a puerta.
Lety levantó la vista.
Juan tomó las llaves.
El metal hizo un ruido pequeño contra la carpeta.
Ese ruido, absurdamente, fue más definitivo que cualquier conversación de separación que hubieran tenido hasta entonces.
—¿Querés que sepa cuando estén los resultados? —preguntó Inés.
Juan la miró.
La pregunta era honesta.
También era cruel, porque le devolvía a él una libertad que quizá no quería.
—Sí —dijo.
Después corrigió:
—Quiero. Pero no sé si tengo derecho a pedirlo.
—No lo tenés que pedir. Te lo estoy preguntando.
Juan tragó saliva.
—Entonces sí.
—Está bien.
—¿Y ella? —preguntó.
No sonó como reproche.
Sonó como algo peor: cansancio lúcido.
Inés miró a Lety.
Lety sostuvo la mirada, pero no respondió por ella.
Bien.
Otra vez bien.
—Ella está acá por ahora —dijo Inés.
Usó las palabras de Lety.
No para herir.
Para aceptar su tamaño.
Lety bajó apenas la cabeza, como si hubiera recibido algo y no supiera dónde ponerlo.
Juan asintió.
Tomó la carpeta, la bolsa de tela, las llaves.
—Me voy —dijo.
Inés lo acompañó hasta la puerta.
Antes de salir, Juan se detuvo.
—Cuidate —dijo.
La palabra fue simple.
No quiso apropiarse de ella.
No quiso convertirla en deuda.
Por eso Inés pudo recibirla.
—Voy a intentar.
Juan sonrió apenas.
Triste.
—Eso ya es mucho para vos.
La frase podría haber sido de Lety.
Quizá todos quienes la habían querido terminaban aprendiendo alguna versión de la misma lengua.
Juan salió.
Inés cerró la puerta.
No apoyó la espalda contra ella.
No hizo escena.
Volvió al living.
Lety seguía junto a la ventana.
—Fue elegante —dijo.
—No todo.
—Lo suficiente.
Inés miró la mesa. Los papeles arrancados. La carpeta que ya no estaba. Las llaves que ya no estaban. La pared, todavía llena y ahora más vacía.
—No quiero que te vayas —dijo.
Lety no se movió.
—No me lo digas así.
—¿Así cómo?
—Como si fuera el efecto secundario de perder otras cosas.
Inés sintió la precisión como un golpe bajo.
—No sé decirlo de otra manera.
—Entonces no lo digas todavía.
—¿Te vas?
Lety miró la hora en el celular.
—Tengo que pasar por Velaria.
—Mara.
—Mara, trabajo, cosas.
—Cosas.
—Sí. Cosas. También tengo vida cuando no estoy sosteniendo tus bordes.
La frase no fue dura.
Fue necesaria.
Inés la escuchó.
Y, por primera vez desde que Lety había entrado de nuevo en su vida, entendió algo que hasta entonces había preferido no formular: Lety no podía quedar reducida a la mujer que la deseaba ni a la mujer que la acompañaba a una clínica.
Si eso pasaba, Inés iba a convertirla en otra pared.
Otra foto. Otro papel pegado con cinta bajo la ilusión de estar entendiendo.
—Tenés razón —dijo.
Lety sonrió con cansancio.
—Hoy estás insoportable con tanta madurez.
—Debe ser el contraste.
—Seguro.
Se acercaron al mismo tiempo.
No fue beso.
No al principio.
Inés apoyó la frente en el hombro de Lety, como antes, pero sin llorar. Lety le pasó una mano por la espalda. Un gesto breve. Después se separó.
—Te escribo cuando llegue —dijo.
—No tenés que hacerlo.
Lety la miró.
—Quiero.
La palabra quedó ahí.
Querés.
Otra vez.
Inés asintió.
Lety tomó su bolso, fue hacia la puerta y se detuvo antes de abrir.
—No arranques toda la pared hoy.
—No prometo nada.
—Prometelo.
Inés miró los huecos.
Después a Lety.
—No voy a arrancar toda la pared hoy.
—Bien.
—No digas bien.
—Entonces: suficiente.
Lety salió.
El apartamento quedó solo.
No vacío.
Solo.
Había diferencia.
Inés caminó hasta la ventana. Vio a Lety cruzar la vereda, encender un cigarrillo, mirar hacia arriba una sola vez. Inés levantó la mano. Lety no hizo un gesto grande. Apenas inclinó la cabeza. Después siguió caminando.
Cuando desapareció en la esquina, Inés no se sintió abandonada.
Eso la sorprendió.
Se sentó frente a la pared.
El celular estaba sobre la mesa. Martín no había vuelto a llamar. Juan acababa de irse con las llaves. Lety iba hacia su propia vida. La clínica tenía imágenes de su cabeza. El informe seguía lejos y cerca a la vez, encerrado en esas cuarenta y ocho horas que ya habían empezado a comerse el día.
Inés tomó una de las fotos arrancadas.
La plaza de noche.
La mujer bajo la luz mala.
El hombre junto al banco.
Durante meses había creído que mirar esa imagen era acercarse a una verdad. Ahora vio otra cosa: una mujer cruzando una plaza, un hombre quieto, una luz pobre, una cámara que no sabía nada de nadie.
La rompió en dos.
Solo esa.
No fue un gesto grandioso.
No cambió la vida.
Pero el sonido del papel al partirse tuvo una claridad pequeña y brutal.
Inés dejó los dos pedazos sobre la mesa.
Después se levantó, fue a la cocina y se sirvió agua.
Bebió de pie.
Sin pensar en el diagnóstico.
No porque pudiera evitarlo.
Porque por un minuto entero no apareció.
Un minuto.
Sesenta segundos.
A veces eso también era una forma de victoria.
El teléfono vibró.
Inés lo miró desde la cocina.
No corrió.
No imaginó enseguida la clínica, el médico, la urgencia, la muerte. Caminó despacio hasta la mesa y lo tomó.
Era Lety.
Llegué. Mara dice que sos dramática incluso cuando no estás.
Inés sonrió.
Escribió:
Decile que tiene razón.
Dudó.
Agregó:
Y que hoy no arranqué toda la pared.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Lety: Entonces todavía hay casa.
Inés miró alrededor.
El living con huecos.
La mesa con papeles.
La puerta sin las llaves de Juan del otro lado.
La ventana.
La silla.
El vaso de agua.
Su cuerpo cansado.
Su cabeza todavía cerrada a cualquier sentencia.
Todavía hay casa.
Por primera vez en mucho tiempo, la frase no le pareció una condena.
Dejó el celular boca arriba.
Se sentó en el piso, frente a la pared incompleta, y esperó.
No como quien se entrega.
No como quien se rinde.
Como quien, al fin, entiende que esperar también puede ser una manera de quedarse.