LA ZONA OSCURA CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

—No pedí ser presentada así —dijo Inés.

La voz le salió más firme de lo que esperaba.

Mara sonrió.

Ahora sí le gustó.

—Mejor.

Lety apoyó una mano en el brazo de Inés.

Fue apenas un contacto.

Un aviso.

Inés sintió el calor de los dedos sobre la piel desnuda. No fue caricia. No fue posesión. Pero el cuerpo no necesitó más para despertarse.

Mara vio el gesto.

También vio que Inés lo sintió.

—Cuidado con Lety —dijo.

—Mara —repitió Lety.

—No dije nada malo otra vez.

—Nunca decís nada malo. Ese es el problema.

Mara rió.

—Arriba hay aire si se marean. Abajo hay lo demás.

Se fue sin despedirse.

Inés esperó a que se alejara.

—¿Qué sabe de mí?

—Lo mínimo.

—Lo mínimo ya fue demasiado.

—Tenés razón.

La respuesta la desarmó.

Inés esperaba defensa, ironía, una frase de Lety para esquivar la culpa. No eso. No tenés razón dicho sin teatro.

—¿Le hablaste de mí?

—Sí.

—¿Por qué?

Lety sacó la mano de su brazo.

La ausencia fue inmediata.

—Porque después de lo que pasó en Vigía Sur no sabía si ibas a volver, si te habían echado, si te habías encerrado, si estabas bien o si estabas haciendo lo que hacés cuando algo te toca demasiado.

—¿Qué hago?

—Desaparecés sin moverte.

Inés miró la bebida.

El hielo flotaba golpeando una hoja verde.

—No tenías derecho.

—No.

—Pero lo hiciste.

—Sí.

—¿Y ahora qué?

Lety bajó la vista.

Por primera vez desde que habían entrado, pareció menos dueña del lugar.

—Ahora podés irte si querés.

La frase abrió una puerta.

Inés la vio.

Podía subir la escalera, salir a la calle, respirar aire frío, tomar un taxi, volver al apartamento, guardar la orden médica en una carpeta, contestarle a Martín, no pensar en Lety, no pensar en Mara, no pensar en la punzada detrás del ojo, no pensar en la forma en que el cuerpo le había respondido a una mano mínima sobre el brazo.

Podía volver a ser una mujer correcta sentada en una cocina limpia.

Podía.

No quiso.

—No quiero irme —dijo.

Lety levantó la mirada.

—Entonces no te vayas.

La frase era la misma del mensaje.

Pero abajo, en Velaria, sonó distinta.

No te vayas.

No como pedido.

Como permiso.

Inés bebió lo que quedaba en el vaso.

—¿Qué hay arriba?

Lety sonrió muy despacio.

—Aire, dijo Mara.

—Dijo también lo demás.

—Lo demás está en todos lados.

—Mostrame.

Lety no se movió enseguida.

Ese segundo fue importante.

Porque Inés vio que incluso Lety, incluso ahí, incluso en ese lugar donde parecía conocer todos los códigos, sabía que algunas invitaciones cambiaban la temperatura de una relación.

—No me pidas cosas para demostrarte que podés pedirlas —dijo.

Inés sostuvo su mirada.

—No.

—¿Entonces?

—Quiero ver.

Lety soltó una risa mínima.

—Seguís usando esa palabra.

—No sé otra.

—Vamos a tener que enseñarte.

Dejó el vaso en la barra y caminó hacia un pasillo lateral.

Inés la siguió.

El pasillo era más oscuro que el sótano.

La música llegaba amortiguada. Había puertas a ambos lados, algunas cerradas, otras apenas entornadas.

De una salió una risa. De otra, un suspiro que podía ser placer, cansancio o las dos cosas.

En la pared, alguien había pegado una hoja con letras escritas a mano:

SI NO PODÉS DECIR QUE NO, NO ES SÍ.

Inés se detuvo a leer.

Lety también.

—Regla de la casa —dijo.

—¿Funciona?

—A veces.

—Eso no alcanza.

—Nada alcanza siempre.

Siguieron.

Al final del pasillo había una escalera más angosta que subía. Lety la tomó. Esta vez Inés no tuvo la punzada detrás del ojo. O no la notó. El cuerpo había empezado a responder a demasiadas cosas como para ordenar todas las señales.

Arriba había un patio.

No era hermoso.

Mara había tenido razón.

Paredes altas. Piso manchado. Macetas rotas. Una lona colgada a medias. Dos sillas de plástico. Un cenicero lleno. Un hilo de luces amarillas atravesando el espacio con una precariedad casi conmovedora. Desde allí se veía un rectángulo de cielo negro entre edificios.

Había tres personas fumando en un rincón. Una de ellas, una mujer joven con el pelo rapado de un lado, besaba el cuello de un hombre sentado. Otra persona miraba el celular como si nada de eso le incumbiera. Nadie levantó demasiado la vista cuando entraron.

Lety se apoyó contra la pared.

Inés quedó frente a ella.

El aire era más frío.

Eso la hizo consciente del sudor en la nuca, de la blusa pegada apenas bajo los brazos, del alcohol moviéndose en la sangre, de la piel donde Lety la había tocado hacía unos minutos.

—No es gran cosa —dijo Lety.

—No.

—Te decepciona.

—Me alivia.

Lety sacó un cigarrillo, lo puso entre los labios, no lo encendió.

—¿Por qué?

—Porque pensé que Velaria iba a ser más grande.

—Velaria no es el lugar.

Inés la miró.

—¿Qué es?

Lety encendió el cigarrillo.

La llama le iluminó la cara desde abajo, un segundo.

—Lo que la gente se permite cuando cree que nadie va a usarlo en su contra.

Inés sintió que esa frase le entraba demasiado hondo.

—Eso no existe.

—No del todo.

—Entonces es mentira.

—Casi todo lo que sirve de noche lo es un poco.

Lety fumó.

Inés miró la brasa.

Después la boca.

Lety lo notó.

No sonrió.

Eso fue peor.

—¿Qué querés, Inés?

La pregunta no tuvo dulzura.

Tampoco dureza.

Era una pregunta desnuda.

Inés pensó en contestar muchas cosas: no sé, nada, volver a sentirme viva, no volver a Vigía Sur, no mirar desde afuera, que no me duela la cabeza, que Martín no me encuentre, que Juan me hubiera visto antes, que alguien me toque sin convertirme en propiedad, que alguien me mire sin archivarme.

No dijo nada de eso.

—Quiero no pensar antes de todo.

Lety apagó el cigarrillo sin terminarlo.

—Eso es peligroso.

—Pensé que te gustaba lo peligroso.

—Me gusta lo elegido.

La frase cambió el aire.

Lety se separó de la pared.

Dio un paso.

Inés no retrocedió.

—Si te beso ahora —dijo Lety—, no quiero que mañana lo conviertas en una teoría.

Inés sintió el pulso en la garganta.

No en el pecho.

En la garganta.

—¿Y si no puedo evitarlo?

—Entonces no me beses.

Lety estaba cerca.

Demasiado cerca para seguir fingiendo que la conversación era el centro.

La música subía desde abajo como un animal encerrado. Alguien rió en el rincón. Un taxi pasó por la calle, invisible, apenas un sonido. La ciudad entera siguió haciendo lo que hacen las ciudades cuando dos personas están a punto de cambiar algo: nada.

Inés levantó una mano.

No tocó la cara de Lety.

Tocó la solapa de su campera.

Un borde.

Cuero gastado.

Calor debajo.

—No sé hacerlo sin pensar —dijo.

—Ya sé.

—Pero puedo pensar después.

Lety cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, ya no había ironía.

—Eso sirve.

Inés la besó primero.

No fue un beso limpio.

Tampoco torpe.

Fue un beso que llegó con años de demora y ninguna garantía.

Al principio apenas boca contra boca, una presión contenida, casi una pregunta.

Después Lety respondió. No avanzó demasiado.

No tomó el control. Dejó que Inés descubriera el movimiento, el sabor a humo y limón, la tibieza de la lengua, la respiración cortándose, el modo en que una boca conocida en la memoria podía volverse desconocida en el cuerpo.

Inés apoyó la otra mano en la pared.

Necesitó sostenerse.

No porque fuera a caer.

Porque algo en ella cedió de golpe.

Lety la tomó de la cintura.

Ahora sí.

Con una firmeza que no pidió disculpas y, aun así, esperó respuesta.

Inés se acercó. La presión del cuerpo de Lety contra el suyo no tuvo nada de simbólico.

Era carne. Hueso. Ropa. Calor. Una rodilla tocándole apenas el muslo.

Un abdomen contra otro. La mano de Lety en su cintura, subiendo un poco, bajando después, como si leyera hasta dónde podía escribir.

Inés sintió deseo.

No insinuación de deseo.

No memoria.

No pensamiento.

Deseo.

Claro.

Bajo.

Vivo.

Le dio miedo la claridad.

Se separó apenas.

Lety no la siguió.

—¿Bien? —preguntó.

Inés respiró.

—No sé.

—Eso ya lo dijiste.

—Pero ahora es distinto.

Lety apoyó la frente contra la suya un segundo.

Nada más.

Ese gesto fue más íntimo que el beso.

—No tenemos que hacer nada más —dijo.

Inés sintió una parte de sí misma agradecerlo y otra parte odiarlo.

—¿Y si quiero?

—Entonces queré de a una cosa por vez.

La frase le produjo una tristeza inesperada.

Porque nadie le había enseñado eso.

Ni Juan, con su amor sin daño y sin hambre.

Ni Martín, con su modo de estar siempre demasiado cerca de la puerta.

Ni los años de cámaras, donde todo podía revisarse después, pausarse, ampliar, repetir, convertir en prueba.

De a una cosa por vez.

Inés cerró los ojos.

Volvió a besarla.

Esta vez más despacio.

Y esa lentitud, descubrió, no calmaba el deseo.

Lo volvía más exacto.

La mano de Lety subió por su espalda, bajo la blusa apenas, tocando piel.

Inés contuvo el aire. El contacto fue breve, cuidadoso, pero el cuerpo respondió con una violencia silenciosa.

Sintió humedad entre los muslos, vergüenza en la cara, hambre en la boca.

No era adolescente. No era nuevo. Era peor: era una mujer adulta descubriendo que todavía podía ser sorprendida por su propio cuerpo.

Lety se apartó apenas.

La miró.

—Inés.

—Sí.

—Decilo.

Inés entendió.

No qué quería.

No todavía.

Pero sí que tenía que estar ahí.

—Sí —dijo.

Lety volvió a besarla.

Esta vez la mano permaneció bajo la blusa.

No subió demasiado. No necesitó. La piel de la espalda bastó.

Los dedos moviéndose lentos, la presión de la cintura, la boca, el pulso bajo, el patio horrible encima de un sótano sin cartel, la ciudad afuera, los desconocidos a pocos metros fingiendo no mirar.

Inés no pensó en la cámara de la entrada.

No pensó en Martín.

No pensó en Juan.

No pensó en el médico.

No pensó en la orden de laboratorio doblada en una cartera que había dejado abajo, en algún lugar cerca de la barra, junto a su campera.

Durante unos segundos, no fue mirada.

Tampoco fue quien miraba.

Fue cuerpo.

Eso duró poco.

Lo suficiente.

Un golpe de música subió desde abajo. Alguien abrió la puerta del patio y la luz del pasillo cayó sobre ellas. Lety se separó con naturalidad. No con culpa. No con apuro. Inés tardó un segundo más en recomponer el rostro.

La persona que había abierto la puerta era Mara.